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miércoles, 22 de julio de 2009

La caridad de Cristo me urge: Menos cordura y más locura

Por Joseba Kamiruaga Mieza, cmf.
Publicado por Claretgazteak

No pocos son los momentos en los que San Antonio María Claret, en su Autobiografía, hace referencia a San Pablo. Entre los mismos podemos fijarnos en este párrafo: "Pero quien me entusiasma es el celo del apóstol San Pablo. ¡Cómo corre de una a otra parte, llevando como vaso de elección la doctrina de Jesucristo! El predica, él escribe, él enseña en las sinagogas, en las cárceles y en todas partes; él trabaja y hace trabajar oportuna e importunamente; él sufre azotes, piedras, persecuciones de toda especie, calumnias las más atroces. Pero él no se espanta; al contrario, se complace en las tribulaciones, y llega a decir que no quiere gloriarse sino en la cruz de Jesucristo" (Autobiografía 224).

Son muchos e importantes los rasgos del Apóstol de los Gentiles que aparecen en el Misionero Claret y, entre ellos, se pueden destacar dos, diferentes pero unidos (como las dos caras de una misma moneda): su amor apasionado a Jesucristo y su ardor apostólico. Todo ello se refleja en la definición de lo que es y está llamado a ser un misionero claretiano: que arde en caridad, abrasa por donde pasa, desea eficazmente y procura por todos los medios posibles encender a todos los hombres en el fuego del divino amor... Ante las palabras y obras de Jesús de Nazaret "sus discípulos se acor¬daron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará" (San Juan 2, 17). Y es que el celo por Dios y por su Causa devora a los profetas... hasta marcar indeleblemente su carácter, su andadura e, incluso, el desenlace de la vida. Porque no vale ni toda ni cualquiera cosa cuando se trata del mismo Dios y de su obra.
El celo de Dios y por Dios se convierte en actividad, ánimo, diligencia, ilusión, entusiasmo, esperanza, premura, trabajo, pasión, urgencia,..., lejos, pues, de la pretendida sabiduría de cierta apazeia que acaba por convertirse en una apatía, es decir, en un abandono, dejadez, desidia, indolencia, inercia, pereza... El celo de Dios y por Dios lleva al extremo, es decir, a lo desmesurado, intenso, exagerado, por más que sea extremado y excesivo, para que sólo Dios sea conocido, amado, servido y alabado. Pidámosle al Espíritu Santo para que "encienda nuestros sentidos" y sea "calor de vida en el hielo".