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sábado, 7 de abril de 2012

Domingo de Pascua de Resurrección (Jn 20, 1-9): UNA FE NUEVA EN JESUS, RESUCITADO POR EL PADRE



A partir de la resurrección, los creyentes vivimos con una fe nueva nuestro seguimiento a Jesús.

Jesús, nuestro Salvador

En la resurrección descubrimos los cristianos que Jesús es nuestro único Salvador. El único que nos puede llevar a la liberación y a la vida. “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12).

El mensaje de Jesús tiene un valor muy distinto al que puedan tener los mensajes de otros profetas. La actuación salvadora de Jesús tiene un valor muy distinto al que pueden tener las de otros liberadores. Dios no ha resucitado a cualquier profeta o a cualquier liberador. Dios ha resucitado a Jesús de Nazaret.

En la resurrección de Cristo hemos descubierto que nuestra vida tiene salida. Hay un mensaje, hay un estilo de vivir, hay una manera de morir, hay Alguien que nos puede llevar hasta la vida eterna: Jesucristo. “A éste le ha exaltado Dios con su derecha como jefe y Salvador” (Hch 5, 31).

Jesús, Hijo de Dios vivo

La resurrección nos ha descubierto que la muerte de Jesús no ha sido una muerte cualquiera. Su muerte ha sido el paso a la vida de Dios. La resurrección nos ha descubierto que Jesús no era un hombre cualquiera. Dios, realmente es su Padre. Un Padre del que Jesús recibe toda su vida. Por eso, Jesús no ha quedado abandonado en la muerte.

A partir de la resurrección, los cristianos creemos en Jesús, el Hijo de Dios vivo, lleno de fuerza y creatividad, que vive ahora junto al Padre, intercediendo por los hombres e impulsando la vida hacia su último destino (Hb 7, 25; Rm 8, 34).

Jesús, vivo en su comunidad

Si Jesús ha resucitado no es para vivir lejos de los hombres. El Resucitado está presente en medio de los suyos. “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Los cristianos creemos que Cristo vive en medio de nosotros. No estamos huérfanos. Cuando nos reunimos dos o tres en su nombre, allí está El (Mt 18, 20). La Iglesia no es una organización solitaria, una comunidad que camina sola por la historia. Es el “cuerpo de Cristo” resucitado. Es Cristo resucitado el que anima, vivifica y llena con su espíritu y su fuerza a la comunidad creyente (Ef 4, 10-12).

El encuentro con Jesús vivo

Jesús resucitado no es un personaje del pasado. Para los cristianos, Cristo es Alguien vivo que camina hoy junto a nosotros en la raíz misma de la vida (Jn 14, 13-14). Creemos que Jesús no es un difunto. El actúa en nuestra vida, nos llama y nos acompaña en nuestra tarea diaria (Lc 24, 13-35).

Por eso, creer en el Resucitado es dejarnos interpelar hoy por su palabra viva, recogida en los evangelios. Palabras que son “espíritu y vida” para el que se alimenta de ellas (Jn 6, 63). Creer en el Resucitado es verlo aparecer vivo en el último y más pequeño de los hombres. Es decir, saber acoger y defender la vida en todo hermano necesitado (Mt 25, 31-46).

Cristo resucitado, futuro del hombre

Jesús, resucitado por el Padre, solo es “el primero que ha resucitado de entre los muertos” (Col 1, 18-19). El se nos ha anticipado a todos para recibir del Padre esa vida definitiva que no está también reservada a nosotros. Su resurrección es el fundamento y la garantía de la nuestra (1 Co 15, 20-23).

No podemos creer en la resurrección de Jesús sin creer en nuestra propia resurrección.

“Dios que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros por su fuerza” (1 Co 6, 14). En Cristo resucitado se inicia nuestra propia resurrección porque en El se nos abre definitivamente la posibilidad de alcanzar la vida eterna.