Homilia 1
Un día fue un discípulo en busca de su maestro y le dijo: "Maestro, yo quiero encontrar a Dios". El maestro miró al muchacho sonriéndole.El muchacho volvía cada día, repitiendo que quería dedicarse a la religión. Pero el maestro sabía muy bien a qué atenerse.
Un día que hacia mucho calor, le dijo al muchacho que lo acompañara hasta el río para bañarse. El muchacho se zambulló en el agua El maestro lo siguió, y, agarrándolo por la cabeza, se la metió en el agua un buen rato, hasta que el muchacho comenzó a forcejear por sacarla a flote. El maestro lo soltó y le preguntó qué era lo que más deseaba cuado se encontraba sin respiración dentro del agua.
- Aire -respondió el discípulo.
- ¿Deseas a Dios de la misma manera? - le preguntó el maestro-. Si lo deseas así, lo encontrarás inmediatamente. Pero ni no tienes ese deseo, esa sed, por más que luches con tu inteligencia, con tus labios o con tu fuerza, no podrás encontrar a Dios. Mientras no se despierte esa sed en ti, no vales más que un ateo. Incluso a veces el ateo es sincero. Y tú no lo eres.
Algo parecido debió ocurrir aquel día cuando unos hombres se acercaron a Felipe y le dijeron que querían ver a Jesús. Entonces Felipe y Andrés fueron a decírselo a Jesús y éste les dijo: "Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto".
Así fue como, casi sin darnos cuenta, Jesús dijo el secreto para ver a Dios y para conocerlo. Y es que quien quiera experimentar el amor de Dios, quien quiera sentirlo cercano, compañero,... amigo, tiene que estar dispuesto a iniciar una aventura en la que se necesita ese valor, que es también gracia de Dios, para afrontar situaciones y exigencias no siempre deseadas.
Naturalmente, no se trata de buscar el sacrifico por el sacrificio. Se trata de echar una mano a quien me necesite (y eso supone mucha veces un sacrificio); se trata, por ejemplo, dentro de un matrimonio, de saber ceder muchas veces a algún capricho o idea ( y eso supone un sacrificio); se trata de no ir criticando a los demás en voz alta (y eso supone un sacrificio); se trata también de venir a celebrar la eucaristía aunque a veces no tenga ganas (y eso supone un sacrificio), y así podríamos seguir añadiendo más cosas.
Por eso son muchos los cristianos de apellido, pero pocos los que de verdad han llegado a encontrarse con Dios cara a cara, a experiementarlo en su vida. Quizá mucho se deba a ese miedo de morir para dar fruto; a esa búsqueda por lo cómodo, por lo que no cuesta trabajo; a ese escaso tiempo, a veces, para cultivar los valores de dentro de la persona.
Este es por tanto el secreto para encontrar a Dios o el lenguaje de Dios. Un lenguaje que quizás muchos no entendemos. Como tampoco entendemos por qué Jesús tuvo que morir en una cruz. Pero, para los que creemos en él, ese fue el camino para la resurrección, para la vida plena.
Homilia 2
En este quinto domingo de Cuaresma, la liturgia nos lleva a contemplar a Cristo en la Cruz. Es la suprema prueba de amor de Jesús al hombre. De ese amor, tenemos que vivir siempre los cristianos.
Por eso rezamos en la misa de hoy: “Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor, que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”.
En la primera lectura el profeta Jeremías anuncia una Nueva Alianza. Conoce la Antigua Alianza de Dios con su pueblo, pero hace presente en su prédica la Alianza que será definitiva y sellada con la entrega de Jesús; esa Alianza que el Señor escribirá en los corazones.
Y en el Evangelio san Juan relata cómo unos griegos querían ver a Jesús y se lo dicen a Felipe. Este episodio da ocasión a Jesús para anunciar su glorificación por su propia muerte.
Por medio de la comparación con el grano de trigo, Jesús nos hace ver que la muerte es un fracaso sólo en apariencia.
El grano muere, se pudre, pero de él surge una nueva planta que crece y luego puede dar muchos granos más.
El fracaso real, sería que el grano de trigo no muriera.
El grano de trigo que no se pudre en la tierra, queda solo, no se convierte en planta ni puede dar fruto.
No sirve un grano de trigo sin germinar, pero la germinación de vida supone entrar él mismo en la muerte.
La muerte de Cristo y de los que estamos unidos a Él por la fe y el Bautismo, es como la muerte del grano de trigo: de esa muerte nace Vida Nueva.
Muchas veces queremos seguir a Cristo evitando la muerte, escapando a la cruz y entonces quedamos como el grano de trigo que no germina, no muere, pero tampoco da fruto.
La condición del discípulo de Cristo es compartir con Él la pena, para gozar con Él de la Gloria del Padre. Y esto,... con sufrimiento, porque ni al mismo Jesús le fue ahorrado el sufrimiento.
El Señor en este evangelio anticipa la agonía del huerto cuando dice: Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: "Padre, líbrame de esta hora"? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!»
La turbación, la desolación y la agonía son condición del cristiano como lo fueron también de Cristo. Muchas veces nos quejamos de la desolación y del sufrimiento y nos olvidamos que una forma de acompañar al Señor –que sigue sufriendo hoy en su Cuerpo Místico que es la Iglesia-, es ofrecer a Dios nuestra desolación y sufrimiento como lo hizo el Señor.
Cristo no estuvo consolado en el huerto. Estuvo desolado y turbada su alma.
Sin embargo, el Señor encaró valientemente la Pasión y por eso mereció ser glorificado en la Cruz y en la Resurrección.
Cuando vemos en la sociedad de hoy, que faltan tanto los valores, que los jóvenes no tienen ideales, que las costumbres se están relajando...
Tendríamos que preguntarnos ¿porqué?
¿Será que se pueden esperar otros frutos de la forma de vida que llevamos?
Para dar buenos frutos, hace falta entregarse como semilla, hace falta comprometerse por lo que uno cree.
Si queremos dar fruto, debemos ser capaces de darnos, de entregarnos, de morir por aquello que estamos convencidos que es bueno.
A los cristianos se nos exige renunciar a nosotros mismo, renunciar a nosotros mismos en el servicio. “Servir” y “seguir”, son dos palabras que se usan frecuentemente para decir que somos cristianos: se sirve al Señor y se sigue al Señor
Y si seguimos a Cristo en todo momento y en todas las circunstancia, muriendo con Cristo, también seremos glorificados con Él.
Por nuestra entrega de cada día, por nuestro amor servicial, completamos, según nos dice el Apóstol San Pablo, lo que falta a la pasión de Cristo, en su cuerpo que es la Iglesia.
Y por esa entrega, el Señor nos promete la gloria junto al Padre. Creemos en la palabra del Señor, y entonces sabemos que allí donde está él, estaremos también nosotros. Él nos ha precedido con su cruz y nos espera en su gloria junto al Padre.
Vamos a pedir a Dios hoy, que Cristo desde la Cruz, nos atraiga a Él, para que sin temor muramos con Él al pecado para resucitar con Él a la Vida Eterna.
RECURSOS PARA LA HOMILÍA
Nexo entre las lecturas
Nexo entre las lecturas
Mientras que para los hombres el orden habitual de los conceptos es vida-muerte, en Jesucristo es al revés: muerte-vida. De estas dos realidades y de su relación nos habla la liturgia. Es necesario que el grano de trigo muera para que reviva y dé fruto, es necesario perder la vida para vivir eternamente (Evangelio). Jesús, sometiéndose en obediencia filial a la muerte vive ahora como Sumo Sacerdote que intercede por nosotros ante Dios (segunda lectura). En la muerte de Jesús que torna a la vida y da la vida al hombre se realiza la nueva alianza, ya no sellada con sangre de animales sino escrita en el corazón, y por lo tanto, espiritual y eterna (primera lectura).
Mensaje doctrinal
1. Jesús, ‘unión de los opuestos’. La tendencia humana más frecuente es dividir, disociar, separar, enfrentar. Jesús, venido desde Dios, actúa de otro modo y nos enseña a actuar también nosotros como él. El hombre tiende a separar el oprobio del sufrimiento del resplandor de la gloria: Jesús los une en sí porque el Padre los quiere unidos en Cristo y en nosotros. De ese modo el sufrimiento es glorioso, y la gloria tiene el dolor como peana. El hombre quiere fructificar sin morir, pero es imposible; Jesús acepta ser grano que muere bajo la tierra para dar fruto abundante. En Jesús se dan la mano dos realidades fuertemente antagónicas: la muerte y la fecundidad. Nosotros preferimos con mucho el ser servidos a servir; Cristo prefirió servir a ser servido; y en ese incondicional servir le fue ‘servida’ por el Padre la salvación de la humanidad. Los hombres en general no estamos fácilmente dispuestos a perder la vida (darla por el bien de los demás) y, sin embargo, es así como re!
almente la perdemos. Cristo, en cambio, la perdió, no se aferró a ella, y de esa manera la ganó para siempre y nos alcanzó la posibilidad de también nosotros ‘ganarla’, siguiendo sus huellas. En la conjunción de perderse al mundo para ganar al mundo se compendia el misterio pascual de Jesucristo.
2. La hora de Jesús. En el evangelio de san Juan se une el encuentro de Jesús con los ‘griegos’ (representantes de la humanidad no judía) y la hora de Jesús, es decir, su pasión-muerte-resurrección. La hora de Jesús es, por tanto, la hora de la redención universal por el sufrimiento y por la glorificación. Ambos aspectos brillan con fulgor particular en la segunda lectura. Primeramente el sufrimiento: “El mismo Cristo en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte... Aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer”. Esos gritos y esas lágrimas, tan humanos, están incluidos en su hora, en su tiempo y modo de salvarnos. No falta, sin embargo, la hora de la glorificación: “Alcanzada así la salvación,... ha sido proclamado por Dios Sumo Sacerdote”. Sumo Sacerdote de la nueva alianza, del nuevo corazón humano, de la nueva ley escrita en lo más íntimo y profundo del alma.
3. La hora del hombre nuevo. La hora de Jesús es también la hora del hombre nuevo. El sufrimiento y la glorificación de Jesús llevan a cumplimiento la profecía de Jeremías, que la liturgia nos presenta en la primera lectura. La alianza nueva entre Dios y la humanidad estará sellada con la sangre de Cristo. Las estipulaciones de esa nueva alianza no estarán escritas sobre piedra ni será Moisés quien las comunique a los hombres; Dios misma las escribirá en el interior del corazón y el Espíritu Santo ‘leerá’ con claridad, de modo inteligible y personal, a todo el que le quiera escuchar, el contenido de la nueva ley, la ley del Espíritu. Por eso nos dice san Juan que todos serán instruidos por Dios, todos: desde el más pequeño hasta el mayor. La pasión-muerte-resurrección de Jesucristo otorga a la humanidad entera la gracia de hacer un pacto de amistad y de comunión con Dios Nuestro Señor, y así llegar a ser hombre nuevo, auténtico, más aún ‘divino’.
Sugerencias pastorales
1. Sufrir por fidelidad. El sufrir por sufrir es absurdo e indigno del hombre. El sufrir porque “no hay otra”, porque ésa es la condición humana, es un motivo muy pobre, aunque pueda ser frecuente. El sufrir para mostrar mi capacidad de autodominio o mi grandeza humana es de pocos, y casi siempre adolece de orgullo. El sufrir por fidelidad a unos principios y a unas convicciones que sustentan la propia vida, ahí está el verdadero sentido y valor del sufrimiento. Sufrir por fidelidad a la propia conciencia, aunque los estímulos externos induzcan más bien al carpe diem y a la satisfacción de las mil solicitaciones del vicio y del pecado. Sufrir por fidelidad a los deberes de mi estado y profesión, con sinceridad y constancia, sin miedo a aparecer ‘débil’ y sin miedo al respeto humano. Sufrir por fidelidad a las propias convicciones religiosas: católico, religioso, sacerdote, actuando siempre y en todo momento y situación de modo coherente y auténtico. Ese sufrimiento, a los oj!
os de Dios, no sólo tiene sentido, sino que tiene un valor imperecedero: valor de redención, como el sufrimiento de Jesucristo. Tal sufrir, no siendo fácil, no deja de ser hermoso y sobre todo fecundo. Pongamos la mano en el corazón y preguntémonos si hemos sufrido por ser fieles, si estamos dispuestos a sufrir por fidelidad a Dios y al hombre, nuestro hermano.
2. Una religión del corazón. Es difícil mantener el equilibrio en las relaciones entre los hombres, y en las relaciones de los hombres con Dios. O somos fríos, porque fundamos nuestras relaciones en la razón, que se rige por la lógica, que no admite ser caldeada por otras energías diversas de la razón. O somos sentimentales, poniendo en el sentimiento la base de una verdadera relación sea con los hombres sea con Dios. Pero sabemos que el sentimiento está sometido a los vaivenes de las circunstancias, de los influjos externos, de los estados de ánimo... El sentimiento es cálido, pero carece de lógica, de orden, de estabilidad. O buscamos fundar las relaciones en el corazón, en donde la fuerza de la lógica se encuentra con el calor del sentimiento, y el sentimiento cálido penetra en la frialdad de la razón. El corazón es el lugar del encuentro, de la relación más auténtica entre los hombres y del hombre con Dios. Por eso, la religión cristiana es una religión del corazón. Cuan!
do se ha pretendido hacer del cristianismo una religión de la razón, se ha caído en la frialdad de la abstracción o en el rigorismo dogmático y moral, al estilo jansenista. Cuando se ha hecho del cristianismo una religión del sentimiento, el resultado ha sido un sentimentalismo dulzón y un fideísmo poco inteligente. Sólo el corazón (sede de la razón, de la afectividad y de las pasiones) puede dar forma a la religión cristiana. Si ya vives el cristianismo del corazón, continúa por ese camino y ayuda a otros a entrar por él; si todavía no te has convertido a la religión del corazón, aprovecha esta cuaresma. No dejes pasar la oportunidad.




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