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jueves 31 de marzo de 2011

IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A: En contacto con la luz


Por A. Pronzato
IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A

Una luz «sospechosa»

Se puede salir de la noche. Se puede vencer la oscuridad.
El horizonte tenebroso del hombre se enciende en un inmenso esplendor.
Alguien se ha puesto a gritar: «Yo soy la luz del mundo».
Una afirmación perentoria, que no se contenta con ser una declaración solemne, sino que se apoya en un hecho indiscutible, perfectamente controlable: a un hombre ciego de nacimiento se le han abierto los ojos y ahora nos ve y proclama ante todos «algo» inaudito: ha recibido el milagro de la luz.
Nos esperaríamos un abrir de ventanas, un descerrojar de puertas, un precipitarse general a la calle de la gente que, sin decir una palabra, se sumerge en aquel baño de luz, se lava los ojos que durante mucho tiempo habían estado sellados, se asoma llena de asombro a aquella realidad maravillosa.
Pero sólo se observa algún guiño de reojo y alguna mirada de sospecha. Unos ojos inquietos y miopes que espían a través de las cortinas de la desconfianza. Se susurran palabras ambiguas.
Y los que salen afuera lo hacen con circunspección, preocupados por no exponerse demasiado, provistos de sus propios candiles, emperrados en examinar aquella increíble propuesta de luz con sus mechas humeantes.
La escena que nos describe Juan es penosa y ridícula al mismo tiempo.
Dudas artificiosas, discusiones que no acaban, interrogatorios insistentes, críticas, preguntas capciosas, encuestas, reservas, escrúpulos, controles petulantes, excomuniones. Una serie de maniobras evasivas para no rendirse a la luz, para sustraerse a la evidencia.
Siempre lo mismo. Más que en buscar la luz, nos obstinamos en acumular argumentos para apuntalar de alguna forma nuestras seguridades que se tambalean, para consolidar a cualquier costo (¡aunque hagamos el ridículo!) nuestro propio punto de vista.
Es difícil permitir que se pongan en discusión nuestras ideas, nuestros prejuicios.
¡Ay del que se atreva a tocar nuestros hábitos religiosos, nuestras imágenes de Dios, nuestros moralismos estrechos, a interrumpir nuestras retahílas devotas o sabias!
Sólo se acepta lo que no obliga a revisar una cierta mentalidad, unos esquemas.
A veces hasta las leyes y los reglamentos pueden ser una muralla tras la cual nos resguardamos de la luz «inesperada».
La peor ceguera es la que nos hace ver exclusivamente lo que deseamos ver.
Un hecho pequeño frente a una montaña de chismorreos «Sólo sé que yo era ciego y ahora veo».
Ellos tienen el saber, el poder, el lenguaje; manejan con desenvoltura los argumentos doctos.
El, el infeliz, no puede apelar a los libros en su favor (¿cómo iba a leerlos si era ciego). Pero posee un hecho, puede apoyarse en una experiencia directa. Se ha encontrado con alguien que, con un procedimiento curioso pero evidentemente eficaz, le ha abierto los ojos.
Si no saben cómo encuadrarlo en su doctrina, si no consiguen que esté de acuerdo con sus teorías, si no es ortodoxo, peor para ellos: son asuntos que no le interesan.
El permanece sólidamente aferrado a aquel hecho. Nadie logrará apartarlo de aquel terreno concreto. No podrán obligarle a que renuncie a su curación, remitiendo al donante el don de procedencia sospechosa. El se encuentra muy bien con su salud recobrada, aunque a ellos les gustase que volviera a su ceguera anterior.
Que digan lo que quieran. El se queda con el milagro escandaloso. No está dispuesto ni mucho menos a cerrar los ojos tan sólo para que los otros no se molesten en sus creencias ni vean amenazado su propio prestigio.
Si tienen que tragar saliva, allá ellos. Pero no pueden pretender que él se calle precisamente ahora que está familiarizándose, tras una interminable espera en la noche, con la luz del sol.
Un hecho pequeño opuesto a toda una montaña de discusiones, de sutilezas, de cavilaciones, de chismorreos que no conducen a ninguna parte.
Un modesto saber, fruto de una experiencia personal irrenunciable, que no se pliega ante las amenazas de los escrupulosos guardianes de la ortodoxia.
Embrollos, intimidaciones, trampas, burlas, chantaje, desprecio, presiones. Pero él sigue tenazmente aferrado a lo único que sabe. Así debería ser el testimonio del creyente: basado en un encuentro, en un dato experiencial, en un contacto directo.
Vosotros seguís hablando, sentenciando, debatiendo. Decid lo que queráis. Pero yo veo. Después de ese encuentro mi vida ha cambiado. Ya no soy el que era. He salido transformado.
Entreteneos en solucionar vuestros problemas. Poneos de acuerdo, si es posible. Consultad vuestros registros. Gastaos la vista sobre esos viejos pergaminos a los que estáis tan acostumbrados. Cacaread vuestras fórmulas tranquilizantes.
Distinguid, precisad, desconfiad, objetad, poned en guardia, excluid, controlad, examinad el sol a la claridad de vuestros candiles mortecinos. Yo me contento con vivir gracias a esa luz.
No necesito estar con vosotros para que me deis la sensación de estar en regla. Obedezco las órdenes del que me dijo: «Ve ... ».
No creo que pueda descubrir la verdad en vuestros libros. Prefiero aprenderla en un rostro.

El descubrimiento decisivo
«Lo estás viendo: el que te está hablando ése es». Está el Jesús de los intelectuales.
El Jesús de los especialistas del código. El Jesús de los revolucionarios.
El Jesús de los ricos. El Jesús del poder. El Jesús del grupo.
El Jesús de la última ideología. El Jesús de los fidelísimos.
El Jesús de derechas y de izquierdas. Está «mi» Jesús.
También éstas son tinieblas.
Llega el momento en que hay que decidir con el coraje de agujerear esa muralla tan espesa. Y dejarse alcanzar, encontrarse cara a cara con él.
-¿Crees tú en el Hijo del hombre?
-¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
-Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.
Cuando los libros provocan hastío, cuando los excesivos sermones producen saturación, cuando te sientes agobiado por cierta mentalidad, cuando los del clan pretenden administrarte incluso el aire que respiras, ése es el momento del encuentro decisivo, transformador.
Cuando las palabras acostumbradas ya no te satisfacen, sino que te producen cierta náusea, cuando ya nada te dice nada, es el momento de prestar atención a esa palabra:
-Soy yo el que te hablo.
Sólo entonces comprenderás qué significa verdaderamente creer. Cuando faltan todos los apoyos, ha llegado el momento de ponerse a caminar.
Cuando todos te compadecen o sospechan de ti porque has recibido el don de ver, y ves lo que ellos no logran o no quieren ver, ha llegado el momento de alejarte de los discursos inútiles, de los ritos repetitivos, y de dirigir los ojos «milagrosamente curados» en una sola dirección.
Cuando te reconoces «ciego de nacimiento», ha llegado el momento de dejarte encontrar por Alguien que te regala la posibilidad de nacer, o sea, literalmente, de abrir los ojos a la luz.
Cuando tienes la impresión de que en tu boca se han borrado todas las palabras y tienes incluso la sensación de que ya no sabes nada y de que los maestros, con la pretensión de adoctrinarte, sólo han logrado que no entiendas nada, entonces ha llegado el momento de decir:
-¡Creo, Señor!
La curación, como para el ciego de nacimiento, se realiza a través del barro: «Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
-Ve a lavarte a la piscina de Siloé. El fue, se lavó y volvió con vista».
Tienes que lavarte, tienes que quitarte la costra de los hábitos adquiridos, tienes que limpiarte de todo lo que los demás te han echado encima con la pretensión de modelarte a su imagen y semejanza, a su capricho (hay un barro plasmado por el Señor, que es creación nueva, original; pero hay otro barro, abusivo, con el que ciertas manos torpes y amazacotadas te van plasmando hasta convertirte en un fantoche ridículo, irreconocible).
Después de ese lavado necesario y a veces sangriento, uno «vuelve» cambiado, rechaza todos los demás emplastos tradicionales y huye de las atenciones de médicos «autorizados» que se empeñan en curarlo... ¡de la curación!

Una visión invertida
El creyente es una persona que consigue ver de manera «distinta», es decir, desde el punto de vista de Dios, según el relato de la primera lectura, que nos habla de la opción sorprendente hecha por Samuel en casa de David.
Y entonces uno no se deja impresionar por las «estaturas» imponentes, que se encargan de levantar las tarimas y pedestales y tinglados televisivos; no se deja impresionar por las apariencias, por muy vistosas y... ruidosas que sean.
Dios, que «mira el corazón», descarta inexorablemente las grandezas humanas, a los personajes pretenciosos, a los orgullosos, a los ambiciosos, a los presumidos, y escoge al último, al más pequeño, al impresentable.
No basta con poseer la vista. Hay que aprender a mirar.
Porque siempre existe el riesgo de ver de forma equivocada, como si fuéramos ciegos incurables, de pasar por alto y despreciar lo que es importante desde la perspectiva de Dios, de promover lo que es inconsistente a sus ojos.
Paradójicamente, la única perspectiva exacta, desde el punto de vista del evangelio, es la perspectiva «invertida» respecto a los criterios de valoración humana.

Frutos «luminosos»
«Despinta tú, que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz».
Los bautizados salen de las tinieblas del pecado y se dejan envolver por la luz pascual.
Los creyentes, unidos a la luz que es Cristo («ahora sois luz en el Señor»), se hacen luminosos.
San Pablo, en la segunda lectura, nos advierte que es necesario actuar «luminosamente».
Puede haber acciones buenas, palabras buenas y hasta plegarias que resultan opacas, oscuras, pesadas.
Es necesario hacer que las palabras y las acciones y toda la persona sean luminosas, empezando por dejar que la luz invada plenamente nuestro corazón.
Se tiene incluso la impresión de que algunos cristianos aman, pero con un corazón oscuro y frío.
Sin embargo, un poco de luz podría cambiarlo todo. Una palabra inteligente, un silencio más inteligente todavía, un gesto discreto, una sonrisa cargada de bondad, una mirada serena, y las tinieblas quedan derrotadas, la vida adquiere claridad, nos sentimos todos un poco más felices y hasta menos malos.
Estamos llamados a convertirnos en generadores de luz («toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz»).
Se trata de que transformemos en luz todo lo que sabemos, hacemos y somos.
Es necesario desenmascarar el mal que anida en los pliegues de la noche.
Es necesario atreverse a «ver claro».
Es necesario, sobre todo, no tener miedo de acercarse a Jesucristo, para que logremos finalmente, a través de ese contacto, salir del sueño y ser portadores de un rostro luminoso.

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Para superar atascos


En todo gesto dictado por el amor nunca es sólo una parte la que da y otra la que recibe: todo diálogo puede ser un acto de amor, y el amor lleva inevitablemente a la reciprocidad.
Anna y Alberto Friso

Buenos Aires / Sociedad – "Después de un año de casados, comenzó un período oscuro para nosotros —cuenta Roberto—. En realidad, no había nada demasiado grave, salvo esos defectos del otro que se van descubriendo con el paso del tiempo. En el fondo, habíamos perdido el entusiasmo de estar juntos. Cada uno vivía ocupado con sus cosas: el trabajo, las respectivas familias, los amigos. Y nuestra relación languidecía. Una noche encontramos la manera de poder hablarlo, pero el tono de la conversación fue polémico. Cada uno acusaba al otro. Nos dimos cuenta de que si seguíamos así, corríamos el riesgo de destruir lo que habíamos construido. Llegados a un punto quise abandonar mi posición, tan racional y fría, para tratar de volver con simplicidad a comunicarme con el corazón de Graciela. ¿Por qué ya no lo lograba? Graciela me parecía tan distinta... ¿Me estaba perdiendo algo que hubiera tenido que saber?”.En realidad, no había pasado nada de lo que Roberto temía. Simplemente se habían atascado en una de las banquinas de la vida en pareja, lo cual muchas veces sucede cuando el diálogo disminuye y crece el sufrimiento. Y cuando, advertidos del peligro, quisieron volver a poner en movimiento la comunicación, los traicionó la animosidad. Más importante que dramatizar las situaciones es volver a empezar.
Este eterno recomenzar debe ser el leit motiv de la convivencia cotidiana. En el amor se necesita ser como una caña de bambú: capaz de doblarse hasta el suelo sin quebrarse.

El relato de Roberto concluye con las disculpas que tanto él como Graciela tuvieron la fuerza de pedirse, al darse cuenta de que eran importantes el uno para el otro, y de que por nada del mundo querían claudicar.

Sin embargo, a veces los intentos de diálogo terminan mal. La amargura queda latente y después se disparan acusaciones: “Me hiciste esto, no entendés aquello otro”, “Estoy cansado de soportar tus arranques”, “No aguanto más esta vida”. Esa espiral negativa se acelera. Uno no comprende más. De pronto la pareja se desconoce. ¿Cómo es posible que seamos extraños?

“El primer año de casados —cuenta Tomás, que lleva tres de matrimonio— transcurrió en el maravilloso descubrimiento del otro. El nacimiento de nuestra primera hija llenó de alegría a nuestras familias. Era la noticia más linda, pero cambió todos nuestros ritmos. Cada vez teníamos menos tiempo para nosotros y nos sentíamos superados por el cansancio y las preocupaciones”. “Yo me sentía desilusionada y abatida —dice Teresa— no solamente porque la nena era muy inquieta y nos despertaba de noche o por la inestabilidad laboral de Tomás, sino sobre todo por su comportamiento. En lugar de dialogar, al llegar a casa se sentaba frente a la televisión. No me sentía comprendida y no sabía cómo decírselo. Tomás estaba muy distinto de como era cuando nos casamos. Se enojaba, dejaba sus cosas desordenadas y no quería que nadie las moviera de lugar. Una noche, después de la enésima incomprensión, ya no teníamos siquiera ganas de pelear, quizá temerosos de herirnos más. Esa noche no dormimos ninguno de los dos. Pero llegamos a una conclusión: ¿no podríamos hablar con alguien que habiendo pasado por estas situaciones nos pudiera ayudar? Fuimos a ver a una pareja que nos había acompañado en el curso prematrimonial y le contamos nuestro problema como si se tratara de viejos amigos. Después de escucharnos nos dijeron palabras que nos ayudaron a redimensionar nuestra relación. Nos despedimos con el propósito de renovar el vínculo y de volver a encontrarnos”.

Ciertamente nadie nos conoce mejor que nosotros mismos. Así también cada pareja se conoce a sí misma mejor que cualquier otra. Cuando comienzan a aparecer sombras en el camino, conociendo nuestras debilidades y posibilidades, es importante tomar la decisión de recomenzar para que la unidad en la pareja vuelva a existir. Pero de todas maneras hay etapas de la vida en que no vamos ni para atrás ni para adelante. Acaso sea el momento de poner en práctica la estrategia del diálogo. Enriquecernos a través de la conversación en la pareja y del contacto con otras más experimentadas en el “arte de amar”, sabiendo que ninguna familia puede avanzar aislada sino que necesita de la ayuda de las demás.

Este recurso nos obliga a salir de nosotros (del “nosotros” de la pareja) para comunicarnos con una red de otras personas. Este paso no se refiere tanto a la apertura de la familia hacia el mundo exterior, sino que propone una apertura de alguna manera funcional a sí misma: confrontarse con otros que hayan vivido la experiencia de la propia crisis y hayan reconquistado su unidad. Conviene aclarar que en todo gesto dictado por el amor nunca es sólo una parte la que da y otra la que recibe: todo diálogo puede ser un acto de amor, y el amor lleva inevitablemente a la reciprocidad.
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Anna y Alberto Friso. Publicado en revista Ciudad Nueva, www.ciudadnueva.org.ar
Leído en Mirada Global

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La Mujer con hemorragias y la Niña


Mc 5, 21 – 42

Composición de lugar:

Es curioso que en un mismo relato, en la narración de la curación de la hija de Jairo, aparezca la sanación a la mujer con hemorragias. Para la curación de la hija de Jairo, Jesús es llamado por el padre de la niña, aparece el nombre del padre, un mediador varón. En el camino, una mujer ‘lo toca’, algo impensado en aquellos tiempos, que una mujer ‘toque a un varón y menos a un Rabí. Así al pasar, y Jesús siente el poder que sale de Él.

Miremos a las dos mujeres: Una niña y una mujer ambas perdiendo la vida, las dos sin poder recibir y mantener la vida. La niña agoniza sin haberse hecho mujer y la mujer está perdiendo las fuerzas por las hemorragias, demasiado dolor femenino. La sangre en símbolo de la vida, y las hemorragias uterinas, conllevan debilidad, duelo interno, dolor, pérdida. La hemorragia en la mujer implica dificultad de engendrar la vida. Las hemorragias se perciben como un no poder recibir y mantener la vida, produce sentimiento de no ser fecunda, de no poder tener relaciones íntimas, dificultad para moverse con libertad. En tiempos de Jesús además era considerada impura durante ese período, si el período de sangrado no se corta es mantenerse impura y alejada de muchas situaciones sociales y religiosas. Por lo tanto las hemorragias van cercenando la vida y los vínculos. Las hemorragias son símbolo de tener dificultad de aceptar la propia identidad de ser mujer. Y al no aceptar el ser femenino la vida se va. Es perder el poder sobre una misma, y ahí donde Jesús siente que ‘un poder había salido de él’. Y esto es lo que Jesús sana en la mujer, le devuelve su poder, el poder de ser ella misma: MUJER.

También aparece la niña, como otro momento de la vida de la mujer, el ser niña antes de haber desarrollado su capacidad de engendrar y dar vida. Se la llama niña porque no había tenido su primer período menstrual. Algo habrá pasado en ella: o habrán querido que crezca antes de tiempo, o no la habrán nutrido lo suficiente, o les costaría permitir que crezca a su ritmo normal. Es propio del niño y la niña, jugar, que otros se ocupen de él o ella que lo nutran. Y la niña está en etapa de poder ser nutrida, Jesús ‘mandó que dieran de comer a la niña’, la niña ‘se levantó al instante y empezó a corretear’ Como algo propio de una niña. También a la niña la sanación le viene por permitirle vivir lo que tiene que vivir en este momento. Ambas mujeres representan dos polos: la necesidad de ser nutrida y la necesidad de fecundar. Y en ellas unidas en un mismo relato Jesús legitima la necesidad humana de dar y recibir, la necesidad que todos tenemos de ser nutridas y nutrir. Si no tocamos (como la mujer que toca el manto) estas dos necesidades, nos debilitamos y agonizamos.

Pidamos: Recibir y acoger a la niña y a la mujer que hay en cada una, abrazar a la niña desde esta mujer que soy y voy siendo. La fuerza y el poder que Jesús sana para poder ser quién soy: MUJER creada por y en el amor.

Estela Clara Grignola, CJ
Publicado por AMDG

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JESÚS, EL QUE “VE” Y HACE “VER”


IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A

Es sabido que, en el cuarto evangelio, no se habla de “milagros” de Jesús, sino de “obras” y, sobre todo, de “señales” o “signos” (“semeia”, en griego), que vienen a revelar la persona y la misión del Maestro.
A lo largo de todo el relato evangélico se narran siete señales –siete es el número perfecto, el de la totalidad, derivado de la suma de tres (Divinidad) y cuatro (humanidad)-, dando a entender que Jesús es la Plenitud.
Son las siguientes, narradas en un “crescendo” que es fácil de apreciar:

· las bodas de Caná (capítulo 2): Jesús es presentado como el “esposo” del nuevo pueblo;

· la curación del hijo del funcionario (capítulo 4): Jesús es salud;

· la curación del paralítico (capítulo 5): Jesús liberador restablece la autonomía;

· la multiplicación de los panes (capítulo 6): Jesús, pan de vida;

· camina sobre las aguas (capítulo 6): Jesús, nuevo Yhwh, señor del mal;

· la curación del ciego de nacimiento (capítulo 9): Jesús, luz del mundo;

· la resurrección de Lázaro (capítulo 11): Jesús, resurrección y vida.

Como todas ellas, la narración del ciego de nacimiento es una catequesis cristológica (su objetivo es revelar a Jesús), en esta ocasión, centrada en el bautismo.

Hay alusiones claras en las que el autor nos hace ver que su interés no radica tanto en el hecho “histórico”, cuanto en la enseñanza que, como creyente, busca transmitir.

Por un lado, se nos dice que “los judíos habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías”. Pero sabemos que ese acuerdo no tuvo lugar hasta el decreto del año 90, por el que se expulsaba de la sinagoga a los cristianos.

La ruptura oficial entre el judaísmo y el cristianismo tuvo lugar entre el 85 y el 90, en el concilio de Jamnia, donde Gamaliel II hizo condenar a los seguidores de Cristo, insertando una maldición en las 18 oraciones que se recitaban en las sinagogas de la época: “Sean destruidos en un instante los nazarenos (cristianos) y los minim (herejes) y sean borrados del libro de la vida y no aparezca su nombre entre los justos”.

Es decir, todo este relato hay que situarlo en la polémica que mantenían los seguidores de Jesús con los judíos, a finales del siglo I. Signos de la misma se aprecian también en los insultos que los fariseos dirigen al que había sido ciego, insultos que reproducen las acusaciones de los doctores de la ley contra los cristianos.

Por otro lado, en la narración, las alusiones al bautismo son constantes. Para empezar, hay que saber que la iglesia primitiva llamaba al bautismo “photismós”, que significa “iluminación”. Lo cual encaja perfectamente con el contenido de esta “señal” del ciego, tal como ha proclamado el propio Jesús un poco antes: “Yo soy la luz del mundo” (8,12).

El hecho de que el ciego sea ungido (con barro y saliva) –la “unción” es un elemento bautismal, por la que se participa del mismo Cristo, que significa precisamente “ungido”- y que se le ordene lavarse en la piscina de Siloé –cuyo significado el autor nos recuerda, como si nos quisiera hacer caer en la cuenta de que es “lavado” en el Enviado, es decir, en el propio Jesús- son datos que enmarcan todo el relato en un contexto de liturgia bautismal.

Con todo ese trasfondo, no es difícil entender el simbolismo que la narración encierra: Jesús es “la luz del mundo”; el ciego representa a quienes desconocen su verdadera identidad y por eso viven en la ignorancia y la confusión; los fariseos, por su parte, son figura de quienes “no pueden ver”, porque se mantienen prisioneros de una creencia cerrada a la que se adhieren de un modo tan fanático que les impide ver las cosas como son.

No sin ironía, el relato hace ver que son incapaces de aceptar la inexplicable curación del ciego, al que condenan y expulsan de la sinagoga, debido a sus prejuicios sobre Jesús y, sobre todo, al hecho de colocar la norma por encima de cualquier otra cosa, incluida la misma realidad: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”.

El fanatismo funciona así: no hay valor –ni siquiera la persona- por encima de la norma en la que se cree. Como ha escrito el periodista hebreo Amos Oz, “la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo”.

Frente a ese tipo de actitudes –conocidas también entre los cristianos-, la postura de Jesús es tajante: “los que creen ver, se quedan ciegos”. Quien está demasiado seguro de sus creencias, está en realidad ciego, porque la misma creencia hace de velo opaco que le impide ver la realidad con limpieza.

Pero el relato es, sobre todo, una catequesis cristológica. ¿Cómo aparece Jesús en él?
En primer lugar, Jesús es el que ve. Se ha dicho, con razón, que la espiritualidad cristiana es una “espiritualidad de ojos abiertos”. En realidad, eso vale para toda espiritualidad genuina, ya que no sería tal aquélla que adormeciera o aislara de la realidad, en particular de la realidad más dolorida y sufriente. Hay motivos para sospechar de aquella espiritualidad que no desemboque en la compasión, entendida ésta como la capacidad de vibrar con el otro que sufre, y que se traduce en una acción eficaz a su favor.

Jesús aparece también como el que hace ver. Es el maestro que va curando la ceguera –ignorancia- y aportando luz, para que la persona, descubriendo su identidad, pueda decir –como el ciego sanado- “Yo soy”. Al despertar, caemos en la cuenta de que no somos el “yo particular” creado por nuestra mente, sino el “Yo soy” universal, en una Identidad compartida con todos.

Y es también el que se hace presente en los momentos de dificultad. Cuando el ciego ha sido expulsado de la sinagoga, Jesús se presenta. Y se presenta siempre que, acallando nuestra mente, venimos al momento presente, aceptando nuestra realidad, sin perdernos en historias mentales. Porque es entonces cuando emerge el “Yo soy”, en el que nos encontramos con él. Y todo se hace adoración.

Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com

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Comentario al Evangelio del Domingo 03 de Abril del 2011

por Fernando Torres Pérez cmf

Cristo será tu Luz

Avanza la Cuaresma. De las tentaciones pasamos a la transfiguración y de ahí al encuentro de Jesús con la samaritana. La liturgia, las lecturas de cada domingo nos van centrando en la figura de Jesús. Al final, toda la Cuaresma se orienta a hacer memoria intensa de aquellos días de Pascua en Jerusalén en que a Jesús le tocó vivir su Pascua personal.
La Cuaresma tiene mucho de itinerario personal de encuentro con Jesús, de descubrimiento de su persona. Es que sin ese encuentro no hay nada que hacer. Se puede hablar mucho de moral, de vida cristiana, de comunidad, de iglesia, de órdenes, de sacramentos y de muchas otras cosas. Pero la base necesaria, el punto de partida imprescindible es el encuentro con Jesús. Descubrir en definitiva que Jesús es una persona viva que hoy se sigue dirigiendo a mí personalmente e invitándome a seguirle y a participar en su proyecto del Reino.
El evangelio de este domingo marca otro hito en esta aproximación a la figura de Jesús. Trae a nuestra memoria el relato de la curación de un ciego de nacimiento. Por en medio andan los fariseos que ponen en duda no sólo el milagro sino la nueva capacidad de ver que ha adquirido el ciego. Para ellos no basta con ver, con tener los ojos bien y distinguir las figuras y las formas. Además, hay otra forma de ver, de conocer, de interpretar las formas que se ven. Los fariseos dicen que el ciego ha nacido como fruto del pecado y que por eso no puede entender con claridad lo que ve.

“Me lavé y veo”
Sin embargo, el ciego no peca de imprudente. Recupera la vista física gracias a la acción de Jesús. Es plenamente de que estaba ciego y de que en un momento determinado ha comenzado a ver. Antes no veía y ahora ve. Por eso, su primera respuesta a la pregunta de los fariseos es sencilla: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.” No hay más que decir.
Lo que pasa es que los fariseos tienen ganas de hurgar. Le preguntan lo que piensa y el antiguo ciego dice lo que es obvio. El que hace el bien, el que devuelve la vista a los ciegos, no puede ser más que un profeta. Ha dado un paso más. Dice lo que piensa, lo que ve con su sentido común, con toda libertad. Aunque eso le cueste el ser rechazado por la sociedad, por los fariseos.
Pero todavía queda un paso más. Le falta el reencuentro con Jesús. Ahí se produce un momento de diálogo entre los dos, de encuentro en la intimidad, que termina con la confesión de fe: “Creo, Señor”.

“Creo, Señor”
Así, en un breve relato, el evangelista nos ha contado todo el proceso de la conversión, del encuentro con Jesús, del descubrimiento de Jesús como el Señor de nuestra vida, como el que da sentido a todo lo que hacemos, a nuestra forma de relacionarnos con los demás, al trabajo, al compromiso político, a la relación de pareja... Jesús anima toda una forma de vivir siempre de acuerdo con el Reino. Y nosotros, habiéndonos encontrado con él, nos comprometemos a vivir de esa manera. Porque entendemos que vale la pena, que es el mayor tesoro que podemos tener en la vida, que lo demás, como diría Pablo, es basura en comparación con Cristo.
En Jesús hemos descubierto la verdadera luz, la que ilumina nuestra vida y la vida del mundo. En Jesús podemos recuperar una vista que va más allá de la de los ojos de nuestro cuerpo. En Jesús aprendemos a ver con el corazón y con la mente. En Jesús, a su luz, todo recobra su sentido.
Ahora es el momento de ir más allá de este comentario y buscar el momento y la oportunidad para encontrarnos personalmente con Jesús. No se trata de leer un libro –aunque puede ayudar–. Al final, hay un momento en el que hay que cerrar el libro y entrar en nuestro interior para dialogar con Jesús de tú a tú. Para dejar que nos cure, para rumiar sus palabras y su estilo de vida. Para escuchar cuando nos pregunte: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Y responder con voz firme: “Creo, Señor.” Y luego salir al mundo para llenarlo de la luz de Cristo.

Publicado por Ciudad Redonda

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Evangelio Misionero del Día: 01 de Abril de 2011 - III SEMANA DE CUARESMA - CICLO A


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 28b-34

Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?»
Jesús respondió: «El primero es: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único. Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas". El segundo es: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No hay otro mandamiento más grande que éstos».
El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».
Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Compartiendo la Palabra
Por CELAM - CEBIPAL

Nuestro amor a Dios se expresa en el amor fraterno
“No existe otro mandamiento mayor que esto”

Hemos recorrido ya una buena parte de nuestro itinerario cuaresmal. En este día penitencial, tenemos la oportunidad de verificar el camino recorrido e intensificar nuestro proceso de conversión, escuchando y siguiendo las enseñanzas de Jesús, nuestro Maestro.

En el Evangelio de hoy Jesús vuelve a enfocar la característica fundamental de nuestro discipulado: el amor a Dios y el amor al prójimo, como expresión máxima de la voluntad del Padre sobre nosotros.


1. EL amor es lo primero

Después de haber escuchado la discusión de Jesús con los saduceos sobre la resurrección de los muertos, “un escriba se acercó a Jesús, y le preguntó: ‘¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?’” (Marcos 12,28).

La pregunta que el escriba le dirige a Jesús es simple y directa, no tiene asomo de hostilidad o ironía. De la manera como concluye el diálogo entre los dos (ver 12,32-34) podemos pensar que este hombre se ha acercado a Jesús con un sincero deseo de aprender de él.

Jesús le responde: “El primero es: ‘Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’” (12,29-30). Y “El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’” (12,31). En su respuesta Jesús está uniendo dos citas del Antiguo Testamento: la primera de Deuteronomio 6,4-5, que sintetiza la profesión de fe del pueblo de Israel, y la segunda de Levítico 19,18, referida al amor al prójimo.

Notemos que el escriba en su pregunta hace referencia a un solo mandamiento: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús, por el contrario, le responde añadiendo un segundo, y concluye afirmando que es uno solo: “No existe otro mandamiento mayor que estos” (12,31).


2. Amar a Dios en el hermano

La originalidad de Jesús está en unir los dos mandamientos en uno solo y afirmar que éste es mayor de todos los mandamientos. Notemos cómo la palabra que conecta a los dos mandamientos y hacen de ellos uno solo es precisamente la palabra Amor.

Jesús siempre unió el amor a Dios y el amor al prójimo hasta el punto que no se puede vivir el uno sin el otro. Juan, el discípulo amado, supo expresar estupendamente, es su primera carta esta síntesis del amor aprendida en la escuela del Maestro “pues quién no ama a sus hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido del Él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4, 20-21).

Jesús es la expresión viva de esta síntesis: El, el Hijo amado, quien vive con el Padre en una relación de amor indescriptible, hace visible este amor, amándonos a nosotros hasta el extremo de entregar su propia vida (ver Romanos 5,81). Recordemos de nuevo el pensamiento de Juan: “En esto hemos conocido lo que es el amor, en que dio su vida por nosotros” (1 Juan 3,16).

En la cuaresma, El Maestro de la Vida nos está pidiendo con insistencia este ejercicio de amor, amar como somos amados por el Padre, amarnos unos a otros como Jesús nos ha amado.


Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón
1. Según Jesús: ¿cuál es el primero y mayor de los mandamientos?
2. ¿En qué forma mi relación con Dios incide en mi relación con los demás?
3. ¿Cómo podemos hacer vida en nuestra familia o en nuestra comunidad el mandamiento que Jesús nos dejó?


“Debemos amar la oración.
La oración dilata el corazón hasta el punto de hacerlo capaz
de contener el don que Dios hace Sí mismo”
(Beata Teresa de Calcuta)

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Lecturas y Liturgia de las Horas: 01 de Abril de 2011

SEMANA IIIº DE CUARESMA
Lectura de la profecía de Oseas 14, 2-10

Así habla el Señor:
Vuelve, Israel, al Señor tu Dios,
porque tu falta te ha hecho caer.
Preparen lo que van a decir
y vuelvan al Señor.
Díganle: «Borra todas las faltas,
acepta lo que hay de bueno,
y te ofreceremos el fruto de nuestros labios.
Asiria no nos salvará,
ya no montaremos a caballo,
ni diremos más "¡Dios nuestro!"
a la obra de nuestras manos,
porque sólo en ti el huérfano encuentra compasión».

Yo los sanaré de su apostasía,
los amaré generosamente,
porque mi ira se ha apartado de ellos.
Seré como rocío para Israel:
él florecerá como el lirio,
hundirá sus raíces como el bosque del Líbano;
sus retoños se extenderán,
su esplendor será como el del olivo
y su fragancia como la del Líbano.
Volverán a sentarse a mi sombra,
harán revivir el trigo,
florecerán como la viña,
y su renombre será como el del vino del Líbano.
Efraím, ¿qué tengo aún que ver con los ídolos?
Yo le respondo y velo por él.
Soy como un ciprés siempre verde,
y de mí procede tu fruto.

¡Que el sabio comprenda estas cosas!
¡Que el hombre inteligente las entienda!
Los caminos del Señor son rectos:
por ellos caminarán los justos,
pero los rebeldes tropezarán en ellos.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL 80, 6c-11ab. 14. 17

R. ¡Ojalá escuchemos la voz del Señor!

Oigo una voz desconocida que dice:
«Yo quité el peso de tus espaldas
y tus manos quedaron libres de la carga.
Clamaste en la aflicción, y te salvé. R.

Te respondí oculto entre los truenos,
aunque me provocaste junto a las aguas de Meribá.
Oye, pueblo mío, Yo atestiguo contra ti,
ojalá me escucharas, Israel! R.

No tendrás ningún dios extraño,
no adorarás a ningún dios extranjero:
Yo, el Señor, soy tu Dios,
que te hice subir de la tierra de Egipto. R.

¡Ojalá mi pueblo me escuchara,
e Israel siguiera mis caminos!
Yo alimentaría a mi pueblo con lo mejor del trigo
y lo saciaría con miel silvestre». R.


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 28b-34

Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?»
Jesús respondió: «El primero es: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único. Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas". El segundo es: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No hay otro mandamiento más grande que éstos».
El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».
Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.


LITURGIA DE LAS HORAS
TIEMPO DE CUARESMA
VIERNES DE LA SEMANA III
Propio del Tiempo. Salterio III

1 de abril

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Himno: DELANTE DE LA CRUZ LOS OJOS MÍOS

Delante de la cruz los ojos míos
quédenseme, Señor, así mirando,
y sin ellos quererlo estén llorando,
porque pecaron mucho y están fríos.

Y estos labios que dicen mis desvíos,
quédenseme, Señor, así cantando,
y sin ellos quererlo estén rezando,
porque pecaron mucho y son impíos.

Y así con la mirada en vos prendida,
y así con la palabra prisionera,
como la carne a vuestra cruz asida,

quédeseme, Señor, el alma entera;
y así clavada en vuestra cruz mi vida,
Señor, así, cuando queráis me muera. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor; ten misericordia de mí.

Salmo 50 - CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor; ten misericordia de mí.

Ant. 2. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

Cántico: LAMENTACIÓN DEL PUEBLO EN TIEMPO DE HAMBRE Y DE GUERRA - Jr 14,17-21

Mis ojos se deshacen en lágrimas,
día y noche no cesan:
por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.

Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.

¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿tiene asco tu garganta de Sión?
¿Por que nos has herido sin remedio?
Se espera la paz, y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.

Señor, reconocemos nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.

No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

Ant. 3. El Señor es Dios y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Salmo 99 - ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con aclamaciones.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. El Señor es Dios y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

LECTURA BREVE Is 53, 11b-12

Mi siervo justificará a muchos, porque cargó sobre sí los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre, porque se entregó a sí mismo a la muerte y fue contado entre los malhechores; él tomó sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores.

RESPONSORIO BREVE

V. El me librará de la red del cazador.
R. El me librará de la red del cazador.

V. Me cubrirá con su plumaje.
R. El me librará de la red del cazador.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El me librará de la red del cazador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Uno de los escribas se acercó a Jesús para preguntarle cuál era el primero de todos los mandamientos. Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón.»

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Uno de los escribas se acercó a Jesús para preguntarle cuál era el primero de todos los mandamientos. Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón.»

PRECES

Demos gracias a Cristo, el Señor, que al morir en la cruz nos dio la vida, y digámosle con fe:

Tú que por nosotros moriste, escúchanos, Señor.

Maestro y Salvador nuestro, tú que nos revelaste con tu palabra el designio de Dios y nos renovaste con tu gloriosa pasión,
no permitas que nuestros días transcurran entre vicios y pecados.

Que sepamos, Señor, mortificarnos hoy al tomar los manjares del cuerpo,
para ayudar con nuestra abstinencia a los hambrientos y necesitados.

Que vivamos santamente este día de penitencia cuaresmal
y lo consagremos a tu servicio mediante obras de misericordia.

Sana, Señor, nuestras voluntades rebeldes
y llénanos de tu gracia y de tus dones.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Que el Espíritu que habita en nosotros y nos une en su amor nos ayude a decir:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Infunde, Señor, tu gracia en nuestros corazones, para que sepamos refrenar nuestros excesos mundanos y seguir fielmente las inspiraciones que nos vienen de ti. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.


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VÍSPERAS
Oración de la tarde

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: MUERE LA VIDA Y VIVO YO SIN VIDA.

Muere la vida y vivo yo sin vida
ofendiendo la vida de mi muerte;
sangre divina de las venas vierte
y mi diamante su dureza olvida.

Está la majestad de Dios tendida
en una dura cruz, y yo de suerte
que soy de sus dolores el más fuerte
y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh duro corazón de mármol frío!
¿Tiene tu Dios abierto el lado izquierdo
y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será divino acuerdo,
mas eres tú mi vida, Cristo mío,
y, como no la tengo, no la pierdo. Ámén.

SALMODIA

Ant. 1. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

Salmo 134 I - HIMNO A DIOS POR SUS MARAVILLAS

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
Envió signos y prodigios
-en medio de ti, Egipto-
contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
a Sijón, rey de los amorreos;
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

Ant. 2. Casa de Israel, bendice al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

Salmo 134 II.

Señor, tu nombre es eterno;
Señor, tu recuerdo de edad en edad.
Porque el Señor gobierna a su pueblo
y se compadece de sus siervos.

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,
hechura de manos humanas:
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,

tienen orejas y no oyen,
no hay aliento en sus bocas.
Sean lo mismo los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Casa de Israel, bendice al Señor;
casa de Aarón, bendice al Señor;
casa de Leví, bendice al Señor;
fieles del Señor, bendecid al Señor.

Bendito en Sión el Señor,
que habita en Jerusalén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Casa de Israel, bendice al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

Ant. 3. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Cántico: CANTO DE LOS VENCEDORES - Ap 15, 3-4

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA BREVE St 5, 16. 19-20

Confesaos mutuamente vuestros pecados y rogad unos por otros, para alcanzar vuestra curación, pues la oración ferviente del justo tiene gran eficacia. Hermanos, si alguno de entre vosotros se desvía de la verdad y otro logra convertirlo, sepa que quien convierte a un pecador de su camino equivocado salvará su alma de la muerte y cubrirá la multitud de sus pecados.

RESPONSORIO BREVE

V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
R. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

V. Sáname, porque he pecado contra ti.
R. Señor, ten misericordia.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los sacrificios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los sacrificios.

PRECES

Oremos a Jesús, el Señor, que santificó por su propia sangre al pueblo, y digámosle:

Compadécete, Señor, de tu pueblo.

Redentor nuestro, por tu pasión, concede a tus fieles la fuerza necesaria para mortificar sus cuerpos, ayúdalos en su lucha contra el mal y fortalece su esperanza,
para que se dispongan a celebrar santamente tu resurrección.

Haz que los cristianos cumplan con su misión profética anunciando al mundo Tu Evangelio
y dando testimonio de él por su fe, esperanza y caridad.

Conforta, Señor, a los que están tristes,
y otórganos a nosotros el poder consolar a nuestros hermanos.

Haz que tus fieles aprendan a participar en tu pasión con sus propios sufrimientos,
para que sus vidas manifiesten tu salvación a los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Tú que eres autor de la vida, acuérdate de los difuntos
y dales parte en tu gloriosa resurrección.

Con el gozo de sabernos hijos de Dios, acudamos a nuestro Padre, diciendo:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Infunde, Señor, tu gracia en nuestros corazones, para que sepamos refrenar nuestros excesos mundanos y seguir fielmente las inspiraciones que nos vienen de ti. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.


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COMPLETAS
(Oración antes del descanso nocturno)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Hermanos, habiendo llegado al final de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos sinceramente nuestros pecados.

Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión:
por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Himno: CUANDO LLEGÓ EL INSTANTE DE TU MUERTE

Cuando llegó el instante de tu muerte
inclinaste la frente hacia la tierra,
como todos los mortales;
mas no eras tú el hombre derribado,
sino el Hijo que muerto nos contempla.

Cuando me llegue el tránsito esperado
y siga sin retorno por mi senda,
como todos los mortales,
el sueño de tu rostro será lumbre
y tu gloria mi gloria venidera.

El silencio sagrado de la noche
tu paz y tu venida nos recuerdan,
Cristo, luz de los mortales;
acepta nuestro sueño necesario
como secreto amor que a ti se llega. Amén

SALMODIA

Ant. Señor, Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia.

Salmo 87 - ORACIÓN DE UN HOMBRE GRAVEMENTE ENFERMO

Señor, Dios mío, de día te pido auxilio,
de noche grito en tu presencia;
llegue hasta ti mi súplica,
inclina tu oído a mi clamor.

Porque mi alma está colmada de desdichas,
y mi vida está al borde del abismo;
ya me cuentan con los que bajan a la fosa,
soy como un inválido.

Tengo mi cama entre los muertos,
como los caídos que yacen en el sepulcro,
de los cuales ya no guardas memoria,
porque fueron arrancados de tu mano.

Me has colocado en lo hondo de la fosa,
en las tinieblas del fondo;
tu cólera pesa sobre mí,
me echas encima todas tus olas.

Has alejado de mí a mis conocidos,
me has hecho repugnante para ellos:
encerrado, no puedo salir,
y los ojos se me nublan de pesar.

Todo el día te estoy invocando,
tendiendo las manos hacia ti.
¿Harás tú maravillas por los muertos?
¿Se alzarán las sombras para darte gracias?

¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia,
o tu fidelidad en el reino de la muerte?
¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla
o tu justicia en el país del olvido?

Pero yo te pido auxilio,
por la mañana irá a tu encuentro mi súplica.
¿Por qué, Señor, me rechazas
y me escondes tu rostro?

Desde niño fui desgraciado y enfermo,
me doblo bajo el peso de tus terrores,
pasó sobre mí tu incendio,
tus espantos me han consumido:

me rodean como las aguas todo el día,
me envuelven todos a una;
alejaste de mí amigos y compañeros:
mi compañía son las tinieblas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Señor, Dios mío, de día te pido auxilio, de noche grito en tu presencia.

LECTURA BREVE Jr 14, 9

Tú estás en medio de nosotros, Señor, tu nombre ha sido invocado sobre nosotros: no nos abandones, Señor Dios nuestro.

RESPONSORIO BREVE

V. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

V. Tú, el Dios leal, nos librarás.
R. Te encomiendo mi espíritu.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

CÁNTICO DE SIMEÓN Lc 2, 29-32

Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos

luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

ORACIÓN

OREMOS,
Señor, Dios todopoderoso: ya que con nuestro descanso vamos a imitar a tu Hijo que reposó en el sepulcro, te pedimos que, al levantarnos mañana, lo imitemos también resucitando a una vida nueva. Por Cristo nuestro Señor.
Amén

BENDICIÓN

V. El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una santa muerte.
R. Amén.

ANTÍFONA FINAL DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Madre del Redentor, Virgen fecunda,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar,

ven a librar al pueblo que tropieza
y se quiere levantar.

Ante la admiración de cielo y tierra,
engendraste a tu santo Creador,
y permaneces siempre virgen.

Recibe el saludo del ángel Gabriel,
y ten piedad de nosotros, pecadores.

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Encuentros con la Palabra: “Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre?”

Domingo IV de Cuaresma – Ciclo A (Juan 9, 1-41) – 3 de abril de 2011

El diagnóstico que nos acaban de dar es fatal; la enfermedad apareció de repente y no hubo tiempo de prevenirla. Fue un accidente horrible; nadie esperaba que muriera tan joven. En el cruce de balas lo hirieron y quedó parapléjico; le espera una vida entera de sufrimiento. La ecografía dice que el niño va a nacer con una deficiencia grave; será una carga pesada de llevar para toda la familia. Noticias como estas no se las desea uno a nadie. Pero llegan muchas veces. Y siempre, sin avisar. El dolor en este mundo es muy grande y toca, más tarde o más temprano, a nuestra puerta, y entra sin pedir permiso.

“Cuando le pasan cosas malas a la gente buena” es el título de un libro escrito por un rabino norteamericano que vio nacer a uno de sus hijos con una penosa enfermedad, que lo acompañó hasta su muerte, a los catorce años; murió sin saber por qué él y sus padres, habían tenido que sufrir tanto. Desde luego, este libro no logra explicar del todo el origen del mal en el mundo, pero sí nos ayuda a entender algunas de las situaciones que viven aquellas personas que han sufrido injustamente. Es un buen intento por darle un sentido al dolor del inocente.

Los discípulos, viendo al ciego de nacimiento, le preguntan a Jesús: “¿Por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres, o por su propio pecado?”. Esta pregunta aparece siempre ante el dolor y el sufrimiento del inocente. Buscamos la culpa en alguien. Buscamos alguna explicación, algún sentido al dolor, porque no nos cabe en la cabeza que no haya una causa que lo explique. Pero siempre, las explicaciones y los razonamientos que hacemos se quedan cortos. El sufrimiento desborda nuestros intentos por entenderlo y explicarlo. Eso ha pasado recientemente con la tragedia del sudeste asiático y en muchos otros sucesos que dejan al descubierto nuestra propia contingencia.

La respuesta que da Jesús puede decirnos algo, aunque hay que reconocer que el misterio sigue allí, sin aclararse plenamente: “Ni por su propio pecado ni por el de sus padres; fue más bien para que en él se demuestre lo que Dios puede hacer. Mientras es de día, tenemos que hacer el trabajo del que me envió; pues viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo”. ¿Qué culpa puede tener el niño al nacer? ¿Por qué iba a cargar el niño con el pecado de sus padres? Sin embargo, esta es la explicación que le damos muchas veces, al dolor. Necesitamos un chivo expiatorio y lo buscamos en otros o en nosotros mismos. Tratamos de entender el origen del mal en algún comportamiento nuestro.

El dolor y el sufrimiento no se pueden explicar. Tal vez lo peor que podemos hacer es buscar culpables o culparnos a nosotros mismos. El dolor es una pregunta que nos lanza la vida y que nos abre a lo que Dios puede hacer en nosotros y, a través nuestro, en los demás. El Señor nos invita a ser una luz para aquellos que transitan por el camino del dolor, como lo fue él para aquel ciego que recuperó la vista después de bañarse en el estanque de Siloé. “Después de haber dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y se lo untó al ciego en los ojos. Luego le dijo: – Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa ‘enviado’)”.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

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IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A: CIEGOS DE NACIMIENTO


«Al pasar vio Jesús un hombre, ciego de nacimiento».
Hay en nuestro mundo muchos que nunca, desde que na­cieron, han podido experimentar lo que significa ser persona; muchos a los que jamás les ha sido permitido que conozcan su dignidad de seres humanos. Ellos - ciegos de nacimiento, que malviven al margen de la sociedad, mendigando, sentados al borde del camino- están representados por el personaje del ciego de nacimiento que protagoniza el relato del evangelio de este domingo.
Lo que nos cuenta este evangelio no es un milagro aislado de Jesús, sino una lección que él da a sus seguidores para ense­ñarles en qué consiste su actividad, la que ya está desarrollan­do Jesús y que habrán de continuar sus discípulos: «Mientras es de día, nosotros debemos trabajar realizando las obras del que me mandó». Esa tarea consiste en ofrecer al hombre la po­sibilidad de tomar conciencia de cuál es su auténtica condición y, por tanto, de saber cuáles son sus verdaderas posibilidades.

Toda la narración es simbólica, y así hay que interpretar los gestos que en ella se describen.


CONCIENCIACION

Un hombre ciego de nacimiento, al borde del camino. Un marginado. Y la pregunta de los discípulos, que da por descon­tado que la ceguera es un castigo de Dios por los pecados de alguien: «Maestro, ¿quién había pecado, él o sus padres, para que naciera ciego? » Era la ideología dominante. Los males de la sociedad no se podían achacar directamente a Dios, pero se le atribuían indirectamente: alguien que había pecado indivi­dualmente había provocado contra sí mismo o contra sus des­cendientes la ira divina. Así no había que preocuparse dema­siado por los sufrimientos de los demás: siempre se debía a algún oscuro pecado. No, las cosas no son así. Aquel hombre debía su ceguera no a Dios, sino a una sociedad que, diciendo que hablaba en nombre de Dios, le había impedido conocer a Dios y conocer su proyecto sobre el hombre.


«[Jesús] escupió en tierra, hizo barro con la saliva, le untó su barro en los ojos y le dijo:

Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa 'Enviado')».


Hecha de su propio barro, Jesús pone en los ojos del ciego la imagen del hombre nuevo. Y lo manda a lavarse en la pis­cina del Enviado. Esto es, le ofrece un proyecto de hombre, el hombre que vive preocupándose, por amor, de la felicidad de los demás; ese proyecto es Jesús mismo -su saliva, su ba­rro-, que es la luz del mundo. Se lo pone en los ojos y lo invita a descubrirlo y a aceptarlo libremente. Sin adoctrinarlo, sino facilitándole una experiencia.

Y el que había sido ciego percibe la luz por primera vez y ve, se ve a sí mismo, se conoce: «Fue, se lavó, y volvió con vista. Los vecinos... preguntaban: ¿No es ése el que estaba sentado y mendigaba?... El afirmaba: Soy yo». Ya no va a dejar que la tiniebla le venza de nuevo, aunque la tiniebla lo va a intentar.


CONFLICTO

La tiniebla, que se había disfrazado de luz, no tardó en atacar.

Los fariseos, los ideólogos religiosos de aquel tiempo, los que se sentían responsables de conservar la fe y las tradicio­nes recibidas, empezaron a cavilar: ¿Cómo es posible que un hombre que no cumple las leyes religiosas actúe en nombre de Dios? ¿Cómo es posible que un hombre que hace barro en día de sábado (día en el que estaba expresamente prohibido hacer barro y cualquier otro trabajo) dé vista a los ciegos, tarea que los profetas habían anunciado que realizaría el Mesías?

El problema era la idea de Dios que tenían estos fariseos: un Dios que exige sometimiento y obediencia sin que le impor­ten la libertad y la felicidad del ser humano. A pesar de que los hechos de su propia historia de pueblo lo demostraban, no les cabía en la cabeza un Dios liberador del hombre.

Por eso atacan. Y el ataque es violento: primero intentan negar el hecho, a pesar de estar clarísimo: «Los dirigentes ju­díos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver...»; después pretenden que aquel hombre afirme, también en contra de la evidencia de los hechos, que el que lo había cu­rado era un pecador y, por tanto, no actuaba en nombre de Dios: «Llamaron entonces por segunda vez al hombre que ha­bía sido ciego y le dijeron: Reconócelo tú ante Dios. A nos­otros nos consta que ese hombre es un pecador». Y como el hombre se resiste, lo excomulgan, lo declaran fuera del pueblo de Dios: «Empecatado naciste tú de arriba abajo... Y lo echa­ron fuera». Al no someterse, lo marginan.


COMPROMISO

Cuando el hombre aquel ha asumido su nueva realidad con firmeza, después de haber sido expulsado de su religión y ha­berse mantenido firme, Jesús sale a su encuentro y se da a co­nocer. Sólo entonces le propone que le dé su adhesión, que acepte su fe: «Se enteró Jesús de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo, y le dijo: ¿Das tu adhesión al Hombre? » Fe que le exigiría ponerse, manos a la obra, a devolver la vista a todos los ciegos de nacimiento que encuentre en su camino. Y el que había sido ciego, ahora que ve claro, acepta: «Te doy mi adhesión, Señor».


HOY

Hoy se vuelve a repetir este conflicto dentro de las Igle­sias cristianas. También hoy resulta difícil a muchos aceptar que Dios, el Dios de Jesús, el Dios de los cristianos, es un Dios liberador. Y les resulta peligroso que se afirme que creer en Dios exige trabajar por la igualdad, la justicia y la liberación del pueblo. Y se vuelve a utilizar la coacción moral y la ame­naza de expulsión contra los que afirman que la ciencia de Dios tiene que ser ciencia de la liberación.

Bien. No se trata de juzgar a nadie. Pidamos al Dios de Jesús que nos abra definitivamente los ojos.

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Comentario Bíblico y Pautas para la Homilía: IV Domingo de Cuaresma (Jn 9,1-41) - Ciclo A


"Jesús es la luz del mundo"

En nuestro itinerario cuaresmal alcanzamos el cuarto domingo. Tras las Tentaciones y la Transfiguración, el ciclo A que estamos siguiendo nos propone sucesivamente tres evangelios, los tres joánicos, claramente relacionados con el sentido pascual que conduce la cuaresma: la samaritana, el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro. En ellos, el agua, la luz y la victoria sobre la muerte expresan simbólica y realmente quién es Jesucristo y, al mismo tiempo, quién es el cristiano: un iluminado por el Señor que, por el bautismo, ha pasado de la muerte a la vida y halla en él su identidad.

En este cuarto domingo de cuaresma la clave de la Palabra de Dios es la luz. La luz es una de las imágenes recurrentes para expresar la experiencia religiosa. Por oposición, nuestra imagen suele ir relacionada con la de la tiniebla y, en el desarrollo de la misma lógica, al binomio luz-mirada se contrapone el de oscuridad-ceguera. Toda la riqueza del campo semántico de la luz se halla presente en las lecturas de este domingo.

La luminosidad que caracteriza a Dios se refleja, entre otras cosas, en su mirada. La primera lectura (1 Sa 16, 1b.6-7.10-13a) nos lo recuerda en un relato singular y lleno de colorido: la unción de David como rey por el profeta Samuel. Dice en un momento dado el texto: La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.

El evangelio de Juan (9, 1-41) nos explica, en un texto lleno de matices, el efecto del encuentro de la luz de Dios con el ser humano. Jesús es el mediador de este encuentro, por eso es proclamado la luz del mundo. El creyente es un iluminado por Cristo; gracias a él, ve, liberándose así de la ceguera que cierra sus ojos. En este proceso se aprende que la fe consiste en ver y que el que ve, porque cree en Jesús, se transforma en un hijo de la luz.

La segunda lectura (Ef, 5,8-14), precisamente, recuerda que los cristianos son hijos de la luz y que han de comportarse conforme a esa identidad (caminad como hijos de la luz… buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras de las tinieblas).

Fr. Vicente Botella Cubells O.P.
Casa de San Alberto Magno (Valencia)


COMENTARIO BÍBLICO

Primera lectura: (1Samuel 16,1b.6-7.10-13ª).

Marco: La lectura se centra en el acontecimiento de la unción de David. Saúl fue ungido Rey por Dios por medio de su profeta Samuel. Pero no respondió en fidelidad. Samuel decide ungir a otro, a David. La lectura de este domingo hay que entenderla en este marco.

Reflexión

¡Gloria y fracaso de la monarquía en Israel! Sabemos que la historia recogida en la Biblia está muy interpretada teológicamente. Por eso es muy difícil saber todos los detalles que provocaron la situación. Pero hay que tenerla en cuenta si queremos entender bien el fragmento. La historia de la salvación debe ser tomada en toda su seriedad como historia, que es humana sujeta a todas las debilidades, flaquezas y grandezas de lo humano; y por otra parte, es una historia de la salvación, es decir, que la dirige secretamente Dios, que es el Señor de la historia, para llevar adelante su proyecto salvador. ¡David, el rey ideal! David supo llevar adelante la institución utilizando toda su prudencia y su astucia. En este marco histórico aparece la figura del profeta que sanciona de parte de Dios una realidad histórica. David es ungido por el profeta. Es entrañable la dramatización literaria de la escena: son siete hermanos, pero Dios elige al menor, el más joven, al pequeño. Detrás de la presentación literaria hay una realidad teológica de valor y de importancia. El detalle de elegir al pequeño aparece frecuentemente en la historia de la salvación. Dios ama a los pequeños, a los pobres, y les elige para llevar adelante su plan de salvación.

Segunda lectura: Efesios 5,8-14.

Marco: El autor aborda el tema de la unidad de la Iglesia, puesta en peligro. En los capítulos 4, 5 y 6 el autor trata los temas de la unidad de la Iglesia, la vida nueva en Cristo, la moral familiar y el combate al que ha de estar preparados los creyentes.

Reflexiones

¡Procedencia de los cristianos de Éfeso! Los destinatarios de la carta a los Efesios pertenecieron al paganismo. Han sido el resultado de la evangelización cristiana, ya que no pertenecían al pueblo de Dios. Este pueblo estaba en la luz porque Dios habitaba en medio de él. Los judíos se gloriaban de que la Toráh es luz para los hombres. Los paganos, vivían en las tinieblas. Estos pensamientos dependen del dualismo mitigado que utiliza Pablo en sus cartas, al igual que lo hace la escuela joánica, es decir, dividir a los hombres en dos categorías: los que son de arriba y los que son de abajo, los que pertenecen al ámbito de la carne y los que pertenecen al ámbito del espíritu, los que viven en la luz y los que viven en tinieblas. El autor de la Carta a los Efesios recoge y sigue esta misma forma de expresión. Por tanto, estas palabras han de ser leídas y ofrecidas como el don de la luz que Dios ofrece a todos los hombres que vienen a este mundo (Jn 1). ¡El compromiso de una vida cristiana coherente! La respuesta al don gratuito es comprometerse en una vida coherente con la fe. Las actitudes de los creyentes en medio del mundo han de ser la expresión visible de la luz. Pablo recuerda en sus escritos hasta 50 actitudes positivas (o virtudes) diferentes y otras tantas de carácter negativo (o vicios). Abarca todos los ámbitos en que se desarrolla la vida del creyente.

Evangelio: (Juan 9,1-41).

Marco: Jn 9-10 constituye un conjunto con un único tema central: Jesús es la luz del mundo. Y, como todos los episodios, se construye con un signo y discursos que desarrollan lo apuntado en el signo. El signo milagroso es la curación de un ciego de nacimiento. El discurso se compone de una serie de pequeñas unidades que desarrollan el tema.

Reflexión

¿Es de verda justo y se atreve a quebrantar el sábado? Jesús ha realizado este milagro en día de sábado. Surge una dura discusión y enfrentamiento entre los judíos (fariseos) y Jesús, pero a través del ciego de nacimiento. En un estilo hondamente dramático se plantean varios problemas: ¿cómo es posible que un hombre de Dios quebrante el descanso sabático? En los diálogos se plantean algunos interrogantes: ¿Es verdad que este hombre era ciego? ¿es verdad que se ha realizado el milagro? El ciego es acosado una y otra vez, incluso el recurso a sus padres, para asegurarse del hecho. El ciego responde una y otra vez que él era ciego y ahora ve. El no entiende demasiado los sutiles planteamientos de los juristas judíos. Pero él parte de algo irrefutable: era ciego y ahora ve. ¡El creyente en Jesús sometido a un proceso! El texto es claramente bautismal. La fórmula "abrir los ojos" se utiliza siete veces. El autor joánico quiere expresar que el ciego está "totalmente" curado. La séptima vez (9,32) refleja los tres temas: ceguera, totalidad y pecado están estrechamente unidos. En ese caso la totalidad significa lo siguiente: que el ciego recobra la vista y es purificado también de su pecado. Está ya presto para recibir la iluminación de la fe en Jesús, Hijo del hombre (9,35-37). La misma problemática era ya reconocida a propósito del relato de la curación del enfermo en la piscina de Betzatá (Jn 5).

El camino pedagógico de la fe.

1º) En el camino de la fe el primer paso es el encuentro con el Jesús que vivió realmente entre nosotros. En este encuentro se sustenta todo el proceso que conduce hasta reconocerlo como el Señor. Es necesario hablar, conocer y reconocer al Jesús de la historia para llegar al Señor de la fe. Es la teología de la encarnación en su sentido más auténtico.

2º) El profeta es un hombre que habla en nombre de Dios; un hombre que dice la verdad anunciando una palabra de Dios que denuncia, anuncia y consuela. Es el hombre de la palabra de Dios. La palabra que conduce a los hombres a la más genuina libertad y dignidad como personas y como hijos de Dios (Jn 8,31ss).

3º) Jesús, como nuevo Moisés, viene de Dios y realiza las obras de Dios para la salvación del pueblo y para conducirlo al encuentro con Dios (mediante la alianza y la experiencia pascual de la liberación). ¡Jesús viene de Dios! es una afirmación permanente en el evangelios de Juan. Es necesario insistir en esta consoladora verdad y proclamarla al mundo que nos toca evangelizar.

4º) El Hijo del hombre. Otra forma de expresar la fe mesiánica. Los judíos expulsaron a los cristianos de la sinagoga por confesar que Jesús era el verdadero Mesías. Expulsarlo de la sinagoga equivalía a quedarse en una indefensión total jurídica y socialmente hablando. Porque el judaísmo era una religión permitida por las autoridades romanas. Una verdadera persecución. No se trata de un asunto teórico, sino de un asunto vital.

5º) Creo, Señor. Y le adoró. La meta de la fe es el reconocimiento de que el hombre llamado Jesús es el Señor, Dios volcándose en la salvación de los hombres. El Señor de la historia. El que da sentido pleno al ser humano abriéndole el camino de la trascendencia a partir de la humanidad. Y le adoró porque le reconoció como Señor. Un acto de fe como el de Tomás al final del evangelio: ¡Señor mío y Dios mío!

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo
Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)


PAUTAS PARA LA HOMILÍA

El relato se inicia bajo la iniciativa de Jesús que, al pasar, pone su mirada en un ciego de nacimiento. Es importante este dato que, al final, reaparece. Cuando es expulsado por los judíos, Jesús lo busca de nuevo para tener otro encuentro con él.

A este primer dato hay que unir otro convergente. El ciego de nuestro texto no pide nada, no dice nada, no espera nada. En los evangelios sinópticos se nos presentan otros ciegos que, ante Jesús, reclaman o solicitan la vista. El del evangelio de Juan tiene una actitud pasiva: simplemente está allí, el resto corre de la mano de Jesús.

Llama la atención que se presente al protagonista del relato como ciego de nacimiento. Este dato no tiene parangón en los sinópticos. Ello provoca una cierta curiosidad: ¿por qué se nos refiere y por qué se insiste tanto en él (hasta seis veces)?

La ceguera de nacimiento provoca una discusión entre los discípulos y Jesús; luego entre Jesús y los fariseos: ¿se trata de una ceguera culpable? El mal es fruto del pecado. Si la invidencia es un mal, ¿quién la ha causado? La búsqueda del responsable solo tiene dos vías de solución: el pecado personal del afectado (pero ¿cómo iba a pecar si nació ya ciego?) o el pecado personal de los padres transmitido al hijo. Jesús niega la culpabilidad de esta ceguera y ofrece otro camino de interpretación: su identidad (soy luz del mundo) y su misión (tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día). En el caso de la controversia con los fariseos, Jesús confirma la misma idea pero de una manera mucho más rotunda. Hay cegueras inocentes y otras culpables. Si la del protagonista de la narración es del primer tipo, la de los fariseos es culpable. En la cima del relato, Jesús llega a afirmar que su misión es la de someter la realidad a un juicio conforme a un criterio paradójico. De acuerdo a él, el que no ve verá y el que ve se volverá ciego. Se intuye que la ceguera y la visión poseen un valor simbólico en relación con Jesús.

Jesús da luz al ciego por medio de un signo (el barro untado en los ojos y el lavarse en la piscina de Siloé, el Enviado) guiado por una palabra (vete, lávate en la piscina de Siloé). El signo es eficaz. El ciego vuelve viendo. El signo es mediación de la sanación, gracias a él nuestro personaje se abre a la luz. Jesús estuvo en la construcción del signo y en la palabra orientadora. Pero luego ya no está presente.

La luz en la existencia del antiguo ciego supone un cambio radical. Es un hombre nuevo. El texto manifiesta la profundidad de esta mutación en un proceso conflictivo de nuestro personaje con diferentes instancias. A lo largo de él, el iluminado por Cristo ve cada vez con mayor claridad lo que le ha pasado y comprende mejor quién es el que le ha abierto los ojos. Su ver se va tornando en experiencia de vida y en sabiduría.

La causa del conflicto es la identidad que el antiguo ciego ha conquistado gracias a Jesús: ¿es él o es otro?, ¿quién es ? Sus vecinos son los primeros en extrañarse del cambio acontecido. Ante las dudas, el que fue ciego tiene que decir un significativo soy yo. Una expresión que une estrechamente al que ahora ve con Jesús, ya que en el cuarto evangelio es una frase propia de Jesús. Esta cercanía no va dejar ya el relato, pues de la pregunta por la identidad del antiguo ciego se pasará a continuación a la pregunta por la identidad del que le ha abierto los ojos.

Luego, sus vecinos conducen a nuestro protagonista a los fariseos. Además era sábado. Otro problema. Tras escuchar los fariseos el modo de la sanación, el episodio entra en una discusión en torno a quién es Jesús y de dónde viene.

Los padres del ciego de nacimiento son llamados a testificar. Ellos puedan dar testimonio de lo que saben, pero no pueden decir nada sobre el cómo de su curación o el quién lo ha hecho. Solo su hijo puede referir tal información. El texto, entonces, desliza un dato de interés: sus padres actuaron así por miedo a los judíos, ya que una ley castigaba con la expulsión de la sinagoga al judío que confesara que Jesús era el Cristo. De hecho, al ciego de nacimiento le aplican dicha ley. Lo curioso es que la norma es del año 90 después de Cristo. Por lo tanto, es de la época en la que se escribe el evangelio, no es contemporánea de Jesús. Se trata de un recurso del autor para unir en su relato dos tiempos y, de esta manera, lograr un mayor impacto en la vida de sus lectores, que sufren las consecuencias de esa ley.

El conflicto sube de tono. Los fariseos vuelven a interrogar al antiguo ciego sobre la identidad de Jesús y sobre el cómo de la curación. El iluminado por Cristo se enfrenta a sus interlocutores y, con cierta ironía, les pregunta si quieren hacerse discípulos de Jesús. La discusión llega al momento culminante: Jesús ¿viene a o no viene de Dios? El ciego de nacimiento cree que sí. Los fariseos no. Por eso lo expulsan.

La escena sigue narrando el encuentro de Jesús con el expulsado. De nuevo el tema va a ser el de la identidad del Nazareno. Todo se inicia con una pregunta: ¿crees en el Hijo del Hombre? El antiguo ciego no sabe quién es. Jesús añade: le has visto, el que habla contigo. Si somos justos, el que fuera ciego nunca había llegado a ver físicamente a Jesús, puesto que volvió viendo después de lavarse en Siloé. En el primer encuentro con el Maestro era ciego. Este dato confirma la interpretación simbólica de la ceguera. Nuestro protagonista cae a tierra y grita: creo Señor.

El episodio se cierra con las frases del porqué paradójico de la misión de Jesús y la controversia con los fariseos en torno a su ceguera culpable.

¿Qué decir después de todo lo apuntado? Hemos de ser necesariamente escuetos. Lo haremos en ocho guiones:

- La ceguera de nacimiento indica la situación de cualquier persona antes de haber tenido un encuentro con la luz, que es Cristo; de ahí que no haya en ella ninguna culpabilidad; cosa que sí ocurre cuando alguien (como los fariseos) conociendo la luz de Jesús la rechaza;

- Jesús es el que toma siempre la iniciativa en todo proceso de fe; el proceso hace que se produzca una identidad profunda entre Jesús y el iluminado por él. Jesús, luz del mundo, pone al descubierto quién es quién;

- El ciego, que comienza a ver gracias a Jesús, es un creyente, un iluminado por Cristo, que ve y entiende todo desde la luz que recibe de él; de ahí que, identificado con Jesús, sea otro Cristo (por eso dice, soy yo).

- El texto señala que el que fuera ciego de nacimiento y ahora ve, no solo es un creyente, sino el modelo de lo que ha de ser un buen cristiano o discípulo. Su capacidad de dar testimonio de Cristo frente a diversas instancias (vecinales, familiares y autoridades) así lo muestra; sobre todo, cuando, además, sufre las consecuencias de confesar a Jesús en tierra hostil (no teme a la exclusión social). Aquí hay un guiño directo a los destinarios del evangelio que sufrían en sus carnes lo que el antiguo ciego afronta de manera ejemplar: la expulsión.

- El proceso que sigue el ciego de nacimiento también es modélico en otras facetas: a) su conocer a Jesús brota de la experiencia que le cambia la vida (yo solo sé que antes era ciego y ahora veo) y b) este conocimiento, en el relato, supone un ascenso cristológico progresivo desde el hombre Jesús, pasando por el Profeta y el Hijo del Hombre, hasta la confesión pascual con el título Señor.

- El signo recuerda mucho el bautismo por el que ahora (lavándose en Cristo, el Enviado) se produce un nacimiento a la luz, a la vida nueva. Por eso, este texto ha sido interpretado en el catecumenado antiguo en clave bautismal. El ciego de nacimiento es modelo del cristiano que sabe dar razón de forma adulta de la nueva vida recibida de Cristo y, por eso, es apto para recibir el bautismo.

- En la Pascua renovaremos nuestro bautismo, este texto cuaresmal brinda una oportunidad maravillosa para que toda la Iglesia y cada uno de nosotros nos examinemos sobre la veracidad y la autenticidad del bautismo que hemos de renovar en la próxima Pascua.

- También se puede insistir en la relevancia del testimonio de cara a la fe. El discípulo es otro Cristo; en él actúa la luz del Maestro. Ver al discípulo conduce al Señor que vive en él. La luz de la vida del cristiano es la de Jesús. Pero, ¿qué luz refleja nuestra vida?

Fr. Vicente Botella Cubells O.P.
Casa de San Alberto Magno (Valencia)

Publicado por Dominicos.org

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Liturgia y Contemplación: CUARTO DOMINGO DE CUARESMA


Lecturas: 1 Samuel 16, 1b.6-7.10-13a; Salmo 22, 1-6; Efesios 5, 8-14

Evangelio: Juan 9, 1-41:

"En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
-«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).» Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
-«¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían:
-«El mismo.» Otros decían:
-«No es él, pero se le parece.»
Él respondía:
-«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
-«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban:
-«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. »
Otros replicaban:
-«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
-«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó:
-«Que es un profeta.» Le replicaron:
-«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
-« ¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo:
-«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo:
-«Creo, Señor.»
Y se postró ante él.

Jn 9, 1-41

vv. 1-5: Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: “Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” Respondió Jesús: “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.”

Jesús se escondió para evitar las piedras de los enemigos (Jn 8,59).
Esta curación supone un nuevo enfrentamiento con los teólogos de entonces.
Ciego de nacimiento. Denota la magnitud del milagro o señal.
La curación de los ciegos es una propiedad del Mesías según Is 35,5.
Caso típico y se desarrolla en Jerusalén.
En la época no se podía entender un castigo tan grande que no fuera producto del pecado. Los discípulos quiere saber quién/quiénes pecaron.
Jesús se sale de la época y mira al Padre y conecta la ceguera con las obras de Dios Padre. Toda una lección para nosotros.
Lo contrario al ciego de nacimiento es ese Yo soy la luz del mundo.
vv. 6-7: Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: “Vete, lávate en la piscina de Siloé” (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo.

Se decía por esa época que la saliva tenía muchos poderes curativos. Jesús es hijo de la época.
Con ese trabajo el ciego se fue preparando para creer en Él, confiar en Jesús.
El ciego obedece ciegamente a su mandato y así verá la Luz del mundo.
Shiloah, el manantial que fluía de la única fuente que tenía Jerusalén, llamada Gihon. Un canal construido a toda prisa en tiempos del rey Ezequías (721-693 a.C.).
Enviado o Mesías (del verbo Shah)
Más que piscina era un depósito donde se recogía esa agua potable.
La acción de Jesús y un sencillo gesto de obediencia bastaron.
vv.8-11: Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.» Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?» El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: "Vete a Siloé y lávate." Yo fui, me lavé y vi.»

Juan insiste en identificarlo. No hay duda que fue el ciego de nacimiento.
Alrededor del ¿Cómo se te han abierto los ojos? se dará la situación de fe valiente o incredulidad práctica
v. 12: Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?» El respondió: «No lo sé.»

Jesús lo cura y desaparece del escenario de magnificencia; se esfuma.
El ex-ciego aún no ha visto a Jesús.
Jesús se le hará el encontradizo.
vv. 13-17: Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. El les dijo: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.” Algunos fariseos decían: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.” Otros decían: “Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?” Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: “¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?” El respondió: “Que es un profeta.”

Comienza la carrera hacia la ceguera de los fariseos inquisidores.
Los sabios teólogos quedan cegados en estrechez.
El ciego curado llega a la conclusión obvia que el que lo ha curado es un profeta, un gran piadoso de Dios.
vv. 18-23: No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?” Sus padres respondieron: “Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo.” Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: “Edad tiene; preguntádselo a él.”

Los fariseos, obstinados, se van cerrando más y más a la evidencia.
Sus padres 1) afirma que es su hijo y que nació ciego, pero 2) se niegan a responder quién lo curó. No se atreven a dar un testimonio de esa buena nueva para su hijo.
Por miedo de los judíos. Todos eran judíos en esta escena; judíos aquí significa autoridad judía, líderes judíos opuestos a Jesús, judío también Él.
vv. 24-27: Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.” Les respondió: “Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo. Le dijeron entonces: “¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?” El replicó: “Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?”

Da gloria a Dios. Los inquisidores vuelven a la carga con algo que suena a blasfemia porque toman el nombre de Dios en vano.
El ex ciego no quiere entrar en teologías, pero una cosa la tiene muy clara: Yo era ciego, ahora veo gracias a ese hombre.
Tiene capacidad para ser irónico.
vv. 28-34: Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es.» El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.» Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera.

Sentimos el gozo del evangelista que da palabras y sabiduría a nuestro personaje que de la ceguera ha llegado a las puertas de la Luz del mundo.
Gozamos de una disputa teológica en la que los fariseos quedan derrotados.
Es tan obvia la victoria que ni merece la pena narrarla.
Cuando no se tienen razones se lanza uno al improperio como estos fariseos.
Lo echaron fuera. Lo excomulgaron de la Sinagoga. Borraban su nombre del elenco de los hijos de Israel.
Estamos hacia el 94 d. C cuando en Jamnia el nuevo Consejo Judío con predominio fariseo introdujeron una bendición entre las 18 Bendiciones que se recitaban en las sinagogas. Esta nueva bendición venía a pedir la maldición de Dios sobre los romanos y los cristianos. Ningún judeo-cristiano podía decir: Amén, amén.
vv. 35-38: Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: “¿Tú crees en el Hijo del hombre?” El respondió: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús le dijo: “Le has visto; el que está hablando contigo, ése es.” El entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Es la escena más bella de todo este hermoso evangelio:
Jesús sale al encuentro del excomulgado.

Le hace la pregunta fundamental del judeo-cristiano: ¿Tú crees en el Hijo del hombre? El título de Hijo de hombre era el que se daba Jesús a Sí mismo.

Lo has visto, lo estás viendo, con la nueva vista material y de fe que te estoy regalando.

El que está hablando contigo… ¡Qué bello! No hay palabras para narrar la belleza de esta escena.

Creo, Señor… y se postró ante él. Es una adoración divina; el sanador Jesús es el Señor ante quien sus fieles se postran como ante Dios.

vv. 39-41: Y dijo Jesús: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.” Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: “Es que también nosotros somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: "Vemos" vuestro pecado permanece.”

Hay una graduación:
Los que no ven, ven y creen en Jesús

Los que creen ver, se vuelven ciegos.

Los que permanecen en el pecado.

El dicho popular de que No hay peor ciego que el que no quiere ver, se cumple aquí con creces.
Pero se nos da un aviso… es duro pensar que no querer ver la gracia y la misericordia de Dios conlleva una situación de estar en PECADO.
Cerrándonos a la Luz nos convertimos en una bola compacta donde no entra ni la Gracia ni la Luz ni el Amor.
Señor Jesús, concédenos la gracia de la humildad de vernos en la relación de criatura-Creador, de hijos-Padre para poder abrirnos a tu Luz para que toda nuestra conducta esté impregnada de Luz y de Verdad. No permitas que nos instalemos en el pecado de creer que vemos fuera de tu Luz. Amén.

Publicado por CIPECAR

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