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viernes, 30 de abril de 2010

DAREMOS GLORIA A DIOS AMANDO A TODOS SUS HIJOS


Por Fray Marcos
Publicado por Fe Adulta

El pasaje de hoy también está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Juan; el último y más largo, después del lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos, y es una verdadera catequesis a la comunidad, que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús.

Como ya he repetido muchas veces, no se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia y convivencia cristianas. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido nada de todo lo que el discurso dice.

El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aun sin estrenar. No se trata sólo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: "sólo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz"; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó.

Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios, será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida, es el amor efectivo a todos los seres humanos.

El tema es eminentemente pascual; baste recordar aquellas palabras de Juan:
"Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque amamos a los hermanos" (1 Jn 3,14)

La pregunta que me tengo que hacer hoy es ésta: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristiano? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita.

La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: la señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será queno os amáis los unos a los otros. Nuestras comunidades están mucho más cerca del desamor que del verdadero amor.

Hemos insistido demasiado en lo accidental: en el cumplimiento de normas, en la creencia en unas verdades y en la celebración de unos ritos, más que en lo esencial que es el amor.

¿Por qué hemos fracasado estrepitosamente en lo que es la esencia del evangelio? El fundamental error que seguimos cometiendo es presentar el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar.

Amar es un acto de la voluntad, cuyo único objeto es el bien conocido. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien, la voluntad no puede ser movida desde dentro.

Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó, confiando en que él haya descubierto esa razón de bien.

Aquí está el error. El que una cosa esté mandada, no me tiene que llevar a mí a cumplirla, sino a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella, la razón de bien. Si no doy este último paso, será para mí una programación que trataré de quitarme de encima en cuanto encuentre la menor excusa. ¡Hemos justificado tantas veces el odio y la opresión!

Vamos al texto que acabamos de leer. Ahora es glorificado el Hijo de hombre y Dios es Glorificado en él. Jesús ha lavado los pies a los discípulos. Judas acaba de salir del cenáculo y la muerte de Jesús está decidida. ¿Dónde está la gloria? Allí donde se manifiesta el amor en el don de Jesús. Ese amor manifestado, es a la vez, la gloria de Dios y la gloria del hombre Jesús.

Para entender bien este versículo tenemos que explicar el concepto de gloria, glorificación en Juan. En el griego profano “doxa” significaba simplemente opinión, fama.

El kabod hebreo que traducen por doxa tenía un significado muy distinto. Por una parte la trascendencia y la santidad (majestad) de Dios que el hombre debe reconocer. Por otro, la manifestación de ese ser de Dios en acciones portentosas a favor de su pueblo.

En el NT se mantiene este significado, Juan mantiene el sentido de “gloria” de Dios preexistente que también atribuye al Hijo. Pero además Jesús en todas sus obras, no solamente en las portentosas, manifiesta la “doxa” de Dios.

Lo original de Juan es que esa gloria no se manifiesta sólo en los actos espectaculares de poder, sino en los que expresan sin ambigüedades el amor total de Dios. La gloria de Dios es el Amor manifestado.

No se trata pues, de fama y honor por haber hecho bien las cosas. Tampoco se trata de conceder majestad, esplendor o poder.

La gloria de la que habla Juan no es fruto de una consideración externa, (“gloria humana no la acepto”, Jn 5,41) sino que está en la misma esencia de la persona. Morir por los demás es la mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible de amor. La gloria de Jesús no es consecuencia de su muerte, es la misma muerte por amor.

Ni Dios ni Jesús pueden recibir otra clase de gloria. La única gloria que podemos dar a Dios es amar como Él ama. La gloria-amor de Jesús es poner su vida a disposición de los demás. La gloria-amor de Dios consiste en que un hombre ame como Él ama. La gloria de Jesús y la de Dios coinciden.

Les llama “Hijitos” (teknia) diminutivo de (tekna). En castellana el cariño se expresa mejor con el posesivo “hijitos míos”. Esta expresión está justificada porque se trata de un momento íntimo y emocionante. Les anuncia su próxima muerte, por eso lo que sigue tiene carácter de testamento: un amor incondicional y a todos sin excepción.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado. El “igual que yo” no es sólo comparativo, sino originante. Quiere decir que deben amarse porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado.

El amor de Dios es difícil de descubrir, pero el de Jesús se percibe en sus obras. Se trata de la seña de identidad. Es pues, la característica más importante de todo cristiano.

Es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda así establecida la diferencia entre las dos alianzas. La antigua estaba basada en una relación jurídica de toma y daca, entre Dios y el pueblo. El cumplimiento de las normas era lo importante. En la nueva alianza lo único que importa es laactitud de servicio a los demás.

En realidad, no se trata de una ley, sino de una respuesta personal, como la que dio Jesús, a lo que Dios era para él, como decía en el prólogo: “Un amor que responde a su amor” (1,16). El amor que pide Jesús debe surgir de dentro, no imponerse desde fuera como una obligación.

Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada (ni siquiera gloria). Dios es puro don, amor total. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios, que a través nuestro debe llegar a todos.

El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta nuestro egoísmo. El amar para que Dios me lo pague, no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino con relación al hombre.

Jesús se presenta como “el hijo de Hombre” (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama.

Jesús no propone un principio teórico, y después dice que vamos a cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.

En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros. El amor que pide Jesús no es una teoría, ni una doctrina. Tiene que manifestarse en la vida, en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ni ritos, ni normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado en todas y cada una de nuestras acciones.

La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano.

“Que os améis unos a otros”, se ha entendido a veces como un amor a los nuestros, a los que son cristianos como nosotros. Hay que tener mucho cuidado, porque incluso algunas formulaciones del NT, pueden dar pie a esta interpretación. Y es sobre todo Juan el que más peligro tiene de llevarnos a esta conclusión. No, desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos; si no, no hay cristianismo.

El mismo Jesús nos dice: “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? Los paganos hacen lo mismo”. No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero patatero.

No se trata de una amor humano más o menos perfecto. Se trata de entrar en la dinámica del amor de Dios. Esto es imposible, si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! esta verdad es demoledora.



Meditación-contemplación


“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo.”
El amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.
Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.
Toda su vida es consecuencia (manifestación) de esta vivencia personal.
.........................

También para nosotros es ese el único camino.
Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,
el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser;
y si lo acepto, será intelectualmente y como una programación.
.........................

El amor que me pide Jesús, no es algo que pueda tener su origen en mí.
Yo sólo puedo ser espejo que refleje lo que Dios es.
No se me exige simpatía o amistad hacia todos.
No se trata de un amor humano, sino del “ágape” divino.
............................

Fray Marcos

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Disputa entre religiones


Por Juan Masiá Clavel sj

Las disputas entre religiones parecen peleas de familia, como cuenta una parábola de Theravada.

Érase un matrimonio sin hijos, casados por conveniencia, pero bien avenidos.

Estaban cenando y faltó agua. Se levanta la esposa, va a la cocina y, al abrir la tinaja, lanza un grito sorprendida al ver una hermosa joven agazapada en su interior.

Vuelve indignada e increpa al marido. ¡Qué desfachatez, me engañas y escondes a tu amante en la tinaja de la cocina!

El marido perplejo va a la cocina, abre la tinaja y descubre agazapado en su interior a un joven de buena apariencia. Pasa de la perplejidad a la ira contra su mujer.

¡La embustera eres tú, que has escondido a tu amante en la tinaja de la cocina! Pasan de las palabras a las bofetadas.

Un bonzo que lo oye desde la calle entra en la casa a poner paz y les pregunta la causa de la riña. “Es el amante escondido en la tinaja”, dice él. “Es la amante, escondida en la tinaja”, dice ella.

El bonzo sonríe, coge la pesada piedra del fogón y la estrella contra la tinaja haciéndola añicos. Se derrama el agua inundando la cocina, pero no aparece ningún fantasma de amante por ninguna parte. La pareja había visto en el espejo del agua su propio rostro.

En la Conferencia Mundial de Religiones por la Paz, las religiones participantes confirman su voluntad de diálogo, a la vez que reconocen su falta.

El monje budista Thich Nhaat Hanh, conocido mundialmente por sus esfuerzos por la paz en Vietnam, escribe así: “Durante la guerra vi al bando antirreligioso y al religioso matarse mutuamente, pretendiendo cada uno el monopolio de la verdad”.

¿Llegará el día en que las religiones dejen de ver su propio rostro en el espejo de las otras, sin presuposiciones, ni indignaciones, sin iras ni descalificaciones?

Para ello tendría que renunciar cada una al exclusivismo y al dogmatismo.

*Jesuita. Profesor de la Universidad

Santo Domingo de Osaka (Japón)

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Domingo 2 V 2010 (Mandamientos 2): Un mandamiento nuevo, que os améis…

Publicado por El Blog de X. Pikaza

Domingo 5º de Pascua. Es el domingo del mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”. Es el mandamiento de la vida de Jesús, que “manda” siendo, que abre con su vida una mutación de vida, que es amor.

Éste es el mandamiento de la revelación de Dios, de la revelación del ser humano, mujer y varón, varón y mujer, padres e hijos, hijos y padres… judíos y gentiles, del norte y del sur… Éste es el mandamiento de la nueva humanidad de Dios, un mandamiento cristiano precisamente por ser humano. Es la revelación de la esencia del hombre.

Éste es el único mandamiento, los diez mandamientos en uno: que os améis, como ama Dios, como os he amado.

Éste es el único mandamiento, los dos mandamientos en uno, porque "amar a Dios y amar al prójimo" se resume en ésto: amáos unos a los otros, porque aquì está Dios y amando al prójimo estáis amando a Dios (y manifestáis en vuestra vida el amor de Dios)

Presentaré el texto del domingo, del evangelio de Juan…. Y lo comentaré con la carta que el mismo Juan escribió para explicarlo.

Quiero situar este comentario en la serie que empecé a dedicar hace unos días a los mandamientos, empezando por el Dodecálogo de Siquém. Éste es el Mono-logo (un único logos, mandamiento) de Jesús.

1. Texto: Juan 13, 31-33a. 34-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros."

2. Comentario. Primera de Juan

La primera carta de Juan (1 Jn) ha relacionado de manera muy intensa el amor mutuo (amor interhumano) con el ser de Dios, entendido como amor y de esa forma ha comentado el mandamiento del amor.

Parece que en un determinado momento la comunidad de Juan (es decir, del Discípulo Amado) había sufrido el riesgo del exclusivismo, cerrándose en un tipo de amor puramente interior, entre los miembros del grupo. Pero, más tarde, esa comunidad se ha integrado en la Gran Iglesia, ofreciendo su experiencia y exigencia de amor no sólo a los cristianos sino a todos los hombres y mujeres, entendidos desde Cristo como hermanos y amigos:

[a. A Dios nadie le ha visto]. Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

[b. Hemos conocido y creído. Confesión cristológica]. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él.

[b’ Dios es amor. Confesión teológica]. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor.

[a’. Conclusión y mandamiento]. Nosotros amemos, porque él nos amó primero. Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano (1 Jn 4, 7-21).

He dividido el texto en cuatro partes, que voy a comentar. Entre la primera (a) y la última (a’) hay una relación interna: ambas insisten en que Dios nos ha amado primero y vinculan amor a Dios y al prójimo, empleando el argumento de la visibilidad: nadie ha visto a Dios, pero su presencia se ilumina en el amor al prójimo a quien vemos. Las partes intermedias (b y b’) son de tipo más teórico/temático: una vincula el amor con Cristo, la otra con Dios.

a. A Dios nadie le ha visto (Amémonos unos a otros! (1 Jn 4,7-12).

Hemos puesto como título las palabras del final de este pasaje (“a Dios nadie le ha visto…”) donde se retoma y replantea, desde el amor, el argumento básico de Jn 1, 18: “a Dios nadie le ha visto jamás; el Dios único que está en el seno del Padre, ése nos lo ha manifestado”. Aquí se refleja un tema central del Antiguo Testamento, que dice: “no te fabricarás escultura, imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos o abajo en la tierra o en los mares por debajo de la tierra” (Dt 5, 8; Ex 20, 4).

En el hueco que deja la invisibilidad de Dios emerge la Palabra: no vemos a Dios, pero le escuchamos y podemos cumplir sus mandamientos. Pues bien, dando un paso más, el mismo Antiguo Testamento sabe que no se pueden hacer imágenes de Dios, porque su imagen y presencia son hombres y mujeres: Dios creó al hombre; a su imagen y semejanza lo creó; varón y mujer los creó… (Gen 1, 26-27). No se pueden hacer imágenes de Dios porque el ser humano es imagen: sacramento de Dios sobre la tierra. Ésta es la experiencia que está al fondo de nuestro pasaje: el Dios invisible se revela en el amor entre los hombres. Algunos judíos legalistas han tendido a identificar la presencia del Dios ausente con su Ley propia de pueblo separado. Algunos cristianos sacralistas han tendido a identificar al Dios ausente con ciertos ritos sacramentales o con posibles pertenencias eclesiales. Pues bien, nuestro pasaje identifica la presencia de Dios con el amor:

1. Conocer a Dios es amarnos (1 Jn 4, 7-8). Recogiendo una tradición ilustrada, Feuerbach, identifica Dios y amor, pero lo hace en forma excluyente: no hay un Dios en sí, lo divino es sólo amor humano (La esencia del cristianismo). Es evidente que nuestro pasaje no polemiza contra Feuerbach, entre otras cosas porque es muy anterior. Pero, de una forma implícita, supera y refuta su postura: sabe que no existe Dios fuera del amor; pero añade que el Amor no es invento humano, sino el mismo “ser” de Dios, como origen y sentido de todo lo que existe. Por eso, el texto pide que nos amemos no Apara crear@ el amor, sino para Areconocer nuestro origen@, pues del amor (que es Dios) hemos nacido. Ésta es la experiencia original cristiana.

2. Revelación del amor (1 Jn 4, 9). Feuerbach diría que nosotros Arevelamos@ (desplegamos, inventamos) el amor, al desplegar nuestro ser y realizarnos como humanos. Pues bien, sin negar la verdad parcial de esa postura, nuestro texto afirma que el amor es gracia antecedente: no lo hemos inventado nosotros; nos lo ha dado Dios por medio de su Hijo. La historia del amor nos precede y fundamenta. No venimos de un acaso, no estamos obligamos a Aimponer@ un ritmo de amor (perdón, justicia) sobre un mundo previamente informe, irracional, mezquino. Del amor nacemos. Por eso, nuestra acción de amar ha de entenderse como fidelidad a nuestro propio origen, expresión de nuestra esencia antecedente.

3. Esencia del amor (1 Jn 4, 10). En esto consiste el amor (en toutô estin hê ágapè). El amor no es algo que hacemos a ciegas, dejando que actúe la naturaleza; ni es algo que logramos conquistar con nuestro esfuerzo como Prometeos que roban a los dioses celosos el fuego de la vida... No es tampoco una experiencia de nostalgia ante el fracaso de las cosas, ni equilibrio cósmico que acaba encerrándonos en medio de la trama de los astros. El amor es gracia que siempre nos precede: no lo hacemos, no debemos conquistarlo ni crearlo; nos lo ofrecen en regalo. Sólo quien haya descubierto en su experiencia esta prioridad del amor puede hablar de lo divino. Pero el amor no sólo nos precede sino que, al mismo tiempo, nos rescata, nos redime, como dice el texto utilizando una palabra clave de la tradición sacrificial del Antiguo Testamento: Dios ha enviado a su Hijo como propiciación (hilasmon) por nuestros pecados. Ya no es necesario un rito de chivos emisarios (Lev 16), no hacen falta sacerdotes especiales, ni sacrificios rituales. El mismo amor del Hijo, en gratuidad y entrega de sí mismo, nos redime del pecado. Esta es la esencia del amor fuerte, que puede cambiar nuestra vida: en amor surgimos; del amor renacemos, superando así el pecado y la muerte (1 Jn 4,7).

4. Conclusión: amar al prójimo es amar a Dios (1 Jn 4, 11-12). El amor al prójimo es consecuencia y visibilización del amor de Dios. Sólo en este contexto emerge la palabra clave de mandato: opheilomen, debemos amarnos unos a otros. El mandato (entendido como imperativo) es la base de la ética kantiana: el ser humano surge allí donde se escucha una palabra que le dice Adebes@. Pues bien, aquí ese debes se traduce en forma de debemos (en plural compartido) y se entiende como respuesta a un amor antecedente. Al principio no esté un “debes” sino un “vive”: has nacido del amor, en amor has podido ir desplegando tu existencia. Por eso es importante que escuches. Sólo después se te dice, se nos dice debemos: sólo porque nos han llamado podemos responder, sólo porque nos han amado podemos amar, es decir, amarnos.

b. (Hemos conocido y creído! Confesión cristológica (1 Jn 4,13-16a).

Éste nuevo pasaje confirma desde Cristo lo que acabamos de indicar. El argumento es el mismo; pero ahora se expresa a modo de confesión creyente, de tipo experiencial. Éste es el Acredo@ de aquellos que se descubren poseídos, transformados, por el amor de Dios. Lo dividimos también en cuatro partes que forman la base de lo que será más tarde la confesión trinitaria de la Iglesia: aquí adquieren sentido el Padre, el Hijo y el Espíritu, entendidos como fuentes personales de un proceso de amor que nos desborda y fundamenta.

1. Principio pneumatológico (1 Jn 4,13). Ésta es la prueba de que existe amor: (hemos recibido el Espíritu! La comunidad que se expresa a través de estas palabras se descubre recreada, renacida. Así lo ha destacado con frecuencia la tradición juanea en los pasajes que hablan del Espíritu (cf. Jn 3, 5-8; 4, 23-24; 6, 63; 7, 39; 20, 22), especialmente en aquellos que le presentan como paráclito o abogado, intercesor, de la comunidad (Jn 15-16). Dios nos ha dado en Jesús lo más excelso (su Espíritu); por eso le aceptamos, agradecemos su don, confesamos su existencia, en él permanecemos.

2. Primera confesión: envío del Hijo (1 Jn 4, 14). Y nosotros hemos visto (tetheametha): así comienza este pasaje, reasumiendo lo anterior en forma inversa: nadie ha visto a Dios, por eso estamos llamados a encontrarle en el amor al prójimo (4,12). Pero nosotros hemos encontrado (mirado/palpado: cf 1 Jn 1, 1) a Jesús y por medio de él se ha hecho visible lo invisible, tangible lo intangible, humano lo divino. Éste ver a Dios en Jesús implica vivir en el Espíritu: mostrar el mutuo amor, mostrarse transformados por su fuerza, en gesto de amor mutuo.

3. Segunda confesión: el Hijo de Dios es Jesús (1 Jn 4,15). Las palabras anteriores se podrían entender en sentido general: Jesús habría sido un buen revelador, pero sólo uno entre otros muchos. Nuestro pasaje refuta con fuerza esa postura, retomando el tema central de 1 Jn (y del evangelio de Juan): el amor de Dios no es algo que sucede en general, como si fuera una ley constantes de la naturaleza. El amor de Dios se ha revelado en concreto, en una historia muy precisa; el Amor se ha encarnado en Jesús de Nazaret.
4. Confirmación (1 Jn 4, 16a). Sólo de esa forma, arraigados en la historia de Jesús, podemos confesar aquello que desborda las fronteras de la historia: hemos conocido el amor que Dios nos tiene. No lo sabemos por teoría, ni lo demostraremos razonando de modo intelectual o misticista sino que lo aprendemos en el Cristo. Hemos conocido y creemos (egnôkamen kai pepisteukamen) por impulso del Amor que es fuente y sentido del mundo. A Dios nadie le ha visto, pero ya podemos verle con los ojos del amor que nos ha dado Jesucristo.

b’. Dios es amor: (confesión teológica! (1 Jn 4, 16b-18).

Llegamos ahora al centro del pasaje y de toda la revelación cristiana: Dios es amor. Ésta es la palabra que se ha ido preparando a lo largo de toda la Biblia, para que ahora podamos decirla plenamente: Dios es amor porque le vemos así en Cristo; confesamos que es amor porque hemos hecho la experiencia de su gracia en el Espíritu. Porque sabemos que el amor al prójimo es divino, porque hemos descubierto su verdad en Cristo y hemos visto que es principio y fin de todo lo que existe, decimos gozosos que Dios es amor, culminando así nuestro discurso.

1. Tesis: Dios es amor (1 Jn 4, 16b). Aquí se condensa el argumento precedente. Sólo en el contexto previo de la invitación al amor y de la confesión cristológica se ilumina esta palabra. No se trata de decir que Dios es un amor cualquiera, en la línea de Platón (Banquete) o de los mitos hierogámicos. No es que conozcamos ya el amor y después se lo apliquemos a Dios. El amor del que se habla aquí es revelación: algo que los fieles han hallado en Jesucristo.

2. El amor perfecto (1 Jn 4,17). Muchos hombres viven amargados por la culpa y el castigo: les aterra el pecado que han trenzado, hasta quedar prendidos en sus redes que son siempre juicio y muerte. Pues bien, allí donde el amor se ha revelado (donde Dios mismo se muestra como Padre) cesa el temor del juicio y la vida se vuelve confianza. Como Aquél es... somos nosotros. “Aquél” es ciertamente Jesús (cf 1 Jn 2, 6; 3,5.7.16), que está ya en gloria y ha triunfado por su pascua de todo miedo y muerte. Lo que Jesús es (en vida pascual) eso somos ya nosotros, de un modo escondido, en liturgia de amor abierto a los hermanos.

3. Amor sin temor (1 Jn 4, 18). Muchos hombres vivían en el miedo: no habían descubierto al Padre Dios, ni habían entendido el amor. Por eso se movían a golpe de castigo, dominados por la angustia del pecado y el temor del juicio. Pues bien, ahora sabemos Dios se expresa en Cristo como amor que perdona y da la vida. Superando el nivel donde la vida es pura lucha, el amor que es Dios se ha desvelado como perdón, gracia y nuevo nacimiento en Cristo.

a’. Conclusión y mandamiento (1 Jn 4,19-21).

El mismo Dios que nos ama (1 Jn 4, 16a), haciéndonos superar en Cristo todo miedo (4, 17-18), nos capacita para amar. Este pasaje, que recoge todo lo anterior, se relaciona de un modo especial con la primera parte del texto (con a). El amor de Dios se expresa como fuente y sentido de nuestro amor:

1. Principio (1 Jn 4,19). Recoge la fórmula inicial (agapômen: amémonos, cf 4, 7) y el sentido de todo el argumento: porque Dios nos amó primero debemos amarnos. Sobre la revelación del amor de Dios, expresada en Cristo, viene a fundarse el mandamiento cristiano. De lo que somos o, mejor dicho, de lo que Dios es en nosotros al amarnos, brota aquello que debemos ser/hacer: amarnos unos a otros. Ya no hay dos mandamientos (como en Mc 12,28-32: amar a Dios y amar al prójimo) porque el amor de Dios no es mandamiento, sino gracia que se expresa en el mismo amor al prójimo

2. Razón fundamental (Jn 4, 20). Recoge lo dicho: la invisible de Dios se vuelve visible en el prójimo; por eso, el amor de Dios ha de expresarse como amor humano. Un Dios separado del prójimo se vuelve idolatría, mala religión, santidad perversa. Más que el posible “pecado” contra Dios (que nunca se puede refutar directamente), al texto le interesa el pecado sobre el prójimo. En este fondo la verdad deja de ser una teoría y la teodicea una abstracción.

Conclusión (Jn 4, 21). Culmina así el pasaje y todo el texto. Esta es la entolê, el único mandato: allí donde se ha dado amor a Dios habrá de darse y triunfar el amor mutuo (al prójimo). Los dos mandamientos (amor a Dios y al prójimo) se expresan y concentran en uno: amor al prójimo. Ésta es la verdad de Dios en la historia

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Comentario al Evangelio del Domingo 02 de Mayo del 2010


Fernando Torres Pérez cmf
Publicado por Ciudad Redonda

Esperando y amando

Llevamos siglos ansiando lo que nos dice la segunda lectura de este domingo: el cielo nuevo y la tierra nueva, la nueva Jerusalén, la ciudad nueva que sea realmente nuestra morada, donde ya no haya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Llevamos siglos esperando que alguien diga esas palabras mágicas con las que termina esa primera lectura: “Todo lo hago nuevo”.
No hace falta más que mirar en nuestras librerías o rebuscar en los libros de historia antigua y reciente para poner a la luz esa espera-esperanza. Y descubrir también las energías consumidas en la lucha por hacer realidad ya aquí esa espera-esperanza. Así han sido los revolucionarios de todas las revoluciones –pasa que a la mayoría la revolución se les fue luego de las manos y su tierra nueva terminó convertida en un infierno–. Así han sido muchos de los que han ido con el Evangelio en la mano por esos mundos –¿no fueron eso las reducciones jesuíticas en Paraguay o las comunidades creadas por los franciscanos en México en torno al siglo XVII?–. Comunismo y anarquismo han tenido también mucho de esa capacidad para poner en la cabeza de las personas el sueño de una ciudad nueva, más justa y más humana. También fracasaron. Podríamos poner muchos más ejemplos. Todos se fueron al garete.


Personas que sueñan... y actúan

Lo gracioso es que el sueño sigue. Aunque demasiadas veces se nos haya convertido en pesadilla. Seguimos soñando, ansiando, deseando, esperando la ciudad nueva donde las relaciones entre las personas no estén marcadas por el egoísmo ni la violencia sino por la justicia, la igualdad y el amor fraterno. No es que haya idealistas. Es que, lo debemos reconocer, todos llevamos, más o menos reprimido, más o menos apagado, un idealista, un soñador dentro de nosotros. Y muchos siguen trabajando y entregando su vida generosamente en el esfuerzo por hacer realidad esos cielos nuevos y esa tierra nueva.
Pienso en la vida de una misionera, una religiosa, de la que hace poco oía decir en un medio de comunicación que había pasado toda su vida en Ruanda. Allí conoció los momentos peores de la guerra entre hutus y tutsis. Muchos se fueron de allí. Ella decidió quedarse. Y seguir trabajando por crear vida y esperanza en aquellos campos de muerte y odio. Preguntada por qué hacia eso y si era la fe la que animaba su entrega, respondió que “amaba a aquellas personas”. ¡Qué respuesta tan cristiana, tan profundamente evangélica!
La señal de los que creen en Jesús es el amor. Así nos lo dice el mismo Jesús. Los discípulos creen en ese mundo nuevo y en esa tierra nueva. Su esperanza es animada por el mismo Jesús y se transforma en amor real y concreto a los que nos rodean. Y en esfuerzo constante y generoso por hacer realidad esa esperanza de una ciudad nueva, que sin duda Dios mismo ha puesto en nuestro corazón. Nuestra esperanza no es vana y se transforma en compromiso real y eficaz.


Vivir amando

No amamos a los otros como una forma de ganarnos el cielo o de obtener el perdón de nuestros pecados. Amamos a los otros porque hemos sentido en nuestros corazones el amor de Dios, porque hemos descubierto que Dios es amor y que la vida sólo vale la pena vivirla si la consumimos amando. Eso es dar gloria a Dios. Eso es alabar a Dios: amar.
Cuando comenzamos a vivir de esa manera, los sueños, los viejos ideales comienzan a tomar carne, a hacerse realidad. Los cielos nuevos y la tierra nueva dejan de ser un ideal inalcanzable para ser semilla recién plantada en la forma como nos relacionamos con los vecinos, como tratamos a nuestros familiares, como... Cada minuto en la vida se convierte en una ocasión para amar, para participar en esa creación colectiva de un mundo nuevo y una tierra nueva. Eso y no otra cosa es vivir el amor que Jesús nos propone en el Evangelio de este domingo.
La visita de Pablo y Bernabé por las comunidades de que nos habla la lectura de los Hechos era una visita creadora de esperanza. Descubrían la acción del Espíritu en cada comunidad y alababan y daban gracias a Dios porque la chispa del amor de Dios había llegado a los corazones de aquellos hombres y mujeres. No tenían duda de que esa chispa se convertiría en un incendio. Sabían que su espera se había convertido en esperanza cierta. ¿Mantenemos así viva nuestra esperanza?

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“Si se aman (...), todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos”


Encuentros con la palabra
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

V Domingo de Pascua
Ciclo C (Juan 13, 31-33a. 34-35)
2 de mayo de 2010

Cuentan que un agricultor sembraba todos los años maíz en sus campos. Después de muchos años, logró conseguir la mejor semilla de maíz que se podía obtener. Mientras los cultivos de sus vecinos deban cinco mazorcas por uno, el suyo daba cincuenta mazorcas por un grano. El hombre se preocupaba por dejar cada año una buena cantidad de semilla para volver a sembrar y para regalarle a todos sus vecinos, que se alegraban con esta generosidad del agricultor. Cuando alguien le preguntó por qué hacía eso, él respondió: «Si mis vecinos tienen también buen maíz, mis maizales serán cada vez mejores; pero si el maíz de ellos es malo, también mi maizal empeorará». Nadie entendió la respuesta, de modo que él añadió: «Los insectos y los vientos que llevan el polen de unos sembrados a otros y fecundan las cosechas para que produzcan su fruto, no tienen en cuenta si los sembrados son míos o de mis vecinos… Mis sembrados crecerán lo que los sembrados de mis vecinos crezcan».

Cuando Jesús se despidió de su discípulos, les dejó un mandamiento nuevo: “Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos”. Esta es la señal por la que los cristianos deberíamos ser reconocidos. No deberíamos preocuparnos tanto por las insignias externas, por las prácticas piadosas, sino por la calidad de nuestras relaciones. Cuando amamos a alguien, le hacemos el bien, le ayudamos a ser mejor, a vivir en plenitud esta existencia que Dios nos ha regalado para compartirla como hermanos.

Tal vez esta es la tarea más importante que tenemos delante. Crear relaciones que nos ayuden a crecer. La competitividad que nos impone una sociedad como la que hemos organizado, nos obliga constantemente a buscar nuestro propio bienestar en detrimento del bienestar de los demás. Parecería que la relación entre nuestro crecimiento y el crecimiento de los demás fuera inversamente proporcional. Pero desde la lógica de Dios, las cosas son al contrario. Cuanto más crezcan aquellos que están a nuestro lado, más creceremos también nosotros. Si estuviéramos convencidos de esta verdad y si la hiciéramos la norma de nuestra vida, otra cosa sería este mundo. El Señor resucitado estaría más presente entre nosotros y nuestro testimonio se iría extendiendo a lo largo y ancho del mundo.

Dios es como el agricultor de la historia. El reparte sus dones a todos y quiere que todos crezcan y lleguen a la plenitud. Y así quiere que seamos los que nos llamamos seguidores suyos. Jesús vivió así su existencia y quiere que sus discípulos vivamos de la misma manera. No solo con el sentido egoísta de buscar nuestro interés ayudando a los demás, sino convencidos de que es la mejor manera de hacerlo presente en medio de nuestras familias, de la Iglesia y de la sociedad.

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Evangelio Misionero del Día: Sabado 01 de Mayo de 2010 - CUARTA SEMANA DE PASCUA


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 7-14

A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen?
El que me ha visto, ha visto al Padre.
¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"?
¿No crees
que Yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías:
el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí.
Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro
que el que cree en mí
hará también las obras que Yo hago,
y aún mayores,
porque Yo me voy al Padre.
Y Yo haré todo lo que ustedes
pidan en mi Nombre,
para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
Si ustedes me piden algo en mi Nombre, Yo lo haré».

Compartiendo la Palabra
Por Rosa Ruiz, rmi

Pablo y Bernabé anunciaron el Evangelio sin contemplaciones ni paños calientes… y claro, eso molesta. Así que “los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad y provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé expulsándolos del territorio”. Hasta ahí, posiblemente, nada que nos extrañe y que no se vaya repitiendo a lo largo de la Historia. Sí me llama la atención su reacción: ellos se fueron tranquilos, sacudiendo el polvo de los pies. Y en medio de todo, “los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo”. ¡Qué interesante actitud! ¿Te imaginas que nosotros, los discípulos de hoy, nos quedáramos llenos de alegría y Espíritu Santo cuando se someta a la Iglesia o a algunos de sus miembros a la persecución social o escarnio público?

Más aún: ¿podría ser un criterio apostólico irnos de donde nos echan y sacudir el polvo de los pies donde no se nos quiere? ¿Tendremos que hacerlo más en vez de apoltronarnos en algunas posiciones como si fueran lugares obligados y eternos de nuestro anuncio y presencia?

Difícil este discernimiento. Quizá incluso nos parezca que sobrepasa nuestras fuerzas, pero el mismo Jesús nos recuerda en el Evangelio que si permanecemos en Él –y con Él, en el Padre-, haremos sus obras… ¡y aún mayores! Permanecer, permanecer… ¡qué hermosa palabra!

Permanecer y no encallarme amarrado a nada. Pues quien se queda al grito de: “¡y nadie me mueve de aquí!”, cierra las puertas y ventanas a la novedad del Espíritu, se convierte él mismo en Dios y Señor de su vida, aunque quiera seguir al Resucitado….
Permanecer y no andar de un lado a otro como una veleta. Pues quien permanece apuesta por aquello donde se queda. Quien sólo se queda “mientras dure el momento”, no apostará, no invertirá sus bienes y su vida a tiempo completo…

San José, que hoy celebramos como obrero, en la Fiesta del Trabajo, supo permanecer: ni cambiar a mi gusto ni empeñarme en para siempre. José, el obediente, no el sumiso. José el hombre realista y sereno, trabajando para sacar adelante a su familia. Y no de cualquier forma. No a cualquier precio. Quizá por eso fue tan significativo que la Iglesia transformara un día marcado por el odio y el enfrentamiento social (¡era 1955!: diferencia de clases, injusticias, gritos, lucha, explotación…) en una fiesta litúrgica. Pío XII decía:

"Tomado en este sentido por los obreros cristianos el 1 de mayo… lejos de ser fomento de discordias, de odios y de violencias, es y será una invitación constante a la sociedad moderna a completar lo que aún falta a la paz social. Fiesta cristiana, por tanto; es decir, día de júbilo para el triunfo concreto y progresivo de los ideales cristianos de la gran familia del trabajo. A fin de que os quede grabado este significado... nos place anunciaros nuestra determinación de instituir, como de hecho lo hacemos, la fiesta litúrgica de San José Obrero”.

Igual en el ámbito social, como en el religioso, como en tu vida cotidiana y en tu vocación, no todo vale. La fidelidad es otra cosa. La fidelidad permanece, no se estanca ni depende del viento o de mis gustos y sentimientos. Es la fidelidad silenciosa, discreta y eficaz a la vez en la que permaneció José, el obrero.

Vuestra hermana en la fe,
Rosa Ruiz, misionera claretiana

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Lecturas y Liturgia de las Horas: Sabado 01de Mayo de 2010


CUARTA SEMANA DE PASCUA

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13, 44-52

Cuando Pablo llegó a Antioquía de Pisidia, casi toda la ciudad se reunió el sábado siguiente para escuchar la Palabra del Señor. Al ver esa multitud, los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron:
«A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra del Señor, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos. Así nos ha ordenado el Señor:
"Yo te he establecido
para ser la luz de las naciones,
para llevar la salvación
hasta los confines de la tierra"».

Al oír esto, los paganos, llenos de alegría, alabaron la Palabra del Señor, y todos los que estaban destinados a la Vida eterna abrazaron la fe. Así la Palabra del Señor se iba extendiendo por toda la región.
Pero los judíos instigaron a unas mujeres piadosas que pertenecían a la aristocracia y a los principales de la ciudad, provocando una persecución contra Pablo y Bemabé, y los echaron de su territorio. Éstos, sacudiendo el polvo de sus pies en señal de protesta contra ellos, se dirigieron a Iconio.
Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL 97, 1-4

R. ¡Contemplen el triunfo de nuestro Dios!

Canten al Señor un canto nuevo,
porque Él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.



Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 7-14

A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen?
El que me ha visto, ha visto al Padre.
¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"?
¿No crees
que Yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías:
el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí.
Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro
que el que cree en mí
hará también las obras que Yo hago,
y aún mayores,
porque Yo me voy al Padre.
Y Yo haré todo lo que ustedes
pidan en mi Nombre,
para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
Si ustedes me piden algo en mi Nombre, Yo lo haré».

Palabra del Señor.


LITURGIA DE LAS HORAS
TIEMPO PASCUAL
SÁBADO DE LA SEMANA IV
Del propio del tiempo. I Vísperas del domingo V

1 de mayo

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Himno: VELARON LAS ESTRELLAS EL SUEÑO DE SU MUERTE

Velaron las estrellas el sueño de su muerte,
sus luces de esperanzas las recogió ya el sol,
en haces luminosos la aurora resplandece,
es hoy el nuevo día en que el Señor actuó.

Los pobres de sí mismos creyeron su palabra,
la noche de los hombres fue grávida de Dios,
él dijo volvería colmando su esperanza,
más fuerte que la muerte fue su infinito amor.

De angustia estremecida lloró y gimió la tierra,
en lágrimas y sangre su humanidad vivió,
pecado, mal y muerte perdieron ya su fuerza,
el Cristo siempre vivo es hoy nuestro blasón.

De gozo reverdecen los valles y praderas,
los pájaros y flores, su canto y su color,
celebran con los hombres la eterna primavera
del día y la victoria en que el Señor actuó.

Recibe, Padre santo, los cánticos y amores
de cuantos en tu Hijo hallaron salvación,
tu Espíritu divino nos llene de sus dones,
los hombres y los pueblos se abran a tu Amor. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor! Aleluya.

Salmo 91 - ALABANZA A DIOS QUE CON SABIDURÍA Y JUSTICIA DIRIGE LA VIDA DE LOS HOMBRES.

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes
sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.

Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.

Porque tus enemigos, Señor, perecerán,
los malhechores serán dispersados;
pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Mis ojos no temerán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.

El justo crecerá como una palmera
y se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor! Aleluya.

Ant. 2. Derramaré sobre vosotros un agua pura. Aleluya.

Cántico: DIOS RENOVARÁ A SU PUEBLO - Ez 36, 24-28

Os recogeré de entre las naciones,
os reuniré de todos los países,
y os llevaré a vuestra tierra.

Derramaré sobre vosotros un agua pura
que os purificará:
de todas vuestras inmundicias e idolatrías
os he de purificar;
y os daré un corazón nuevo,
y os infundiré un espíritu nuevo;
arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.

Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos,
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.

Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo
y yo seré vuestro Dios.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Derramaré sobre vosotros un agua pura. Aleluya.

Ant. 3. Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. Aleluya.

Salmo 8 - MAJESTAD DEL SEÑOR Y DIGNIDAD DEL HOMBRE.

Señor, dueño nuestro,
¡que admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos;
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por las aguas.

Señor, dueño nuestro,
¡que admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. Aleluya.

LECTURA BREVE Rm 14, 7-9

Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno muere para sí. Que si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, para el Señor morimos. En fin, que tanto en vida como en muerte somos del Señor. Para esto murió Cristo y retornó a la vida, para ser Señor de vivos y muertos.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya. Aleluya.
R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya. Aleluya.

V. El que por nosotros colgó del madero.
R. Aleluya. Aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita. Aleluya.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, que nos ha manifestado la vida eterna, y digámosle confiados:

Que tu resurrección, Señor, nos haga crecer en gracia.

Pastor eterno, contempla con amor a tu pueblo, que se levanta ahora del descanso,
y aliméntalo durante este día con tu palabra y tu eucaristía.

No permitas que seamos arrebatados por el lobo que devora o entregados por el mercenario que huye,
sino haz que escuchemos siempre tu voz de buen pastor.

Tú que actúas siempre juntamente con los ministros de tu Evangelio y confirmas su palabra con tu gracia,
haz que durante este día proclamemos tu resurrección con nuestras palabras y con nuestra vida.

Sé, Señor, tú mismo nuestro gozo, el gozo que nadie puede arrebatarnos,
y haz que, alejados de toda tristeza, fruto del pecado, tengamos hambre de poseer tu vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Concluyamos nuestra oración, diciendo juntos las palabras de Jesús, nuestro maestro:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, asístenos con tu gracia para que llevemos a su más plena realidad, en nosotros mismos, el misterio pascual que estamos celebrando, y para que así los que hemos renacido en el bautismo demos fruto abundante de vida cristiana y alcancemos finalmente los goces de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.


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I VÍSPERAS
Oración de la tarde

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: REVESTIDOS DE BLANCAS VESTIDURAS

Revestidos de blancas vestiduras,
vayamos al banquete del Cordero
y, terminando el cruce del mar Rojo
alcemos nuestro canto al rey eterno.

La caridad de Dios es quien nos brinda
y quien nos da a beber su sangre propia,
y el Amor sacerdote es quien se ofrece
y quien los miembros de su cuerpo inmola.

Las puertas salpicadas con tal sangre
hacen temblar al ángel vengativo,
y el mar deja pasar a los hebreos
y sumerge después a los egipcios.

Ya el Señor Jesucristo es nuestra pascua,
ya el Señor Jesucristo es nuestra víctima:
el ázimo purísimo y sincero
destinado a las almas sin mancilla.

Oh verdadera víctima del cielo,
que tiene a los infiernos sometidos,
ya rotas las cadenas de la muerte,
y el premio de la vida recibido.

Vencedor del averno subyugado,
el Redentor despliega sus trofeos
y, sujetando al rey de las tinieblas,
abre de par en par el alto cielo.

Para que seas, oh Jesús, la eterna
dicha pascual de nuestras almas limpias,
líbranos de la muerte del pecado
a los que renacimos a la vida.

Gloria sea a Dios Padre y a su Hijo,
que de los muertos ha resucitado,
así como también al sacratísimo
Paracleto, por tiempo ilimitado. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. El alzar de mis manos suba a ti, Señor, como ofrenda de la tarde. Aleluya.

Salmo 140, 1-9 - ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Señor, te estoy llamando, ven de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos;
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo opondré mi oración a su malicia.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. El alzar de mis manos suba a ti, Señor, como ofrenda de la tarde. Aleluya.

Ant. 2. Me sacaste de la prisión: por eso doy gracias a tu nombre. Aleluya.

Salmo 141 - ORACIÓN DEL HOMBRE ABANDONADO: TU ERES MI REFUGIO

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Me vuelvo a la derecha y miro:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi heredad en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Me sacaste de la prisión: por eso doy gracias a tu nombre. Aleluya.

Ant. 3. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer; y se ha convertido para los que lo obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL - Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer; y se ha convertido para los que lo obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

LECTURA BREVE 1Pe 2, 9-10

Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, sois ahora pueblo de Dios; vosotros, que estabais excluidos de la misericordia, sois ahora objeto de la misericordia de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

V. Al ver al Señor.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Hijo del hombre ha entrado en su gloria, y por él Dios ha recibido su exaltación. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. El Hijo del hombre ha entrado en su gloria, y por él Dios ha recibido su exaltación. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, vida y resurrección de todos los hombres, y digámosle con fe:

Hijo de Dios vivo, protege a tu pueblo.

Te rogamos, Señor, por tu Iglesia extendida por todo el mundo:
santifícala y haz que cumpla su misión de llevar tu reino a todos los hombres.

Te pedimos por los que sufren hambre y por los que están tristes, por los enfermos, los oprimidos y los desterrados:
dales, Señor, ayuda y consuelo.

Te pedimos por los que se han apartado de ti por el error o por el pecado:
que obtengan la gracia de tu perdón y el don de una vida nueva.

Salvador del mundo, tú que fuiste crucificado, resucitaste y has de venir a juzgar al mundo,
ten piedad de nosotros, pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Te rogamos, Señor, por los que viven en el mundo
y por los que han salido ya de él, con la esperanza de la resurrección.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Dios nuestro, que nos has enviado la redención y concedido la filiación adoptiva, protege con bondad a los hijos que tanto amas, y concédenos, por nuestra fe en Cristo, la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.



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COMPLETAS
(Oración antes del descanso nocturno)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Hermanos, habiendo llegado al final de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos sinceramente nuestros pecados.

Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión:
por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Himno: EL CORAZÓN SE DILATA

El corazón se dilata
sin noche en tu santo cuerpo,
oh morada iluminada,
mansión de todo consuelo.

Por tu muerte sin pecado,
por tu descanso y tu premio,
en ti, Jesús, confiamos,
y te miramos sin miedo.

Como vigilia de amor
te ofrecemos nuestro sueño;
tú que eres el paraíso,
danos un puesto en tu reino. Amén.

SALMODIA

Ant. Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 4 - ACCIÓN DE GRACIAS.

Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración.

Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor,
amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?
Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.

Temblad y no pequéis, reflexionad
en el silencio de vuestro lecho;
ofreced sacrificios legítimos
y confiad en el Señor.

Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha,
si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?»

Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría
que si abundara en trigo y en vino.

En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Salmo 133 - ORACIÓN VESPERTINA EN EL TEMPLO

Y ahora bendecid al Señor,
los siervos del Señor,
los que pasáis la noche
en la casa del Señor:

Levantad las manos hacia el santuario,
y bendecid al Señor.

El Señor te bendiga desde Sión:
el que hizo cielo y tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Aleluya, aleluya, aleluya.

LECTURA BREVE Dt 6,4-7

Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria; se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado.

RESPONSORIO BREVE

V. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Aleluya, aleluya.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Aleluya, aleluya.

V. Tú, el Dios leal, nos librarás.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz. Aleluya.

CÁNTICO DE SIMEÓN Lc 2, 29-32

Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos

luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz. Aleluya.

ORACIÓN

OREMOS,
Guárdanos, Señor, durante esta noche y haz que mañana, ya al clarear el nuevo día, la celebración del domingo nos llene con la alegría de la resurrección de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén

BENDICIÓN

V. El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una santa muerte.
R. Amén.

ANTÍFONA FINAL DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque Cristo,
a quien llevaste en tu seno, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

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EVANGELIO DEL DOMINGO: EL AMOR NUEVO Y ÚNICO

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

El texto que nos presenta el Evangelio de este domingo es casi una prolongación del que escuchábamos el domingo pasado. Porque la consecuencia de sabernos pastoreados por Jesús, Buen Pastor de nuestras vidas, es justamente no ser noso tros lobos para nadie. Y la consecuencia de estar en ese redil que son las manos del Padre, donde somos co nocidos por nuestro nombre, es precisamente no ser extraños para nadie.
Este texto está tomado del Testamento de Jesús, de su Oración Sacerdotal. Todo a punto de cumplirse, como quien escrupulosamente se esmera en vivir lo que de él esperaba Otro, pero no como si fuera un guión artificial y sin entrañas, sino como quien realiza hasta el fondo y hasta el final un proyecto, un diseño de amor. Y toda esa vida nacida para curar, para iluminar y para salvar, está a punto de ser sacrificada, en cuya entrega se dará gloria a Dios. Puede parecer hasta incluso morbosa esta visión de la muerte, o como siempre sucede, para unos será escándalo y para otros locura (cf. 1Cor 1,18), risa y frivolidad para quien jamás ha intuido que el amor no consiste en dar muchas co sas, sino que basta una sola: darse uno mismo, de una vez y para siempre.
En este contexto de dramatismo dulce, de tensión serena, Jesús deja un mandato nuevo a los suyos: amarse recíprocamente como Él amó. Porque Jesús amó de otra manera, como nunca antes y nunca después. Esa era la novedad radical y escandalosa: amar hasta el final, a cada persona, en los momentos sublimes y estelares, como en los banales y cotidianos.
Porque lo apasionante de ser cristiano, de seguir a Jesús, es que aquello que sucedió hace 2000 años, vuelve a suceder... cuando por nosotros y por nuestra forma de amar y de amarnos, recono cen que somos de Cristo. Más aún: que somos Cristo, Él en nosotros. Es el aconte­cimiento que continúa. Quien ama así, deja entonces que Otro ame en él, y el mundo se va llenando ya de aquello que ese Otro -Jesús- fue y es: luz, bondad, paz, gracia, perdón, alegría... . Este es nuestro santo y seña, nuestro uniforme, nuestra revolución: Amar como Él, y ser por ello reconocidos como pertenecientes a Jesús y a los de Jesús: su Iglesia.

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Lectio: 5º Domingo de Pascua - El mandamiento nuevo:amar al prójimo como Jesús nos amó (Juan 13,31-35)

Publicado por Los Carmelitas
Lectio: Domingo, Mayo 2, 2010

1. LECTIO

a) Oración inicial:

Señor Jesús ayúdanos a entender el misterio de la Iglesia, comunidad de amor. Al darnos el mandamiento nuevo como constitutivo de la Iglesia, tú nos indicas que es el primero en la jerarquía de valores. Cuando estabas a punto de despedirte de tus discípulos, has querido ofrecer el memorial del mandamiento nuevo, el nuevo estatuto de la comunidad cristiana. No fue una piadosa exhortación, sino más bien, un mandamiento nuevo, que es el amor. En esta ‘relativa ausencia’ estamos invitados a reconocerte presente en la persona del hermano. En este periodo de la Pascua, Señor Jesús, tú nos recuerdas que el tempo de la Iglesia, es el tiempo de la caridad , es el tempo del encuentro contigo mediante los hermanos. Sabemos que al final de nuestra vida nos juzgarán sobre el amor. Ayúdanos a encontrarnos en cada uno de nuestros hermanos y hermanas, aprovechando las pequeñas ocasiones de cada día.

b) Lectura del texto:

Juan 13,31-3531 Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. 32 Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto.33 «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros.
34 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. 35 En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.»

c) Unos momentos de silencio orante:

El pasaje evangélico que vamos a meditar nos presenta unas palabras de despedida de Jesús dirigidas a sus discípulos. Este relato hay que considerarlo una especie de sacramento del encuentro con la Persona viva y verdadera de Jesús.

2. MEDITATIO

a) Preámbulo al discurso de Jesús:

Nuestro pasaje concluye el cap. 13 en el que se entrelazan dos temas, que luego son retomados y desarrollados en el cap. 14: donde el Señor va, y por lo tanto el lugar; y el tema del mandamiento del amor. Algunas consideraciones sobre cómo se articula el contexto en el que están insertas las palabras de Jesús sobre el mandamiento nuevo pueden ayudarnos a llegar a algunas reflexiones preciosas sobre los contenidos.

En primer lugar en el v.31 se dice «cuando salió», ¿de qué se trata? Para entenderlo hay que ir al v. 30 donde se dice que «tomado un bocado, salió enseguida. Y era de noche». Por consiguiente, el personaje que sale es Judas. La expresión «era de noche», es característica de todos los «discursos de despedida» que acontecen justamente de noche. Las palabras de Jesús en Juan 13,31-35 van precedidas de esta inmersión en la oscuridad de la noche. ¿Qué significado simbólico tienen? En Juan la noche representa el momento cumbre de la intimidad esponsal (por ejemplo la noche esponsal), pero al mismo tempo de la suprema angustia. Otro significado de la oscuridad de la noche: representa el peligro por antonomasia, es el momento en el que el enemigo urde los hilos de la venganza hacia nosotros, expresa el momento de la desesperación, de la confusión, del desorden moral e intelectual. La oscuridad de la noche es como un callejón sin salida.

Durante la tormenta nocturna, en Juan 6, la oscuridad de la noche expresa la experiencia de la desesperación y de la soledad, mientras que están en mano de las fuerzas oscuras que agitan las aguas del mar. Y la anotación temporal "mientras era aún de noche" en Juan 20,1 indica las tinieblas producidas por la ausencia de Jesús. En el Evangelio de Juan, Cristo luz no está en el sepulcro, por ello reina la oscuridad (20,1).

Con razón, pues, los «discursos de despedida» hay que considerarlos dentro de este marco temporal. Casi a indicar que el color de fondo de estos discursos es la separación, la muerte o el irse de Jesús que dará lugar a una sensación de vacío o de amarga soledad. En el hoy de la iglesia y de la humanidad podría significar que cuando Jesús lo ausentamos de nuestra vida despunta en nosotros la experiencia de la angustia y del sufrimiento.

Volviendo a las palabras de Jesús en 3,31-34, eco de su ida y de su muerte inmediata, el evangelista Juan evoca de nuevo su pasado vivido con Jesús, entretejido de recuerdos que le han abierto los ojos a la riqueza misteriosa del Maestro. Esta memoria del pasado forma parte también del camino de fe.

Es característico de los «discursos de despedida» el que todo lo que se transmite, en particular en el momento tan trágico y solemne de la muerte, se convierta en patrimonio inalienable, testamento que hay que custodiar con fidelidad. Y también los discursos de Jesús sintetizan todo lo que ha enseñado y realizado, con el intento de solicitar a los discípulos para que sigan la misma dirección que él mismo ha indicado.

b) Para ahondar en el tema:

Nuestra atención se detiene, ante todo, sobre la primera palabra utilizada por Jesús en este discurso de despedida que leemos en este domingo de Pascua: «Ahora». «Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado». ¿De qué «hora» se trata? Es el momento de la cruz que coincide con la glorificación. Este último término en el Evangelio de Juan coincide con la manifestación, o revelación. Por consiguiente la cruz de Jesús es la «hora» de la máxima epifanía o manifestación de la verdad. Hay que excluir todo significado sobre el ser glorificado que pueda hacer pensar a algo relativo al «honor», al «triunfalismo», etc.

Por un lado Judas entra de noche, Jesús se prepara a la gloria: «Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto” (v.31-32). La traición de Judas madura en Jesús la convicción de que su muerte es «gloria». La hora de la muerte en cruz está en el plan de Dios; es la «hora» en la que sobre el mundo, mediante la gloria del «Hijo del hombre», resplandecerá la gloria del Padre. En Jesús, que ofrece la vida al Padre en la «hora» de la cruz, Dios se glorifica revelando su ser divino y acogiendo en su comunión a todos los hombres.

La gloria de Jesús (del Hijo) consiste en su «amor hasta el extremo» por todos los hombres, tanto que se ofrecen hasta a los que le traicionan. Un amor, el amor del Hijo, que se hace cargo de todas las situaciones destructoras y dramáticas que gravitan alrededor de la vida y de la historia de los hombres. La traición de Judas es el símbolo, no tanto de un individuo, como de toda la humanidad malvada e infiel a la voluntad de Dios.

Sin embargo, la traición de Judas sigue siendo un evento cargado de misterio. Un exegeta escribe: “Con su traicionar a Jesús, «la culpa se inserta en la revelación; y hasta se pone al servicio de la revelación» (Simoens, Secondo Giovanni, 561). En un cierto sentido la traición de Judas ofrece la posibilidad de conocer mejor la identidad de Jesús: su traición ha permitido comprender hasta que punto ha llegado la predilección de Jesús por los suyos. Don Mazzolari escribe: «Los apóstoles se han convertido en amigos del Señor, buenos o no, generosos o no; fieles o no quedan siempre amigos. No podemos traicionar la amistad de Cristo: Cristo no nos traiciona nunca, no traiciona nunca a sus amigos, aunque no lo merezcamos, aún cuando nos rebelamos en contra de El, aún cuando lo negamos. Ante sus ojos y su corazón nosotros somos siempre los “amigos” del Señor. Judas es un amigo del Señor aunque en el momento en que, besándolo, consume la traición del Maestro» (Discursos 147).

c) El mandamiento nuevo:

Detengamos nuestra atención sobre el memorial del mandamiento nuevo.

En el v.33 notamos un cambio en el discurso de despedida de Jesús, no se usa más la tercera persona, sino que hay un «tú» a quien el Maestro dirige su palabra. Este «tú» se expresa al plural y con un término griego que expresa profunda ternura: «hijitos» (teknía). Más concretamente: Jesús utilizando este término quiere comunicar a sus discípulos, con el tono de su voz y con la apertura de su corazón, la inmensa ternura que les tiene.

Es interesante, además, otra indicación que encontramos en el v.34: «que os améis unos a otros como yo os he amado». El término griego Kathòs «como», no indica de por sí una comparación: como yo os he amado, amaos. El sentido podría ser consecutivo o causal: «Ya que yo os he amado, así amaos también vosotros».

Hay exegetas que como el P.Lagrange ven en este mandamiento de Jesús un sentido escatológico: durante su relativa ausencia, Jesús, en espera de su definitivo retorno, quiere ser amado y servido en la persona de sus hermanos. El mandamiento nuevo es el único mandamiento. Si falta, todo falta. Escribe Magrassi: «Fuera las etiquetas y las clasificaciones: todo hermano es sacramento de Cristo. Interroguémonos sobre nuestra vida cotidiana: ¿es posible vivir al lado del hermano de la mañana a la noche sin aceptarlo y sin amarlo? La gran operación en este caso es el éxtasis en el sentido etimológico de la palabra: salir de mí para hacerme prójimo de cualquiera que me necesite, empezando por los más cercanos y por las cosas humildes de cada día» (Vivere la chiesa, 113).

d) Para la reflexión:

- ¿Amamos a nuestros hermanos como amamos a Cristo?
- ¿Sé reconocer al Señor presente en la persona del hermano, de la hermana?
- ¿Sé captar las pequeñas ocasiones cotidianas para hacer bien a los demás?
- Interroguémonos sobre nuestra vida cotidiana: ¿es posible vivir al lado de los hermanos de la mañana a la noche sin aceptarlos y sin amarlos?
- La caridad ¿da sentido a todo en mi vida?
¿Qué puedo hacer para mostrar mi agradecimiento al Señor que vino por mi a hacerse siervo y ha consagrado por mi bien toda su vida? Jesús contesta: Sírveme en mis hermanos. Es éste el modo más auténtico para indicar el realismo de tu amor para conmigo.

3. ORATIO

a) Salmo 23,1-6:

El salmo nos ofrece la imagen de la Iglesia peregrina, acompañada por la bondad y lealtad de Dios, hasta que llegue definitivamente a la casa del Padre. A lo largo de este camino, la orienta el memorial del amor: tu bondad y tu fidelidad me acompañan.

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.
Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

b) Orar con los Padres de la Iglesia:

Te amo por ti mismo, te amo por tus dones,
te amor por tu amor
y te amo de manera que,
si un día Agustín fuera Dios
y Dios fuera Agustín,
quisiera volver a ser lo que soy, Agustín.
Para hacer de ti el que eres,
porque tú sólo eres digno de ser quien eres.
Señor, tu lo ves,
mi lengua desvaría,
no sé expresarme,
pero no desvaría el corazón.
Tú ves lo que yo siento
y aquello que no sé decirte.
Te amo, Dios mío,
y mi corazón es angosto ante tanto amor,
mis fuerzas ceden a tanto amor,
y mi ser es demasiado pequeño por tanto amor.
Salgo de mi pequeñez
y todo en ti me sumerjo,
me transformo y me pierdo.
Fuente del ser mío,
Fuente de todo mi bien:
Mi amor y mi Dios.

(S. Agustín: Las Confesiones)

c) Oración final:

La Beata Teresa Scrilli arrebatada por un deseo ardiente de corresponder al amor de Jesús, así se expresa:

Te amo,
o Dios mío,
en tus dones;
te amo en mi nulidad,
porque en ella también entiendo,
tu infinita sabiduría;
te amo en los acontecimientos múltiples ordinarios y extraordinarios,
con que tu acompañaste mi vida…
Te amo en todo,
momentos de paz o de desconcierto;
porque no busco,
ni nunca busqué,
de Ti consuelos;
sino que a Ti, Dios de los consuelos.
Porque nunca me glorié
ni me complací,
en aquello que me hiciste sentir en tu Divino amor por gracia gratuita,
ni me angustié y turbé
si dejada en la aridez y poquedad.

(Autobiografía, 62)

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SÓLO DONDE HAY AMOR FRATERNO HAY IGLESIA, SÓLO ALLÍ


V Domingo de Pascua (JUAN 13,31 33a.34 35) - Ciclo C
Por José Enrique Galarreta

El capítulo 13 del evangelio de Juan se centra en el Cenáculo. Empieza con el lavatorio de los pies. Inmediatamente después, Jesús anuncia la traición de Judas, y Judas se marcha. En ese momento empieza el gran Sermón de Despedida, una especie de Testamento de Jesús, del que nuestro evangelio de hoy recoge los primeros versículos.

Se enuncian tres temas básicos:
· la glorificación de Jesús,
· el anuncio de su partida,
· y el mandamiento del amor.

Sería inútil buscar una línea temática común a los tres textos. En estos domingos de Pascua, la primera lectura nos hace conocer la primera Iglesia, tal como aparece en los Hechos de los Apóstoles, y las otras dos siguen preferentemente a Juan, en las Cartas, el Apocalipsis y el Evangelio, desarrollando entre todas el mensaje del Resucitado.

Nos centramos en el Evangelio, tan fundamental. En él se expresa bien la "promesa-anuncio” referente a la glorificación del Hijo del Hombre. El tema de la gloria del Padre, de la gloria-glorificación del Hijo, es muy complejo y tendremos que resumirlo al máximo.

La gloria en su primera acepción significa "autoridad". Reconocer la gloria del Señor, dar gloria a Dios, significa reconocer su autoridad. En una segunda acepción se refiere a la manifestación de Dios, envuelta en luz, en nube, en tormenta... Es el sentido de "la gloria de Dios les rodeó", en los pastores de Belén, y lo que se sugiere en los relatos de la Transfiguración.

La gloria de Jesús es por tanto ante todo la glorificación que recibe del Padre, la exaltación, la resurrección. Pero, en Juan, la glorificación de Jesús se hace en la cruz: es su hora, la hora de su gloria, cuando se muestra quién es. La gloria de Jesús es por tanto la manifestación del amor. En el amor entregado hasta el final reconocemos la presencia de Dios. Reconocer la gloria de Jesús es creer en el crucificado, ver en el crucificado la entrega total y, en ella, el corazón de Dios.

No es casual que vaya conectado el tema de la gloria con el mandamiento del amor. La gloria, la manifestación de Jesús y de Dios es que los de Jesús se amen como Él amó. En el amor de las personas se manifiesta el amor de Dios.

Resumiendo al máximo la apologética específicamente cristiana deberíamos decir: ¿Existe Dios? à Mirad cómo se aman. Y es que no hay fenómeno tan irreductible a la ciega física de la materia que el amor, que contradice (aunque en el fondo diríamos que lleva a plenitud) el egoísmo esencial de todo ser vivo que tiende antes que nada a su propia supervivencia.

Dios es amor y el ser humano también, y en todo amor se muestra que es criatura más que terrena. Es magnífico entender lo de Jesús, lo cristiano, como una evidencia y una potenciación de lo más profundamente humano de lo humano, su "ser semejantes a Dios".


No puedo menos de recordar a mi viejo y querido catecismo infantil, cuando preguntaba: "¿Cuál es la señal del Cristiano?". Y respondía: "La señal del Cristiano es la Santa cruz". Y no puedo menos de sentir temor ante esta afirmación, porque se ha sustituido una señal por otra, y de manera -creo- significativa. La señal del Islam es la media luna, la señal del cristianismo es la cruz... Peligroso.

Una señal externa para identificarnos. Es claro que el catecismo no quería decir sólo eso, pero la tentación existe, y conviene que la analicemos en profundidad, porque esto nos comunica con un tema sumamente importante.

Ya desde el principio del conocimiento de Dios, Israel entendió que Dios no era representable. "No harás imágenes de Dios". El Arca de la Alianza se cubría con una tapa dorada, el propiciatorio, flanqueada de querubines en adoración, sobre la cual no había nada. La Nube de Incienso, al elevarse ante el Arca, figuraba la presencia misteriosa del Señor que "ponía los pies" sobre el Propiciatorio. Representar a Dios es intentar poseerlo, hacerlo a nuestra imagen y semejanza.

Nosotros los cristianos representamos a Dios, y así nos va: pintamos la Santísima Trinidad... y provocamos en nuestra imaginación la figura de tres dioses. Los primeros cristianos ni siquiera representaban a Jesús, preferían las imágenes simbólicas. Luego, cedimos a la necesidad de representar, para tener una imagen sagrada a la que adorar. La Palabra nos llamaba a más. De Dios solamente conocemos La Palabra. Lo que pase de ahí tiene el peligro de domesticar a Dios, de someterlo a nuestra imaginación, de crearlo a nuestra imagen y semejanza.

En esta misma línea, el distintivo de los cristianos no es la Santa Cruz, prodigada en las casas, las escuelas, las calles, ni el Sagrado Corazón entronizado o triunfante en lo alto de los montes. Todas esas cosas pueden tener validez cuando expresan lo que sentimos, sólo entonces. Y me parece que deberíamos tener más pudor al proclamar así la fe, cuando hay tantas obras que no se corresponden con tal proclamación.

La señal del cristiano es el amor fraterno. Y el amor es discreto, humilde, conocedor de su insuficiencia, no es jactancioso, no se derrama en palabras, no alardea, no va proclamándose por las plazas, prefiere el silencio, pasar desapercibido, prefiere las obras a las palabras. Jesús es sabio: Jesús no quiere templos para manifestar esplendorosas adoraciones, ni sacerdotes para oficiar ritos iniciáticos, ni oraciones exteriores ostentosas, ni limosnas cara a la galería.

Jesús quiere la conversión del corazón a Dios, y esta conversión empieza por el conocimiento de Dios. Dios no es la encarnación de los poderes ocultos de la naturaleza, ni la explicación del Universo, ni el Amo-Juez justiciero. Dios es un enamorado, Dios es mamá, Dios es el Libertador, Dios es el Médico. Dios es el Creador-engendrador que sigue engendrando hijos y cuidando de ellos.

La primera conversión es convertirse a ese Dios, abandonando todos los demás, que son ídolos, creados por nosotros para poder adorar lo que imaginamos y nos conviene. Convertirse al Dios Verdadero, al Amor Creador Libertador, sentirse querido, dejarse querer, instalarse en el mundo del amor y sentir la necesidad de dar lo que tan pródigamente hemos recibido.

Convertirse es entrar en la Familia, más allá de toda ley, exigido desde dentro por la imperiosa necesidad de dar, aceptar al otro con todos sus pecados como mi Madre me acepta con todos mis pecados. La señal del cristiano es ser así.

"En esto conocerán que sois mis discípulos" es una advertencia sobre la eficacia de nuestro apostolado. No vamos a convertir a nadie convenciéndole sino admirándole. No vamos a extender el reino con las armas, ni con la propaganda ni con marketing alguno; lo vamos a extender por contagio, porque el Amor es contagioso, indiscutible.

No vivimos en una sociedad cristiana, por supuesto, pero nunca se ha vivido en ella. Todas las nostalgias de tiempos religiosamente mejores son nostalgias de masivos cumplimientos dominicales, de procesiones espléndidas, de control de las costumbres.

Pero nunca ha existido una sociedad de la que pueda decirse que vivía queriéndose. No hemos vivido así: hemos fomentado la guerra, incluso en nombre de Dios; hemos esclavizado a medio mundo, bautizando además a los esclavos; hemos creado la más violenta diferencia y oposición de clases por nuestro afán desmedido de crear riqueza; fomentamos el consumo para crear más riqueza para disfrutar más, aunque cueste la miseria de todo el resto del mundo. Nadie puede decir de nuestra sociedad "mirad cómo se quieren".

Y la Iglesia disminuye, porque los antiguos modos de pertenecer a la iglesia eran muy exteriores, muy de costumbres, y la gente ya no se somete tan fácilmente. El evangelio de hoy nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el futuro de la Iglesia. Si no es presencia del amor de Dios, es que no existe, aunque parezca que hay una organización grande y poderosa que encarna la presencia de un dios sobre la tierra. Donde hay amor fraterno hay Iglesia, sólo allí.

Nuestra pertenencia a la Iglesia pasa por la misma condición. Ya puedo estar apuntado en el libro de los bautismos, ya puedo haber recibido todos los sacramentos, ya puedo cumplir todos los preceptos y todos los mandamientos externos. Podré hasta ser una buena persona honrada y de fiar. Esto todavía no es la Iglesia de Jesús. La Iglesia de Jesús es un conjunto de personas que han descubierto el Amor de Dios y viven de él, estén o no apuntados en un libro, profesen o no profesen todo lo que hay que profesar, sepan o no sepan que el Espíritu de Jesús vive en ellos.

Dentro de tres domingos celebraremos Pentecostés, la presencia del Espíritu en la iglesia. Y seguiremos imaginándonos el Espíritu como fuente de sabiduría, de infalibilidad, de fortaleza ... todo lo cual está muy bien... además.

El Espíritu de Jesús es el que nos hace gritar a pleno pulmón "Abbá, Padre", el que nos hace conscientes de ser hijos, el que nos hace sentirnos hermanos, el que nos convierte a vivir en el amor fraternal, el que nos convierte en constructores del Reino. En eso se nota el Espíritu.

Y se nota el Espíritu. Todo el que tenga los ojos abiertos puede ver por todo el mundo miles de personas que viven así, sirven así, luchan por liberar, entregan su vida a otros. Está vivo y presente el Espíritu del Amor de Jesús, la señal de los cristianos.




ORACIÓN


¡Oh Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra!

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.

Que donde haya odio, ponga yo amor.
Que donde haya ofensa, ponga yo perdón.

Que donde haya discordia, ponga yo unión.
Que donde haya error, yo ponga verdad.

Que donde haya duda, yo ponga la fe.
Que donde haya desesperación
yo ponga un poco de esperanza.
Que donde haya tristeza, ponga yo alegría.

Haz que no busque tanto
ser consolado como consolar
ser comprendido como comprender
ser amado como amar.

Porque dando es como se recibe
es olvidando como se encuentra
perdonando se consigue el perdón
y es muriendo
como se resucita a la Vida Eterna.

¡Oh Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra!

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