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domingo, 16 de junio de 2013

Contemplaciones del Evangelio : Amar mucho

De eso trata el evangelio de hoy: de amar mucho.

Eso lo que le agrada al Señor.

La escena y la parábola de los deudores –el que debía 500 y el que debía 50- es una adaptación al horizonte mental del fariseo, que era rápido para los números. El Maestro se adapta a nuestros paradigmas y cada uno tiene que dejarse encontrar en el suyo para que Jesús le diga: así como en esto que es lo más tuyo vos juzgás bien y elegís lo mejor, así tenés que amar.

Para Zaqueo, por ejemplo, la plata era lo importante y su manera de amar mucho fue dar mucha plata: repartir la mitad de sus bienes y devolver cuatro veces más al que había robado.
Para la mujer, lo importante era el cuerpo. Por eso con infinito respeto elige los pies del Señor y le expresa su amor con lo mejor y lo más puro suyo: sus lágrimas, su cabello, sus besos y su perfume.
Para este fariseo lo importante era la etiqueta, los modos sociales (aunque en el fondo fondo a él también lo que le interesaba la plata) y el Señor le muestra que las atenciones que tuvo la mujer eran las que tendría que haber tenido él si era verdad que lo apreciaba como invitado.
En otro contexto, el de la amistad y la vida de familia, Jesús le dirá a Marta que “María eligió la mejor parte que no le será quitada”. También aquí se trata de amar mucho y de elegir lo mejor para expresarlo.
Jesús es muy básico: Amó mucho, amó poco. Al que se le perdona mucho, al que se le perdona poco.
Con la fe será lo mismo: mucha fe, poca fe. Por ese lado irán los elogios, al centurión –nunca he visto en Israel una fe tan grande-, a la sirofenicia…, y los reproches a su amigo Pedro –poca fe, ¿por qué dudaste?- y a los discípulos.




Lo cuantitativo puesto en lo esencial.


Esa es quizás la clave del Maestro.


Nos enseña en qué hay que poner mucho y qué cosas no son importantes.

“¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidan la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello” (Lc 11, 42).


Amar mucho. Mostrar con obras el mucho amor.

Y aquí está el punto para contemplar.

Cada uno tiene que encontrar su modo.

¿Cómo se hace?

Lo primero, diría, es caer en la cuenta de que en el evangelio hay mil modos de amar mucho a Jesús.

No en todos es estar a sus pies. Eso es para la pecadora y para María, la hermana de Marta y de Lázaro. Zaqueo se hizo notar subiéndose a la higuera. Bartimeo, dando gritos al escuchar que pasaba por el camino. La hemorroisa, tocando discretamente la orla de su manto en medio de la multitud. Juan, reclinándose sobre su Corazón en la Cena. María Magdalena, yendo de madrugada al sepulcro. Simón Pedro contestando a sus tres preguntas sobre el amor…

Si caemos en la cuenta de que el Señor le pone el sello que dice “mucho amor” a expresiones tan diferentes, tan personales, eso anima a cada uno a buscar su modo.

¿Alguna clave o algo que ayude?

Algo que ayude, más bien. Por que las claves del amor lo lindo es que cada uno descubra e invente las suyas.

La ayuda que puedo dar yo va por el lado de “quitar impedimentos”.

Un impedimento es el de no encontrar nunca la ocasión de “amar mucho”.


Amar mucho a Jesús se puede en todo momento.

Sólo hay que saber pescar la ocasión o… crearla, haciendo la pausa necesaria para poner un gesto que haga especial el momento.

Esto implica vivir “adelantando” un poco: tener preparado un perfume, por las dudas, como la pecadora, y estar atentos a cuando Jesús ande cerca.


¿Qué es lo que impide encontrar el momento o saber crearlo?

Quizás el no usar la palabra “mucho” de manera adecuada.


Usamos “mucho” para decir “mucho trabajo”, “mucho sufrimiento”, “cuesta mucho”… y no solemos decir “mucho amor”.


Quiero decir: no andamos juzgando dónde está el “mucho amor” de Jesús en nuestra vida ni dónde le podemos expresar “mucho amor”.


Expresarlo no es tan difícil, grosso modo. Basta mirar dónde hay “mucho sufrimiento” para ir con el amor que tengamos, que para el necesitado siempre es “mucho amor”. Cuando lo operaron a Josué y le trasplantaron sus pulmoncitos, fui todos los días durante una semana a visitarlo aunque fuera un ratito. El estaba dormido los primeros cuatro días, pero el papá le dijo que yo había ido y cuando estuvo bien, fuera de terapia, me dijo “Vos viniste todos los días. Fuiste el único”. No, le dije, también estuvo tu papá. Si, pero él es mi papá. Vos fuiste el único”. Yo le entendí que él me quería expresar mucho agradecimiento por algo chiquito que para él era mucho amor y le acepté el elogio para sellar nuestra amistad.


También se puede expresar mucho amor no paliando un sufrimiento o cubriendo una necesidad sino valorando a las personas en lo que tienen de especial. Esto no es difícil, sólo que hay que saber dejar de lado los mil defectos que todos tenemos para concentrarnos exclusivamente en algo bueno, que nosotros, con todos nuestros defectos, podemos decir con verdad y que el otro, con todos sus defectos, es verdad que tiene esa cualidad o hizo algo bien, aunque parezca circunstancial. “Che, que bueno esto que dijiste”, o “sabés lo bien que mi hizo que vos…”.

El fariseo calculó que no tenía que gastar demasiadas atenciones en Jesús, incluso habrá pensado que al Señor no le gustaba el trato especial y, en vez sí, resultó que le gustaba que lo trataran bien, incluso que exageraran como hizo la mujer. Uno dice: “qué le va a importar a Dios que yo entre a rezar un minuto” y resulta que sí, que le encanta, es más: él busca adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad en todo lugar y en todo momento.