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viernes, 20 de abril de 2012

III Domingo de Pascua (Lc 24,35-48) - Ciclo B: Leña seca y leña verde


Por Alesandro Pronzato

Hechos 3, 13-15.17-19 / 1 Juan 2,1-5 / Lucas 24, 35-48

Cuando el cura recita la lección

El domingo, Santiago, el amigo impertinente, me ha dado con el codo, susurrándome: «Esto se pone mal, hoy... prepárate».
El párroco estaba ausente, por motivos familiares, y la celebración, con la consiguiente homilía, ha tocado al curita coadjutor: brillante, desenvuelto, al día y también -pero es sólo una impresión mía- un poco presuntuoso.
Como ya había pasado otras veces, ha sido, más que una predicación como yo la entiendo, una lección según su estilo característico. Ha sacado los papeles como siempre y ha desarrollado su cometido intrépido. Impecable desde el punto de vista teológico, exegético, con alguna incursión rápida en el campo sociológico. Es inteligente, está preparado, y le gusta lucirlo.

Ha colocado las citas en su debido lugar (con los autores preferidos: Martín Luther King, Tagore, Gibran, Quoist, Turoldo, que son sus preferidos caballos de batalla y de desfile); ha sacado a la luz el adjetivo favorito «desusadas» a propósito de ciertas prácticas religiosas; ha hablado de una ciencia que se llama hermenéutica; ha hecho alusión al análisis estructural, que debe ser, si no precisamente el último, al menos el penúltimo grito en asuntos de estudios bíblicos; ha hecho un diagnóstico de la situación recurriendo a una fórmula brillante: en efecto, ha dicho que en lo que se refiere a la instrucción religiosa el pueblo de Dios padece de bulimia en cuanto a devocionalismos varios, y de anorexia en cuanto al pan de la palabra.

Todo perfecto, exacto. Quizás demasiado. Si tuviera que darle nota, le daría un seis alto por el deber escolástico (me daba en la nariz que no había copiado bien, aunque yo no estoy preparado para decir de dónde y de quién), pero no le concedería el aprobado por la precisión de la diana. Parecía que no tenía en cuenta al público que tenía delante y que hablaba no se sabe a quién.


Aula, iglesia y vida

Más que en la iglesia, daba la impresión de que estaba en una clase. Mis hijos lo defienden, no sé si por convicción o por solidaridad juvenil. Defienden que hay que tener en cuenta la «distancia generacional» que existe entre los sacerdotes. Sentencian que antes las predicaciones eran simplemente «reprimendas morales» sin ninguna base bíblica, y no educaban en la fe.

El abuelo y la abuela, que «antes» ya vivían, naturalmente no están de acuerdo y dicen que «antes» los curas eran capaces de sacar adelante buenos cristianos, con el temor de Dios.

Por mi parte, adopto una postura más conciliadora y defiendo que el coadjutor con el tiempo se irá haciendo, situándose modestamente en la escuela de la vida. Pero tiene que decidirse a salir fuera del aula escolástica, del capullo de un cierto narcisismo complacido de sí mismo, a abandonar esas fórmulas brillantes prefabricadas y encontrar las palabras adecuadas mirando a la cara a los individuos de carne y hueso que están en los bancos y no los folios que tiene escondidos entre las páginas del misal.

Tiene que caer en la cuenta de que ha de aprender algo también de nosotros «ignorantes».

Precisamente la palabra «ignorante» ha sido la que ha determinado el desarrollo de mis reflexiones personales.

«Sé que lo hicisteis por ignorancia...». Pedro, hablando al pueblo desde el pórtico del templo, da algo más que una circunstancia atenuante: da una absolución. Como si dijese: absuelto por haber cometido el hecho en estado de ignorancia. Muchos pecados nuestros se cometen, no por malicia, sino por ignorancia: en efecto, ignoramos cuál es nuestro verdadero bien.

Sin embargo la ignorancia no se puede convertir en pretexto para seguir cometiendo errores y estupideces varias:

«Arrepentíos y convertíos», dice también Pedro.

De todos modos, existe una certeza: nosotros «ignorantes» tenemos un abogado que nos defiende ante el tribunal de Dios. Me ha impresionado mucho lo que dice Juan: «Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el justo». ¡Qué feliz confusión e intercambio de partes! Precisamente el que, siendo inocente, tendría derecho para desempeñar el papel de público acusador, se sitúa de parte de los culpables.


Un maestro que no se dirige sólo a la inteligencia

El mismo Jesús, además de ser abogado, se hace también maestro. En efecto, después de la resurrección, apareciéndose a sus discípulos asustados «les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras».

En el fondo, es lo que también nuestro curita rebosante de cultura y modernidad ha intentado hacer ante nosotros. Sin embargo tengo motivo para sospechar que los dos métodos no coinciden. Jesús «abrió el entendimiento» de sus discípulos apuntando también al corazón («¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?», confesaron los dos discípulos de Emaús «necios y torpes»). Me atrevería a decir que el Maestro llega al cerebro pasando a través del corazón.

La mente resulta de verdad iluminada sólo cuando al corazón se le recalienta oportunamente. En una palabra: luz y fuego juntos. Libros (o mejor, Libro) y leña para que arda.

Son cosas, estoy seguro, que hasta nuestro inteligente curita terminará por aprender.

Por ahora, su leña está más bien verde, incapaz de producir una llama rojiza, aunque él se empeñe en quemar las páginas de muchos libros que ha leído y que desgraciadamente todavía no ha olvidado.

El resultado se da por descontado: mucho humo. Humo que él nos echa en los ojos, no cayendo en la cuenta de que el humo en los ojos termina por irritar. Y con el humo no se sale de la ignorancia.

Esperemos, pues, con paciencia, a que la leña se seque. Una última pulla nos llega precisamente a través de Juan: «Quien dice `yo le conozco' y no guarda sus mandamientos es un mentiroso».

Existe una mentira que no tiene que ver con las palabras. Los hechos pueden ser mentirosos.

Aunque las palabras sean las precisas, aunque sepamos repetir perfectamente la lección, con o sin la ayuda de los apuntes, cuando la práctica de los mandamientos deja que desear, cuando la palabra se aprende, se comenta, pero no se practica, entonces nuestro diploma de cristianismo es falso.

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