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sábado, 18 de mayo de 2013

Contemplaciones con el Evangelio: El envío del Espíritu

Domingo de Pentecostés C 2013

Primero que todo invocamos al Espíritu Santo. Cada día, como nos lo pidió el Papa Francisco: “de ahora en adelante, todos los días, récenle al Espíritu Santo”.

Ven Creador, Espíritu Santo, a visitar las almas de tus fieles. Ven y llena
con la gracia de lo alto el corazón de los que Tú creaste. Tú, que con el nombre
de “El que nos consuela” eres el altísimo Don del Dios Altísimo, la Fuente plena,
la Caridad, la Unción espiritual y el Fuego. Tú, que te nos das en siete Dones,
y eres Índice de la Mano Paterna. Tú, prometido del Padre, nuestro Abba,
pon en nuestros humildes labios los tesoros de la Palabra,
enciende con tu luz nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestro pecho
y fortalece con tu fuerza inquebrantable la flaqueza carnal de nuestro cuerpo.
Repele al enemigo muy muy lejos, y danos tu paz y tus dones sin demora.
Conducidos por Ti siempre podremos evitar los peligros que nos rondan.
Gracias a Ti conocemos al Padre y a su Hijo Jesucristo,
y creemos, hoy y en todo tiempo, en Ti que eres de ambos el Espírítu.
Gloria sin fin al Padre y, con el Padre, al Hijo, resucitado de la muerte,
y al Espíritu Santo que los une desde siempre, por siempre y para siempre.


Si toda la Vida de Jesús se concentra en poder donarnos su Espíritu, toda la nuestra estará centrada y será vida verdadera en la medida en que podamos recibir al Espíritu, siempre de nuevo, más y más, en cada situación de nuestra vida: Ven Espíritu Santo, ven a mi vida.

Si la palabra del Señor es “Yo les envío el Espíritu, recíbanlo”, la nuestra es “Ven”: Ven Espíritu Santo a habitar en nuestro interior, ven a perdonarnos, ven e ilumínanos con la luz de la Palabra de Jesús, recordánosla.

El Espíritu es “Proto-Palabra”, es Palabra Fundamental, la que hace que hablemos y utilicemos palabras para comunicarnos. Por eso todos entienden a los discípulos “en sus propias lenguas”: porque lo que hablan no son palabras dichas en un idioma sino esa Palabra que hace que surjan todos los idiomas, la misma “estructura” por así decirlo, que es lo que permite estudiar o aprender otra lengua. El Espíritu nos hace entender la Palabra original que es Jesús, en la que todos fuimos creados y por la que todo fue hecho.

Es importante distinguir a Jesús y al Espíritu. Jesús es la Palabra encarnada. Todo en él es “carne”: gestos, signos, vida cotidiana, historia vivida dramáticamente en la sucesión de los hechos en los que Jesús interactúa con la gente de su pueblo y de su tiempo. Si no está encarnado y no se puede encarnar, no es de Jesús. Esa es la clave para discernir si algo es de Jesús o no. Si una palabra no se puede encarnar en una situación concreta (poner en práctica), no es Palabra de Jesús. Por más lindo que suene y por más buena que sea, no es de Jesús. Es hablar por hablar, hablar demás y tiende a convertirse en puro verso, palabrerío, cháchara.

Si una acción no se encarna (si no es colaboración), si no se comparte, si no apunta a volverse buena costumbre, institución, obrar en común con otros…, no es de Jesús. Es hacer por hacer, volubilidad del que hace lo que quiere en cada momento, en el fondo para su propio placer y conveniencia y pasa de una cosa a otra. “El que escucha mi Palabra y no la pone en práctica es como el que edifica su casa sobre arena”.



El Espíritu (que se nos dona en gestos y formas sensibles -lenguas de fuego, agua viva, viento, soplo, ardor del corazón…) es Invisible: “es El que no se puede encadenar a la carne”, como dice von Balthasar.

Obvio, pensará alguno: eso es precisamente lo que quiere decir Espíritu. El Espíritu es Libertad pura, autodeterminación, autoconciencia…

Sí, pero aquí es donde a algunos “espiritualistas” se les vuelve abstracto el Espíritu, siendo que es todo lo contrario: el Espíritu es el que hace que las Palabras de Jesús se entiendan bien clarito y se puedan poner en práctica ahora mismo, en toda situación humana.

Hay cosas que no se pueden ver porque son abstracciones (como los discursos de algunos teólogos), pero hay otras que no se pueden ver porque son como la luz y el viento, tan reales que nos hacen ver lo demás y nos impulsan la barca mar adentro. Las sentimos en los ojos y en el rostro y no las notamos como tales hasta que se van. Cuando no hay luz, los ojos duelen y se esfuerzan por hallar luz como uno que se ahoga boquea para tomar aire.

Aquí es donde viene la lección humilde y repetida por nuestro Maestro interior mil veces, como cuando estábamos en primer grado y nos enseñaban a escribir las letras, que nos invita a contar con Él.

Podemos preguntarle a Jesús (y también a nuestro Padre, o a los Dos si preferimos)

¿Cómo sabré si estoy invocando bien a tu Espíritu de Santidad, Señor?

¿Cómo puedo discernir si es el Espíritu que Ustedes Dos nos envían, Padre, Jesús?

Me imagino que nos dirían algo así (por supuesto que más corto y mucho mejor, pero… valga para que cada uno los escuche a su manera si no le ayuda la mía).

- Si es Nuestro Espíritu, te darás cuenta enseguida.

Por la alegría y la paz.

En esto no dudes ni temas engañarte. Nuestro Espíritu siempre sopla suavemente y tiene una dinámica que expande, como ondas, nuestra Paz: ordena los sentimientos…, lleva cada cosa a su sitio, al lugar donde se armoniza con todo lo demás.

Aún en medio de la discusión más violenta o del desorden más agudo, la moción de nuestro Espíritu siempre baja como un guerrero que asegura una cabeza de puente, un mínimo espacio tranquilo, desde donde comienza a “trabajar por la paz”.

Una paz que se expande, esa es la señal.

No una paz extendida, establecida ya. No. La nuestra es una paz que se va haciendo –trabajosamente- pero sin chocar con las cosas, sin empujar, llevando a cada uno como de la mano a su lugar.

Es como una mamá cuando le quita los enojos en los que el capricho tiene encerrado a su hijito. Así hace nuestro Espíritu las paces. Uno no sabe cómo pero en un momento se disuelve el enojo, como un nudito desatado y cesa el llanto. Como por arte de magia, o de ternura, más bien. Así disuelve las agresiones nuestro Espíritu y ensancha la paz.



¿Y las alegrías? ¿Cómo distinguir las de su Espíritu si hay tantas, tan a medida y tan placenteras? (Aquí, mi imaginación filosófica se vuelve bastante más abstracta, pero espero que sea con la “abstracción del Espíritu” que tiene algo del Arte abstracto moderno, en el que uno goza las formas y colores y pone conceptos muy subjetivos quizás pero que ayudan a experimentar lo que está pintado y atrae).

- En esto es un poquito más complejo que con la paz. La paz es lo básico, es propia del modo de actuar de nuestro Espíritu, totalmente distinto de cómo actúan las fuerza materiales. En el mundo material se impone la ley del más fuerte. En el mundo del Espíritu, la ley del que más ama se establece libremente, sin coerción ninguna, por invitación, por gusto, por fascinación…

- La alegría es más inmediata, te brota espontánea ante la posesión de cada bien. Podés alegrarte con un vasito de agua fresca si tenés mucha sed, o con una sonrisa espontánea de un niño que juega… También te alegra acabar de comprar algo que te gusta y llevarlo como trofeo en tu bolso. O tener razón y que se vea. Tus sentidos son cinco y hay tantas alegrías como bienes aptos para ellos. Alegría de escuchar una canción, alegría de gustar una comida, alegría de ver, de tocar y de percibir una fragancia… Por eso preguntás ¿cómo distinguir esas alegrías de las alegrías de nuestro Espíritu, cómo saber que se trata de los Bienes verdaderos?

Lo primero sería que sepas que el hecho mismo de alegrarse es algo propiamente espiritual. Es expresión de estar recibiendo un don, como sienten los pajaritos que cantan llenos de alegría al ver salir el sol. Saben que el sol es para ellos, su fuente de vida, que se les comunica con sus rayos y ellos le comunican que lo reciben gorjeando y trinando. La alegría es un bien gozado y todo lo bueno viene de Dios. Pongo el ejemplo de los pajaritos, que no son “espirituales” pero participan plenamente del Espíritu, sin poder adueñarse de sí mismos. Por eso ustedes sienten que es tan “espiritual” la naturaleza, porque cada cosa se alegra enteramente con su bien y no envidia el de los otros.

En ustedes pasa lo mismo cuando son niños pequeñitos: se alegran inmediatamente con lo que les brinda su mamá. Cuando se vuelven autoconscientes empieza el lío. Empiezan a comparar y se estropea la alegría simple de cada bien.

Pues bien, Nuestro Espíritu es el único que remedia esta fisura, el único que restablece la unidad: con ustedes mismos y entre todos. Lo notarán al experimentar una alegría “duradera”, que no cesa ni se rompe al compararla con la de los demás. La alegría de nuestro Espíritu es “sin envidia”, por decirlo con una sola palabra. Pero lo milagroso es que brota siendo que podemos compararnos y de hecho lo hacemos con los demás y aún así, no sentimos envidia. Este es el signo de que están en posesión de su Bien propio y a la vez común. Es la señal de que ese Bien es íntegro y absolutamente personal y de que teniéndolo a Él, tienen todo lo demás. Por eso pueden alegrarse con una alegría que nadie les puede quitar y gozar que tengan la misma alegría todos los demás.

El Espíritu de paz y sin envidia es el que nos envía el Señor. Invoquémoslo de corazón cada día.