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sábado, 30 de abril de 2011

Evangelio Misionero del Día: 01 de Mayo de 2011 - DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA - DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA


Que el aliento de tu Espíritu nos alegre y nos eleve

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes!
Como el Padre me envió a mí,
Yo también los envío a ustedes».

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
«Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados
a los que ustedes se los perdonen,
y serán retenidos
a los que ustedes se los retengan».

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
«Ahora crees, porque me has visto.
¡Felices los que creen sin haber visto!»

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Compartiendo la Palabra
Por Santiago Agrelo ofm

Tu hermano, tu propia carne, el cuerpo de Cristo:

“Como niños recién nacidos ansiad la leche espiritual, no adulterada, para que con ella vayáis progresando en la salvación, ya que habéis gustado qué bueno es el Señor”.

Para hablar de vuestra fe, elegidos de Dios, me quedo con esa imagen del niño recién nacido, que no ha frecuentado más escuela que el seno materno, y que no tiene otros conocimientos que no sean los interiorizados a través de la vida en su madre, memorias que siempre serán un secreto guardado en lo más íntimo del propio ser, nada de lo que poder presumir, y nada que poder ofrecer a cambio de lo que se recibe si no es la propia necesidad.

“Como niños”: pues eso somos, “nacidos de Dios”, nacidos de la gracia, nacidos del amor. “Nacidos”, digo, donde podía decir “resucitados” o “renacidos” o, si prefieres, “agraciados”, justificados, santificados. “Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable”.

“Como niños ansiad la leche espiritual”: ansiad la palabra de Dios, alimentaos del Evangelio, acercaos a Cristo, “piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios”. Sólo si escuchas esa palabra renacerás; sólo si te alimentas de esa buena noticia crecerás; sólo ti te acercas a esa piedra viva entrarás con ella en la construcción del templo santo de Dios.

“Como niños ansiad la leche espiritual”: ansiad a Cristo Jesús, buscadle, amadle, comulgad con él, “ya que habéis gustado qué bueno es el Señor”.

Anunciad, elegidos de Dios, anunciad sus maravillas, pues hemos resucitado con Cristo, nos ilumina su luz, nos llena de alegría su presencia. Hoy escuchamos su palabra, hoy nos envuelve la paz de su saludo, hoy recibimos de él el Espíritu Santo, y, comulgando con él, comulgamos con su vida y con su gloria.

Si, unidos a Cristo por la fe, habéis muerto y resucitado con él, uníos también a su canto de alabanza: “Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Si, unidos a Cristo por la fe, habéis muerto y resucitado con él, manteneos siempre unidos entre vosotros: uno es el cuerpo al que pertenecemos, una la fe que tenemos, uno el bautismo en el que fuimos regenerados, uno el Padre del que somos hijos adoptivos, uno el Espíritu de Dios que nos anima.

Que tus ojos aprendan a ver en el hermano, no sólo tu propia carne, sino el cuerpo de Cristo.

Feliz domingo, hermano mío.

SEGUIR LEYENDO LA NOTA

Lecturas y Liturgia de las Horas: 01 de Mayo de 2011

DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA
DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2, 42-47

Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.
Un santo temor se apoderó de todos ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno.
Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo.
Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquéllos que debían salvarse.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL 117, 2-4. 13-15. 22-24

R. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!

Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón:
¡es eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor! R.

Me empujaron con violencia para derribarme,
pero el Señor vino en mi ayuda.
El Señor es mi fuerza y mi protección;
Él fue mi salvación.
Un grito de alegría y de victoria
resuena en las carpas de los justos. R.

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Éste es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él. R.



Lectura de la primera carta del Apóstol san Pedro 1, 3-9

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo. Porque gracias a la fe, el poder de Dios los conserva para la salvación dispuesta a ser revelada en el momento final.
Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo. Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en Él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación.

Palabra de Dios.



Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes!
Como el Padre me envió a mí,
Yo también los envío a ustedes».

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
«Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados
a los que ustedes se los perdonen,
y serán retenidos
a los que ustedes se los retengan».

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
«Ahora crees, porque me has visto.
¡Felices los que creen sin haber visto!»

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor.

LITURGIA DE LAS HORAS
OCTAVA DE PASCUA
DOMINGO DE LA SEMANA II
Propio del tiempo.

1 de mayo

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Himno: ESTABA AL ALBA MARÍA

Estaba al alba María,
llamándole con sus lágrimas.

Vino la Gloria del Padre
y amaneció el primer día.
Envuelto en la blanca túnica
de su propia luz divina
-la sábana de la muerte
dejada en tumba vacía-,
Jesús, alzado, reinaba;
pero ella no lo veía.

Estaba al alba María,
la fiel esposa que aguarda.

Mueva el Espíritu al aura
en el jardín de la vida.
Las flores huelan la Pascua
de la carne sin mancilla,
y quede quieta la esposa
sin preguntas ni fatiga.
¡Ya está delante el esposo,
venido de la colina!

Estaba al alba María,
porque era la enamorada. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

SALMO 62, 2-9 - EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.

Ant. 2. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Cántico: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR - Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Ant. Ha resucitado del sepulcro nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

Ant. 3. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como os lo había anunciado. Aleluya.

Salmo 149 - ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Aleluya. Ha resucitado el Señor, tal como os lo había anunciado. Aleluya.

LECTURA BREVE Hch 10, 40-43

Dios resucitó a Jesús al tercer día e hizo que se apareciese no a todo el pueblo, sino a nosotros, que somos los testigos elegidos de antemano por Dios. Nosotros hemos comido y bebido con él, después que Dios lo resucitó de entre los muertos. Y él nos mandó predicar al pueblo y atestiguar que ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos. De él hablan todos los profetas y aseguran que cuantos tengan fe en él recibirán por su nombre el perdón de sus pecados.

RESPONSORIO BREVE

En lugar del responsorio breve se dice la siguiente antífona:

Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino fiel. Aleluya.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino fiel. Aleluya.

PRECES

Invoquemos a Dios, Padre todopoderoso, que resucitó a Jesús, nuestro jefe y salvador, y aclamémoslo, diciendo:

Ilumínanos, Señor, con la luz de Cristo.

Padre santo, que hiciste pasar a tu Hijo amado de las tinieblas de la muerte a la luz de tu gloria,
haz que podamos llegar también nosotros a tu luz admirable.

Tú que nos has salvado por la fe,
haz que vivamos hoy según la fe que profesamos en nuestro bautismo.

Tú que quieres que busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a tu derecha,
líbranos de la seducción del pecado.

Haz que nuestra vida, oculta en ti con Cristo, brille en el mundo,
para que aparezcan los cielos nuevos y la tierra nueva.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Dirijámonos ahora al Padre con las palabras que el Espíritu del Señor resucitado pone en nuestra boca:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Señor Dios, cuya misericordia es eterna, tú que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales, aumenta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la excelencia del bautismo que nos ha purificado, la grandeza del Espíritu que nos ha reengendrado y el precio de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

------------------------

II VÍSPERAS
Oración de la tarde

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: AL FIN SERÁ LA PAZ Y LA CORONA

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 - EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

Ant. 2. Venid y ved el lugar donde habían puesto al Señor. Aleluya.

Salmo 113 A - ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO; LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Venid y ved el lugar donde habían puesto al Señor. Aleluya.

Ant. 3. Dijo Jesús: «No temáis. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán.» Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO - Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Dijo Jesús: «No temáis. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán.» Aleluya.

LECTURA BREVE Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta «hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies». Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

En lugar del responsorio breve se dice la siguiente antífona:

Éste es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¿No has creído, Tomás, sino después de haberme visto? Dichosos los que sin ver han creído. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. ¿No has creído, Tomás, sino después de haberme visto? Dichosos los que sin ver han creído. Aleluya.

PRECES

Oremos a Dios Padre, que resucitó a su Hijo Jesucristo y lo exaltó a su derecha, y digámosle:

Haz que participemos, Señor, de la gloria de Cristo.

Padre justo, que por la victoria de la cruz elevaste a Cristo sobre la tierra,
atrae hacia él a todos los hombres.

Por tu Hijo glorificado, envía, Señor, sobre tu Iglesia al Espíritu Santo,
a fin de que tu pueblo sea en medio del mundo signo de la unidad de los hombres.

Conserva en la fe de su bautismo a la nueva prole renacida del agua y del Espíritu Santo,
para que alcance la vida eterna.

Por tu Hijo glorificado, ayuda, Señor, a los que sufren, da la libertad a los presos, la salud a los enfermos
y la abundancia de tus bienes a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

A nuestros hermanos difuntos, a quienes mientras vivían en este mundo diste el cuerpo y la sangre de tu Hijo glorioso,
concédeles la gloria de la resurrección en el último día.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Señor Dios, cuya misericordia es eterna, tú que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales, aumenta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la excelencia del bautismo que nos ha purificado, la grandeza del Espíritu que nos ha reengendrado y el precio de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

--------------------

COMPLETAS
(Oración antes del descanso nocturno)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Hermanos, habiendo llegado al final de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos sinceramente nuestros pecados.

Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión:
por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Himno: EL CORAZÓN SE DILATA

El corazón se dilata
sin noche en tu santo cuerpo,
oh morada iluminada,
mansión de todo consuelo.

Por tu muerte sin pecado,
por tu descanso y tu premio,
en ti, Jesús, confiamos,
y te miramos sin miedo.

Como vigilia de amor
te ofrecemos nuestro sueño;
tú que eres el paraíso,
danos un puesto en tu reino. Amén.

SALMODIA

Ant. Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 90 - A LA SOMBRA DEL OMNIPOTENTE.

Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío.
Dios mío, confío en ti.»

Él te librará de la red del cazador,
de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás:
su brazo es escudo y armadura.

No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a mediodía.

Caerán a tu izquierda mil,
diez mil a tu derecha;
a ti no te alcanzará.

Tan sólo abre tus ojos
y verás la paga de los malvados,
porque hiciste del Señor tu refugio,
tomaste al Altísimo por defensa.

No se te acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos;

te llevarán en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones.

«Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre,
me invocará y lo escucharé.

Con él estaré en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré;
lo saciaré de largos días,
y le haré ver mi salvación.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Aleluya, aleluya, aleluya.

LECTURA BREVE Ap 22, 4-5

Verán el rostro del Señor, y tendrán su nombre en la frente. Y no habrá más noche, y no necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos.

RESPONSORIO BREVE

V. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Aleluya, aleluya.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Aleluya, aleluya.

V. Tú, el Dios leal, nos librarás.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz. Aleluya.

CÁNTICO DE SIMEÓN Lc 2, 29-32

Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos

luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz. Aleluya.

ORACIÓN

OREMOS,
Humildemente te pedimos, Señor, que después de haber celebrado en este día los misterios de la resurrección de tu Hijo, sin temor alguno, descansemos en tu paz, y mañana nos levantemos alegres para cantar nuevamente tus alabanzas. Por Cristo nuestro Señor.
Amén

BENDICIÓN

V. El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una santa muerte.
R. Amén.

ANTÍFONA FINAL DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque Cristo,
a quien llevaste en tu seno, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

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CREER Y VER


II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31) - Ciclo A

Si en el cuarto evangelio, todos los personajes que aparecen son representativos, Tomás es símbolo de aquellos discípulos que tenían (tienen) dificultades o se resistían (resisten) a creer en la resurrección de Jesús. Pensando en ellos, el autor del evangelio ha construido una catequesis, que gira en torno a dos cuestiones centrales: la afirmación de fe de Tomás y la bienaventuranza que pone en boca de Jesús.

Empecemos por el final: “Dichosos los que creen sin haber visto”. En el cuarto evangelio, el tema de “creer” –que aparece unido a “nacer de nuevo”- presenta una especial relevancia y remite a algo paradójico: No se trata de “ver” para poder “creer”, sino justo al revés: sólo cuando se “cree”, se “ve”.

Aunque de entrada pueda sonar extraña, en realidad esa paradoja responde ajustadamente a lo que es la condición humana. Si sabemos que “creer” significa “confiar”, caeremos en la cuenta de que el niño, antes de “saber”, confía… Y sobre esa confianza se empieza a construir su personalidad.

¿Qué significa, pues, “creer” o “confiar”? Aquí está la clave de toda esta cuestión. Se trata de acceder a un estadio de conciencia donde la confianza resplandece, porque descubres que, en ese nivel, todo está bien. Acalla la mente y su vagabundeo errático, silencia el ego y su cúmulo de deseos, y emergerá la Quietud, el estado de Presencia, caracterizado por la Confianza y la Certeza: es justo ahí cuando empiezas a “ver” o a comprender.

Esa es precisamente la bienaventuranza: se proclama felices o dichosos a quienes, trascendiendo la mente y el yo, experimentan la confianza radical, en ese estado que permite “ver”.

De este modo, parece que el autor del evangelio buscaba motivar a los cristianos de la segunda generación para que acogieran la fe en la resurrección y, de ese modo, llegaran a la profesión de fe cristiana: “Señor mío y Dios mío”. Porque es ahí –viene a decir- donde se juega la fe, no en el hecho de haber tocado o no las llagas del resucitado.

Lo que se percibe y vive en ese nivel –trascendida la mente y el yo- es Paz y Perdón. Ahí se ha dejado el reino del ego y se es introducido en el reino del Espíritu. No es extraño que sean precisamente ésas las palabras del resucitado.

Por lo demás, el resto del relato no parece ser sino una escenificación que pretendía mostrar el objetivo enunciado.

Se sitúan las apariciones, tanto la primera como la segunda, en domingo –“el día del Señor”- y en el contexto de la celebración de la Eucaristía. Con lo que el autor transmite también otro mensaje: la eucaristía –o “fracción del pan”, o “cena del Señor”- es el “lugar” idóneo para experimentar al resucitado; y quien no participa de ella, pierde la posibilidad de verlo. Pero no por un motivo mágico –como si de un premio se tratara-, sino porque la eucaristía es la celebración de la Unidad de todo.

Se menciona de un modo expreso el miedo de los discípulos. Si tenemos en cuenta que este evangelio no se escribe antes del año 100, no sabemos si esa mención obedece a un recuerdo histórico –en el contexto de alguna persecución de que fueran objeto los discípulos de Jesús por parte de los judíos-, o quiere mostrar sencillamente el estado de ánimo del grupo antes del “encuentro” con el resucitado, o incluso si sólo es un pretexto para decir que las puertas estaban “cerradas” y, aun a pesar de ello, Jesús se hace presente.

El mensaje puesto en boca del resucitado es siempre un mensaje de Paz. De hecho, lo había sido a lo largo de toda la vida del Maestro, a pesar de haber vivido en un conflicto casi permanente. En medio del conflicto, Jesús fue paz.

La paz es hermana de la confianza. Al acallar la mente –cuando dices “¡párate!”-, aparece lo que siempre hay: Quietud (otro nombre de la paz). Y simultáneamente, Confianza que brota al apercibir que, en ese “lugar”, en el Silencio que está oculto detrás de tantos ruidos de todo tipo, todo está bien. La confianza y la paz se hermanan en una sensación de Gozo sereno y desapropiado, que no está reñido con que, a nivel superficial, aparezcan alegrías o tristezas efímeras.

Quien experimenta esto, se siente “enviado”, tal como señala el mismo texto. No a hacer proselitismo ni porque se crea en posesión de la verdad. Es algo mucho más hondo, gratuito y desapropiado. Sentirse “enviado” es, sencillamente, reconocerse como “cauce” a través del cual la Vida se expresa. Por eso mismo, no hay apropiación ni expectativas; se deja que la Vida sea. Por eso, en este sentido en el que lo estamos planteando, únicamente puede sentirse “enviado” quien ha dejado de identificarse con su yo, se ha desprendido del ego. El yo no puede nunca vivir como “enviado”, aunque lo proclame, porque su característica es vivir egocentrado, justo lo opuesto a ser cauce.

Tanto la paz como el envío y el perdón, que se nombrará más adelante, nacen –es otra forma de decirlo- de experimentarse llenos del Espíritu. En el Silencio de la mente, en la Quietud de la Presencia, en la desapropiación del yo, lo que queda es Espíritu… Y eso que queda es, justamente, nuestra identidad más profunda.

Pierre Teilhard de Chardin decía que “no somos seres humanos que vivimos una aventura espiritual, sino seres espirituales viviendo una aventura humana”. Mientras estamos identificados con el yo, convencidos de que eso es nuestra identidad última, si somos personas religiosas, vemos el Espíritu como alguien “exterior” o, al menos, separado, de quien vendría la fuerza a nuestro pequeño yo.

Al despertar, todo se modifica. Venimos a descubrir que somos el Espíritu, que se está expresando en una forma concreta, la de cada yo particular. En lo concreto, no se trata, por tanto, de acudir al Espíritu para que venga en auxilio de mi pequeño yo, sino de no olvidar nunca más que “soy” el Espíritu viviéndose en una particular forma humana.

He entrecomillado la palabra “soy”, porque el sujeto de la misma no es mi pequeño yo -¡eso sí que sería el colmo de la inflación egoica!-, sino el mismo Espíritu que habla a través de esta forma.

Es precisamente en este cambio en la percepción de nuestra identidad donde se juega el “salto” que parece anunciarse en la humanidad. Un salto decisivo que habrá de llevarnos de vivir egocentrados –girando únicamente en torno a nuestros pequeños intereses, sean individuales o colectivos- a experimentarnos como una única Identidad compartida en la que, en cada ser, nos reconocemos a nosotros mismos. Esto no es otra cosa que la vivencia de la No-dualidad: las diferencias están, pero dentro de una no-separación o Unidad radical.

Es también a partir de ahí como se modifica tanto la percepción como el comportamiento. ¿Cómo me dirigiré al otro, a quien reconozco como el Espíritu, el mismo Espíritu que “yo” soy en mi identidad más profunda? ¿Cómo actuaré con alguien que, detrás de su forma particular, “soy” yo mismo, detrás también de mi particular forma? Únicamente desde aquí es posible vivir el perdón, el no-juicio, la compasión y el amor servicial. Ahí “vemos” al resucitado, como espejo de lo que somos y siempre hemos sido y nunca dejaremos de ser.

Una poesía de Eugenia Domínguez apunta e invita a que salgamos de la ignorancia que supone reducirnos a la mente y tengamos el coraje de permanecer, sencillamente, en el Yo Soy. Di “Yo soy”, no añadas nada más… y permanece ahí, hasta que la luz se manifieste.


Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com


PAUSA

Tardé tanto en convencerme
de que correr y morir son lo mismo…
Alguna tregua breve,
y vuelta a la tortura de la noria,
donde luces y sombras se suceden
y se mezclan aturdidas.

Tardé siglos en darme cuenta
de mi prolongada, absurda muerte
y un instante solo en detenerme,
el instante preciso para ver
que vivo y reconocer
mi peso, mi paso, mi volumen,
el misterio que alienta
en mi cuerpo y lo trasciende
difuminando sus bordes,
uniendo mi vida a la Vida.

Un instante solo en detenerme,
reconocer que Soy
y Ser.


(Eugenia DOMÍNGUEZ, Vocación de diamante,
Torremozas, Madrid 2005, p.42).

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Dom 1 V 11. Jesús resucitado: Oficio de consolar



San Ignacio de Loyola dijo, en un lugar famoso: «Mirar el oficio de consolar que Cristo Nuestro Señor trae, comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros» (Ejercicios, 224)
Esta cita famosa guiará mi trabajo de síntesis bíblica, de tipo meditativo, para este Domingo de la Octava de Pascua. En la línea de la cuarta semana de los Ejercicios, iré repasando y comentando aquellos textos donde el evangelio presenta a Jesús resucitado en forma de consolador o amigo entrañable (1).
El mismo Ignacio de Loyola afirma en otro lugar que Jesús resucitado se apareció primero «a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: '¿También vosotros estáis sin entendimiento?'» (Ejercicios, 299; cf. Lc 24,25).
Sin duda, aquí se supone que Jesús ha venido a consolar a su madre, como añadirá santa Teresa de Jesús: «Díjome [Jesús] que en resucitando había visto a Nuestra Señora... y que había estado mucho con ella, porque había sido menester, hasta consolarla» (Cuentas de conciencia, 13.a, 12).
Conforme a una larga tradición oriental, el mismo Ángel de la Anunciación (cf. Lc 1,26-38) volvió como Ángel de Pascua: «Así como el adviento [de Jesús], también el gozo de su resurrección fue anunciado a su Madre antes que a los demás, por medio del mismo ángel Gabriel...» (así lo dicen, entre otros, Jorge de Nicomedia, siglo IX, y Gregorio Pálamas, siglo XIV).
Sobre ese fondo se entiende la más bella oración pascual mariana:
«Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque el Señor a quien has merecido llevar, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya»
Ha sido y sigue siendo perfectamente legítima esta condensación mariana de la experiencia pascual, aunque en ella se atribuyen a María, madre de Jesús, palabras y gestos que la tradición evangélica ha visto más relacionados con María Magdalena y con el resto de los testigos de la pascual. Tanto Jn 19,25-27 como Hch 1,13-14 (y en otra perspectiva Mc 16,1) suponen que la madre ha visto a Jesús resucitado, pero no han desarrollado ese motivo. Tampoco nosotros lo haremos, sino que estudiaremos la figura de Jesús Consolador en el conjunto del evangelio.
LAS MUJERES EN EL SEPULCRO (MC 16,1-8 Y MT28, 1-10)
El evangelio primitivo de Marcos (que acaba en Mc 16,8) ha silenciado misteriosamente ese motivo del consuelo pascual de las mujeres. Es muy probable que lo conociera: fueron las mujeres al sepulcro, la mañana de pascua, y encontraron la losa corrida; el mismo Cristo se mostró y les dijo: «He resucitado» Pero él, por fidelidad a su visión de la historia cristiana, hacia el año 70, ha preferido omitirlo: las mujeres del perfume inútil, llegando a la tumba vacía, sólo escuchan el anuncio de un joven celeste:
«¡Ha resucitado! Id a Galilea, donde le veréis».
Pero ellas no cumplen el mandato, huyen con miedo, quedan presas de su propio desconcierto y no se atreven a dejarlo todo (Jerusalén, las tradiciones del viejo judaísmo), para encontrar al nuevo Cristo pascual de la dicha en la tierra del evangelio (cf. Mc 16,1-8). Así acaba el texto de Marcos, como enigma no resuelto, como pascua incompleta de unas mujeres miedosas (3).
La pascua de estas mujeres se define como miedo extático. Les domina un terror grande: quieren a Jesús, buscan su tumba, pero no saben descubrirlo y disfrutarlo vivo en la tierra de la pascua. Siguen vinculadas a la vieja Jerusalén, a las tradiciones de un judeocristianismo hecho de leyes y observancias cúlticas, privilegios sacrales y seguridades de familia. No son capaces de dejar todo lo viejo y de buscar al Resucitado en la tierra prometida de su evangelio, en la libertad de Galilea, abierta en amor hacia todos los pueblos de la tierra.
Estas tres mujeres misteriosas de Mc 16,1-8, en el umbral de la iglesia, siguen siendo el signo más fuerte del dilema pascual mostrando que sólo pueden contemplar a Jesús y acoger su consuelo aquellos/as que siguen hasta el fin su camino de muerte, subiendo al Calvario y superando las sacralidades antiguas (jerarquías nacionales, dignidades oficiales). Según Mc 16,8, ellas no han dado todavía ese paso, no han gozado de la pascua, no han muerto al mundo viejo.
Pues bien, releyendo los mismos datos desde su nueva experiencia eclesial y reescribiendo la historia de Marcos, pasados unos años, hacia el 80 d.C., Mateo ha corregido esa visión, afirmando que las mujeres han cumplido la palabra de Jesús y le han visto, recibiendo el consuelo de su pascua. Tras escuchar al joven celeste (Ángel de Dios: cf. Mt 28,1-7), dejan la tumba vacía para buscar a los discípulos, siendo encontradas por el mismo Jesús Consolador en el camino:
«Y he aquí que Jesús salió a su encuentro diciendo: '¡Alegraos!' Ellas, acercándose, tomaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: 'No temáis; id y anunciad...'» (Mt 28,8-10).
Han dejado el miedo del sepulcro, no se cierran a llorar sobre la tumba ni se quedan en Jerusalén, sino que quieren llegar a Galilea. Saben así que el evangelio no es piedad de cementerio ni culto ofrecido al recuerdo de los muertos. Por eso lo dejan todo y buscan a los viejos amigos de Jesús, para llevarles el mensaje de dicha de su pascua. Precisamente entonces, Jesús sale a su encuentro para darles su mayor consuelo: «¡Alegraos!» (khairete!).
El ángel de la anunciación había dicho a la madre de Jesús: ¡Khaire, kelharitomene! (alégrate, agraciada: Lc 1, 28).
El mismo Jesús resucitado dice ahora a las mujeres (entre las que está su madre, conforme a la lectura más probable de Mc 16,1; Mt 28,14): ¡Khairete!, alegraos, agraciadas. Ha terminado el luto y tristeza de la tierra. Nace en fuerte gozo esta primera iglesia de mujeres (las primeras cristianas), que responden echándose a su pies, en gesto de cariño cercano (le agarran, le acarician) y fuerte reverencia (le adoran). Es como si quisieran aferrarse a los pies de Jesús: que no se marche nunca, que no las deje solas. Ellas necesitan la cercanía de su cuerpo glorioso y amigo. No les hace falta perfume de tumba (cf. Mc 16,1), pues todo Jesús es perfume. No quieren ya ninguna otra cosa; le quieren a él, le tocan y le adoran.
El Jesús del consuelo pascual no se deja apresar o detener para siempre en el mundo. Ciertamente, acepta el cariño de las mujeres y lo aumenta diciendo: «¡No temáis!» (mê phobeisthe!). Les ha dicho antes que se alegren; ahora añade que venzan el temor y se abran al futuro, realizando su tarea de discípulas cristianas. No hay reproche, no hay palabra de condena. Todo es amor austero y fuerte entre el Jesús pascual y estas mujeres, antes miedosas, que habían estado demasiado tiempo sin el amigo, traídas y llevadas por un mundo de violencia dominado por varones. Pero, al fin, quiere y debe separarse de ellas, confiándoles la más alta misión de la tierra: ellas han de hacerse testigos de la pascua, reuniendo a los dispersos, animando a los desanimados y caminando con ellos hasta el monte de Galilea, para iniciar allí el camino de la Iglesia.
La tradición posterior ha destacado la función de los varones, portadores «oficiales» de la palabra y la celebración de pascua. Pero en el principio las cosas fueron diferentes: el primer apostolado y consuelo de pascua vino a realizarse a través de estas mujeres, en la fuente de agua viva y primera de la Iglesia. Ellas continúan ofreciendo el consuelo de Jesús y nos conducen a su encuentro en Galilea. Nosotros, cristianos del siglo xx, seguimos apoyados en su experiencia: sólo con ellas podremos subir de nuevo a la montaña de la nueva revelación (cf. Mt 28,16-20), superando, como ellas hicieron, las seguridades de muerte de la vieja Jerusalén. En el camino que lleva de Mc 16,1-8 (las mujeres huyen) a Mt 28 (las mujeres van y encuentran a Jesús) se contiene todo el misterio y tarea de la pascua (de la vida de la Iglesia) (5)
EL GRAN CONSUELO: MARÍA MAGDALENA (JN 20,11-18)
En ella ha condensado Juan la función de las mujeres de Mc 16,1-8 y Mt 28. Estaba acompañada en la cruz (Jn 19,25-27), pero en la pascua se queda sola. Ha ido al sepulcro, lo ha encontrado abierto y ha comunicado su hallazgo a los varones (cf. Jn 20,1-10). Ellos se van, y ella permanece desconsolada en el huerto del amigo ausente. A partir de aquí ha trazado Jn 20,11-18 una escena conmovedora de encuentro pascual. Magdalena es signo de la humanidad que vaga y llora perdida, enamorada, ausente, por un jardín de tumbas. Ella representa, al mismo tiempo, a todas las mujeres y varones que buscan redención de amor y de consuelo sobre el mundo.
Llora, derrotada e impotente sobre el huerto de una vida convertida en sepultura; pero es mujer enamorada, y desde el fondo de su amor halla la vida. No escapa como el resto (cf. Mc 14,27), sino que permanece, llorando y deseando el don de Dios, amor del mundo, ante una tumba. Busca apasionada a su amigo, muerto y enterrado, en el jardín del viejo mundo, envuelta en llanto: «Y mientras lloraba, se inclinó para mirar el monumento y vio a dos ángeles, vestidos de blanco, uno junto a la cabeza y otro junto a los pies, en el lugar donde había yacido el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: 'Mujer, ¿por qué lloras?' Ella contestó: Se han llevado a mi señor, y no sé dónde lo han puesto'» (Jn 20,11-13).
Asi empieza una conversación prodigiosa que recoge todos los motivos de la historia. Magdalena ya no quiere ritos ni teorías religiosas. No busca el consuelo que ofrecen sacerdotes ni templos. Sólo quiere el cuerpo de su amigo muerto: el consuelo de un cadáver querido, para tocarlo al menos, para eternizarse en el amor por el amor asesinado. Esta María puede estar loca, pero lo está como los grandes amantes de la historia: como tantos varones y mujeres que recuerdan a su amado y quedan fijados para siempre en actitud de llanto.
Llorar por el amigo muerto: ésta es la meta del amor del mundo. Magdalena sólo quiere amor, pero en el huerto de las muertes necesita al menos el cadáver de su amado muerto. Por eso dice al presunto jardinero: «Dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré» (Jn 20,15). No se puede pedir más, pues aquí acaban todos los caminos de la tierra. Pero la aurora de la pascua empieza precisamente ahora, con su voz más alta de consuelo, con su amor transfigurado. En vez del jardinero, está el amante; en vez del cadáver, el amigo vivo que llama, consolando:
Jesús dijo: '¡María!' Ella se volvió y dijo en hebreo: '¡Rabboni!' (¡mi
maestro!). Jesús le dijo: 'No me toques más, que todavía no he subido
al Padre. Vete a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro
Padre, a mi Dios y vuestro Dios'. Maria Magdalena vino y anunció a los
discípulos: '¡He visto al Señor, y me ha dicho...!'» (Jn 20,16-20).
Ella buscaba el cadáver del amigo, para morir de esa manera en amor acompañado; pero Jesús le ofrece su voz viva, diciéndole su nombre (¡María!) y ofreciéndole el cuerpo amante que ella puede tocar y retocar, acariciar y gozar hasta calmarse. Éste es el mayor de todos los consuelos: que alguien nos llame y diga nuestro nombre, devolviéndonos la vida; que podamos tocar y descubrirnos vivos en el cuerpo del que vive (recordemos lo de Mt 28,9). Magdalena revive para el gozo ante el amigo pascual que la llama y deja que le toque. Por eso quiere eternizar el gesto: estaría bien toda la vida, en unión sorprendida, en donación de corazones. Nada busca, ya no necesita cosa alguna, tiene lo que quiere, pues la pascua es relación de amor con el amado, tiempo de dicha, ojos que se miran, voces que dialogan, manos que tocan.
Pero Jesús, gozado ya el encuentro, consolada Magdalena, le responde y dice: ¡Vete! ¡No me toques!, no me sigas agarrando. Jesús se ha dejado tocar y querer, en gozo pascual que comienza a celebrarse ya en el mundo. Pero quiere después que Magdalena, amiga consolada, expanda por la tierra el gozo transformado de su pascua. Sólo una mujer (una persona) como ella, que ha sentido y gozado a Jesús, puede decir a los humanos la palabra de la pascua: «¡Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios!» Magdalena es la primera amante de la historia cristiana, la primera teóloga de la iglesia. Quien haya amado sabrá que su experiencia y su consuelo son verdaderos.
En el principio de la historia pascual, en la raíz de la Iglesia encontramos (como sabe el final posterior de Mc 16,9-11) a esta mujer consolada y consoladora, evangelizada y evangelizadora. Ya no tiene que ir a Galilea, como suponía Mt 28, pues en cualquier lugar donde se anuncie la presencia de Jesús y se celebre la victoria de su pascua está Jesús con los humanos. Se había refugiado en el huerto de su llanto. Pero, tras ver y tocar a Jesús, sale y camina, portando el consuelo pascual del amor en una tierra antes yerma. Su consuelo es fuente de alegría amorosa para todos los humanos. Ya no tenemos que buscar una lejana Galilea, ni cerrarnos en la Jerusalén vieja del llanto y de la ley hecha de muerte. Con Jesús que sube al Padre, unidos a María Magdalena, en el centro de la Iglesia, podemos iniciar un camino universal de amor (6).
DE EMAÚS AL CENÁCULO: EL TESTIMONIO DE LUCAS (LC 24)
Lucas ha desarrollado el tema del consuelo pascual en dos escenas de hondo contenido catequético, centradas en varones, no en mujeres, porque las mujeres (al parecer, más susceptibles, más dadas al amor) no solían ser reconocidas como testigos oficiales en un juicio. La primera nos conduce hasta Emaús (/Lc/24/13-32). Dos fugitivos de Jesús huyen de la comunidad incrédula (que no ha recibido el testimonio de las mujeres), escapan del evangelio. La promesa mesiánica ha terminado para ellos en engaño. Se esconden de la vida, retornan a la muerte, caminando tristes, en diálogo de muerte, hasta que llega un desconocido:
«',,Qué son esas palabras que os decís entre vosotros, mientras
camináis?' Y ellos se pararon, quedando tristes. Pero uno, llamado
Cleofás, respondió diciéndole: '¿Eres tú el único habitante de
Jerusalén que ignora las cosas que han pasado... las de Jesús de
Nazaret, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante
todo el pueblo, cómo le entregaron nuestros sacerdotes y jefes, en
juicio de muerte, y le crucificaron? Nosotros pensábamos que era él
quien debía redimir a Israel, pero con todas estas cosas, han pasado
ya tres días...'» (Lc 24,17-21)
Como fracasados escapan estos hombres, huyendo de su propia historia, del pasado de su encuentro con Jesús, de la comunidad que se deshace. Escapan y, sin embargo, le llevan en su llanto. Precisamente allí, de la tristeza fugitiva, sale Jesús a su encuentro, invitándoles a decir, a recordar otra vez todo lo que ha sido su camino pascual, a partir de la Escritura: ¿No sabéis que el Cristo debía padecer? Así empieza la catequesis pascual del consuelo:
«'¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y entrara
así en su gloria?' Y comenzando por Moisés y por todos los profetas,
les fue interpretando a través de las Escrituras todas las cosas que se
referían a él» (Lc 24,25-27).
Magdalena buscó el falso consuelo del cadáver amigo; pero quería a Jesús, y Jesús vino hacia ella, dejándose tocar en el jardín de pascua. Estos fugitivos buscan el consuelo mucho más falso de la huida en medio de la noche. No aceptan la muerte. Por eso, para revelarles su presencia, Jesús ha de ofrecerles su más honda catequesis pascual: con la ayuda de profetas y salmos les enseña el sentido de su muerte hecha de amor por los demás. Ésta es la catequesis que la Iglesia sigue ofreciendo año tras año en la Vigilia de Pascua: sólo allí donde el sufrimiento se comprende como gesto de entrega personal, signo de amor, puede hablarse de Jesús resucitado. Ésta es la novedad cristiana, anunciada en la palabra más antigua de la Biblia. Así ha empezado Jesús la catequesis, y los caminantes aceptan en parte su argumento, pues su corazón ardía al escucharle (cf. Lc 24, 32). No le entienden aún, pero le aman y le invitan a cenar en su noche de huida (24,28-29), que Jesús convierte en banquete de pascua:
«Y sucedió que, al sentarse con ellos en la mesa, tomando el pan, lo
bendijo y, partiéndolo, se lo dio. Entonces se abrieron sus ojos y le
reconocieron, y él se volvió invisible para ellos» (Lc 24,30-31).
El invitado se ha puesto en el centro de la mesa y, en lugar de esperar a que le sirvan, sirve a los demás su vida hecha eucaristía, culminando así su catequesis de consuelo. No ha sido suficiente la Escritura, ni la exégesis abstracta sobre el sufrimiento y la muerte por los otros. Para encontrar a Jesús resucitado hay que avanzar hasta la mesa compartida donde los humanos se animan mutuamente en el amor del Cristo que ha dado su vida por ellos. Así pasamos del consuelo más intimo de la Magdalena, que encuentra a Jesús en el huerto de su amor enamorado, al más abierto de estos fugitivos, que le encuentran en el pan y se consuelan mutuamente, compartiendo una cena de solidaridad y justicia que ha de abrirse a todos los humanos. Éste es el eje de la pascua: sin el amor del huerto no hay presencia de Jesús; sin el pan de la casa (Emaús) ese amor se muere (encerrándose en el gozo de uno o dos enamorados que olvidan los restantes problemas de la tierra).
Pero la mujer enamorada fue al encuentro de todos los hermanos para compartir su amor con ellos (Jn 20), y estos dos fugitivos retornan a la casa de la comunidad para ofrecer en ella su testimonio y su pan de pascua (Lc 24,33-53) Sólo cuando llegan los fugitivos, viene Jesús y se muestra a la comunidad, reunida en torno a Pedro, cuyo encuentro pascual está evocado, pero no narrado por el texto («¡Ha resucitado el Señor de verdad, y se ha aparecido a Simón!»: 24,34). Viene y dice: «La paz sea con vosotros», disipando luego el miedo de aquellos que le creen un fantasma (cf. 24,37). La historia antigua y moderna está llena de visiones. Muchos han tenido «apariciones»: ovnis y vírgenes, figuras del miedo o deseo proyectivo. Pero la pascua es más que una visión:
es experiencia de cuerpo cercano, pan compartido, comprensión de la Escritura y misión universal.
Es cuerpo cercano: «¿Por qué estáis turbados? Mirad mis manos y mis pies» (Lc 24,38-40). No es consuelo de imaginación, huida de la fantasía. El encuentro con Jesús vuelve a llevarnos a la corporalidad de su vida y de su muerte. Contra todos los que quieren diluir su recuerdo en signos y gestos de espiritualismo desencarnado, el evangelio le sigue presentando vivo: amor que sufre, carne que se toca y goza, cuerpo vivido en compañía.
Es experiencia de pan compartido: «'¿Tenéis algo de comer?' Le dieron pescado, y lo comió» (Lc 24, 41-42). Jesús ofrece su consuelo haciéndose comida: Pascua es comer juntos, compartir el pan y el pez de la multiplicación en Galilea (cf. Me 6,30-44; 8,1-12 par).
El había invitado a los excluidos de la tierra (pecadores y proscritos), prometiéndoles el banquete de vida que no acaba. Ahora come con los suyos, sentándose con ellos en la mesa (signo eucarístico). Comer juntos en nombre de Jesús: esto es la pascua. La pascua es un nuevo entendimiento: «Les abrió el corazón para comprender las Escrituras» (24,43-46). No es consuelo ciego, pan material sin cultura, opresión de la mente. Por el contrario, la pascua es experiencia hermenéutica: comprensión más honda del mensaje, entendimiento más profundo de las causas de la opresión y el dolor del mundo, descubrimiento del sentido de la entrega de la vida. No hay pascua sin comprensión; no hay consuelo de Jesús si no entendemos el sentido oculto de la vida: la maldad de quienes le matan (los que oprimen a los otros) y la gracia de quienes le acogen entregando su vida en esperanza. Finalmente, la pascua es experiencia de misión: «Y se predicará en mi nombre la conversión y perdón de los pecados a todos los pueblos...» (24,47-49). Del cuerpo (tocar), del pan compartido (comer), de la comprensión (saber), podemos pasar—y pasamos—al envío universal por el Espíritu de pascua. Ésta es la misión del cambio realizado a través del perdón de los pecados. En el fondo de todo desconsuelo y llanto está el pecado: el egoísmo corporal, el ansia de dinero, la mentira... Pues bien, Jesús ha roto con su muerte ese pecado, haciéndonos capaces de recuperar el cuerpo para el amor, el pan para la mesa compartida, el entendimiento para la comprensión. Ésta es la verdad, el consuelo que podemos y debemos extender a todo el mundo (7).
Lc 24, 33-33 ha condensado en estos cuatro grandes signos de consuelo (cuerpo, pan, compresión, misión) su más honda catequesis de la pascua, que empezaba en Emaús. Pues bien, eso que Lucas ha reunido en un relato ejemplar se halla expandido en varios de los textos más hermosos de la tradición evangélica: el Jesús de pascua es consuelo y presencia amorosa en medio de la tempestad del mundo, cuando la barca de la Iglesia corre el riesgo de hundirse entre las olas (cf. Mc 4,35-41; 6,45-51; 8, 14-21 par); ese mismo Jesús se vuelve pan multiplicado para todos los hombres y mujeres de la tierra (cf. Mc 6,30-44 par) y pan de eucaristía para sus creyentes (Mc 14,22-25 par); él es también Señor transfigurado en el camino de la Iglesia (Mc 9,2-13).
PESCA Y ENVÍO DE AMOR: EL TESTIMONIO DE JUAN (JN 21)
En contexto de mujeres, he presentado ya el consuelo de María (Jn 20,11-18). Del encuentro con Jesús en el Cenáculo de Pascua, con los temas del tocar y el comer, del perdón y el envío (Jn 20,19-29), he tratado ya en el texto paralelo, muy cercano, de Lc 24,36-49. Ahora lo estudio brevemente, para tratar después de Jn 21 (pesca y envío). Jn 20,19-29 sigue presentando la pascua como experiencia de paz y perdón, presencia del Espíritu y misión, en cercanía corporal que evoca el gesto de Tomás: «¡Si no veo en sus manos la huella de los clavos, si no meto mi mano en su costado abierto...!» (Jn 20,25) La razón de amor de María (que toca gozosa el cuerpo de Jesús: Jn 20,17) se vuelve aquí prueba apologética: «Trae tu dedo...; trae tu mano...; y no seas incrédulo, sino fiel!» (Jn 20,26-29).
Se expresa así el consuelo más hondo del palpar, del conocer por experiencia: cristianos son aquellos que tocan a Jesús resucitado con los dedos de la fe, en camino de vida compartida. María abrazaba el cuerpo glorioso y gozoso. Tomás, en cambio, tiene que tocar sus llagas. Los signos de muerte (clavos que han atado a Jesús de pies y manos al madero, lanza que ha atravesado su costado) son ya señal de vida. Sólo así, en contacto de corporalidad a corporalidad, en encuentro con la Vida triunfante del Cristo, se manifiesta el consuelo de la pascua. El mismo viejo cuerpo del amor concreto y de la entrega, el cuerpo que han matado (con heridas de lanza y clavos), se convierte en signo de vida.
La muerte de Jesús no es accidente del pasado, algo que se olvida, sino amor que permanece. Por eso, su cuerpo entregado se vuelve signo de gloria de la pascua. Experiencia de llagas transfiguradas, de dolor amante que triunfa de la muerte y se abre, en misión salvadora, a todo el mundo: eso es la resurrección de Jesús. Desde ese fondo se entiende la pesca en el lago (/Jn/21/01-14). Los «siete» discípulos pascuales (entre ellos Pedro y el amado) pescan en la noche de la historia, para retornar cansados y vacíos, ya de madrugada. Pero en la orilla está aguardándoles Jesús:
«'¡Muchachos! ¿No tenéis nada de comer?' Le respondieron: '¡No!'
El les dijo: '¡Echad las redes a la derecha y encontraréis...!'» (21,5-7).
Éste es el Cristo de la pascua, que parece oculto mientras bregan sus discípulos. Ha resucitado, pero el mar de la vida sigue insondable. Todo parece igual: mar y noche, barca y pescadores sobre el lago. Es inútil esforzarse: sobre el mar del mundo no se puede conseguir la pesca prometida (cf. /Mc/01/16-20). Pero Jesús emerge en la neblina matinal, invitándoles a empezar de nuevo. Ellos no le reconocen, pero escuchan y cumplen su palabra. El inicio de la experiencia pascual es precisamente el gesto de confianza de aquellos que han estado faenando en las vigilias de la noche. Quieren descansar cuando rompe la mañana: necesitan un lecho para el sueño. Pero escuchan la voz del desconocido y continúan realizando su tarea.
Así llega el consuelo, ya de madrugada, en forma de pesca abundante: la red está llena, y tienen gran dificultad para arrastrarla. Entonces, mientras todos se ocupan de la pesca, el discípulo amado tiene tiempo de mirar, y así descubre al Cristo de la pascua, diciéndole a Pedro: «¡Es el Señor!» (Jn 21,7). Pedro ha dirigido la faena, como buen patrón del barco, pero en el fondo está ciego: no sabe distinguir a Jesús en la mañana. Por el contrario, el discípulo amado le distingue y reconoce, ya de madrugada, para así decírselo a Pedro. La pascua se convierte de esta forma en experiencia compartida.
El discípulo amado debe acompañar a Pedro, para ver a Jesús desde la barca. Por su parte, Pedro, jerarca de la Iglesia, tiene que dejarse guiar por el discípulo vidente, descubriendo así al Señor, con los restantes pescadores (son siete, es decir, toda la Iglesia), en la madrugada de la pascua. Este es el consuelo de la vida compartida, de la mutua ayuda, de todos los cristianos: sólo allí donde se mantienen unidos escuchándose unos a otros, descubrirán a Jesús, que les espera en la orilla de su vida gozosa diciendo: «¡Venid a comer!»
Como hemos visto en otros casos, los discípulos se sientan y comen con Jesús, en gesto de consuelo. Nadie pregunta quién es, nadie duda o discute ni se eleva sobre los demás. Todos juntos, los siete discípulos de la misión eclesial, con Pedro y el amado, comen el pan y el pez de Jesús (21,9-14). El Cristo pascual sigue guiando a los suyos en la pesca, de manera que misión y experiencia pascual se identifican. Él está presente como pan y pez, comida compartida de la comunidad, en la orilla del mar, al final de la jornada misionera de la Iglesia. Partiendo de aquí, avanza la escena final del evangelio (Jn 21,15-25) que nos lleva de la pesca pascual al pastoreo, en tarea de amor enamorado. Desaparecen los demás. Quedan Pedro (función organizativa, ministerio al servicio del mensaje) y el discípulo amado, en quien se encarna la función y amor de las mujeres pascuales ya evocadas. Pues bien, el mismo Pedro pascual del ministerio, para realizar su tarea, debe recibir y cultivar el consuelo del amor, como el discípulo amado y las mujeres:
«Simón, hijo de Juan ¿me amas más que estos?' Le dijo: '¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero'. Le dijo: '¡Apacienta mis corderos!'» (Jn 21, 15-17).
Tres veces pregunta Jesús, y tres responde Pedro (cf. 21,16-17) en confesión de amor pascual hecha principio de amor (cuidado pastoral) hacia los otros. Quien ha visto a Jesús ya nunca puede encerrarse en sus problemas mientras rueda el mundo. Quien ha visto a Jesús ha de amarle y cuidar de sus ovejas, en camino de pascua que sólo culmina y se cumple por la muerte: «Cuando eras joven, te ceñías tú e ibas adonde querías...; cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieres» (/Jn/21/18-19). Éste es el consuelo final que Jesús ofrece a Pedro: le llama al amor, le convida a dar la vida por el evangelio. El pastoreo pascual es experiencia de amor hecho servicio. Pedro lo asume porque ama a Jesús y porque quiere ayudar gratuitamente a sus ovejas. Por su parte, Jesús promete a Pedro el único premio del amor: será capaz de dar la vida hasta el martirio. Éste es el consuelo supremo del amor de pascua: Pedro y los restantes seguidores de
Jesús, ayudándose en verdad unos a otros y comiendo de su mesa, podrán amar hasta entregar su propia vida.
Así consuela Jesús al Pedro amigo, a quien ha pedido amor y a quien ofrece la tarea de pastorear a sus ovejas. Muere Pedro por amor, y así morimos con él todos nosotros; pero el amor de pascua representado por el discípulo amado sigue vivo y triunfante sobre el mundo: «Si yo quiero que él permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué?; tú sígueme» (/Jn/21/21-22).
Con estas palabras misteriosas, dichas así, sin comentario, culmina este trabajo. Quien lo haya seguido sabrá que Jesús resucitado es consolador, como decía Ignacio de Loyola (Ejercicios, 224): la pascua es el consuelo del Jesús, que ha vencido a la muerte para sembrar en nuestro mundo una semilla de amor fuerte, personal, de cuerpo y alma, de comprensión y entrega mutua, abierto a todos los hombres y mujeres de la tierra (9).
(cf. Xabier Pikaza, SAL TERRAE 1998. Págs. 205-218)
........................
1. He ofrecido un desarrollo más completo del tema en Camino de Pascua,
Sigueme, Salamanca 1996.
2. Una hermosa tradición y/o paraliturgia mexicana centra el gozo de la
«mañanita» pascual en las muchachas que salen de madrugada por las
calles y plaza, buscando a María Magdalena para consolarla con su canto:
Alégrate, Magdalena, que Jesús tu amor, ha resucitado. Esa tradición vincula
a las «tres marías» de Mc 6,1 y Jn 19,25. Las dos más importantes (la madre
y la Magdalena), aparecen unidas desde el comienzo de la iglesia, como ha
indicado C. BERNABÉ UBIETA, María Magdalena. Tradiciones en conflicto.
Verbo Divino, Estella 1994.
3. Las explicaciones de este sorprendente final de Mc 16,8 siguen siendo
diferentes, como hemos mostrado en Pan casa y palabra. La iglesia de
Marcos, Sígueme, Salamanca 1998. Aquí sólo nos importa señalar el hecho
de que estas mujeres de Mc no han llegado todavía al gozo pleno y al
consuelo de la pascua.
4. Una visión abarcadora de la identidad de las mujeres de Mc 16.1 par.. en
R.M FOWLER, Let the Reader Understand. Reader-Response Criticism and
the Gospel of Mark, Fortress, Minneapolis 1991.
5. El final de Mc y Mt sigue siendo misterioso, como muestran los estudios
dedicados al tema.
6. Además de comentarios a Juan, cf. X. LÉON-DUFOUR, Resurrección de
Jesús y mensaje pascual, Sígueme. Salamanca 1973: U. WILCKENS, La
resurrección de Jesús, Estudio histórico-crítico del testimonio bíblico.
Sígueme, Salamanca 1981.
7. Sobre el relato pascual de Lucas, además de comentarios. cf. Ph.
PERKINS. Resurrection, Chapman. London 1984.
8. He destacado el carácter pascual de esos relatos, especialmente dentro
de la tradición de Marcos, en Camino de pascua. Sígueme. Salamanca 1996.
91-116.
9. Para situar el tema en un contexto exegético y teológico más amplio, cf.
mis dos trabajos cristo- lógicos: El Evangelio. Vida y pascua de Jesús.
Sigueme, Salamanca 1993; Éste es el Hombre. Manual de Cristología,
Secretariado Trinitario, Salamanca 1998. Para una visión más amplia de la
experiencia pascual: E. SCHILLEBEECKX Jesús. La historia de un viviente,
Cristiandad, Madrid 1981; B. SESBOUÉ, Jesucristo. el único mediador I-II.
Secretariado Trinitario, Salamanca 1990.

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II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31) - Ciclo A: El Maestro acoge al último en llegar


Por A. Pronzato
¡Pobre Tomás!

Siempre en el banquillo de los acusados. Sometido a un proceso continuo.

Si se juntasen todas las acusaciones que se lanzan contra él (desde la de ser un materialista y un pesimista sin remedio, pasando por la denuncia de desconfianza, de sospecha, de obstinación, hasta llegar, naturalmente, a la de incredulidad), tendríamos un dossier de enormes proporciones.

Alguien, subrayando la violencia de su rebelión, se atreve incluso a hablar de desesperación: «Hay algo muy duro, muy áspero, en las condiciones que pone para rendirse. Una dureza tan espantosa no puede menos de surgir de un sufrimiento atroz.

Es que no quiere arriesgarse a esperar porque siente un dolor mayor que los demás. Tomás es sin duda el que más sufrió por culpa de la pasión, el que sintió un mayor remordimiento por no haber sabido afrontar la muerte en aquella ocasión.

Entonces encontró una sola piedra que le sirviera de almohada para apoyar la cabeza: la desesperación. Por lo menos ésta no se mueve, es estable. No será fácil que alguien se la quite...»

Yo pienso, por el contrario, que Tomás, a pesar de todo, es una criatura en movimiento. Alguien que busca, que no se conforma, que rechaza las certezas pre-confeccionadas por los demás, que intenta verificar personalmente, realizar una experiencia sin aceptar a ojos cerrados las respuestas tranquilizantes de los demás, sin considerarse satisfecho por lo que han descubierto sus amigos.

Es mucho mejor una duda auténtica que una fácil seguridad que dispense de toda inquietud y de un arduo camino personal.

Tomás no se quedó tumbado en la desesperación. Al contrario, rechazó esa cómoda esperanza que pretende cerrar el discurso antes de haberlo abierto de veras.

Ciertamente, el camino de Tomás -tal como aparece a lo largo de las páginas del evangelio- está totalmente jalonado de incomprensiones, recelos, resistencias, desorientaciones, fallos, retrasos... Pero al final también él llegó.

Juan siente por él una clara simpatía, quizás porque lo considera como el modelo de los creyentes... que tienen ciertas dificultades. Tomás, por suerte para nosotros, no es un campeón, el primero de la clase, un héroe, uno que quema etapas.



Fue el último en llegar, ¡pero llegó!

Caminó con sus propias piernas (y con no poco esfuerzo), pero sin renunciar, sin ceder al cansancio y al desánimo, sobre todo sin apoyarse en cómodas muletas.

Y Cristo también lo esperaba pacientemente.

Y también para él hubo la posibilidad de constatar «la señal de los clavos», es decir, la evidencia de un amor que nunca falla.


Las pruebas inútiles y la prueba necesaria

Cristo acoge a los retrasados, a los que cojean, tropiezan, vacilan, avanzan cansados en medio de las tinieblas.

Cristo está ya habituado a darse a los últimos en llegar. El ladrón, en la cruz, es la prueba más evidente.

El sabe que el acto de doblar las rodillas murmurando: «Señor mío y Dios mío» solamente madura cuando el hombre ha perdido por el camino, una tras otra, todas las ilusiones, cuando ha llegado deshacerse de la armadura de la desconfianza, de la presunción, de la autocom-placencia.

Antes de creer, hay que haber sufrido por no haber podido creer, por no haber logrado esperar.

Antes de rendirse a la luz, hay que haberse sentido apabullado por toda una serie de intentos de liberarse de las tinieblas.

Tomás expone sus propias heridas, sus propios desgarrones, sus propias humillaciones, al contacto salvífico con las llagas del Señor. Más que al héroe, al conquistador, al virtuoso, que avanza a pecho descubierto, Cristo prefiere entregarse al individuo que se golpea el pecho.

Cristo no se deja impresionar por las palabras necias, que expresan pretensiones más necias todavía: ver, tocar con la mano, poner el dedo...

Frente al alumno más terco, el Maestro se muestra dócil: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos...».

Está dispuesto a cambiar de método, a abandonar los programas más sólidos, a apartarse del camino establecido de antemano.

A cada uno se le ofrece una posibilidad «distinta». No hay esquemas obligados, rigurosos.

Cristo conquista a Tomás dejándose vencer por él. Rompe su resistencia rindiéndose ante él.

«Tomás había resistido a la autoridad de todo el colegio apostólico. ¡Es el primer protestante! Si hubiera sido conformista, si se hubiera adherido a los demás para no crear problemas y evitar molestias, habría sido un católico muy mediocre, no habría logrado nunca esta expresión: ¡Señor mío y Dios mío! Tuvo que recorrer para ello caminos un tanto curiosos...».

Al hacerse «protestante», se preparó para ser un creyente fervoroso. Tomás, al final, no encontró «la señal de los clavos» (¡tampoco la necesitaba!).

Pero sí encontró la prueba decisiva de que era amado, esperado, comprendido, reinserto en la comunión (él se había excomulgado...). Tomás se vio ante un Cristo resplandeciente de dulzura, de paz, de cariño.

Era el Señor por quien él aspiraba en las profundidades secretas de su ser. El había «sabido» desde siempre que era así.

Entonces no necesitó más pruebas.

Si Cristo lo hubiera obligado de verdad a experimentar las condiciones que él mismo había puesto para creer, habría sido el peor castigo, la mayor humillación.

Invitación a todos los devotos de santo Tomás Yo me reconozco fácilmente en Tomás.

Con mis miedos y mis ganas de creer al mismo tiempo.

Con mi aferrarme a cualquier pretexto, por pequeño que sea, con la nostalgia de un gesto de abandono y con la tentación de dar el salto. Con mis vacilaciones, incertidumbres, dificultades y hasta con la repugnancia a tomar en serio la actitud jactanciosa de los que dicen que saben, que han visto (aunque lo que dejan ver resulte más bien decepcionante...).

Me gustaría crear una red de complicidad entre todos los amigos de Tomás.

Entre todos los que creen que no creen, que sufren por no poder creer, que se desesperan por no encontrar el coraje de esperar, que se angustian por no saber amar.

Amigos, el sufrimiento de no creer, el remordimiento de no conseguir amar, el tormento de no tener la esperanza (y al mismo tiempo el rechazo decisivo de todas las esperanzas baratas), es algo que se parece mucho a la fe, que roza con la esperanza, que es ya amor. Acerquémonos a él sin miedo, con las manos vacías, llevando en la carne la moradura de demasiados desengaños.

El no nos obliga a creer (como algunos de sus representantes han pretendido hacer).

Sigue simplemente repitiéndonos, pero no en tono de reproche o de amenaza: «Dichosos los que crean sin haber visto».

Lo único que nos pide es que logremos no ver, al menos por algún tiempo.

Tendremos toda la eternidad a nuestra disposición para verlo, para permanecer absortos ante su rostro, para contemplar su amor. Ahora nos pide el regalo más grande que podemos hacerle mientras estamos aquí abajo: creer en él, aunque sea un poco tarde, pero al menos siempre un poco antes de... verlo.

No importa que seamos los últimos en llegar.

Con tal que hayamos aprendido finalmente a creer y a decir: «Señor mío y Dios mío», teniendo los ojos cerrados.


¡Fuera los hipocondríacos!

La paz y la alegría que el Señor resucitado ofrece a sus amigos en la primera escena del evangelio de hoy caracterizan también a las otras dos lecturas.

Me gusta subrayar el clima que dominaba en la primera comunidad cristiana, según nos cuentan los Hechos de los apóstoles: «... celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos con alegría y de todo corazón».

Por tanto, no una comunidad de gente huraña, hipocondríaca, de gente descontenta, con caras ridículas de personas serias.

Y, sobre todo, sencillez de corazón. Transparencia.

No tenían nada que esconder. Ninguna finalidad secreta.

La profesión de fe no escondía otros fines, no constituía la cobertura hipócrita de otros intereses.

La entrega a Dios, si es total, simplifica a las personas, no las complica.

Tender hacia él excluye segundas (y terceras) intenciones. Y cuando no hay segundas (o terceras) intenciones, todo es claro y limpio: desde los pensamientos hasta las palabras, los gestos; todo está en la línea de la simplicidad.

Ser simples significa ser hombres de «una sola cosa». «Una sola cosa» lo dice todo en la fe.



Amar lo invisible

Volvemos a encontrarnos con el tema de la alegría en la pluma de Pedro (segunda lectura): «Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas».

También aquí hemos de subrayar ese «de momento».

«De momento» se trata de renunciar a la pretensión de ver, pero creyendo.

«De momento» se trata de amarlo, «aun sin haberlo visto».

«De momento» se trata de aceptar la prueba, la tribulación, pero conservando el gozo.

Además, me parece importante la insistencia en el amor, como dimensión fundamental de la fe, por parte de aquel apóstol que solamente al final, a orillas del lago, después de tantas declaraciones solemnes, supo pronunciar en tono humilde la palabra decisiva: «Señor... tú sabes que te amo» (Jn 21, 17).

La gran apuesta y el gran «riesgo» del creyente está precisamente aquí: amarlo, aunque él esté lejos de nuestros ojos.

El milagro más sensacional del creyente es el que le hace vivir el amor a lo invisible.

No basta con creer sin ver.

Además hay que amar sin ver, soportando la lejanía (que no es una ausencia).

Nana Mouskouri, ortodoxa, decía: «Mi fe es mi mano para tocar a Dios».

Se podría añadir: también el amor es la mano para tocar al Dios «lejano».

Todo esto, como es lógico, tiene que manifestarse exteriormente en la alegría.

Es la alegría la que revela la presencia durante el «poco tiempo» de la lejanía.

Creo que si algunos intelectuales se hubiesen encontrado con algún rostro trasfigurado por la alegría pascual, con alguna mirada iluminada por una luz secreta, habrían tenido al menos alguna duda antes de inventar «la muerte de Dios» y presentar su certificado correspondiente.

Tengo la impresión de que Pedro se alegraría también hoy con los que consiguen creer: «...No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis y creéis en él».

Como si dijera: ¡Qué suerte tenéis! Algo más que una felicitación. ...Quizás una pizca de envidia.

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Comentario al Evangelio del Domingo 01 de Mayo del 2011

Por Conrado Bueno, cmf
Publicado por Ciudad Redonda

1.-Hoy vemos al Señor
Ojalá sintiéramos nosotros, ahora, que la escena se repite. Como el día de la Resurrección con sus discípulos: Cristo se planta en medio de nosotros, nos habla, nos da su paz y nos envía a ser sus testigos. Ya nos lo había dicho Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está aquí, en nuestra Eucaristía dominical.
Hoy es domingo. Le gusta recordarlo al evangelista: “Al anochecer del primer día de la semana”, “A los ocho días”. Desde aquel día, cada domingo, evocamos a Cristo resucitado. Una larguísima cadena de domingos hasta hoy. Es le herencia que hemos recibido, y queremos ser fieles. Cada domingo, la Misa es nuestra primera cita. “Que no nos quiten la Eucaristía del domingo; preferimos morir”, insistían aquellos mártires africanos.

2.- Palabra
La Palabra de Dios sigue mirando al Cristo resucitado. Él siempre inicia la jugada, toma la iniciativa y sale al encuentro de los suyos. Qué cambio, tan rápido y tan profundo, se establece en los discípulos. Estaban muertos de miedo; hasta habían cerrado las puertas a cal y canto. Entra Jesús, y la escena se ilumina: les habla con cariño, les muestra sus heridas, ya gloriosas, les “alienta” (“exhaló su aliento sobre ellos”). Y, de repente, por arte de Dios, se transfiguran en hombres resucitados. Qué bien lo dibuja San Juan:
Resucitados en la paz: “Paz a vosotros”. Resucitados por la alegría: “Se llenaron de alegría”. Resucitados para ser testigos: “Como el Padre me ha enviado, os envío yo”. Resucitados por el Espíritu de Dios: “Recibid el Espíritu Santo”. Resucitados por el perdón: “Aquellos a quienes perdonéis quedarán perdonados”. Resucitados, llenos de vida: “Para que, creyendo, tengáis vida”. Es decir, todo aquello que les había prometido, días antes, en la Última Cena.
No estaba Tomás el primer día. Aparece a los ocho días. Su fe empieza vacilante y termina esplendorosa. Había estado fuera de su grupo, de su comunidad. Y, cuando regresa, adopta un tono chulesco: “Si no veo la señal de los clavos, no creo”. Pero pronto la bondad de los hermanos y la pedagogía de Jesús le dan la vuelta. Ningún reproche ni queja. Sus compañeros, en lugar de una reprimenda -“¿Dónde habrás estado tú?”-, le dan la buena noticia: “Hemos visto al Señor”; son todo misericordia. Y Jesús, más que afearle su incredulidad, invita a Tomás a que, tal como este quería, vea y toque sus llagas. Al fin, -no podía ser de otra manera- el discípulo díscolo se rinde al Maestro: “Señor mío y Dios mío”. Fácil a la duda, fácil a creer.

3.- Vida
¿Quién de nosotros no necesita esta presencia del Resucitado en su vida? Sólo él puede cambiarnos, hacernos más buenos, más llenos de confianza en él. Si él está junto a nosotros, también nos tocará su paz, su alegría, su Espíritu, su perdón. Si él está con nosotros, también nosotros seremos hombres resucitados. Que la gente note en nuestra vida que seguimos al Resucitado. Que no nos vean agresivos, tristes, pesimistas.
Aprendamos de Jesús y sus discípulos. El aire de caridad y clemencia de todos con Tomás, el incrédulo, puede, también hoy, hacer milagros. Cuántos hombres y mujeres “quieren tocar”, van buscando la verdad de sus vidas, están llenos de porqués. Son corazones sinceros que, al fin, se rinden ante el misterio de Dios. La responsabilidad de nosotros, los creyentes, es muy grande. La arrogancia, la teología del “no”, la dureza de corazón, la palabra juzgadora no podrán nunca llevar a los hombres a Dios.
En definitiva, tenemos claro que nuestro criterio y norma de vida solamente puede ser Jesús. Jesús crucificado y resucitado. La estrategia de “cerrar las puertas”, y obrar desde el miedo o estar a la defensiva, desemboca en la amargura y en la esterilidad. En esta hora, la Iglesia necesita el “aliento” pascual de Jesús: más ánimos, más esperanza, más audacia. Abrir, y no “cerrar puertas por miedo”. En el corazón de Dios no cabe la muerte, sólo la vida.
Y porque hoy comenzamos el Mes de Mayo, dedicado a María Madre, porque es el “Día de la Madre”, junto a Jesús sentimos a la Madre del Resucitado.
Igual que nuestros mayores, en el momento de la Consagración, repetiremos la invocación del apóstol: “Señor mío y Dios mío”. Y, al volver a nuestra vida cotidiana, podremos exclamar, como los discípulos: “Hemos visto al Señor”.

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Encuentros con la Palabra: “No seas incrédulo; ¡cree!”


Segundo domingo de Pascua – Ciclo A (Juan 20, 19-31) – 1 de mayo de 2011

En alguna parte leí la historia de un montañista que, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía, después de años de preparación. Quería la gloria sólo para él, por lo tanto subió sin compañeros. Empezó a subir y se le fue haciendo tarde, y no se preparó para acampar, sino que siguió subiendo, decidido a llegar a la cima. Oscureció, la noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña; ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes. Subiendo por un acantilado, a solo cien metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires... Bajaba a una velocidad vertiginosa; solo podía ver veloces manchas cada vez más oscuras que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos de la vida; pensaba que iba a morir; sin embargo, de repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo parte en dos... Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura. En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedó más que gritar: «¡Ayúdame, Dios mío!»

De repente una voz grave y profunda de los cielos le contesta: –«¿Qué quieres que haga, hijo mío?» –«¡Sálvame, Señor!» –«¿Realmente crees que puedo salvarte?» –«Por supuesto, Señor». –«Entonces, corta la cuerda que te sostiene...» Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda... y no se soltó como le indicaba la voz. Cuenta el equipo de rescate que al otro día encontraron colgado a un alpinista congelado, muerto, agarrado con fuerza, con las manos a una cuerda... a tan solo dos metros del suelo...

La duda mata, dice la sabiduría popular. Y para demostrarlo, basta ver una gallina tratando de cruzar una carretera por la que transitan camiones con más de diez y ocho llantas... El Evangelio que nos propone la liturgia del Segundo domingo de Pascua nos muestra a un Tomás exigiendo pruebas y señales claras para creer: “Tomás, uno de los doce discípulos, al que llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Después los otros discípulos le dijeron: – Hemos visto al Señor. Pero Tomás contestó: – Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mi dedo en ellas y mi mano en su costado, no lo podré creer”. Seguramente, muchas veces en nuestra vida hemos dicho palabras parecidas a Dios. Este domingo tenemos una buena oportunidad para revisar la confianza que tenemos en el Señor.

Cuando el Señor volvió a aparecerse en medio de sus discípulos, llamó a Tomás y le dijo: – Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado...” Será necesario que el Resucitado nos diga «¡No seas incrédulo sino creyente!» o, por el contrario, seremos merecedores de esa bella bienaventuranza que dice: «Dichosos los que creen sin haber visto». Sinceramente, preguntémonos: ¿Dónde tenemos puesta nuestra confianza? ¿Dónde está nuestra seguridad? ¿Estamos llenos de dudas que nos van matando? ¿Qué tanto confiamos en la cuerda que nos sostiene en medio del abismo?

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

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II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31) - Ciclo A: Es de noche

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Qué es la Pascua hoy



La costumbre tiende a situar los hechos en una esfera inaccesible. Una esfera situada en el pasado, con cierto impacto emocional en el presente, pero con escaso contenido transformador. Algo así, creo, nos sucede a los cristianos con la celebración de la Semana Santa. A fuerza de repetirla, lavamos su contenido.

En este tiempo, los cristianos recordamos, es decir que hacemos memoria y a lo mejor también –siguiendo la etimología del concepto re–cordare – pasamos nuevamente por el corazón. Pero, por lo general. la cosa queda ahí. Recordamos, pero no revivimos, no reactualizamos.

La celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús no es un hecho pasado. La fe de la Iglesia afirma que celebrar es reactualizar. Por lo tanto, celebramos de verdad si otra vez hacemos presente el hecho.

¿Es posible? ¿Cómo podemos hacernos presentes en Palestina en el siglo I? ¿Es eso posible? Ciertamente no. No se trata de eso.

Lo que sí es posible es hacernos presentes a la pasión y muerte del Cristo real, que sufre hoy en los “cristos” contemporáneos: aquellos que cargan con la pesada cruz de la opresión y la exclusión; los postergados en las largas colas de los hospitales públicos; los que no entienden los edictos judiciales y no saben cómo lidiar con su propio miedo de perderlo todo; los que mendigan en pos de un trabajo digno; los que son postergados a la hora del reparto; los engañados y traicionados por sus dirigentes.

Hoy también Cristo es traicionado por los Judas contemporáneos que lo abandonan en su pobreza y sus necesidades; es condenado por la incuria y comodidad de los nuevos Pilatos que, desde el poder político, se lavan las manos cuando podrían poner sus manos a la obra para evitarle la cruz.

También hoy las personas religiosas –y los líderes religiosos– tenemos la misma tentación de mirar para otro lado o condenar prejuiciosamente al inocente.

Hoy, Cristo sigue padeciendo. También cerca nuestro, en nuestras historias familiares, en los suburbios de nuestras biografías personales. Cristo sufre en el que sufre. Y es tiempo de acompañarlo, no sólo ayudándolo a cargar con su pesada cruz, sino también luchando para bajarlo de la cruz. Para que la injusticia no triunfe. Para que los que no tienen voz encuentren en nosotros un eco, una palabra, una presencia amiga que los ayude a decir sus palabras.

También hay resurrección.

Cristo comienza a resucitar en el amor que se comparte, en la solidaridad que se hace esperanza para los que cargan cruces demasiado pesadas para sus fuerzas. La resurrección es el triunfo del amor de Dios sobre el egoísmo humano.

El sufrimiento humano no es voluntad de Dios, menos aún de la de su Hijo. El sufrimiento de Jesús es consecuencia de la injusticia del poder político y de la intolerancia del poder religioso.

Al afrontar con amor ese rechazo de los suyos, Jesús asume el rechazo de todo ser humano que se siente expulsado o abatido por la intolerancia y las componendas del poder, que se defiende a sí mismo y da la espalda a los inocentes.

El mensaje de su vida –Dios es Padre de todos sin distinción y, por lo tanto, todos somos hermanos– viene a denunciar aquello que está en la base de toda opresión: la ruptura de la fraternidad entre los seres humanos. Naturalmente, por eso Jesús es condenado por hereje (la condena del Sanedrín) y por activista político (la condena de Pilatos).

Esta semana puede ser santa de verdad si revivimos más que recordamos. Si la memoria se hace vida, si nos anima a luchar para solidarizarnos más con los “cristos” reales que hoy sufren, silenciosos a veces, otras veces más ruidosos. Porque la cruz pesa y duele.

Tal vez será más santa esta semana si nos acercamos unos a otros y somos capaces de ver la cruz detrás del hombre.

La resurrección nos encontrará seguramente en el camino junto con otros cuando nos abramos al amor y descorramos la pesada piedra del egoísmo, los prejuicios y la propia comodidad.

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