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domingo, 27 de noviembre de 2011

I Domingo de Adviento (Mc 13,33-37) - Ciclo B: SUENA EL DESPERTADOR



Ya podemos contemplar en nuestras calles los adornos navideños. Las luces multicolores parpadean nerviosamente En las iglesias con el inicio del Adviento, que a su vez marca el comienzo de un nuevo año litúrgico, se incorporan una serie de pequeños cambios. Adviento es contracción de la palabra “advenimiento” (venida). Preparación que se interpreta de formas muy diferentes, según qué se espera: para unos se concreta en una reunión familiar: en unos casos esperada y querida, en otros hogares un fastidio y un abrir viejas heridas. Para otros unas jornadas gastronómicas, para otro sector un acercamiento al misterio de Dios hecho hombre.


En el evangelio de hoy Jesús nos ofrece una breve parábola invitándonos a la vigilancia. Compara su última venida con el regreso del amo, del dueño, que se ha ido de viaje y puede volver a casa en cualquier momento. Se trata de que los criados -nosotros- estén preparados para recibirle cuando llegue, no sea que les encuentre dormidos. El mensaje de Jesús es claro:”lo que digo a vosotros, lo digo a todos: vigilad”. Por tanto, el recado más importante es estar vigilantes. Pero creo que si es urgente el estar vigilantes, lo es más el que nuestra sociedad, nosotros cambiemos de actitud: pasemos del pesimismo, del cansancio, del escepticismo, a la esperanza, al espíritu emprendedor, animoso, optimista. Parece que todo está en crisis: la política, la economía, las relaciones internacionales, la moral pública y privada. Lo cual desemboca en inestabilidad, en conflictividad, en falta de perspectivas y de credibilidad. Para superar todo esto no creo que baste la intervención de la Sra. Merkel o del Banco de Europa o del fondo Monetario internacional. Más decisivo es que la masa social, ante el actual estado de cosas, reaccione con talante constructivo, sin pesimismos, lo cual nos debe llevar a recuperar valores como solidaridad, respeto a la persona, entrega. No se trata de ser unos ingenuos. Pues no se nos oculta la realidad endiabladamente negativa. Pero el ser humano –más aún si es creyente- puede remontar situaciones dramáticas como la actual. Recordemos lo que sucede en el deporte. La actitud del jugador se vuelve determinante. El resultado depende en gran medida del espíritu -de derrota o de optimismo- con que salta a la cancha. Debemos confiar en nuestra sociedad, a pesar de sus carencias, y, como creyentes, en Dios, que viene especialmente en Navidad.

Es importante que baje o suba la prima de riesgo. Pero es más importante cómo el ciudadano se encara a la crisis. De nada serviría alimentar sueños infantiles. Pero sí extraer lo mejor de nosotros mismos y de –como dice la liturgia- levantar nuestras cabezas. En el Adviento, que iniciamos, nos enfrentamos a un reto: ¿Cómo transmitir esperanza, ilusión desde la debilidad?. No es fácil. Pero es posible. Ciertamente que hay que pagar un precio doloroso, pero las crisis pueden convertirse en oportunidades y pueden ser el punto de partida de una sociedad más justa y mejor estructurada.

Retomando el evangelio: vigilemos, no nos distraigamos, el Señor viene. Pero sucede que nos envuelve una realidad que es la que es. Por ello, al estar vigilantes, hemos de añadir el enfrentarnos con ánimo, con optimismo, con esperanza. Será una buena respuesta a la actual crisis y probablemente a lo que nos pide el Señor en este Adviento.