Sigue hoy un relato de milagros como estos domingos anteriores. Milagros que no son despliegues de poder sino muestras de compasión. Y de una compasión que no humilla a quien la recibe, sino que le devuelve su dignidad como persona y le reintegra en la sociedad.
La mentalidad colectiva de los tiempos de Jesús no es la de los nuestros. Pero la forma de reaccionar Jesús ante los excluidos por las más diversas y desfiguradas razones sí nos ayuda a situarnos compasiva y solidariamente ante las personas que sufren la soledad, el rechazo y la exclusión.
Todo un ejemplo para quienes en las circunstancias difíciles de nuestro momento nos decimos sus seguidores. Un ejemplo para provocar “quiero”, apuestas de voluntad decidida para hacer justicia a los damnificados por la supuesta pureza de un mundo acomodado y satisfecho.
* Iª Lectura: Lev 13,1-2.44-46: La lepra, entre higiene y maldición religiosa
I.1. El sentido de la primera lectura (Lev 13) no puede ser otro que ponernos sobre la pista de una ley de pureza que pretendía mantener a los hombres que padecían la enfermedad de la lepra fuera del ámbito de lo sagrado y de la identidad más radical del pueblo de Dios, del pueblo de la alianza. No se puede considerar que todo lo que la Biblia llama lepra corresponda a la famosa y técnica "hanseniasis" (el mal de Hansen). Es verdad que los Israelitas debían ser santos como su Dios era Santo, mandato que se refería a ser limpios física y moralmente (Lev 11,46 y 20,26). Las medidas higiénicas concernían a la convivencia social (Dt 23,15 y Lev 19,11-18); la construcción de sus ciudades y campamentos (Dt 23,9-14; Lev 11,1-33), basureros, dotación de agua, cuidado del cuerpo, así como de aspectos laborales y del descanso (Dt 16,24.25)), y otros. Se practicó el aislamiento de enfermos contagiosos (Lev 13) mediante la desinfección de ropa, objetos, instrumentos y casas por medio de la fumigación, el lavado o la ignición (Lev 20,26; Lev 14,32- 47).
I.2. Sin embargo, la injusticia o lo inhumano de una ley como ésta se explica, porque todo el mundo sabe que esta enfermedad siempre ha sido una enfermedad de marginación, o como hoy diríamos, tercermundista. Es verdad que siendo contagiosa podía afectar puntualmente a otras personas. De hecho, en la Biblia tenemos el caso sintomático en Naamán el sirio (2 Re 5,1-27), que quizás no era técnicamente lepra, al que se acerca el profeta Eliseo para mostrar que para Dios no hay distinción, en lo que se refiere a las miserias, entre los que pertenecen al pueblo de la Alianza y los paganos. Es ahí donde debemos incidir a la hora de leer este relato de hoy que ha de ser clave para la interpretación del evangelio.
* IIª Lectura: I0 Corintios (10,31-11,1): La fuerza de los débiles en la comunidad
II.1. La comunidad de Corinto era una comunidad compleja, lo sabemos. Pablo tuvo que combatir en muchos frentes, ante muchas situaciones: es el caso de los que eran fuertes, abiertos, capaces de compartir su fe y su vida con no cristianos sin darle mayor importancia. Los otros, los "débiles" no lo entendían o no lo querían entender. El contexto de este texto en el que Pablo mismo se presenta como "modelo" de inculturación pastoral es muy sugerente. Está enmarcado en 1Cor 8,1-11,1 que ha dado pie a muchas opiniones, ya que trata de la postura que han de mantener los cristianos en una ciudad pagana como Corinto, con sus templos, sus dioses, sus sacrificios y otras cosas. Cómo tienen que vivir los cristianos en esta situación, )"a lo corinto" o, por el contrario, con un puritanismo rayano en el fundamentalismo del gueto?
II.2. El texto de hoy insiste sobremanera en la actitud de Pablo de ser predicador del evangelio. Frente a su mensaje liberador, no se entiende que los hombres estemos divididos y asustados por preconcepciones y actitudes que reflejan las divisiones de la sociedad; esas divisiones que consagra este mundo no pueden mantenerse frente al evangelio. Pablo sabe que hay débiles en la comunidad, pero se extraña, y mucho, que esos débiles, luego sean fuertes para las cosas que no merecen la pena en lo que se refiere a lo religioso y a lo sagrado. La lectura más en sintonía es que muchas veces nos escandalizamos de cosas que afectan a lo sagrado, y nos mantenemos indiferentes frente a injusticias, envidias y frente a los pobres.
* Evangelio: Marcos (1,40-45): Liberar a los marginados, praxis del Reino
III.1. Es el último episodio de la "praxis" de la famosa jornada de Cafarnaún, antes de pasar a las disputas (Mc 2,1-3,6). Quiere ser como el "no va más" de todo aquello a lo que se atreve Jesús en su preocupación por los que sufren y están cargados de dolor, de miseria y de rechazo por una causa o por otra. En cierta manera es un milagro "exótico" por lo que implica de que, quien fuera curado de una enfermedad como la lepra, tenía que presentarse al sacerdote para ser "reintegrado" a la comunidad de la alianza. Los leprosos son "muertos vivientes", privados de toda vida de familia, de trabajo y de religión. El leproso cae de rodillas delante de Jesús (genypetéô). Es verdad que nos encontramos ante un hecho taumatúrgico sin discusión, pero es mucho más que eso. Incluso en razón de las exigencias de Lev 13-14, no basta con ser curado, sino que este hombre debe ir al sacerdote, es decir, al templo para que de nuevo recupere la identidad como miembro del pueblo elegido de Dios. Pero Jesús, con su "acción", ya está haciendo posible todo ello; ha ido más allá de lo que le permitía la ley; se ha acercado a la miseria humana, la ha curado, pero sobre todo, la ha acogido.
III.2. El relato evangélico está planteado, con mucho acierto, al final de la actividad de Jesús en esa jornada de Carfarnaún que nos ha venido ocupando los últimos domingos. La narración sigue un proceso liberador, en el que se ponen de manifiesto las actitudes de los hombres y los pensamientos de Dios. Un leproso, como ya hemos dicho, estaba excluido de la asamblea del pueblo de la alianza y debía presentarse al sacerdote, en el templo, en Jerusalén, el centro del judaísmo y de las clases poderosas. Aunque todo comenzara siendo una "ley de sanidad", como en Israel todo se sacralizaba, se llegó a dogmatizar de tal manera, que quien estaba afectado por ella, era un maldito, pasando a ser una "ley de santidad". Ya hemos dicho que esta es una enfermedad de pobres y marginados. Nadie, pues, se acercaba a ellos: su soledad, su angustia, sus posibilidades )quién podía compartirlas? Es el momento de romper este círculo infernal.
III.3. Jesús, que trae el evangelio, va a enfrentar a los hombres de su tiempo con todo lo que significa marginar al los pobres en nombre de Dios. Jesús se acerca a él, le toca (expresamente se dice que extendió la mano y le tocó, lo que implicaría que desde ese instante Jesús también quedaba bajo la ley sagrada de la contaminación); pero le cura y, con una osadía inaudita, le envía al sacerdote (a los que representan lo sagrado y el poder) para que sea un testimonio contra ellos y contra todo lo que pueda ser sacralizar las leyes sin corazón. El evangelio es un escándalo y pone de manifiesto eso de que los pobres nos evangelizan. Dios, pues, se hace vulnerable. No encontramos, pues, ante la fuerza poderosa de un "sistema" que debe ser vencido por la debilidad del evangelio. Lo lógica del sistema que está detrás de esa ley de santidad-sanidad, es la de autoconservación, hasta el punto de ser inexorable. Con esas realidades se encuentra Jesús en su vida y tiene que hacer opciones como las que aquí se muestran. La fuerza del Jesús taumaturgo, o médico, pasa a un segundo plano frente a su opción por los que viven día a día la miseria a que son reducidos todo los desgraciados.
III.4. En este relato de Marcos no es menos sugerente el mandato de Jesús de que no diga nada a nadie y el poco caso que hace de ello el "leproso" curado. El "secreto a voces" lleva la intencionalidad de este evangelista, porque pretende poner de manifiesto que más importante que la aceptación por parte del sacerdote de su curación, es proclamar (se usa, incluso, el verbo kêrýssein, que es propio del anuncio del evangelio en el cristianismo primitivo) que ha sido Jesús, el profeta de Galilea, quien le ha llenado el alma y el corazón de gratitud y de acción de gracias a Dios. La ley, aquí, frente al evangelio, también queda mal parada y, en cierta forma, anulada. Y si queremos, podemos ver que el "leproso" curado, ni siquiera va al templo, al sacerdote (el texto, desde luego, no lo explicita y yo opino que intencionadamente); no le hace falta, porque el evangelio que Jesús trae en su manos es más que esa religión que antes lo ha marginado hasta el extremo.
Hay textos del evangelio que, aun leídos hoy, expresan un mensaje fácilmente comprensible. Otros requieren, en cambio, conocer las creencias y costumbres de la época para poder percibir su significado. El de este domingo es uno de estos últimos. La prescripción del Levítico recogida en la primera lectura ofrece pistas suficientes para acercarnos a la novedad de la praxis de Jesús.
* “Si quieres, puedes limpiarme”
Esta súplica del leproso expresa la esperanza de que alguien con poder y buena voluntad le sane de su dolencia y le rescate de la soledad y la exclusión.
Podemos comprender, desde los usos de nuestro tiempo, que un enfermo pida a Dios su curación. Muchos de nosotros hemos sido, al menos, testigos de esas demandas en lugares de peregrinación.
Más nos cuesta comprender ese rescate de la soledad y la exclusión cuando los establecimientos sanitarios cuentan con expertos y con medios para devolvernos la salud o para dar, al enfermo y a sus familias, recursos con los que afrontar dignamente la vida pese a que la salud haya quebrado inexorablemente.
Pero no era así en los tiempos de Jesús. La enfermedad no era sólo una dolencia para el enfermo y su familia. Religiosamente se la interpretaba como síntoma de un pecado, propio o heredado. Socialmente suponía quedar al margen de la producción y, por tanto, condenado a la mendicidad pública. Y en ocasiones más extremas, como la lepra, conllevaba la sentencia de “vivir solo y tener la morada fuera del campamento”.
¡Pobre enfermo: además de sufriente, pecador y excluido!
Han cambiado mucho las cosas desde entonces. Pero desgraciadamente no tanto como para que aquellos a los que no consideramos puros, sea por razones de raza o cultura, por motivos sociales y económicos, por comportamientos diferentes o por sufrir enfermedades vergonzosas… sean puestos bajo sospecha, tratados con cautela y, al menos funcionalmente, excluidos.
¿Cuántas miradas doloridas y desconcertadas nos están diciendo: “si quieres, puedes limpiarme? Posiblemente más de las que nos atrevemos a sostener.
* “Quiero: queda limpio”
Jesús, de modo bien diferente a los amigos de Job o a los letrados que debatieron con aquel ciego curado y sus padres (Jn 9, 1-34), no se pierde en elucubraciones sobre el origen último del mal.
Para Jesús el mal no es un problema abstracto, ni un escándalo: es una llamada a la compasión y a la solidaridad. El mal está en las situaciones concretas donde un hombre o una mujer sufren. Ante el mal no hay interpretaciones mentales, por teológicas que parezcan ser, ni debates académicos. Ante el mal, parece entender Jesús, lo que procede es poner voluntad para sanar y voluntad para integrar.
Ese “quiero” de Jesús muestra la ternura y la riqueza de su mundo interior y revela también la profundidad de su experiencia de Dios: el Padre que amó tanto al mundo que le mandó a su Hijo para salvarlo. El Dios de Jesús no distrae de los males que sufrimos los humanos. Como en los inicios, nos pregunta por nuestros hermanos. Si, a diferencia de las argucias de la razón, la buena voluntad nos conecta sinceramente con la vida, ese “quiero” de Jesús le conecta sinceramente con los proyectos de Dios para que los humanos, todos los humanos, tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Nuestros “quiero” no tienen la eficacia del “quiero” de Jesús, pero no por ello debieran ser menos convencidos y decididos. No está en nuestra capacidad resolver sólo a golpe de buena voluntad todos los problemas. Pero sí lo está poner a esos problemas nombre y a esas personas y situaciones voz para que no pasen desapercibidas en las conciencias y las instituciones.
* “Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo”
Pablo entendió muy bien que acoger y seguir a Jesús era más que adherirse a una doctrina. Se trataba de comenzar a vivir de otra manera.
Hoy nos cuesta hablar de imitación de Cristo, porque su misterio personal no es el nuestro, ni su mundo y el nuestro coinciden en demasiadas cosas. Pero la manera de vivir de Jesús, sus actitudes y valores, su contar con Dios para que los humanos pudiesen contar con él… es un ejemplo a seguir. Los cristianos somos sus seguidores cuando recibimos de su modo de actuar un ejemplo para nuestros compromisos.
No hay orgullo ni autosuficiencia en Pablo cuando se propone como ejemplo en esta carta a los corintios. Es tan consciente de lo que hace bien como de sus debilidades (II Cor 11, 5-30). Pero sabe también por experiencia propia que a la fe se llega, además de por la gracia a Dios, por el testimonio de los otros (Hch 9,3-19).
Con esas palabras, es su testimonio lo que ofrece. Y es también lo que nosotros, creyentes en medio de un mundo que sigue excluyendo a muchas personas, podemos y debemos ofrecer. Quizá sólo podamos pretender, como Jesús, que si no son creíbles nuestras palabras lo sean, al menos, nuestras obras.
La mentalidad colectiva de los tiempos de Jesús no es la de los nuestros. Pero la forma de reaccionar Jesús ante los excluidos por las más diversas y desfiguradas razones sí nos ayuda a situarnos compasiva y solidariamente ante las personas que sufren la soledad, el rechazo y la exclusión.
Todo un ejemplo para quienes en las circunstancias difíciles de nuestro momento nos decimos sus seguidores. Un ejemplo para provocar “quiero”, apuestas de voluntad decidida para hacer justicia a los damnificados por la supuesta pureza de un mundo acomodado y satisfecho.
Comentario bíblico
* Iª Lectura: Lev 13,1-2.44-46: La lepra, entre higiene y maldición religiosa
I.1. El sentido de la primera lectura (Lev 13) no puede ser otro que ponernos sobre la pista de una ley de pureza que pretendía mantener a los hombres que padecían la enfermedad de la lepra fuera del ámbito de lo sagrado y de la identidad más radical del pueblo de Dios, del pueblo de la alianza. No se puede considerar que todo lo que la Biblia llama lepra corresponda a la famosa y técnica "hanseniasis" (el mal de Hansen). Es verdad que los Israelitas debían ser santos como su Dios era Santo, mandato que se refería a ser limpios física y moralmente (Lev 11,46 y 20,26). Las medidas higiénicas concernían a la convivencia social (Dt 23,15 y Lev 19,11-18); la construcción de sus ciudades y campamentos (Dt 23,9-14; Lev 11,1-33), basureros, dotación de agua, cuidado del cuerpo, así como de aspectos laborales y del descanso (Dt 16,24.25)), y otros. Se practicó el aislamiento de enfermos contagiosos (Lev 13) mediante la desinfección de ropa, objetos, instrumentos y casas por medio de la fumigación, el lavado o la ignición (Lev 20,26; Lev 14,32- 47).
I.2. Sin embargo, la injusticia o lo inhumano de una ley como ésta se explica, porque todo el mundo sabe que esta enfermedad siempre ha sido una enfermedad de marginación, o como hoy diríamos, tercermundista. Es verdad que siendo contagiosa podía afectar puntualmente a otras personas. De hecho, en la Biblia tenemos el caso sintomático en Naamán el sirio (2 Re 5,1-27), que quizás no era técnicamente lepra, al que se acerca el profeta Eliseo para mostrar que para Dios no hay distinción, en lo que se refiere a las miserias, entre los que pertenecen al pueblo de la Alianza y los paganos. Es ahí donde debemos incidir a la hora de leer este relato de hoy que ha de ser clave para la interpretación del evangelio.
* IIª Lectura: I0 Corintios (10,31-11,1): La fuerza de los débiles en la comunidad
II.1. La comunidad de Corinto era una comunidad compleja, lo sabemos. Pablo tuvo que combatir en muchos frentes, ante muchas situaciones: es el caso de los que eran fuertes, abiertos, capaces de compartir su fe y su vida con no cristianos sin darle mayor importancia. Los otros, los "débiles" no lo entendían o no lo querían entender. El contexto de este texto en el que Pablo mismo se presenta como "modelo" de inculturación pastoral es muy sugerente. Está enmarcado en 1Cor 8,1-11,1 que ha dado pie a muchas opiniones, ya que trata de la postura que han de mantener los cristianos en una ciudad pagana como Corinto, con sus templos, sus dioses, sus sacrificios y otras cosas. Cómo tienen que vivir los cristianos en esta situación, )"a lo corinto" o, por el contrario, con un puritanismo rayano en el fundamentalismo del gueto?
II.2. El texto de hoy insiste sobremanera en la actitud de Pablo de ser predicador del evangelio. Frente a su mensaje liberador, no se entiende que los hombres estemos divididos y asustados por preconcepciones y actitudes que reflejan las divisiones de la sociedad; esas divisiones que consagra este mundo no pueden mantenerse frente al evangelio. Pablo sabe que hay débiles en la comunidad, pero se extraña, y mucho, que esos débiles, luego sean fuertes para las cosas que no merecen la pena en lo que se refiere a lo religioso y a lo sagrado. La lectura más en sintonía es que muchas veces nos escandalizamos de cosas que afectan a lo sagrado, y nos mantenemos indiferentes frente a injusticias, envidias y frente a los pobres.
* Evangelio: Marcos (1,40-45): Liberar a los marginados, praxis del Reino
III.1. Es el último episodio de la "praxis" de la famosa jornada de Cafarnaún, antes de pasar a las disputas (Mc 2,1-3,6). Quiere ser como el "no va más" de todo aquello a lo que se atreve Jesús en su preocupación por los que sufren y están cargados de dolor, de miseria y de rechazo por una causa o por otra. En cierta manera es un milagro "exótico" por lo que implica de que, quien fuera curado de una enfermedad como la lepra, tenía que presentarse al sacerdote para ser "reintegrado" a la comunidad de la alianza. Los leprosos son "muertos vivientes", privados de toda vida de familia, de trabajo y de religión. El leproso cae de rodillas delante de Jesús (genypetéô). Es verdad que nos encontramos ante un hecho taumatúrgico sin discusión, pero es mucho más que eso. Incluso en razón de las exigencias de Lev 13-14, no basta con ser curado, sino que este hombre debe ir al sacerdote, es decir, al templo para que de nuevo recupere la identidad como miembro del pueblo elegido de Dios. Pero Jesús, con su "acción", ya está haciendo posible todo ello; ha ido más allá de lo que le permitía la ley; se ha acercado a la miseria humana, la ha curado, pero sobre todo, la ha acogido.
III.2. El relato evangélico está planteado, con mucho acierto, al final de la actividad de Jesús en esa jornada de Carfarnaún que nos ha venido ocupando los últimos domingos. La narración sigue un proceso liberador, en el que se ponen de manifiesto las actitudes de los hombres y los pensamientos de Dios. Un leproso, como ya hemos dicho, estaba excluido de la asamblea del pueblo de la alianza y debía presentarse al sacerdote, en el templo, en Jerusalén, el centro del judaísmo y de las clases poderosas. Aunque todo comenzara siendo una "ley de sanidad", como en Israel todo se sacralizaba, se llegó a dogmatizar de tal manera, que quien estaba afectado por ella, era un maldito, pasando a ser una "ley de santidad". Ya hemos dicho que esta es una enfermedad de pobres y marginados. Nadie, pues, se acercaba a ellos: su soledad, su angustia, sus posibilidades )quién podía compartirlas? Es el momento de romper este círculo infernal.
III.3. Jesús, que trae el evangelio, va a enfrentar a los hombres de su tiempo con todo lo que significa marginar al los pobres en nombre de Dios. Jesús se acerca a él, le toca (expresamente se dice que extendió la mano y le tocó, lo que implicaría que desde ese instante Jesús también quedaba bajo la ley sagrada de la contaminación); pero le cura y, con una osadía inaudita, le envía al sacerdote (a los que representan lo sagrado y el poder) para que sea un testimonio contra ellos y contra todo lo que pueda ser sacralizar las leyes sin corazón. El evangelio es un escándalo y pone de manifiesto eso de que los pobres nos evangelizan. Dios, pues, se hace vulnerable. No encontramos, pues, ante la fuerza poderosa de un "sistema" que debe ser vencido por la debilidad del evangelio. Lo lógica del sistema que está detrás de esa ley de santidad-sanidad, es la de autoconservación, hasta el punto de ser inexorable. Con esas realidades se encuentra Jesús en su vida y tiene que hacer opciones como las que aquí se muestran. La fuerza del Jesús taumaturgo, o médico, pasa a un segundo plano frente a su opción por los que viven día a día la miseria a que son reducidos todo los desgraciados.
III.4. En este relato de Marcos no es menos sugerente el mandato de Jesús de que no diga nada a nadie y el poco caso que hace de ello el "leproso" curado. El "secreto a voces" lleva la intencionalidad de este evangelista, porque pretende poner de manifiesto que más importante que la aceptación por parte del sacerdote de su curación, es proclamar (se usa, incluso, el verbo kêrýssein, que es propio del anuncio del evangelio en el cristianismo primitivo) que ha sido Jesús, el profeta de Galilea, quien le ha llenado el alma y el corazón de gratitud y de acción de gracias a Dios. La ley, aquí, frente al evangelio, también queda mal parada y, en cierta forma, anulada. Y si queremos, podemos ver que el "leproso" curado, ni siquiera va al templo, al sacerdote (el texto, desde luego, no lo explicita y yo opino que intencionadamente); no le hace falta, porque el evangelio que Jesús trae en su manos es más que esa religión que antes lo ha marginado hasta el extremo.
Fray Miguel de Burgos Núñez
Pautas para la homilía
Hay textos del evangelio que, aun leídos hoy, expresan un mensaje fácilmente comprensible. Otros requieren, en cambio, conocer las creencias y costumbres de la época para poder percibir su significado. El de este domingo es uno de estos últimos. La prescripción del Levítico recogida en la primera lectura ofrece pistas suficientes para acercarnos a la novedad de la praxis de Jesús.
* “Si quieres, puedes limpiarme”
Esta súplica del leproso expresa la esperanza de que alguien con poder y buena voluntad le sane de su dolencia y le rescate de la soledad y la exclusión.
Podemos comprender, desde los usos de nuestro tiempo, que un enfermo pida a Dios su curación. Muchos de nosotros hemos sido, al menos, testigos de esas demandas en lugares de peregrinación.
Más nos cuesta comprender ese rescate de la soledad y la exclusión cuando los establecimientos sanitarios cuentan con expertos y con medios para devolvernos la salud o para dar, al enfermo y a sus familias, recursos con los que afrontar dignamente la vida pese a que la salud haya quebrado inexorablemente.
Pero no era así en los tiempos de Jesús. La enfermedad no era sólo una dolencia para el enfermo y su familia. Religiosamente se la interpretaba como síntoma de un pecado, propio o heredado. Socialmente suponía quedar al margen de la producción y, por tanto, condenado a la mendicidad pública. Y en ocasiones más extremas, como la lepra, conllevaba la sentencia de “vivir solo y tener la morada fuera del campamento”.
¡Pobre enfermo: además de sufriente, pecador y excluido!
Han cambiado mucho las cosas desde entonces. Pero desgraciadamente no tanto como para que aquellos a los que no consideramos puros, sea por razones de raza o cultura, por motivos sociales y económicos, por comportamientos diferentes o por sufrir enfermedades vergonzosas… sean puestos bajo sospecha, tratados con cautela y, al menos funcionalmente, excluidos.
¿Cuántas miradas doloridas y desconcertadas nos están diciendo: “si quieres, puedes limpiarme? Posiblemente más de las que nos atrevemos a sostener.
* “Quiero: queda limpio”
Jesús, de modo bien diferente a los amigos de Job o a los letrados que debatieron con aquel ciego curado y sus padres (Jn 9, 1-34), no se pierde en elucubraciones sobre el origen último del mal.
Para Jesús el mal no es un problema abstracto, ni un escándalo: es una llamada a la compasión y a la solidaridad. El mal está en las situaciones concretas donde un hombre o una mujer sufren. Ante el mal no hay interpretaciones mentales, por teológicas que parezcan ser, ni debates académicos. Ante el mal, parece entender Jesús, lo que procede es poner voluntad para sanar y voluntad para integrar.
Ese “quiero” de Jesús muestra la ternura y la riqueza de su mundo interior y revela también la profundidad de su experiencia de Dios: el Padre que amó tanto al mundo que le mandó a su Hijo para salvarlo. El Dios de Jesús no distrae de los males que sufrimos los humanos. Como en los inicios, nos pregunta por nuestros hermanos. Si, a diferencia de las argucias de la razón, la buena voluntad nos conecta sinceramente con la vida, ese “quiero” de Jesús le conecta sinceramente con los proyectos de Dios para que los humanos, todos los humanos, tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Nuestros “quiero” no tienen la eficacia del “quiero” de Jesús, pero no por ello debieran ser menos convencidos y decididos. No está en nuestra capacidad resolver sólo a golpe de buena voluntad todos los problemas. Pero sí lo está poner a esos problemas nombre y a esas personas y situaciones voz para que no pasen desapercibidas en las conciencias y las instituciones.
* “Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo”
Pablo entendió muy bien que acoger y seguir a Jesús era más que adherirse a una doctrina. Se trataba de comenzar a vivir de otra manera.
Hoy nos cuesta hablar de imitación de Cristo, porque su misterio personal no es el nuestro, ni su mundo y el nuestro coinciden en demasiadas cosas. Pero la manera de vivir de Jesús, sus actitudes y valores, su contar con Dios para que los humanos pudiesen contar con él… es un ejemplo a seguir. Los cristianos somos sus seguidores cuando recibimos de su modo de actuar un ejemplo para nuestros compromisos.
No hay orgullo ni autosuficiencia en Pablo cuando se propone como ejemplo en esta carta a los corintios. Es tan consciente de lo que hace bien como de sus debilidades (II Cor 11, 5-30). Pero sabe también por experiencia propia que a la fe se llega, además de por la gracia a Dios, por el testimonio de los otros (Hch 9,3-19).
Con esas palabras, es su testimonio lo que ofrece. Y es también lo que nosotros, creyentes en medio de un mundo que sigue excluyendo a muchas personas, podemos y debemos ofrecer. Quizá sólo podamos pretender, como Jesús, que si no son creíbles nuestras palabras lo sean, al menos, nuestras obras.
Fray Fernando Vela López
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