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domingo, 27 de noviembre de 2011

I Domingo de Adviento (Mc 13,33-37) - Ciclo B: Un anestésico que mantiene despiertos


Por A. Pronzato

¿Voz del verbo triturar?

Si puedo, me mantengo a distancia. Pero él, indefectiblemente, después de haber explorado el espacio disponible, viene a colocarse en el mismo banco que yo, y no puedo echarlo. Dice que necesita estar cerca de una persona inteligente (que sería yo), con quien poder intercambiar impresiones, aunque no sea más que con palabras susurradas y frases entrecortadas. Yo, más de una vez, le he hecho ver que la iglesia no es precisamente el lugar más apropiado para charlas, que pueden dejarse para después. Pero replica que, pasado el tiempo, ya no interesa, falta «el efecto fulminante».


El amigo Santiago tiene la pésima costumbre de comentar, en caliente, cualquier «salida» del cura durante la homilía. Se puede uno imaginar que esta vez no se dejaría escapar la golosa ocasión. Me ha murmurado al oído: «Cuando llegue a casa diré a mi mujer que triture todos aquellos trastos. Nunca se acaba de aprender... Seguramente que esa receta ni siquiera la conoce sor Germana, que es la máxima experta en la materia... ».

Mira por cuanto, el predicador acababa de decir que el texto de la primera lectura era de un autor desconocido, a quien, «en lenguaje técnico, se le llama Trito-Isaías». Y el pérfido Santiago había pensado inmediatamente meterse en la cocina, llevando como enseña el verbo «triturar».

Yo, sin embargo, hubiera querido decir a nuestro párroco, cómo no había resistido al prurito de lucir su cultura bíblica (sigue haciendo cursos en centros importantes), que no nos interesa mucho conocer cómo se dice una cosa «con lenguaje técnico». Sería mejor informar a los estudiosos que lo verdaderamente urgente es traducir las palabras de su jerga especializada con palabras del lenguaje ordinario. Deberían, si es necesario, participar en cursos en los que se aprenda cómo se dice una cosa en lenguaje no técnico. Lo malo es que esa materia no se aprende en la universidad, y creo que no hay profesores preparados para esta tarea. Pero bastaría olvidar lo que se ha aprendido en las academias y frecuentar la escuela de la vida ordinaria. No debería comportar excesivas molestias. Y para título de inscripción bastaría la virtud de la humildad.

Por tanto, si no hay más remedio que precisar que se trata del Tercer Isaías (sin molestar al Trito-Isaías), dos palabras de explicación a propósito de esa familia numerosa, a nosotros, ignorantes, no nos frustrarían, al contrario las agradeceríamos. El cura tendría que darse cuenta de que el problema no es el de aparecer docto, sino el de hacerse entender por todos, comprendidos los que apenas conocen el significado del verbo «triturar».

Si el cura renuncia a la pretensión de aparecer más inteligente que nosotros, y se coloca en un plano de claridad y simplicidad, quién sabe si no lograría hacernos un poco menos ignorantes.



Un paño manchado sobre nuestras cabezas

Pero el domingo el predicador estaba empeñado en usar un lenguaje desafortunado. Y así ha pensado -mal- añadir a la expresión de Isaías (Tercer) «todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado», una precisión: «Se trata, con toda evidencia, como podéis entender perfectamente, de un paño que afecta a la intimidad de la mujer...». Una pausa, y añadió: «...Hoy se emplearía otra palabra». Y, después de una breve reflexión, ha tenido el buen gusto de no especificar de qué palabra se trataba. Para qué, ya se preocupa de ello la televisión en su publicidad, teniendo que soportar, además, imágenes poco agradables.

Pero, en este momento, la señorita Evelina, que estaba en un banco delante del mío, ha silbado entre dientes (está sorda, por tanto para dejarse oír levanta siempre la voz): «Mira que si tenemos que venir a la iglesia para oír estas cosas es para avergonzarse...».

La señorita Evelina es una criatura delicada, y hasta remilgada, con poco ánimo, severa, y ha hecho saber a todos que se ha quedado soltera porque ha comprendido muy pronto que todos los hombres son unos cochinos. De todos modos, aquel paño aireado desde el ambón le ha caído mal. Será materia de conversación y de escándalo para toda la semana.

Y luego dirán que la predicación pasa desapercibida...


El anestesista y el cirujano

A mí, sin embargo, me ha molestado otra cosa. Comentando el principio de la primera Carta de Pablo a los cristianos de Corinto, en la que abundan los elogios hacia aquella Iglesia, el predicador se ha creído en la obligación de dar su personalísima interpretación: «Mirad, el apóstol usa una táctica especialmente hábil, que es la de la anestesia. Una rociada de cumplidos y alabanzas. Pero muy pronto entrará en acción el cirujano y hundirá el bisturí afilado en aquel cuerpo seriamente enfermo y necesitado de intervenciones radicales en diversas partes».

Sin pecar de presunción, sostengo que no es así. Según mi entender, Pablo no practica la anestesia preliminar para actuar después tranquilamente sobre el paciente sumiso. Y menos aún dora la píldora, como se decía antes. O, si preferimos plantearlo de otra manera: no usa un tono halagador para ganarse la simpatías de aquella gente y poder después asestar golpes medicinales sin hacerles gritar demasiado.

No, simplemente dice lo que hay que decir sin contemplaciones, por amor a la verdad y a la justicia. Entre aquellos cristianos hay que apreciar muchas cosas buenas y hermosas y subrayar ante todo la fe de algunos de ellos (no me interesa saber si pocos o muchos).

Siempre debería ser así. Aceptamos de nuestros pastores los reproches y las reprensiones severas. Pero no siempre deberán ser acusaciones, denuncias, descargas, rayos y truenos y reproches en serie. Quisiéramos que el cura cayese en la cuenta de que no existen solamente defectos en su comunidad, sino que hay también algo que merece aprecio. No existen sólo males, sino también síntomas alentadores.

Sí, querido señor párroco, sin ignorar naturalmente los defectos, usted tiene motivo para alegrarse porque la fe, la esperanza y la caridad gozan de buena salud en lugares y sectores incluso insospechados para usted. Yo mismo, si me lo pidiese (dudo que lo haga, porque me parece que prefiere recolectar noticias alarmantes de policías en servicio permanente, incluso nocturno...), estaría preparado para hacer de guía y hacerle descubrir que no sólo hay corrupción en su comunidad, sino también pequeñas flores perfumadas de fidelidad y no pocos frutos de bondad.


Sorprendidos en hacer el bien

Por tanto, no dude en felicitarnos, al menos alguna vez, dejando a un lado el bisturí, y en la cocina el cuchillo mellado que sirve para «triturar» algo que da sabor a las comidas. No se contente con elogiar nuestra generosidad cuando se trata de sacar la cartera en favor de ciertas iniciativas por las que usted tiene mucho interés. Agradeceríamos que apreciara un poco también nuestra fe.

Si le gusta tanto hablar de anestesia, hágalo. Pero tenga presente que necesitamos una anestesia especial: la que nos mantiene despiertos (debe estar a la venta, al menos en alguna farmacia religiosa). Sí, porque los golpes terminan por aturdir y adormilar, especialmente si se convierten en costumbre, en hábito. La letanía de los lamentos tiene un efecto soporífero. Para espabilarnos no siempre es lo mejor sonar la alarma. A veces vale también una campanilla festiva encargada de anunciar que la fe no está muerta y que Dios no está tan descontento de nosotros.

Por otra parte, tenemos motivo para sospechar que el dueño de la casa, de quien habla el evangelio, cuando vuelva inesperadamente, seguro que encontrará despierto a alguno también en nuestra comunidad (y no tiene por qué ser precisamente el cura, y lo digo sin malicia), y sorprenderá varios intentos de quienes pretenden hacer regularmente los deberes.

Es cierto que aquel día volarán por el aire paños manchados. Pero también no pocos trapos limpios y de color alegrarán la vista de todos. ¿Por qué no conseguimos verlos ya hoy en nuestro horizonte? El canto del gallo no señala necesariamente la traición. En algunas circunstancias, puede ser signo de que una ráfaga de luz sale de muchas de nuestras casas, habitadas por pecadores, cierto, pero siempre capaces de producir una nota armoniosa.

Querido predicador, creo que no está escrito en ninguna parte que su oficio debe ser el de un perro irritado. Deje de ladrar, al menos alguna vez. No lo pedimos porque tengamos la pretensión de dormir en paz. Sino únicamente porque esos gruñidos feroces nos impiden sentir los pasos del Padre: «Tú eres nuestro Padre» que esperamos y que nos espera.