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domingo, 27 de noviembre de 2011

PALABRA DE DIOS: ¡DESPIERTA!: I Domingo de Adviento (Mc 13,33-37) - Ciclo B



Se trata de las últimas palabras de Jesús en su predicación en Jerusalén, dentro de la última semana de su vida. Es un texto paralelo a los de Mateo que leíamos los domingos anteriores.
Jesús está ya urgido por el final inminente. Sus mensajes se dirigen a los discípulos y a Israel: es el gran momento, que no os coja desprevenidos. Recuerda a la parábola de los talentos, a la del mayordomo que espera a su amo. Estad atentos, con los ojos bien abiertos.

El Adviento, principio del año litúrgico, no rompe con lo anterior sino que lo continúa: las mismas imágenes, las mismas parábolas, textos semejantes, casi idéntico mensaje. No hay final ni principio, porque todo es "venida del Señor". Todos los tiempos son los últimos tiempos, porque constantemente viene el Señor.

Esto es una de las líneas profundas de la religiosidad cristiana: caminar al encuentro del Señor que viene, preparar el camino del Señor, velar constantemente; esta es nuestra manera de entender la vida.

Cada día es un final y un principio, un encuentro con Dios y una necesidad mayor de buscarle. Una característica íntima de la vida cristiana es caminar, encontrar al Señor cada día, y sentir que aún está más allá y hay que caminar más. Y esto supone una actitud de atención permanente: estar con los ojos bien abiertos.

Pero es muy necesario no separar este mensaje del centro de la revelación de Jesús: ¿quién es el que viene? ¿con quién nos encontramos?

Dios es "el que viene". No está lejos esperando impasible. Viene, se acerca, desciende. La imagen perfecta del Dios que viene es Jesús, la tienda de Dios acampado entre nosotros. Jesús siempre va al encuentro del que le llama, se detiene cuando oye que le gritan, se aparta del camino y se acerca, a curar, siempre a curar. Ese es el Dios que viene, a Ese es a quien salimos al encuentro.

La vida cristiana se mueve en una doble dinámica: de urgencia y de confianza. Ni dormidos ni angustiados, ni despreocupación ni temor. La vida es una seria tarea, una urgencia de caminar, un talento confiado. La vida se puede echar a perder, no hay tiempo ni cualidad que perder.

Nuestro pecado original, el más original y radical de nuestros pecados, es dormirnos, sentarnos, desaprovechar la vida. Paralelamente, equivocar el camino, afanarnos por lo que es sólo tierra, hacernos tesoros que no duran, y echar a perder la vida. También ahí interviene Dios-Luz, Dios-Camino.

Esta es la doble palabra de Jesús: una palabra de urgencia, que nos despierta constantemente con palabras de apremio para que no tiremos la vida; y una palabra de confianza: si quieres caminar, cuenta con Dios, tu mejor aliado.

Es así como podemos entender el Nombre de Dios, manifestado en el nombre de Jesús: el Libertador. Nuestra primera y gran tentación es tomarles gusto a nuestras cadenas, considerar que estamos en la patria, negarnos a caminar, acomodados en una confortable posada, en un delicioso oasis del desierto, olvidar la Patria, no necesitar de Dios. De eso es de lo que ante todo tiene que liberarnos El Libertador.


Es bueno mirar la vida con esta luz. Pensar en los tiempos de sueño y de vigilia en mi vida. Cuándo estoy dormido, cuándo estoy despierto. Cuándo pasa cerca el Señor y no me entero.

Aquí, en nuestro entorno cultural-económico-religioso, la tentación es estar dormido, adormilado incluso por nuestra fe. Creo en el Padre bueno, y me duermo, y voy tirando mi vida en una larga sucesión de superficialidades interrumpidas por hechos más o menos puntuales que hacen referencia a Dios.

Pero se trata de salvar la vida entera; salvar el trabajo y el ocio, las vacaciones y la enfermedad, el fin de semana y la mañana del lunes, la juventud y la vejez; salvarlo todo, hacer rentable todo. Y Dios-Salvador ha de ser para nosotros Dios-Despertador, cuando demasiadas veces se convierte en Dios-tranquilizador de nuestra mediocridad.

Y en el momento actual de la humanidad, el mensaje es especialmente urgente, porque no sólo estamos dormidos respecto a nuestra vida sino ante el dolor del mundo. Quizá nunca en la historia cada persona ha podido ser tan consciente de todos los demás, quizá nunca como ahora seamos tan parecidos al rico banqueteador de la parábola, que seguía con sus comilonas mientras el mendigo Lázaro se moría de hambre a su misma puerta.

Pero la presencia constante, en la TV, en los medios en general, del dolor del mundo es una “venida” de Dios, es una Palabra. Estar dormidos ante esa llamada es nuestro gran problema. Nuestro Adviento tiene que ser respuesta a esa venida de Dios.

No pocas veces nos sentimos desanimados al vernos tan lejos del Reino, tan necesitados de despertar, de responder a la Palabra. Pero eso no es un buen espíritu. Necesitamos avivar nuestra confianza, sentir la presencia de Dios que siempre nos alienta.