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domingo, 27 de noviembre de 2011

La Hora Final: No quedará piedra sobre piedra (Mc 13, 1-2)


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Ayer (Dom 1ª adviento: 27 11 11) comenté el pasaje final del Apocalipsis de Marcos (Mc 13, 33-37), un texto enigmático que sigue fascinando a todos los lectores del evangelio. Para completar lo allí dicho he querido presentar hoy la introducción de ese capítulo (Mc 13, 1-2), con la pregunta de uno de los discípulos y la respuesta de Jesús.
Según el texto que sigue (13, 3-4) nos hallamos sobre el Monte de los Olivos, lugar que tradicionalmente se asocia con la venida final de Dios (que va a realizar su juicio en el valle inferior de Josafat). Pero enfrente queda el Templo, la maravilla de Dios, la obra cumbre de la cultura humana.

Ese templo es nuestro signo, la cultura mundial que se ha divinizado a sí misma, la soberbia mole de nuestras seguridades. Muchos se admiran como este discípulo: ¡Mira lo que hemos hecho! ¡Mira lo que tenemos! Jesús responde: ¡No quedará piedra sobre piedra!

Será bueno reflexionar sobre la respuesta de Jesús (con la caída del templo), para entender mejor la situación de riesgo en que nos hallamos, nosotros, orgullosos constructores del inmenso Templo de nuestra Cultura Mundial

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Mc 13, 1-2.

Al salir del templo, uno de sus discípulos le dijo: Maestro, mira qué piedras y qué construcciones. 2 Jesús le replicó ¿Ves esas grandes edificaciones? No quedará aquí piedra sobre piedra, nada que no sea destruido.

Jesús había realizado un signo en el templo (anunciando su ruina) y los sacerdotes, teniendo miedo de las implicaciones de su gesto, decidieron ajusticiarle (cf. Mc 11, 15-19). Los discípulos, en cambio, parecían incapaces de entender: seguían vinculados al honor de la casa israelita, representada por el templo. En ese contexto como larga respuesta a la pregunta implícita de uno de los discípulos, elaborará Jesús su último discurso:

a. Un discípulo. Admiración externa (13, 1).

Salen del templo donde Jesús ha venido enseñando, con el fin de precisar el sentido del signo que había realizado allí (cf. 11, 27). Pues bien, uno de los discípulos, uno cualquiera (posiblemente de los Doce), le dice que se fije en el templo, llamándole Maestro, aunque sin haber entendido su enseñanza. Es como si quisiera enseñarle algo que él no sabe, invitándole a fijarse en el gran santuario (hieron), la maravilla más grande que un judío palestino podía ver a lo largo de su vida, y diciéndole extasiado: ¡Mira qué piedras, qué edificaciones!

Ese discípulo expresa así no sólo su triunfalismo religioso, vinculado al santuario entendido como emporio material y centro sagrado de la familia israelita, sino también al edificio entendido como fortaleza inexpugnable. Una larga tradición judía, muchas veces criticada pero siempre recreada (a pesar de la experiencia terrible del año 587 aC, con la toma de la ciudad por los babilonios), afirmaba que el templo de Jerusalén era inexpugnable, de manera que nunca, por nadie, podría ser destruido. Una admiración de ese tipo subyace en las palabras del discípulo, que se fija en la magnitud de las piedras colosales de los grandes y en la fortaleza de sus edificaciones. No había en el mundo poder que pudiera destruirlo.

b. Jesús: ¡No quedará piedra sobre piedra! (13, 2).

No niega la magnitud de las piedras y las edificaciones, pero pide al discípulo que mire mejor: ¿Ves esas grandes edificaciones? Evidentemente, Maestro y discípulos deben encontrarse a cierta distancia, en el entorno del Monte de los Olivos (cf. 13, 3), lugar del que se domina el conjunto de edificaciones (oikodomas) del templo, que representan un signo evidente de grandeza humana, de aquello que el hombre ha logrado construir con sus manos, para así “subir” y afirmarse a sí mismo ante Dios.

Jesús ha distinguido dos tipos de templos.

(a) Éste que ahora están mirando y admirando, un edificio construido por la mano humana (naon kheiropoiêton: Mc 14, 58), lo que en terminología israelita suele interpretarse como un “ídolo” (en esa línea se sitúa el discurso de Esteban en Hech 7, 46-48).

(b) El templo que él quiere edificar (oikodomêsô) no estará construido por manos humanas (será akheiropoiêton: Mc 14, 58). Ese discípulo le ha enseñado las piedras y signos de gloria nacional del templo que él había condenado como higuera seca, cueva de ladrones (cf. 11, 12-29). Por eso, como expresión de su mensaje, para bien de la humanidad y cumplimiento de su proyecto de reino, Jesús se reitera y anuncia, precisamente aquí, el fin del templo: No quedará piedra sobre piedra…

En sentido externo, la profecía no se ha cumplido del todo, pues (aunque el edificio haya caído) parte de las piedras de los cimientos y muros de contención del templo se mantienen todavía, siendo objeto de recuerdo y veneración para millones de judíos (Muro de las Lamentaciones, Western Wall). En la línea de las profecías contra las grandes ciudades de imperio y comercio (Nínive, Babilonia, Tiro…), Jesús anuncia la destrucción de este templo material de Jerusalén, para construir otro que no sea ya idolátrico, kheiropoiêton.

El texto original emplea un pasivo divino (ou aphethê, no quedará nada que ou katalythê, no sea destruido), quizá para indicar que no son los gentiles (enemigos de Dios) los que destruirán el santuario, pues en el fondo lo hará el mismo Dios, demoliendo este edificio estéril (profanado por la Abominación de la Desolación: 13, 14), para que se cumplan de esa forma las antiguas profecías (cf. Miq 3, 11-12; Jr 6, 26; Is 29, 1-2, etc.). Según eso, la destrucción del templo no ha de verse como un simple castigo de Dios (que condena a los malos renteros de la viña: cf. 12, 1-12), sino como expresión punitiva (y positiva) de su voluntad salvadora universal.

Huérfanos de Dios, el fin del templo

Conforme a la visión normal, el mesías no debía venir para condenar el templo o para proclamar su fin, sino para guardarlo mejor y restaurarlo en su verdad. Por eso las palabras de Jesús debieron sonar como blasfemia (cf. 14, 58) y dejaron a sus discípulos sin base religiosa y nacional en la que sustentarse. ¿Qué podrán hacer ellos sin templo? ¿Cómo vivirán y rezarán cuando no puedan valerse de este signo de presencia de Dios? Privados del templo, ellos parecen puros huérfanos de Dios en una historia que pierde su sentido.

El templo era un signo supremo de identidad judía: consagraba el espacio, abriendo un lugar de santidad en el centro del mundo; santificaba de igual manera el tiempo, suscitando unos momentos especiales de celebración sacrificia1... De mil formas, el templo se tomaba como centro religioso de la historia israelita, lugar donde un día habrán de confluir todos los pueblos de la tierra. Por eso el anuncio del fin del templo trae consigo la certeza de que acaban las antiguas mediaciones religiosas.

De pronto, ante el mensaje de Jesús, los discípulos se quedan trastornados, sin centro al que mirar, sin refugio sacral donde cobijarse. Sobre las ruinas del templo (fracaso de las certezas religiosas) tendrá que edificarse la nueva realidad, el orden nuevo de los hombres (en especial, de los israelitas). Es como si Dios (orden sagrado) hubiera perdido su sentido. Es como si las palabras y promesas precedentes se hubieran mostrado mentirosas. Pues bien, sobre esa ruina de los ideales religiosos, sobre el fracaso de todos los nacionalismos mesiánicos, centrados en el templo de Israel, Jesús ofrece su palabra más alta de promesa, en la línea de lo que había dicho sobre el perdón en Mc 11, 22-26.

Todo nos permite suponer que esta “profecía” de la destrucción del templo proviene de Jesús, pues en sentido material ella no se ha cumplido del todo, ya que todavía hoy, casi dos mil años después, quedan en pie algunas hileras de piedras del muro exterior (y en especial las del Muro de las Lamentaciones, ante las que siguen orando millones de judíos). Quedan hileras de piedras, pero el templo en su conjunto ha sido destruido, según estas palabras de Jesús que marcan el comienzo y trazan el tema de todo el apocalipsis que sigue (de todo Mc 13).

Para el judaísmo normativo, la misma estabilidad del mundo (y mucho más la vida de Israel) se hallaba vinculada a la existencia y acción sagrada del Templo. El santuario de Dios garantizaba, con su edificio y su liturgia expiatoria, el orden de la tierra. Si el templo fallaba el mundo perdía su sentido y los hombres quedaban desguarnecidos, sin unión con Dios, sin garantías de vida y pervivencia. Ésta es pues la pregunta: ¿Cómo vivir sin templo? ¿Cómo mantenerse y superar los riesgos de la destrucción si no existe un santuario donde puedan expiarse los pecados? En realidad, Jesús había respondido ya al hablar de la fe, de la oración y del perdón en 11, 20-26, pero este discípulo de 13, 1 (y los Doce en su conjunto) todavía no lo ha comprendido.

Nosotros pensamos que la vida del hombre en el mundo se encuentra asociada a nuestro "templo", es decir, al tipo de cultura que hemos creado, en plano militar, económico y social. Pues bien, Jesús nos responde: ¡No quedará piedra sobre piedra!

Sólo el fin de este templo (es decir, de este mundo) podrá abrir ante nosotros un camino de esperanza: Otro mundo es posible, otro templo, que no sea "hecho por hombre", un templo de Dios, que es la misma vida humana.

Vistas así las cosas, la destrucción de este templo, de esta cultura, no principio de muerte, sino de vida más alta.

Esto lo sabe con Jesús el verdadero judaísmo, que conoce un templo más alto
Esto lo conoce el verdadero cristianismo, que se eleva sobre las ruinas del templo (es decir, sobre el sepulcro de Jesús).

Vita mutatur, no tollitur.