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viernes, 18 de junio de 2010

JESUCRISTO, GENIAL INTEGRACIÓN DEL JESÚS HISTÓRICO Y EL CRISTO DE LA FE


Domingo XI del TO (Lucas 9,18-24) - Ciclo C
Por Fray Marcos

Los tres sinópticos relatan el mismo episodio, aunque con diferencias notables. Se plantea abiertamente el significado del mesianismo de Jesús. Tema que no quedó resuelto hasta después de la experiencia pascual. No se trata, pues de un relato estrictamente histórico, sino de un planteamiento teológico del tema más importante y complicado de todo el NT.

Ni para ellos fue fácil aceptar el verdadero mesianismo, ni lo es para nosotros, pues seguimos sin aceptar que el ser cristiano lleva consigo renunciar al ego y darse a los demás.

Empieza el relato advirtiendo que Jesús estaba orando, como siempre que va a decir o hacer algo verdaderamente importante. Es curioso que el evangelio dice que el único que estaba orando era Jesús y además solo, aunque los discípulos estaban allí.

Sin tener en cuenta esa oración de Jesús nada de lo que fue y predicó puede explicarse. La forma en que Jesús habla de Dios como salvación, se inspira directamente en su experiencia personal. La experiencia básica de Jesús fue la presencia de Dios en su propio ser. Jesús experimentó que Dios lo era todo para él y él era todo para Dios. Tomó conciencia de la fidelidad de Dios-amor y respondió vitalmente a esta toma de conciencia.

Al atreverse a llamar a Dios "Abba" (Papá), Jesús abre un horizonte completamente nuevo en las relaciones con el absoluto. Esa experiencia le lleva a poder manifestar a los demás lo que Dios es para el ser humano. Esta convicción fundamenta toda su vida y su predicación.

Para Jesús, como para cualquier ser humano, la base de toda experiencia religiosa reside en la condición de criaturas. El hombre se descubre sustentado por la acción creadora de Dios. El modo finito de ser uno mismo, demuestra que es más de Dios que de sí mismo. Sin Dios no sería posible nuestra existencia.

Jesús descubre que el centro de su vida está en Dios. Pero eso no quiere decir que tenga que salir de sí para encontrar su centro. "Intimior intimo meo". Descubrir su fundamento en Dios, es fuente de una inesperada plenitud. La experiencia de Dios será la revelación de la más alta humanidad.

Jesús de Nazaret nunca se presenta como lo absoluto. Para él lo absoluto fue siempre Dios. De lo que dijo y lo que hizo, se puede deducir que se ha considerado siempre como un ser humano más (hijo de hombre); eso sí, un ser humano totalmente identificado con Dios.

La opinión de la gente indica ya una alta consideración de la persona de Jesús, pero está muy lejos de acertar en el pronóstico. La opinión de los doce, manifestada por Pedro, parece a primera vista acertada; pero “el Ungido de Dios”, era la manera de designar al Mesías que el pueblo de Israel esperaba. Es decir, un Mesías nacionalista que traería la salvación política, económica y religiosa para todo el pueblo.

Esa opinión no debe ser divulgada porque es también falsa. A continuación se nos propone la verdadera figura del Mesías que la primera comunidad pascual había descubierto con tanta dificultad.

El Mesías se convierte en “Hijo de hombre”, el modelo de hombre, el ser humano que vive su plenitud. No es el triunfador, el poderoso, el que está por encima de los demás, sino el que aguanta, el que sufre, el que tiene que padecer las iras y rencores de los suyos, el humillado y despreciado, precisamente por no renunciar a ser “humano”. Y todo esto hasta el extremo, hasta perder la vida por mantener esa actitud.

El que quiera adherirse al Mesías, no tiene más remedio que emprender el mismo camino. No hay alternativa posible. “Dirigiéndose a todos”, también a nosotros, exige el negarse a sí mismo.

La frase de Jesús "el que quiera salvar su vida la perderá"; no es una exageración, sino una verdad básica. Hacer que todo gire en torno a nuestro falso “yo”, es potenciar en nosotros aquello que tiene un valor relativo. No podemos dejar de ser egoístas si no superamos el apego a un “ego”.

En la medida en que ponga como objetivo último salvar mi vida, seré egoísta y por lo tanto me deshago como persona. En la medida en que sea capaz de desprenderme de todo apego, incluido el apego a la vida, a favor de los demás, estaré amando de verdad, y por lo tanto creciendo como ser humano. Mi Vida con mayúscula se potenciará, y la vida con minúscula, cobra entonces todo su sentido.

La pregunta que se hicieron aquellos primeros cristianos tenemos que hacérnosla nosotros hoy. ¿Quién es Jesús? La mejor prueba de que no es fácil responder, es la falsa alternativa, que se planteó en el siglo pasado, entre el Jesús histórico o el Cristo de la fe.

Los discípulos compartieron su vida con el Jesús de Nazaret y aceptaron a aquel ser humano que les proporcionó una paz, una alegría y una seguridad increíbles; pero mientras vivieron con él, no fueron capaces de ir más allá de lo que veían. Solo a través de la experiencia pascual se adentraron en el verdadero significado de aquella persona fuera de serie.

Al morir Jesús, se preguntaron si con la muerte de su líder se había acabado todo. Sólo entonces empezaron a trascender la figura humana de Jesús y fueron descubriendo lo que se escondía detrás de aquella realidad visible. Fueron dándose cuenta de que allí había algo más que un simple ser humano. Entonces fueron conscientes de que el verdadero UNGIDO ya se encontraba en el Jesús de Nazaret.

Este Mesías, descubierto en pascua, no coincide con el que esperaban los judíos y los propios discípulos, antes de esa experiencia. Ahora se trata de Jesús el Cristo, Jesucristo, genial integración del Jesús histórico y el Cristo de la fe.

Cristo no es una idea abstracta surgida en la primera comunidad de seguidores, sino la realidad de Jesús visto con los rayos X de la experiencia pascual. Cristo ni se puede identificar con Jesús ni se puede separar de él.

Durante tres años, sus seguidores convivieron con él sin enterarse de quien era en realidad; pero una vez que desapareció su figura sensible, fueron capaces de descubrir lo que en aquella figura humana se escondía.

No se puede separar el valor de una moneda, de la cantidad y la forma del metal que la constituye. La moneda tiene tal valor, precisamente porque tiene tal forma, tal tamaño y un determinado metal precioso. Todo lo que hay de divino en Jesús está en su humanidad.

Y para nosotros hoy ¿quién es Jesús? No se trata de dar una respuesta teórica ni una cristología aquilatada que responda a todas las cuestiones formales relativas a la persona de Jesús. Mucho menos, dogmas que definan su naturaleza divina. Lo que se espera de nosotros es una respuesta práctica. ¿Qué significa Jesús en mi vida?

Como cristiano, ¿me intereso de verdad por la figura histórica de Jesús para descubrir en él, como hicieron los discípulos, al Ungido de Dios? Es decir, ¿me esfuerzo por descubrir el valor trascendente que se esconde en su apariencia humana? ¿Es ese valor el que mueve mi existencia?

Con un mínimo de sinceridad nos daríamos cuenta de lo lejos que estamos de encarnar en nuestra vida ese valor supremo. Somos cristianos como un medio para encontrar seguridades, para tener a Dios de nuestra parte y que nos saque las castañas del fuego.

No hay más que echar una ojeada a nuestras oraciones y descubriremos la idea que tenemos del Mesías. Exactamente la misma que tenían los judíos. La misma que Pedro propuso y rechazó Jesús.

Lo hemos colocado en lo más alto del cielo a la derecha de Dios; le hemos dado plenitud de poder y gloria; le hemos hecho juez de vivos y muertos; para, a renglón seguido, decir que el que cumpla con lo que dijo se sentará con él a juzgar a los infieles. Estas cosas las dice el NT, en contra de la misma actitud de Jesús. Un ejemplo más de lo difícil que fue aceptar su persona y su mensaje tal cual.

No nos hagamos ilusiones. Una cosa es llamarse cristiano y otra serlo. No es nada fácil darse cuenta de que la plenitud humana está en el desarrollo de una capacidad de salir de sí, de identificarse con los demás. No es nada fácil salir de la dinámica del hedonismo que nos empuja a dar satisfacción a los sentidos, a buscar lo más cómodo, lo que me agrada, lo que menos me cuesta. Mantener estas actitudes hedonistas y llamarse cristiano, es una contradicción.

Pero tampoco debemos caer en la trampa del masoquismo. Dios quiere para cada uno de nosotros lo mejor. Quiere que disfrutemos de todo lo que nos rodea, de las personas y de las cosas. Todo es positivo, siempre que no pongamos el fin último en el placer sensible, siempre que tengamos claro que lo primero es el bien del hombre.

No es fácil entender bien lo que hoy nos dice el evangelio. No se trata de machacar una parte de nuestro ser para salvar otra. Se trata de descubrir un fallo en nuestra percepción de nosotros mismos, es decir, que con frecuencia creemos ser los que no somos y vivimos engañados.

Se trata de liberarnos de todo aquello que nos ata a lo caduco y nos impide elevarnos a la plenitud que nuestro verdadero ser exige. Se trata de alcanzar una libertad de nuestra animalidad suficiente para poder elegir lo mejor en absoluto. La liberación llega cuando hemos establecido una auténtica escala de valores y somos capaces de dar a cada faceta de nuestra compleja vida, la importancia que tiene, ni más ni menos.



Meditación-contemplación


Lo que Jesús es y significa, no se puede meter en conceptos,
porque está más allá de los sentidos y de la razón.
Si experimentas lo que hay de Dios en ti,
podrás vislumbrar lo que Jesús vivió y manifestó.
……………………

Más allá de nuestro “yo” físico, psíquico y mental,
se encuentra nuestro auténtico ser,
que es lo divino que hay en cada uno de nosotros
y que está siempre ahí como la única realidad verdadera.
……………………

Para alcanzar ese verdadero ser y verdadera Vida,
es necesario no quedar enganchado en lo terreno.
“Perder” lo caduco, lo contingente, lo limitado
es el único camino para alcanzar lo absoluto.
………………..

Fray Marcos

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