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sábado, 10 de diciembre de 2011

III Domingo de Adviento (Jn 1,6-8.19-28) - Ciclo B: ¿Vidas que son palabras?


Hay vidas que no dicen nada.
Hay vidas silenciosas, pero que dicen mucho.
Hay vidas anónimas, pero que inquietan.
Hay vidas cuyo silencio despierta interrogantes.
Hay vidas que son palabra.

¿Recuerdan la historieta aquella de la viejita que, en los días de verano, madrugaba y se iba a la playa con un cestito en la mano? La gente que la veía uno y otro día, se preguntaba ¿qué hace esa vieja dando vueltas por la playa y de cuando en vez se agacha y mete algo en el cesto?
Algunos comentaban: de seguro que está recorriendo la playa para ver si alguien ha perdido algo el día anterior y se lo lleva. Nunca faltan aprovechados.
Otro decían: Posiblemente como durante el día no se atreve a venir aprovecha ahora que todavía no hay gente y se oxigena con la brisa marina.
Hasta que, un día, alguien se acercó y muy cortésmente le preguntó: “Señora, ¿qué hace usted todos los días a estas horas paseándose por la playa?”
“Disculpe usted, Señor, no vengo a pasearme. Ya no estoy para esas cosas. Vengo sencillamente a ver y recoger por si alguien en el día de ayer dejó algún vidrio tirado. Y lo recojo para que los niños que vendrán más tarde no se hieran cuando juegan”.
Desde ese día, alguien tuvo la ocurrencia de poner un letrero que decía: “Los niños pueden jugar tranquilos, alguien ya ha recogido los vidrios de la playa”.

Una vieja anónima que posiblemente nunca disfrutó de la playa ni exhibió un bikini, era ahora el “ángel de los niños de la playa”. Hay gestos que pueden parecer insignificantes pero que ponen la firma a la grandeza de una vida.


Flickr: Iglesia en Valladolid
Me viene a la mente esta anécdota, hoy que veo cómo la gene acude al desierto a escuchar a Juan y cómo su figura y su predicación resonaba hasta Jerusalén, hasta el punto de que los judíos debieron enviar a “unos sacerdotes y levitas” a preguntarle “¿Tú quién eres?” “¿Qué dices de ti mismo?” “No soy la luz sino testigo de la luz”

Qué maravillosas son esas personas que, sin sacar mucho ruido, son capaces de cuestionar las vidas y los corazones de los demás.
Hay quien habla mucho y no dice nada.
Hay quien apenas tiene nombre y su vida cuestiona al resto.
Hay quien pasa sin sacar ruido, pero que todos le quedan mirando.
¡Qué bien los refleja aquella frase que algún día leí: “Un árbol se cae saca más ruido que todo un bosque que crece”.

La Iglesia necesita cristianos que saque poco ruido.
Que no figuren cada día en las primeras páginas de los periódicos o noticieros.
Pero cuyas vidas calladas y silenciosas son las mejores palabras que pueden decir.
Cristianos, cuyas vidas anónimas y sin necesidad de decir muchas cosas, sus vidas inquietan y preocupan y crean interrogantes en el resto.

No sé si los sacerdotes que hablaban en el Templo eran escuchados por alguien y preocupaban a alguien. Ni sé si la gente acudía al Templo por ellos o por el significado mismo del Templo.
Y sin embargo, la simple figura de Juan en el desierto, lejos del Templo, arrastraba gente, convertía a la gente y se convertía en una preocupación para los sacerdotes del Templo.

La viejita madrugadora de la playa despertaba la curiosidad de los que la veían sin saber quién era. Juan, en las arenas del desierto, creaba inquietudes y preocupaciones en los responsables del Templo.
Es posible que a nadie preguntase a los sacerdotes del Templo: “¿Y ustedes quiénes son y qué dicen de sí mismos?”
Y sin embargo, es el Templo el que se siente cuestionado por ese hombre extraño del desierto. Sin más ornamentos lujosos que un vestido de piel de camello y una vida de austeridad. Pero una vida que habla por sí sola de algo diferente, de algo nuevo.

Cristianos que donde están y por donde pasan:
Crean preguntas e interrogantes.
Crean inquietudes y cuestionan nuestras vidas.
Cristianos que anuncian no con las palabras sino con sus vidas.
Cristianos que no hablan, pero habla su amor.
Cristianos que no hablan, pero habla su servicio a los demás.
Cristianos que no hablan, pero habla su compartir con los demás.
Cristianos que no hablan, pero habla la acogida que tienen con todos.
Cristianos que no hablan, pero habla su coherencia con el Evangelio.
Cristianos que no hablan, pero habla la santidad de sus vidas.

Hay demasiadas celebraciones y manifestaciones ante las cuales uno queda admirado por lo bonitas que han sido, qué linda ha sido la música, qué ornamentos tan lujosos. Pero que la gente sale sin haberse hecho pregunta alguna. Sigue con las mismas dudas de siempre. O sigue tan tranquila y sale como entró.

Clemente Sobrado C. P.
www.iglesiaquecamina.com

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