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domingo, 27 de noviembre de 2011

I Domingo de Adviento (Mc 13,33-37) - Ciclo B: Practicar gozosamente la justicia



Comenzamos la preparación a la venida del Señor. El texto de Marcos nos llama a prestar atención a los signos de los tiempos, a la historia.

Encuentro sin fecha

Al empezar su evangelio Marcos nos había prevenido: «El tiempo se ha cumplido» (1, 15). Se trata del kairós, el momento propicio, tiempo cualitativo -sin fecha fija- en el que algo importante ocurrirá. Aquí vuelve a emplear el término (kairós) para decirnos que es necesario estar alerta y saber discernir la ocasión escogida por el Señor para salir a nuestro encuentro: «Pues no sabéis cuándo es el momento» (13, 33).

Pero, desde lo que estaríamos tentados de considerar sentido común, podríamos objetar: ¿Acaso la navidad no la celebramos siempre en la misma fecha del calendario? Precisamente el texto de Marcos nos quiere sacar, en este primer domingo de adviento, de una remachada y estática perspectiva cronológica. En efecto, podemos dejar pasar el 25 de diciembre sin encontrar al Señor en el hoy de nuestras vidas y de nuestra sociedad. El martilleo publicitario de cosas inútiles y fuera del alcance de la mayoría, un panetón más o un panetón menos pueden hacer que la Navidad no sea para nosotros lo que Pablo llama «el día de Jesucristo» (l Cor 3, 8). Es decir, que llegue sin un cambio en nuestras vidas, sin que se consolide en nosotros «el testimonio de Cristo» (v. 6).



Levantar la esperanza

Para ello habrá que estar vigilante, el texto de Marcos lo repite hasta la saciedad. Pasar la noche en vela, no dormirse sobre una vida cristiana que consideramos adquirida de una vez para siempre. La liturgia privilegia las vigilias, la vigilia pascual por ejemplo; su sentido teológico es profundo. El cristiano, comparado al portero en el pasaje de Marcos (v. 34), debe estar atento a lo que el Señor quiere revelarle en los acontecimientos.

Vivimos en una situación de deterioro creciente en la vida cotidiana de los pobres, las diferencias económicas y sociales se hacen cada vez más abismales, nuevos -más bien viejos- cantos de sirenas hacen oír melodías ya conocidas y que llaman al engaño y a la pasividad frente a las verdaderas causas de esas injusticias y de las muertes que provocan.

Por momentos sentimos que muere también la esperanza de un pueblo. Prepararse a recibir a Jesús significa negarse a aceptar esta situación. La vigilancia implica una acción comprometida. Levantar la esperanza -no las ilusiones- de los pobres es situarse en época de adviento del «Dios fiel» (1 Cor 1, 9) que llega a nosotros. La fecha de ese encuentro es designio de Dios, pero también obra nuestra; no es una especie de fatalidad cronológica; de alguna manera nosotros ponemos esa fecha, porque como dice la primera lectura, Dios «sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos» (Is 64, 4).

En efecto, la práctica de la justicia debe ser hecha en la alegría y en la esperanza (Is 64, 3), no en la amargura y el desaliento. De ese modo el Señor vendrá a nuestro encuentro y la fiesta de Navidad será significativa para nuestras vidas y para la historia del pueblo al que pertenecemos.