El Evangelio de este V Domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús en el mismo día en que entró a Jerusalén aclamado por la multitud que, a su paso, gritaba: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!” (Jn 12,13). Pero Jesús no se deja impresionar por ese fervor popular; él sabe que cinco días más tarde reinará, ¡pero desde la cruz!La muerte de Jesús en la cruz será su consagración como Rey eterno y verdadero. Ningún rey tendrá súbditos más fieles como los que ha tenido Jesús crucificado a lo largo de la historia. Esto es lo que él anuncia en la conclusión del Evangelio de hoy: “Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Y para que no haya duda acerca de lo que Jesús quería decir, el evangelista explica: “Decía esto para significar de qué muerte iba a morir”. La predicción de Jesús se cumplirá y muchos serán los que repetirán lo que ya daclaraba San Pablo: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado..., que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor 1,23.24).
Jesús hace afirmaciones que miradas superficialmente pueden parecer contradictorias. Después de asegurar varias veces en el IV Evangelio que aún no ha llegado “su hora”, esta vez nos sorprende diciendo: “Ha llegado la hora de que sea glorificado en Hijo del hombre”. Según estas palabras, es la hora de algo extremadamente favorable para él: su glorificación. Y, sin embargo, a continuación, ora así: “¡Padre, librame de esta hora!”; como si se tratara de algo extremadamente difícil de afrontar. Es cierto que recapacita aceptando: “Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!”. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción? Es que la glorificación de Cristo es su muerte en la cruz: por un lado, es extremadamente favorable y, por otro, es extremadamente difícil de afrontar. Con su muerte en la cruz, Jesús se revela como el Hijo que por su obediencia complace a su Padre hasta el extremo, y de esta manera lo glorifica. Por eso, decidido a afrontar “su hora”, agrega esta oración: “Padre, glorifica tu Nombre”. Semejante obediencia al Padre redunda en gloria para el Hijo. Es lo que explica Jesús en la última cena con sus discípulos: “Si Dios ha sido glorificado en él (en el Hijo del hombre), Dios también lo glorificará en sí mismo (en Dios) y lo glorificará pronto” (Jn 13,32).
Jesús, entonces, sabe que su glorificación pasa por su muerte en la cruz. Y para expresarlo más gráficamente formula una enseñanza radicalmente opuesta al hedonismo y al afán desmedido de “pasarlo bien” y disfrutar de este mundo. Dice: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”. Es obvio. Pero hay que comprender con qué intención dice eso Jesus. Ciertamente Jesús no está interesado en la suerte de un grano de trigo; lo dice como una analogía con la vida del hombre. Lo que quiere enseñar es el sentido de la vida del hombre: si rehúsa morir, queda solo e infructuoso; si muere, da mucho fruto.
Esta enseñanza es difícil de aceptar para la mentalidad hedonista que nos rodea. Hoy día hay muchos “granos de trigo” que rehúsan morir; no sólo rehúsan, que sería el acto supremo, sino que rehúsan aceptar cualquier pequeña molestia o incomodidad. Sólo quieren disfrutar de lo grato, fácil y placentero. Jesús sigue aclarando su enseñanza, pero esta vez sin recurrir a analogías: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna”. Hay sólo dos alternativas posibles entre las cuales hay que optar: amar la vida en este mundo u odiarla. Dos alternativas opuestas que conducen a dos resultados igualmente opuestos: perder la vida definitivamente o guardarla para una vida eterna.
En este contexto, ¿qué significa “amar su vida”? Jesús lo ilustra con la parábola del rico “que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas”, mientras el pobre Lázaro yacía hambriento a su puerta (cf Lc 16,19-22). El rico perdió esa vida tan regalada y tan amada y fue a dar al infierno. Y ¿qué significa “odiar su vida en este mundo”? Significa negar el propio bienestar y comodidad, incluso el cuidado exagerado de la propia salud, para entregarse al servicio de los demás. Esto puede quedar más claro si consideramos el ejemplo de los santos. En la vida del Padre Hurtado, por ejemplo, no hay tiempo para diversiones ni menos para los placeres de este mundo, ni siquiera para el suficiente descanso diario. Frente a su horario de cada día, nos vemos inclinados a exclamar: “¡Con este ritmo se está matando!”. Eso es “odiar su vida en este mundo”. Si alguien pensara que el Padre Hurtado perdió su vida, Jesús lo corregiría: “No, no la ha perdido, la ha guardado para una vida eterna”.
Cuando Jesús enseña estas cosas lo hace con infinita coherencia entre su palabra y su vida. No hay nada que él nos pida que no haya hecho primero él mismo. En efecto, él fue un grano de trigo que se precipitó a caer en tierra y morir, para obtener mucho fruto; el fruto abundante de su muerte en la cruz es el don de la vida eterna que se ofrece a todos los hombres.




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