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domingo, 29 de enero de 2012

Cállate y sal de él


Por P. Javier Rojas sj
Publicado por El Evangelio en Casa

Antes de entrar en la reflexión de este pasaje del evangelio conviene hacer una distinción entre Satanás y los demonios que existía en la época de Jesús. Satán, que originalmente se denomina el “acusador”, era el que vigilaba las acciones de los hombres con el fin de informar a Dios de su conducta y tener motivo “de que acusarles”. Por el contrario, los demonios –daimon- que significa fantasma, eran los responsable de los males físicos. De ahí que a los demonios se atribuyeran las enfermedades internas, aquellas que no eran perceptibles en heridas externas y que impedían al hombre realizar correctamente sus funciones. Las enfermedades externas nunca se les atribuyen a los demonios. Jesús hace lo único que en su tiempo podía hacer, ordenar a los demonios que salieran del cuerpo del poseído.
Con esto no pretendo iniciar una reflexión o discusión sobre los demonios. Ya hay demasiada gente aventurada en cazarlos y perseguirlos. Más bien quiero centrar mi atención en las palabras de Jesús, sobre toda en aquellas que el evangelista deja entrever sutilmente.
Cada vez estoy más convencido de que en la mente de muchas personas viven ideas que no son suyas, y no lo digo porque existen “pocas ideas” sino porque han creído en todo lo que le han dicho sin ningún espíritu crítico ni capacidad de discernir y quedarse con lo “bueno”.
Esas ideas, que un día fueron palabras, quedaron grabadas en lo más profundo y están allí acusando y martirizando a quien no puede ni tiene el valor para defenderse de ellas. ¿A qué me estoy refiriendo? A las malas palabras y no por groseras, sino por dañinas que han pronunciado otros sobre nosotros y las hemos acogido como verdaderas. ¿Has tomado conciencia de las palabras que usas para dirigirte a tus hijos? ¿Eres consciente de que como adulto tus palabras tienen peso?
Escucho muchas veces a padres y docentes quejarse de que sus hijos o alumnos no son obedientes porque no escuchan y no responden a lo que se les manda, y al poco tiempo de conversar con ellos me digo a mí mismo “¡que sanos son estos chicos que hace oídos sordos a tales palabras!”. Es increíble el daño que pueden hacer unas malas palabras… El dolor que dejan puede durar muchos años…incluso toda la vida.
Lo peor es que en virtud de la “autoridad” de quien lo diga (padres, docentes, sacerdotes, religiosas) esas palabras tienen una fuerza tal que sólo un poder opuestamente superior puede desterrarlos del alma.
Es aquí donde Jesús tiene palabras de vida eterna. Cómo cuesta creer en las palabras de amor de Jesús cuando en el interior del hombre resuenan palabras de acusación, desvalorización y desprecio…
Cuando nos encontramos con personas que tienen muy poco aprecio por sus vidas es porque pocas palabras de valor les han dirigido. Cuando nos encontramos con personas iracundas es porque existieron palabras que fueron mandatos y exigencias. Cuando vemos hombres y mujeres buscando amor y estima por todos lados es porque pocas palabras de amor han escuchado.
Hay tantas ideas erróneas sobre nosotros mismos viviendo en el interior de nuestra alma que como fantasmas nos asustan y nos impiden vivir libremente. Andamos poseídos por “malas palabras” que no hacen otra cosa que acusar y remorder la conciencia día y noche… Ecos de aquellas dañinas palabras que siguen resonando en el interior diciendo “no puedes, no tienes, no vales…”
Aquel hombre en la sinagoga dijo a Jesús «¿Qué quieres de nosotros Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos?». Podemos imaginar la respuesta de Jesús, “Si, vengo a acabar con ustedes!”, porque he venido a traer vida y libertad. He venido a decir al hombre que mi Padre lo ama. He venido a reconciliar al hombre consigo mismo y con Dios. He venido a pronunciar una sola palabra y quedaran sanos: “¡Amor!”. Por eso «Cállate y sal de él”.
Aquellas palabras dejaron a todos sorprendidos porque fueron pronunciadas a favor del hombre. En cambio, desgraciadamente como en tiempo de Jesús, encontramos en la Iglesia que la Palabra que fue derramada en nuestros corazones en favor de la libertar del hombre es pronunciada para esclavizar, martirizar y llenar de culpa. Que pena me da escuchar que en nombre del Autor de la Vida se pronuncian palabras de acusación. ¡Cómo es posible que se llamen a si mismos servidores de Dios, cuando llevan en su labios palabras de acusación!
Podemos terminar esta reflexión con esta oración: “Señor Jesús, Palabra del Padre Eterno libra mi mente, mi corazón, mi vida de aquellas palabras que me atormentan. Destierra de mi corazón el dolor y la pena que me oprime y restaura en mí la verdadera imagen de Hijo amado.

Amén.