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domingo, 26 de junio de 2011

EL GRAN SERVICIO DE LOS POBRES


"Yo les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras.”
(Lc 19, 40)

Si el cuerpo no sintiera el dolor y si no pudiera gemir, llorar o gritar, sería una catástrofe. No nos enteraríamos de la enfermedad, nos despreocu-paríamos y moriríamos como moscas.

Pues bien, en el gran cuerpo de la sociedad, no hay enfermedad más grave que la pobreza. Si los pobres soportan el peso y el dolor de la pobreza sin quejarse, sin protestar, sin decir una palabra, la sociedad está en peligro de morir. Por eso, hoy como ayer, del grito de los pobres depende el futuro del mundo.

La paz y, por ende, la vida del mundo penden de ese grito y de la respuesta que el mundo le dé. El grito de los pobres es el mayor servicio que se pueda prestar a la humanidad. Acallarlo con caramelos, promesas que nunca se cumplen, o con alicientes que fomentan dependencia, parasitismo y mendicidad es un crimen.

¿Cuánto tiempo podrá seguir avanzando todavía la humanidad con toda la injusticia que le machaca el cuerpo? ¿Quiénes pueden promover mejor la justicia, la libertad y la paz que los que están más cruelmente desprovistos de ellas?

Desgraciadamente, ellos son los que menos hablan, cansados tal vez de no ser escuchados. Con todo, es necesario que su grito nos taladre los oídos y nos atraviese el corazón para que despertemos. Para la humanidad entera es cuestión de vida o muerte.

Pero es necesario también que los pobres sepan soñar, ya que el sueño es la otra gran fuerza capaz de curar al mundo enfermo y transformarlo en un maravilloso jardín donde todos los hombres y las mujeres puedan finalmente compartir con paz y alegría los mismos derechos en igualdad y libertad.

Los pobres de la tierra son los grandes profetas de la tierra: llevan en su cuerpo el mundo que debe morir y en su corazón el que debe nacer.

Y para los que no lo saben, la vieja Biblia –de una actualidad más acuciante que nunca– es, desde una tapa a la otra, la voz del pobre, su grito, su sueño, su esperanza y sus triunfos. La Biblia es el libro de los pobres que, desde la sangre de Abel hasta el grito desesperado del Crucificado del Calvario, golpea la conciencia humana para que despierte y comprenda que la salud, la salvación, o sea el bienestar, la paz y el futuro de la humanidad son absolutamente inseparables del trato que la misma humanidad le está reservando al pobre.



Eloy Roy
http://todoelmundovaalcielo.blogspot.com/

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¿De quién son las iglesias?



Estoy en Arantzazu. Aquí siguen sus fieles moradores de siempre: la peña, el haya y el espino, y a menudo, como hoy, también la niebla. Y las golondrinas bienvenidas de cada primavera, con sus nidos de barro colgados en los voladizos del santuario: aquí nacieron y aquí han vuelto, y las que ahora están naciendo también volverán. Aquí siguen cantando en el fondo de la niebla el tordo y el mirlo, el zarcero y el pinzón, y el reyezuelo que interpreta a Paganini. Ahí sigue, arriba a la vera del camino viejo, la ermita de Santo Cristo, donde los peregrinos han descansado durante siglos desahogando sus penas ante el Herido, antes de bajar a la iglesia. Aquí está la basílica, un inmenso nido de golondrinas, con su infinita calma, con su penumbra transfigurada.
Aquí están mis hermanos franciscanos, con un año más y la misma bondad de siempre, y con sus miedos y contradicciones, las de todos. Uno de ellos me ha preguntado: “¿De qué vas a escribir esa semana?”. “Pues no sé muy bien, quizá sobre las iglesias de nuestros pueblos y las ermitas de nuestros montes: de quién son las iglesias, las ermitas, las casas parroquiales; si han de ser del obispo o del pueblo que las hizo…”. “¡Oh! Es un tema vidrioso. No escribas sobre eso”. Pero esas palabras de mi hermano franciscano han acabado de decidirme a escribir sobre el tema. Sí que es un tema vidrioso, pero todos los temas lo son, y no pretendo dictar verdades, sino expresar opiniones y, si se diera el caso, hacer pensar.
Amo las iglesias, y sobre todo las ermitas. En las tardes de domingo, en Arroa, me gusta subir andando, por una carreterita solitaria y empinada, flanqueada de encinas, hasta la ermita de San Lorente; está rodeada de fresnos y acacias, en medio de una explanada verde, con la entrada abrigada por un porche bajo, con sus ventanitas desiguales, indicios de alguna ermita de otros tiempos, con una campana de bronce en el arco de la espadaña, testigo de todos los tiempos. Esta capilla y su entorno me cautivan.
Al llegar, me siento impulsado a ponerme de rodillas y rezar –¡qué cosa más natural!– abrazado a la vieja puerta de madera desgastada, y de los siglos y del corazón acude a mis labios aquella oración que rezaba san Francisco en la ermita de San Damián a las afueras de Asís: “Oh alto y glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón…”. Me da pena que un domingo por la tarde ese lugar tan bello y sagrado, tan lleno de paz, esté cerrado con llave, y que me deba conformar con asomarse justo por la rendija de la puerta a la penumbra y al misterio, pero tal vez así sea mejor, para no invadir. Ya es mucho poder estar en el umbral abrazado a la vieja puerta.
Es hermoso rodear luego la ermita y, por detrás de ella, contemplar Zumaia y entrar en sus entrañas siguiendo el curso de las dos rías, el Narrondo y el Urola, y perderse más allá en el mar hasta el otro lado del mundo. A la derecha, a media altura, se levanta la imponente iglesia de San Miguel de Artadi, en medio de unas pocas casas y de algunos caseríos diseminados. Bajo por el mismo camino por el que he subido y, al bajar, veo alzarse en la ladera de enfrente, en Arroa Goia, en medio de media docena de casas y caseríos, otra iglesia enorme, digo enorme en proporción al lugar.
Así, de capital en capital, de aldea en aldea, de colina en colina, podríamos recorrer toda la geografía peninsular, sembrada de humildes ermitas o de magníficas catedrales. Son símbolos de otros tiempos, tan cercanos y tan distintos, en que todo el pueblo se reunía en esos hermosos templos para aliviar las penas, para alegrar el alma, para seguir viviendo, porque no solo de pan vive el hombre, ni entonces ni ahora. Todo era en aquellos tiempos tan ambiguo como en los nuestros. Con sus manos y sus tributos, aquellas gentes construían lujosos edificios de mármol para Dios y confortables casas de piedra para el clero, mientras ellos no poseían más que chozas miserables de barro, como las golondrinas.
Y lo hacían para dar gloria a Dios, pero también porque no se les ofrecía otra manera de darse a sí mismos un poco de gloria y dignidad, o porque no se les permitía tener otra imagen de Dios que la imagen y semejanza de quienes les oprimían, queriéndolo o sin querer. Y aquella gente pensaba que honrando al clero honraban a Dios, porque así se lo había enseñado el clero. Estaban ciertamente orgullosos de sus templos, pero su orgullo era también un triste reflejo de la profunda humillación que padecían sin saber.
No sé. Todo es tan equívoco. A mí me conmueven las ermitas, y no quiero dejar de subir a San Lorente los domingos por la tarde, pero tampoco puedo disimular todas esas dudas. Y hoy no quiero callar una pregunta crucial: ¿De quién son estos templos, hoy casi vacíos? No son de Dios, que nunca los necesitó ni le importa que hoy se vacíen, porque solo le importa la Vida. Los construyó la pobre gente porque los necesitaba, cuando todo el pueblo era cristiano, o porque así lo habían decidido o porque así se lo habían impuesto. Todos nosotros somos sus hijos. ¿A quién pertenecen, pues, ahora que están vacíos? ¿Y de quién son esas magníficas casas parroquiales construidas en piedra de sillería, ahora que ya no hay clero que las ocupe o ahora que el pueblo en su inmensa mayoría no las quiere para el clero?
Hago estas preguntas porque es sabido que los responsables de muchas curias diocesanas están moviendo sigilosa y eficazmente los hilos para hacerse con los títulos de propiedad de estos templos y casas, y así poder venderlas al mejor postor o que las puedan vender sus sucesores. Me parece muy grave. Es una rapiña, indigna de la Iglesia de Jesús. Es un atentado contra el culto en espíritu y en verdad que Jesús nos legó. Es un fraude contra el erario público, contra la ciudadanía con cuyos impuestos se siguen conservando esos templos y esas cosas. Es una ofensa contra la memoria de la pobre gente que en otros tiempos construyeron esos templos y esas casas para Dios o para sí, para seguir viviendo, pero de ningún modo para enriquecer al clero.
Por supuesto, no estoy en contra –muy al contrario– de que los cristianos sigamos utilizando los templos heredados de nuestros antepasados y nos reunamos en ellos cada domingo para celebrar la vida. No es eso. Me refiero a las ermitas, las iglesias y las casas parroquiales que van quedando vacías. Fueron del pueblo, y pienso que han de volver al pueblo y que el pueblo ha de disponer de ellas para cultivar la vida de la manera que le parezca más oportuna. Lo que construyeron entre todos y para todos, y que aún hoy se sigue conservando y restaurando con subvenciones públicas, es decir, con dinero de todos, ha de volver a ser de todos.
Es más: yo propondría que, al igual que en todos los pueblos hay cines y casas de cultura y jardines cuidados, en todos los pueblos hubiera también una especie de ermitas urbanas, enteramente laicas y aconfesionales, unos espacios de calma, cuidados y bellos, para que la gente, cualquier gente de cualquier convicción, se recoja allí, como las golondrinas en sus nidos, para descansar y desahogarse, para gozar o llorar en silencio, para respirar mejor.
Y bien podrían servir para ello nuestros templos cristianos, algunos al menos. Sin duda, aquellos que están vacíos. Pero también muchos de los que solo se utilizan los domingos. ¿Por qué no podrían transformarse en espacios públicos compartidos con otras religiones o movimientos espirituales? ¿O por qué no podrían reconvertirse para todos los que quieran, creyentes o no, en ermitas laicas o lugares de paz? Todo menos el pillaje eclesiástico que ya está en marcha.
José Arregi


Para orar

Han penetrado las sombras.
Han salido las estrellas.
Los pájaros se han ido a dormir.
La noche abraza la mitad silenciosa de la tierra.
Un vagabundo, un pobre caminante
con los pies cubiertos de polvo,
baja por un camino nuevo:
un Dios sin techo, perdido en la noche,
un Dios sin papeles, sin identificación, sin número,
un extranjero frágil y desechable,
yace desolado bajo las dulces estrellas del mundo,
esperando a dormirse.

(William Ernest Henley, poeta inglés, 1849-1903)

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Evangelio Misionero del Día: 27 de Junio de 2011 - XIII Semana del Tiempo Ordinario


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 8, 18-22

Al verse rodeado por la multitud, Jesús mandó a sus discípulos que cruzaran a la otra orilla. Entonces se aproximó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde vayas».
Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza».
Otro de sus discípulos le dijo: «Señor, permíteme que vaya antes a enterrar a mi padre».
Pero Jesús le respondió: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».

Compartiendo la Palabra
Por Dominicos.org

Compartimos la Palabra

“Su misericordia es eterna”

Si hay algo que Jesús nos revela con claridad es que Dios no es un Dios justiciero sino un Dios misericordioso y que su “misericordia es eterna”. En el pasaje de la primera lectura, vemos a Abrahán, por causa del pecado de Sodoma y Gomorra, dialogando de tú a tú con el Señor, implorando su misericordia. Aleccionador este diálogo aparentemente matemático y rebosante de ternura hacia inocentes y culpables. Una vez más no podemos quedarnos en el Antiguo Testamento. Debemos llegar hasta Cristo Jesús, el que prefiere “la misericordia al sacrificio”, el que “ha venido a llamar a los pecadores y no a los justos”, el que nos asegura que “en el cielo habrá más alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan de penitencia”. Nuestro Dios es un Dios misericordioso y no justiciero.

Seguir a Jesús

Duras parecen, a primera vista, las palabras de Jesús en el evangelio de hoy. Vistas en unión con el resto de sus palabras, su enseñanza es clara: quien acepte su invitación lo tiene que hacer de manera radical. Toda su persona, sin dejar ninguna zona, debe decidirse por Jesús durante 24 horas al día y durante 365 días al año. Quien toma esta decisión no lo hace obligado, sino después de haber descubierto a Jesús como el tesoro de su vida, como el que nos ofrece mucho más que lo que le podemos dar, como el que llena nuestro corazón de vida y de alegría abundantes. Las únicas renuncias que nos pide son las que nos apartan de su camino, de ese camino que nos lleva a la felicidad tan deseada.

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Lecturas y Liturgia de las Horas: 27 de Junio de 2011


SEMANA XIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Lectura del libro del Génesis 18, 1-2a. 16-33

El Señor se apareció a Abraham junto al encinar de Mamré, mientras él estaba sentado a la entrada de su carpa, a la hora de más calor. Alzando los ojos, divisó a tres hombres que estaban parados cerca de él.
Después de recibirlos, los hombres salieron y se dirigieron hacia Sodoma, y Abraham los acompañó para despedirlos.
Mientras tanto, el Señor pensaba: «¿Dejaré que Abraham ignore lo que ahora voy a realizar, siendo así que él llegará a convertirse en una nación grande y poderosa, y que por él se bendecirán todas las naciones de la tierra? Porque Yo lo he elegido para que enseñe a sus hijos, y a su familia después de él, a mantenerse en el camino del Señor, practicando lo que es justo y recto. Así el Señor hará por Abraham lo que ha predicho acerca de él».
Luego el Señor añadió: «El clamor contra Sodoma y Gomorra es tan grande, y su pecado tan grave, que debo bajar a ver si sus.acciones son realmente como el clamor que ha llegado hasta mí. Si no es así, lo sabré».
Dos de esos hombres partieron de allí y se fueron hacia Sodoma, pero el Señor se quedó de pie frente a Abraham. Entonces Abraham se le acercó y le dijo: «¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya en la ciudad cincuenta justos. ¿Y Tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti hacer semejante cosa! ¡Matar al justo juntamente con el culpable, haciendo que los dos corran la misma suerte! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no va a hacer justicia ?»
El Señor respondió: «Si encuentro cincuenta justos en la ciudad de Sodoma, perdonaré a todo ese lugar en atención a ellos».
Entonces Abraham dijo: «Yo, que no soy más que polvo y ceniza, tengo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor. Quizá falten cinco para que los justos lleguen a cincuenta. Por esos cinco ¿vas a destruir toda la ciudad?»
«No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco», respondió el Señor.
Pero Abraham volvió a insistir: «Quizá no sean más que cuarenta» .
Y el Señor respondió: «No lo haré por amor a esos cuarenta».
«Por favor, dijo entonces Abraham, que mi Señor no lo tome a mal si continúo insistiendo. Quizá sean solamente treinta».
Y el Señor respondió: «No lo haré si encuentro allí a esos treinta» .
Abraham insistió: «Una vez más, me tomo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor. Tal vez no sean más que veinte».
«No la destruiré en atención a esos veinte», declaró el Señor. «Por favor, dijo entonces Abraham, que mi Señor no se enoje si hablo por última vez. Quizá sean solamente diez».
«En atención a esos diez, respondió, no la destruiré».
Apenas terminó de hablar con él, el Señor se fue, y Abraham regresó a su casa.

Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL 102, 1-4. 8-11

R. ¡El Señor es bondadoso y compasivo!

Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas
y sana todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
no acusa de manera inapelable
ni guarda rencor eternamente. R.

No nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas.
Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
así de inmenso es su amor por los que lo temen. R.


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 8, 18-22

Al verse rodeado por la multitud, Jesús mandó a sus discípulos que cruzaran a la otra orilla. Entonces se aproximó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde vayas».
Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza».
Otro de sus discípulos le dijo: «Señor, permíteme que vaya antes a enterrar a mi padre».
Pero Jesús le respondió: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».

Palabra del Señor.

LITURGIA DE LAS HORAS
TIEMPO ORDINARIO
LUNES DE LA SEMANA XIII
De la feria - Salterio I

27 de junio

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Entremos a la presencia del Señor dándole gracias.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Himno: DEJADO YA EL DESCANSO DE LA NOCHE

Dejado ya el descanso de la noche,
despierto en la alegría de tu amor,
concédeme tu luz que me ilumine
como ilumina el sol.

No sé lo que será del nuevo día
que entre luces y sombras viviré,
pero sé que, si tú vienes conmigo,
no fallará mi fe.

Tal vez me esperen horas de desierto
amargas y sedientas, mas yo sé
que, si vienes conmigo de camino,
jamás yo tendré sed.

Concédeme vivir esta jornada
en paz con mis hermanos y mi Dios,
al sentarnos los dos para la cena,
párteme el pan, Señor.

Recibe, Padre santo, nuestro ruego,
acoge por tu Hijo la oración
que fluye del Espíritu en el alma
que sabe de tu amor. Amén.

SALMODIA

Ant. 1. A ti te suplico, Señor; por la mañana escucharás mi voz.

Salmo 5 - ORACIÓN DE LA MAÑANA DE UN JUSTO PERSEGUIDO

Señor, escucha mis palabras,
atiende a mis gemidos,
haz caso de mis gritos de auxilio,
Rey mío y Dios mío.

A ti te suplico, Señor;
por la mañana escucharás mi voz,
por la mañana te expongo mi causa,
y me quedo aguardando.

Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia.

Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor.

Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
con toda reverencia.

Señor, guíame con tu justicia,
porque tengo enemigos;
alláname tu camino.

En su boca no hay sinceridad,
su corazón es perverso;
su garganta es un sepulcro abierto,
mientras halagan con la lengua.

Que se alegren los que se acogen a ti,
con júbilo eterno;
protégelos, para que se llenen de gozo
los que aman tu nombre.

Porque tú, Señor, bendices al justo,
y como un escudo lo rodea tu favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. A ti te suplico, Señor; por la mañana escucharás mi voz.

Ant. 2. Alabamos, Dios nuestro, tu nombre glorioso.

Cantico: SOLO A DIOS HONOR Y GLORIA 1Cro 29,10-13

Bendito eres, Señor,
Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos.

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra,
tú eres rey y soberano de todo.

De ti viene la riqueza y la gloria,
tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos.

Por eso, Dios nuestro,
nosotros te damos gracias,
alabando tu nombre glorioso.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Alabamos, Dios nuestro, tu nombre glorioso.

Ant. 3. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

Salmo 28 - MANIFESTACIÓN DE DIOS EN LA TEMPESTAD.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas,
el Dios de la gloria hace oír su trueno,
el Señor sobre las aguas torrenciales.

La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica,
la voz del Señor descuaja los cedros,
el Señor descuaja los cedros del Líbano.

Hace brincar al Líbano como a un novillo,
al Sarión como a una cría de búfalo.

La voz del Señor lanza llamas de fuego,
la voz del Señor sacude el desierto,
el Señor sacude el desierto de Cadés.

La voz del Señor retuerce los robles,
el Señor descorteza las selvas.
En su templo un grito unánime: ¡Gloria!

El trono del Señor está encima de la tempestad,
el Señor se sienta como rey eterno.
El Señor da fuerza a su pueblo,
el Señor bendice a su pueblo con la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

LECTURA BREVE 2Ts 3, 10b-13

Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado que hay entre vosotros algunos que viven desconcertados, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A éstos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan. Vosotros, hermanos, no os canséis de hacer el bien.

RESPONSORIO BREVE

V. Bendito el Señor ahora y por siempre.
R. Bendito el Señor ahora y por siempre.

V. Solo él hizo maravillas.
R. Ahora y por siempre.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Bendito el Señor ahora y por siempre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Bendito sea el Señor, Dios nuestro.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Bendito sea el Señor, Dios nuestro.

PRECES

Proclamemos la grandeza de Cristo, lleno de gracia y del Espíritu Santo, y acudamos a él diciendo:

Concédenos, Señor, tu Espíritu.

Concédenos, Señor, un día lleno de paz, de alegría y de inocencia
para que, al llegar a la noche, podamos alabarte con gozo y limpios de pecado.

Que baje hoy a nosotros tu bondad
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Muéstranos tu rostro propicio y danos tu paz
para que durante todo el día sintamos cómo tu mano nos protege.

Mira con bondad a cuantos se han encomendado a nuestras oraciones
y enriquécelos con toda clase de bienes.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Terminemos nuestra oración con la plegaria que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Tu gracia, Señor, inspire nuestras obras, las sostenga y acompañe; para que todo nuestro trabajo brote de ti, como de su fuente, y tienda a ti, como a su fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.


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VÍSPERAS
Oración de la tarde

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LIBRA MIS OJOS DE LA MUERTE.

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz, que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva,
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Haz que mi pie vaya ligero.
Da de tu pan y de tu vaso
al que te sigue, paso a paso,
por lo más duro del sendero.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo.
¡Tantos me dicen que estás muerto!
Y entre la sombra y el desierto
dame tu mano y ven conmigo. Amén

SALMODIA

Ant. 1. El Señor se complace en los justos.

Salmo 10 - EL SEÑOR ESPERANZA DEL JUSTO

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo detesta.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. El Señor se complace en los justos.

Ant. 2. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Salmo 14 - ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Ant. 3. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN - Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE Col 1, 9b-11

Llegad a la plenitud en el conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. Así caminaréis según el Señor se merece y le agradaréis enteramente, dando fruto en toda clase de obras buenas y creciendo en el conocimiento de Dios. Fortalecidos en toda fortaleza, según el poder de su gloria, podréis resistir y perseverar en todo con alegría.

RESPONSORIO BREVE

V. Sáname, porque he pecado contra ti.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
R. Porque he pecado contra ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Favorece a tu pueblo, Señor.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos:
para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
que encuentren en ti, Señor, su verdadera felicidad.

Muestra tu amor a los agonizantes:
que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Ten piedad de los que han muerto
y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó Cristo:

Padre nuestro...

ORACIÓN

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.


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COMPLETAS
(Oración antes del descanso nocturno)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Hermanos, habiendo llegado al final de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos sinceramente nuestros pecados.

Yo confieso ante Dios todopoderoso
y ante vosotros, hermanos,
que he pecado mucho
de pensamiento, palabra, obra y omisión:
por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Por eso ruego a santa María, siempre Virgen,
a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos,
que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

V. El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Himno: CUANDO LA LUZ DEL SOL ES YA PONIENTE

Cuando la luz del sol es ya poniente,
gracias, Señor, es nuestra melodía;
recibe, como ofrenda, amablemente,
nuestro dolor, trabajo y alegría.

Si poco fue el amor en nuestro empeño
de darle vida al día que fenece,
convierta en realidad lo que fue un sueño
tu gran amor que todo lo engrandece.

Tu cruz, Señor, redime nuestra suerte
de pecadora en justa, e ilumina
la senda de la vida y de la muerte
del hombre que en la fe lucha y camina.

Jesús, Hijo del Padre, cuando avanza
la noche oscura sobre nuestro día,
concédenos la paz y la esperanza
de esperar cada noche tu gran día. Amén.

SALMODIA

Ant. Tú, Señor, eres clemente y rico en misericordia.

Salmo 85 - ORACIÓN DE UN POBRE ANTE LAS DIFICULTADES.

Inclina tu oído, Señor; escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva a tu siervo, que confía en ti.

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti;

porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica.

En el día del peligro te llamo,
y tú me escuchas.
No tienes igual entre los dioses, Señor,
ni hay obras como las tuyas.

Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios.»

Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad;
mantén mi corazón entero
en el temor de tu nombre.

Te alabaré de todo corazón, Dios mío;
daré gloria a tu nombre por siempre,
por tu grande piedad para conmigo,
porque me salvaste del abismo profundo.

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí,
una banda de insolentes atenta contra mi vida,
sin tenerte en cuenta a ti.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.

Da fuerza a tu siervo,
salva al hijo de tu esclava;
dame una señal propicia,
que la vean mis adversarios y se avergüencen,
porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Tú, Señor, eres clemente y rico en misericordia.

LECTURA BREVE 1Ts 5, 9-10

Dios nos ha puesto para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, para que, velando o durmiendo, vivamos junto con él.

RESPONSORIO BREVE

V. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

V. Tú, el Dios leal, nos librarás.
R. Te encomiendo mi espíritu.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

CÁNTICO DE SIMEÓN Lc 2, 29-32

Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos

luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén

Ant. Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz.

ORACIÓN

OREMOS,
Concede, Señor, a nuestros cuerpos fatigados el descanso necesario, y haz que la simiente del reino que con nuestro trabajo hemos sembrado hoy crezca y germine para la cosecha de la vida eterna. Por Cristo nuestro Señor.
Amén

BENDICIÓN

V. El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una santa muerte.
R. Amén.

ANTÍFONA FINAL DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra,
Dios te salve.

A ti llamamos los desterrados hijos de Eva,
a ti suspiramos , gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.

¡Oh clemente, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!

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DARSE A LOS DEMÁS, SIN TRUCOS DE MAGIA


Por Fray Marcos
Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A

La eucaristía es una realidad muy profunda y compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tal vez sea la realidad cristiana más difícil de comprender y de explicar. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su verdadera riqueza.

Para que veáis que no exagero, voy a contar dos anécdotas que me han sucedido en mi relación con dos representantes de la jerarquía.

El primero me dice: “te exigimos que no metas ninguna morcilla en la celebración de la eucaristía”. Todos sabéis lo que es un “morcilla”, además de un embutido, claro. El diccionario dice: “añadido que hace por su cuenta el actor de teatro cuando representa un papel”. Da por supuesto que estoy haciendo teatro y lo que se me pide es que represente bien mi papel. No le contesté.

El otro me dice: “tienes que ser como el farmacéutico, que reparte pastillas al cliente sin contarle el proceso del laboratorio”. Aquí si hubo comentario, porque le dije: “la aspirina produce su efecto automáticamente, aunque el paciente no sepa nada del ácido acetilsalicílico; pero la comunión está a años luz de ese pretendido automatismo. Si el comulgante no se entera de lo que está haciendo, no le servirá de nada”.

Lo grave no es que dos vicarios piensen eso de la eucaristía. Lo gravísimo es que todos hemos pensado –y algunos siguen pensando- así de los sacramentos.

Debemos superar muchas visiones raquíticas o erróneas sobre este sacramento.

1º.- La eucaristía no es magia. Claro que ningún cristiano aceptaría que al celebrar una eucaristía estamos haciendo magia. Pero si leemos la definición de magia de cualquier diccionario, descubriremos que le viene como anillo al dedo a lo que la inmensa mayoría de los cristianos pensamos de la eucaristía:

Una persona revestida con ropajes especiales e investida de poderes divinos, realizando unos gestos y pronunciando unas palabras “mágicas”, obliga a Dios a producir un cambio sustancial en una realidad material como es el pan y el vino.

Cuando se piensa y se dice, que en la consagración se produce un milagro, estamos hablando de magia.

Trento afirma: “La Iglesia designa con el término muy adecuado de transubstanciación esta conversión eucarística”. Pero debemos advertir que “substancia” y “accidente” son conceptos metafísicos; no hacen referencia a ninguna realidad física. Además, esos conceptos no se emplean ya nunca con sentido metafísico.

2º.- No debemos confundir la eucaristía con la comunión. La comunión es sólo la última parte del rito y tiene que estar siempre referida a la celebración de una eucaristía. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa y dejar de comulgar, es sencillamente un absurdo. Ir a misa con el único fin de comulgar, sin ninguna referencia a lo que significa el sacramento, sino buscando una religiosidad intimista, es un autoengaño.

Esta distinción entre eucaristía y comunión explica la diferencia de lenguaje entre los sinópticos en la cena y Juan en el discurso del pan de vida que hemos leído. Juan dice hace referencia al alimento, pero fíjate bien, alimentarse lo identifica con, el que cree en mí, el que viene a mí.

3º.- En las palabras de la consagración, “cuerpo” no significa cuerpo; “sangre” no significa sangre. No se trata del sacramento de la carne y de la sangre físicas de Cristo.

Me explico. En la antropología judía, el ser humano no está compuesto por alma y cuerpo (concepción griega). El hombre es una unidad indivisible, pero podemos descubrir en él cuatro aspectos: Hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu.

Hombre-cuerpo, para los judíos del tiempo de Jesús, es el ser humano en cuanto sujeto de relaciones con los demás. El concepto más cercano hoy, sería lo que nosotros llamamos persona. Cuando Jesús dice: “esto es mi cuerpo”, está diciendo: esto soy yo, esto es mi persona, estoy aquí para dejarme comer.

En el caso de la sangre: Para los judíos la sangre era la vida. ¡Ojo! No se trata de que fuese símbolo de la vida. No, era la vida misma. Cuando Jesús dice: “esto es mi sangre, que se derrama”, está diciendo que su vida, no su muerte, está entregada a los demás. Todo lo que él es, está al servicio de todos.

4º.- La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Sólo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó en la última cena y que es lo que significa el sacramento.

Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mateo: “donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

5º.- La comunión nos es un premio para los buenos “que están en gracia”, sino un remedio para los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de celebrar el sacramento.

Cuando más necesitamos el signo del amor de Dios es cuando nos sentimos separados de Él. Hemos llegado al absurdo de dejar de comulgar cuando más lo necesitábamos.

6º.- Lo significado en el pan y el vino no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don. El don de sí mismo que ha manifestado durante toda su vida y que le ha llevado a su plenitud, identificándole con el Padre. Ese es el verdadero significado que yo tengo que hacer mío.

Queda claro que la eucaristía no es un producto más de consumo que me proporciona seguridades a cambio de nada. Podemos oír misa sin que eso nos obligue a nada, pero no se puede celebrar la eucaristía impunemente. No se puede salir de misa lo mismo que se entró, es decir, como si no hubiera pasado nada. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que la he reducido a simple rito folclórico.

7º.-Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que repitamos el significado de lo que acaba de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer... Haced también vosotros esto. Entregad la propia persona y la propia vida a los demás como he hecho yo.

8ª.- los signos de la eucaristía no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino derramado. Durante siglos, se llamó a la eucaristía “la fracción del pan”. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer.

Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, porque Dios es don infinito, entrega total a todos y siempre. Esto tenéis que ser vosotros. Si queréis ser cristianos tenéis que partiros, repartiros, dejaros comer, triturar, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás. Una comunión sin este compromi­so es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.

Todavía es más tajante el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo esto es mi vida que se está derramando, consumiendo, en beneficio de todos.

Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tenéis que hacer vuestra, mi propia vida. Tenéis que vivir la misma vida que yo vivo.

Nuestra vida sólo será cristiana si se derrama, si se consume, en beneficio de los demás. En la Eucaristía estamos confesando que ser cristiano es ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas.

Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que Jesús quiso expresar en la última cena.

Celebrar la eucaristía es comprometerse a ser fermento de unidad, de armonía, de amor, de paz.

La eucaristía es un sacramento. Y los sacramentos ni son milagros ni son magia. El concilio de Trento dice: “Es común a la santísima Eucaristía con los demás Sacramentos, ser símbolo o significación de una cosa sagrada”.

Se produce un sacramento cuando el signo (una realidad que entra por los sentidos) está conectado con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. Esa realidad significada, es lo que nos debe interesar de verdad.

La hacemos presente por medio del signo. No se puede hacer presente de otra manera. Pero las realidades trascendentes, ni se crean ni se destruyen; ni se traen ni se llevan; ni se ponen ni se quitan. Están siempre ahí. Son inmutables y eternas.

La eucaristía concentra todo el mensaje de Jesús.

El ser humano no tiene que salvar su "ego", a partir de ejercicios de piedad sino liberarse del "ego" que es precisamente lo contrarío. Sólo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestro yo individual y egoísta que se cree independiente del resto de la creación.

Imaginad una habitación llena de globos; si los pinchamos todos descubriremos que lo único que marcaba la diferencia, la fina película de caucho coloreado, no era prácticamen­te nada. Todos eran sustancialmente lo mismo, aire, el mismo aire.



Meditación-contemplación


El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
No se trata sólo de comer, sino de asimilar lo comido.
Si como sin asimilar, se producirá indigestión.
Si comulgo y no me identifico con lo que ES Cristo, me engaño.
...................

Si no llego a lo significado, no hay sacramento que valga.
Si me quedo en el signo, no hay contenido espiritual.
Realizado el signo, que entra por los sentidos,
queda por hacer lo importante: descubrir y vivir lo significado.
......................

Jesús dijo con toda claridad: “El que viene a mí, no pasará hambre,
el que me presta su adhesión nunca pasará sed”.
La verdadera comunión no está en el signo
sino en vivir la unidad con Dios y con los demás, como hizo él.
.............................


Fray Marcos

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Evangelio Misionero del Día: 26 de Junio de 2011 - EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (SOLEMNIDAD)

TU PAN NOS LLEVA A LA VIDA

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58

Jesús dijo a los judíos:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente,
y el pan que Yo daré
es mi carne para la Vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede damos a comer su carne?»
Jesús les respondió:
«Les aseguro
que si no comen la carne del Hijo del hombre
y no beben su sangre,
no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene Vida eterna,
y Yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida
y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre
permanece en mí
y Yo en él.
Así como Yo,
que he sido enviado por el Padre que tiene Vida,
vivo por el Padre,
de la misma manera, el que me come
vivirá por mi.
Éste es el pan bajado del cielo;
no como el que comieron sus padres y murieron.
El que coma de este pan vivirá eternamente».

Compartiendo la Palabra
Por José Antonio Pagola

HACER MEMORIA

Jesús creó un clima especial en aquella cena de despedida que compartió con los suyos la víspera de su ejecución. Sabía que era la última. Ya no volvería a sentarse a la mesa con ellos hasta la fiesta final junto al Padre. Quería dejar bien grabado en su recuerdo lo que había sido siempre su vida: pasión por Dios y entrega total a todos.

Esa noche lo vivía todo con tal intensidad que, al repartirles el pan y distribuirles el vino, les vino a decir estas palabras memorables: «Así soy yo. Os doy mi vida entera. Mirad: este pan es mi cuerpo roto por vosotros; este vino es mi sangre derramada por todos. No me olvidéis nunca. Haced esto en memoria mía. Recordadme así: totalmente entregado a vosotros. Esto alimentará vuestras vidas».

Para Jesús, era el momento de la verdad. En esa cena se reafirmó en su decisión de ir hasta el final en su fidelidad al proyecto de Dios. Seguiría siempre del lado de los débiles, moriría enfrentándose a quienes deseaban otra religión y otro Dios olvidado del sufrimiento de la gente. Daría su vida sin pensar en sí mismo. Confiaba en el Padre. Lo dejaría todo en sus manos.

Celebrar la Eucaristía es hacer memoria de este Jesús, grabando dentro de nosotros cómo fue él hasta el final. Reafirmarnos en nuestra opción por vivir siguiendo sus pasos. Tomar en nuestras manos nuestra vida y compromisos para intentar vivirlos hasta las últimas consecuencias.

Celebrar la Eucaristía es, sobre todo, decir como él: «Esta vida mía no la quiero guardar exclusivamente para mí. No la quiero acaparar sólo para mi propio interés. Quiero pasar por esta tierra reproduciendo en mí algo de lo que él vivió. Sin encerrarme en mi egoísmo; contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más humano».

Es fácil hacer de la Eucaristía otra cosa muy distinta de lo que es. Basta con ir a misa a cumplir una obligación, olvidando lo que Jesús vivió en la última cena. Basta con comulgar, pensando sólo en nuestro bienestar interior. Basta con salir de la iglesia sin decidirnos nunca a vivir de manera más entregada.

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ORACIONES para la EUCARISTÍA: LA FIESTA DE LA EUCARISTÍA (Corpus) / QUEJAS DEL SEÑOR


Publicado por Fe Adulta

ANÁFORA

Humildemente, confiadamente, como recomendados de tu hijo Jesús,
nos dirigimos a ti, Dios y Padre nuestro.
Queremos ser conscientes de la trascendencia de nuestras palabras,
porque, aun reconociendo nuestra infinita pequeñez,
creemos que realmente nos escuchas.
Lo primero que queremos decirte, Señor,
es que te agradecemos la vida que nos has dado y disfrutamos.
Sabemos que nos amas más de lo que nuestra mente es capaz de percibir.
Gracias, Padre.
Y aunque no necesites nuestras alabanzas,
queremos demostrarte nuestro cariño y agradecimiento
con este canto de bendición que entonamos juntos todos tus hijos.

Santo, santo…

Verdaderamente es justo y obligado darte las gracias
porque nos has dado como hermano y guía a Jesús de Nazaret.
Estamos reunidos, como tantos otros domingos, alrededor de una mesa,
pero hoy cobra un sentido especial por ser la fiesta solemne de la eucaristía.
Querríamos, Señor y Padre nuestro, recibir ahora una bendición especial tuya,
para que esta celebración nos impacte,
nos ayude a comprender mejor el ejemplo de Jesús
y nos lleve a moldear nuestra mente y a cambiar nuestra actitud.
Queremos ser más conscientes que nunca de su verdadero sentido.
No esperamos en este momento, ningún milagro,
nadie va a pronunciar palabras mágicas.
Sólo estamos rememorando la última cena que celebró Jesús con sus amigos.
Cuando él trató de enseñarles cómo debían entregarse al servicio de los demás
les dejó una imagen gráfica fácil de recordar,
la de un pan partido y repartido en trozos a cada amigo
o la de una copa de vino de la que todos bebieron.

Epíclesis y fracción del pan

Jesús no fue hombre de ritos.
Cuando nos dijo “haced esto en mi memoria”,
no quiso instituir ningún acto de culto,
sino invitarnos a imitar su entrega a los demás.
Este es el significado de lo que acabamos de realizar.
Jesús quiere que recordemos su vida, su muerte y resurrección,
poniendo al servicio de los demás todo lo que somos, nuestra vida.
Celebrar una eucaristía nos incita a comprometernos
a ser fermentos de unidad y de armonía entre los hermanos.
Queremos extender tu Reino,
para que sean verdaderamente felices todos los seres humanos sin excepción.
Te prometemos que este va a ser nuestro principal objetivo en la vida.
Dios Padre que estás en el cielo y en todos nosotros,
te damos gracias una vez más por cuanto haces de continuo
por la comunidad de los creyentes
y por todos los hombres de buena voluntad.
Nos acordamos también de los hermanos y hermanas
que no están ya entre nosotros,
pero que con seguridad disfrutan ya de tu compañía.
Bendito seas, Padre santo, queremos honrarte como mejor sabemos,
y agradecerte que Jesús haya formado parte de nuestra historia.
Por él y en su compañía brindamos con orgullo en tu honor.
AMÉN.

Rafael Calvo Beca

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PRINCIPIO

Alrededor de tu mesa nos reunimos, Padre, tus hijos pecadores,
abrumados por nuestra mediocridad,
pero también hambrientos de tu Palabra y tu Pan.
Gracias, Padre, porque siempre nos comprendes,
nos perdonas, nos invitas a tu mesa.
Por Jesús, tu hijo, nuestro Señor.


OFRENDA

Que nuestro pan y nuestro vino ofrecidos en tu mesa
signifiquen nuestro cuerpo, nuestra sangre, nuestra vida entera.
Queremos que sea como la de Jesús, entregada para la vida de todos.
Por el mismo Jesús, tu hijo, nuestro Señor.


DESPEDIDA

Te damos gracias, Padre, por la Eucaristía que nos regalas.
Gracias por el perdón, por la Palabra, por el Pan y por el Vino.
Gracias sobre todo por tu mejor regalo,
por Jesús, tu Hijo, nuestro Señor.

José Enrique Galarreta

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QUEJAS DEL SEÑOR

Vine a los míos y los míos no me recibieron.
Me hice como uno de ellos y no me conocieron.

Busqué nuevas formas de presencia:
me prolongué en signos visibles,
me quedé en sus templos y en sus casas,
quise estar en el centro de sus encuentros,
pero ellos apenas se dan cuenta.

Me encarné en el pobre y en el que sufre;
quise hacerme presente en sus debilidades:
curar, compartir, acompañar, servir,
ser testigo firme de toda vida, aún de la más débil;
pero ellos se van por otros caminos.

Me ofrecí como alimento –sabroso pan y dulce vino–
pero el banquete les parece insípido y triste.
Me hice palabra buena y nueva,
y ellos la amordazan con leyes y normas.
Les descubrí los manantiales de agua viva,
y vuelven a las pozas y charcas contaminadas.

Tengo cada día una cosecha generosa
de dones y gracias que quiero repartir,
pero nadie la solicita, y me quedo con mis dones.
¡No hay dolor mayor que no poder darse a quien se quiere!

Tal vez equivoqué la estrategia.
Si me hubiera quedado en un lugar solamente,
seguro que todos irían a buscarme y a pedirme.
¡Me tienen al alcance de la mano,
pero ellos prefieren ir a encontrarme
a oscuros y estériles rincones!

A pesar de todo, renuevo mi presencia.
Me quedo con vosotros.
Me quedo en el centro de vuestra vida.
No me busquéis lejos.
Buscadme en lo más profundo de vuestro ser,
en lo más querido de vuestros anhelos,
en lo más importante de vuestras tareas,
en lo más cálido de vuestros encuentros,
en lo más claro de vuestra historia.
Buscadme en el dolor y en la alegría,
siempre en la esperanza y en la vida.

Os espero.


Florentino Ulibarri

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Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A: En todas partes



¡Solemnidad del Corpus! Una de las fiestas más entrañables celebrada por nuestros pueblos.
Y, para empezar, se me ocurre una página encendida de Santa Elisabeth Seton, la primera Santa norteamericana, la estupenda esposa y madre de familia, que, una vez convertida al catolicismo, sentía una devoción muy singular y tierna a la Sagrada Eucaristía. Ya católica, escribía emocionada:
* ¡Jesús! Yo lo encuentro en todas partes, hasta en el aire que respiro. Sí, lo encuentro en todas partes, pero sobre todo en el Santísimo Sacramento, sobre el altar en que se hace actual y realmente presente, igual que mi alma lo está a mi cuerpo...
Jesús está ahí, adonde nosotros podemos ir y donde lo podemos recibir, ¡porque Jesús nos pertenece, es nuestro! ¡Está aquí! ¡Oh pensamiento celestial, oh verdad certísima! Igual que el pan material sacia mi hambre, así este Pan de los ángeles suaviza mis penas, colma mis deseos, me reanima, me alegra, me hace rebosar de felicidad y renueva todo mi ser...
¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! Lo digo por los que invocan este Nombre adorable, pero no quieren llamar a Jesús allí donde Él se encuentra realmente. ¡Pobres de ellos! Lo llaman de lejos, y no lo buscan donde Él mora, en su santo altar.
Quien ha gustado lo dulce que es el Señor en este Sacramento..., quien ha encontrado el Pan que alimenta su alma..., y ha hallado en la Santa Hostia el perdón, la acción de gracias, su esperanza y su refugio..., ése no puede sino entristecerse al contemplar un culto fundado en solo palabras, mientras que nosotros gozamos de Jesús en su propio ser dentro de lo más íntimo de nuestros corazones...*
Yo no sé si encontraríamos palabras más bellas que las de la convertida Santa Elisabeth Seton, una seglar como nosotros, para pensar, meditar y orar en este día del Corpus Christi. Nuestro pueblo cristiano lo celebra con un ardor inusitado. ¡Cómo alfombra las calles para el paso de la Custodia! ¡Con qué entusiasmo que canta al Amor de los amores! ¡Cómo deja deshechos los jardines, despojándoles de sus flores más galanas, para deshojarlas ante el Altar!...
Y todo lo hace porque nuestro pueblo está convencido de la presencia real de Jesucristo entre nosotros. Sabe que esas palabras de Jesús en la Ultima Cena Tomad, comed, que esto es mi Cuerpo, no son un simbolismo, no son una figura, no son un recuerdo del Señor, sino que son la realidad del Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús, y por eso va cantando con pasión divina: ¡Dios está aquí!...
La fiesta del Corpus nos trae una vez más en la celebración de la Misa el Evangelio aquel tan patético, cuando Jesús hubo de enfrentarse con sus oyentes en la sinagoga de Cafarnaúm. No había manera de que se fiaran de Jesús y aceptaran sus palabras tan categóricas y tan serias:
- Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Quien come de este pan vivirá eternamente. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Ignorando el poder de Dios, y sobre todo su amor, no les cabía en la cabeza una promesa tan solemne: - ¡Qué duro es todo esto! ¿Y quién le puede creer?... ¡Ahí se quede solo!... Y solo que se quedó Jesús. Porque los mismos discípulos están preocupados, de modo que Jesús les dice triste:
- ¿También vosotros me queréis dejar?...
Menos mal que Pedro viene con su confesión de fe a resolver una situación tan embarazosa:
- Señor, ¿y a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.
Aquí vemos delineadas las posturas que van a seguir a lo largo de los siglos en torno a la Eucaristía.
* Para unos, esto de que Jesús esté realmente presente en el Sacramento es un imposible. Es una utopía. No pasa de una bonita invención de la Iglesia Primitiva. Así piensan los modernistas, según los cuales aquellos primeros cristianos se imaginaron presente a Jesús en la Fracción del Pan, de lo cual pasaron a creer que allí estaba el Señor...
* Para otros, no es un imposible, porque Dios lo puede todo. Pudo hacerlo, pero no lo hizo: se contentó con dejar el pan como un recuerdo. Así piensan nuestros hermanos separados en las Iglesias protestantes, que aceptan el Sacramento como una memoria del Señor, pero no como una presencia real.
* Para otros para nosotros, católicos, las palabras de Jesús no admiten discusión: lo dijo, lo podía hacer, y lo hizo. De este modo, la Iglesia Católica no cambia nunca de parecer, y dice cuando canta: ¡Dios está aquí! Venid, adoradores, adoremos a Cristo Redentor!... Nosotros cantamos así porque creemos firmemente que Jesucristo está aquí en toda la realidad de su ser divino: con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
¡Señor Jesucristo, Señor Sacramentado! Hoy nos tienes postrados a tus pies. Aquí eres la Víctima del Calvario, que, sin sufrir ni morir de nuevo, nos aplicas todos los frutos de la Redención!
Eres el Pan bajado del Cielo, que nutres nuestra vida de la gracia. Eres en el Sagrario, más que en ninguna otra parte, el Dios-con-nosotros que nunca nos dejas.
Eres para tu Iglesia el lazo más fuerte del amor entre los hermanos, que nos hacemos un solo cuerpo cuando comemos tu Cuerpo y bebemos tu Sangre. ¡Señor Jesucristo, creemos que estás aquí, por los que no creen! ¡Señor Jesucristo, te adoramos! ¡Señor Jesucristo, te amamos! ¡Señor Jesucristo, rodeamos tu mesa para llenarnos de tu vida, cuando comemos tu Pan!
Señor Jesucristo, ¿cuándo comeremos juntos tu Pan todos los que creemos en ti?...

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REAVIVAR LA MEMORIA DE JESÚS


José Antonio Pagola
Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A

La crisis de la misa es, probablemente, el símbolo más expresivo de la crisis que se está viviendo en el cristianismo actual. Cada vez aparece con más evidencia que el cumplimiento fiel del ritual de la Eucaristía, tal como ha quedado configurado a lo largo de los siglos, es insuficiente para alimentar el contacto vital con Cristo que necesita hoy la Iglesia.

El alejamiento silencioso de tantos cristianos que abandonan la misa dominical, la ausencia generalizada de los jóvenes, incapaces de entender y gustar la celebración, las quejas y demandas de quienes siguen asistiendo con fidelidad ejemplar, nos están gritando a todos que la Iglesia necesita en el centro mismo de sus comunidades una experiencia sacramental mucho más viva y sentida.

Sin embargo, nadie parece sentirse responsable de lo que está ocurriendo. Somos víctimas de la inercia, la cobardía o la pereza. Un día, quizás no tan lejano, una Iglesia más frágil y pobre, pero con más capacidad de renovación, emprenderá la transformación del ritual de la Eucaristía, y la jerarquía asumirá su responsabilidad apostólica para tomar decisiones que hoy no nos atrevemos ni a plantear.

Mientras tanto no podemos permanecer pasivos. Para que un día se produzca una renovación litúrgica de la Cena del Señor es necesario crear un nuevo clima en las comunidades cristianas. Hemos de sentir de manera mucho más viva la necesidad de recordar a Jesús y hacer de su memoria el principio de una transformación profunda de nuestra experiencia religiosa.

La última Cena es el gesto privilegiado en el que Jesús, ante la proximidad de su muerte, recapitula lo que ha sido su vida y lo que va a ser su crucifixión. En esa Cena se concentra y revela de manera excepcional el contenido salvador de toda su existencia: su amor al Padre y su compasión hacia los humanos, llevado hasta el extremo.

Por eso es tan importante una celebración viva de la Eucaristía. En ella actualizamos la presencia de Jesús en medio de nosotros. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto de su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento a Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino.

Hemos de escuchar con mas hondura el mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía". En medio de dificultades, obstáculos y resistencias, hemos de luchar contra el olvido. Necesitamos hacer memoria de Jesús con más verdad y autenticidad.

Necesitamos reavivar y renovar la celebración de la Eucaristía.

"Haced esto en memoria mía". Pásalo.

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PAN Y VINO PARA LA VIDA DE TODOS


Por José Enrique Galarreta
Domingo del Corpus Christi (Jn 6. 51-58) - Ciclo A

Es parte del discurso del Pan de Vida. Jesús se presenta como el Pan Vivo bajado del Cielo, es decir, el Alimento del Espíritu.

Se está hablando pues de la más profunda comunión que puede existir entre dos seres, la participación de la misma vida. De la misma manera que el alimento se hace carne y sangre del que lo toma, así nuestra comunión con El.

La entrega de Dios a los hombres toma forma en el cuerpo y la sangre de Jesús. Veneramos su Cuerpo y su Sangre por encima de todo porque en ellos comprobamos la Encarnación, la prueba suprema del amor de Dios: "Tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo Único".

¡TENEMOS FOTOS DE DIOS!

Por encima de todas las especulaciones, más allá de toda filosofía, más allá de toda teología por muy docta y santa que sea, lo más bello, lo más importante, lo más profundamente positivo de las fiestas que estamos celebrando, la Trinidad, el Corpus, es que conocemos a Dios y esto cambia de arriba abajo nuestra vida.

Moisés en la tienda del encuentro, la Morada, quería ver su rostro. Y Felipe le pedía a Jesús “muéstranos al Padre y esto nos basta”. Jesús le corrige “lo que te basta es que me has visto…” y no necesitas ver nada más.

Pero no conocen simplemente su rostro, conocen su corazón, y eso sí que nos basta: conocemos el corazón de Jesús, capaz de con-padecer, capaz de decir la verdad a cualquier precio, capaz de comprometerse, capaz de ir hasta el final por cualquiera, por todos. Y ahí conocemos el corazón de Dios.

Aquellos, los testigos, tuvieron el don de ver con los ojos, palpar de cerca ese corazón, quedar fascinados, ser capaces de reconocer en él a Dios. Nosotros lo podemos ver a través de los evangelios, a través de los mejores de la Iglesia…

Pero hay más, mucho más. Cuando Jesús se estaba despidiendo, como hacemos cuando nos despedimos, nos dejó su foto, una foto dedicada: el pan y el vino, que no son la foto de su cara, de sus barbas, de sus ojos, sino la foto de su corazón y la dedicatoria: “haced esto en mi recuerdo”.

Esa foto no es de papel: es algo para tocar, para comer, para beber. Y la dedicatoria no es sólo una frase ingeniosa: es una invitación, invitación a la fiesta.

Jesús se podía ver, se podía tocar, porque era de carne y hueso – Jesús dijo carne y sangre – y su foto se puede ver, tocar y comer, para metérnosla dentro, para que sirva no sólo para mirar sino para alimentar y enardecer. El pan para trabajar y el vino para bailar, eso es Jesús, eso es mi Dios.

Hay mucho que hacer y mucho que aguantar, mucho por terminar, muchos por ayudar, necesitamos pan. Hay mucho por atreverse, mucho que perdonar, mucho que superar, necesitamos vino. Un buen pan, el mejor pan que se puede pensar, un pan más que de la tierra, un pan amasado por las manos de Dios. Un buen vino, el mejor de la mejor bodega, el que nos hace cantar incluso en medio del peor desierto.

En la cena de despedida de su Hijo, el Padre estaba sacando su mejor vino para mojar su mejor pan, y lo repartió a nosotros, los invitados: “tomad y comed”.

Ya no somos débiles, ni tristes, ni sosos, ni apocados, ni temerosos, ni desconcertados. Jesús, su cuerpo que es su humanidad, su sangre que es su corazón abierto, nos dispara hacia el trabajo por el reino, por todos los demás hijos, entusiasmados, seguros, satisfechos por el buen pan, enardecidos por el mejor vino.

“Felipe, ya me has visto, no necesitas más”. “Tomad y comed”. Con mi pan y mi vino, conmigo, ya no necesitáis más.

Hoy es día de adorar, pero mucho más aún, de comer, de alimentarse, de disfrutar, de paladear el pan, Jesús, de dejarse invadir por la locura del vino, Jesús, y de agradecer, porque el pan y el vino son “bajados del cielo”, o sea, regalo de Padre. Gracias, Padre, por tu mejor regalo, Jesús, pan y vino, foto de tu corazón.



Te damos gracias, Padre santo
por Jesús, tu pan, tu vino
por quien te hemos conocido,
por quien sabemos vivir,
por quien mantenemos la esperanza,
por quien podemos sentirnos como hermanos.

Te damos gracias porque hace muchos años
que le conocemos, le queremos, le seguimos.
Te damos gracias porque sin Él
nuestra vida no sería lo que es.
Te damos gracias porque es para nosotros
luz para el camino,
alimento para el trabajo,
ilusión para el futuro.

Te damos gracias porque la fuerza de tu Espíritu
le hizo Pastor, Semilla, Agua, Fuego, Vino, Pan,
Te damos gracias porque la fuerza de tu Espíritu
le hizo pobre, humilde, valeroso, compasivo.
Te damos gracias porque gracias a Él
nuestra vida de tierra se transforma
y nos hacemos Hijos,
trabajamos en tu Reino,
y sabemos esperar y perdonar.

Te damos gracias, Padre,
por Jesús, tu Hijo, nuestro Señor.
Amén.


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Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor: Solo con hambre


Publicado por Entra y Verás

Hambre, ilusión, ganas… se oponen a rutina, costumbre, rutina. La eucaristía es una fiesta en la que se debe participar activamente. No es para comer entre horas, ni para picotear de mala manera. Tener hambre, tener gana de celebrar, de encontrarnos, de compartir es lo que hace que la eucaristía sea una verdadera acción de gracias.

A las puertas del verano y con la operación bikini a la vista quien más y quien menos retoca su figura antes de lucir el palmito en la piscina o en la playa. En estos días se cuida la alimentación, a veces demasiado, evitando las grasas y, sobre todo, se procura no comer entre horas; sólo cuando se tiene hambre y nunca más de lo necesario.

En la vida cristiana también tenemos que cuidar los michelines del cumplimiento y la monotonía; de la ley y la rutina. Alimentarse equilibradamente sólo es posible cuando en verdad se tiene hambre y nunca comiendo a solas, sino junto con otros. Tener hambre de celebrar implica una fe viva y madura. No olvidemos que la forma que tuvo Jesús de despedirse de sus compañeros fue una comida fraterna no una conferencia, un mitin, un fervorín piadoso o un rosario por las calles. Nosotros celebramos, o deberíamos celebrar la eucaristía, como ese banquete de comunión donde Dios está en comunión con nosotros, nosotros con Dios y, sobre todo, nosotros entre nosotros. Hemos convertido la eucaristía en una especie de “chica para todo”. Sirve para clausurar congresos, comenzar reuniones, entregar premios, diplomas… Por otra parte, parece que nos cuesta caer en la cuenta de que es el sacramento no de las rúbricas, las normas y los protocolos, sino del compartir cuanto somos y tenemos; la mesa fraterna de nuestros deseos, aspiraciones, angustias y dudas. Sólo compartiendo con sinceridad nuestras vidas podremos decir que comulgamos aquello que nos une. La Eucaristía, como le gustaba decir al inolvidable Jesús Burgaleta, no es para recibir, sino para dar, compartirse, darse. Sin comunión, sin compartir habrá ritual, habrá teatro con buenos disfraces, con guiones que nadie entiende, pero no habrá eucaristía. Pensaremos que hemos adelgazado nuestros pecados pero en realidad hemos engordado nuestro ego. El pan vivo y compartido es el único que adelgaza.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida, dice Jesús en el evangelio y añade «el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». ¿Qué significa esto? Comer su carne no es sino identificarse con Jesús en su etapa histórica, llevando una vida como la suya preocupada por llevar a todos un mensaje de libertad y esperanza, de dignidad, que antepone la persona a la ley. Beber la sangre simboliza la entrega amorosa hasta el fin. sin ceder ante la prueba o la amenaza.

Encontrarnos cada domingo alrededor de la mesa de la eucaristía nos compromete. Comulgar no es lo mismo que tragarse a Jesús. Comulgar no es lo mismo que ponerse las botas para toda la semana gorroneando en un piscolabis sin gastar un euro. Comulgar no es aplacar el cargo de conciencia. Comulgar no es una actividad más del fin de semana. Comulgar puede convertirse en la pesada digestión de un menú de boda con úlcera de estómago pues comulgar implica, como he dicho más arriba, intentar llevar la misma vida que Jesús llevó y eso no es precisamente algo sencillo, fácil y digerible.

A partir de la eucaristía, nuestra vida tiene que abrirse a un mundo que nos llama y nos grita, para que nos impliquemos con aquellos que nos necesitan, con sus esfuerzos y con sus dudas. Que seamos capaces de decir “sí”, de comprometernos. La raíz de la vida está en que nos sepamos parte del horizonte de los otros. Tenemos que ser capaces de compartir el pan nuestro de cada día, que pedimos en el padrenuestro. El hecho de comer todos de un mismo pan hace que nos mantengamos unidos de tal modo que nadie debería para hambre mientras nosotros tengamos pan en el bolsillo. La eucaristía no es más que fuente de caridad y solidaridad. Sino es así, mejor no acudir pues nuestra religión se habrá convertido en mero ritualismo y cumplimiento egoísta que nos estropeará la figura. Celebrar la eucaristía con hambre de encuentro con Dios y con los demás, nos aportará la energía necesaria, sin engordar, para comprometernos por fomentar la igualdad de oportunidades entre todos los seres humanos. Después de todo lo dicho, espero que la figura de nuestro seguimiento de Jesús sea cada vez más esbelta, pues eso significará que hemos ido abandonando todos los malos hábitos que se nos presentan bajo el disfraz de unas prácticas saludables para mantener el espíritu en forma. En lo religioso, más vale “pasar hambre” que comer por obligación.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)

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Eucaristía: La Cena de Jesús

Por José Mª Castillo
Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo – 26 de Junio de 2011

Evangelio: Jn 6, 51-58

La eucaristía es, según el concilio Vaticano II, “fuente y cima de toda evangelización”. Esta fórmula resume el puesto central y culminante que ocupa la eucaristía en la vida de la Iglesia y de los cristianos. De ahí, la importancia determinante que ha tenido la eucaristía en la religiosidad cristiana. La fe en la eucaristía, la experiencia de la presencia de Jesús en ella, y la espiritualidad que estas convicciones han generado en tantos creyentes, han sido, a lo largo de la historia, una fuente de fuerza interior y de generosidad que merece nuestra adhesión y ha de ser una de las convicciones para la vida de los cristianos.

Pero la eucaristía ha sufrido tales cambios, desde Jesús hasta este momento, que resulta sencillamente irreconocible. Porque ha pasado a ser de un “cena que recrea y enamora” (S. Juan de la Cruz) a ser una ceremonia religiosa, que cada día se entiende menos e interesa a menos personas. No se sabe cuándo dejó de ser una cena de intimidad y amor y se convirtió en un ritual sagrado. Lo que sí sabemos es que, en siglo VIII, el ritual se separó de los fieles, se siguió diciendo la misa en latín aunque ya la gente hablaba las lenguas actuales, la “decía” un sacerdote de espaldas al pueblo, y la “oía” un pueblo al que empezó a interesarle sobre todo “ver la hostia consagrada”; de ahí, que a partir del siglo XIII, las procesiones con la sagrada hostia, que hacían siempre que había tormentas o calamidades públicas, y los fieles interesados en que el sacerdote mantuviera las manos alzadas para ver la hostia el mayor tiempo posible. Además, los teólogos de entonces dijeron que lo específico del sacerdote es el poder de consagrar en la misa. Con lo que la eucaristía dejó de ser un acto de la comunidad y pasó a ser un privilegio del clero.

Así el “milagro”, el “misterio” y la “autoridad” han prevalecido. Porque son “las tres fuerzas capaces de subyugar para siempre la conciencian de los débiles” (F. Dostoyewsky). Y eso nos ha quedado: misas con las que el clero mantiene su poder y sus ventajas (también económicas), a las que asisten normalmente personas mayores a las que resulta difícil entender la misa, actos sociales para lucimiento de algunos o liturgias pomposas que nadie sabe para qué sirven.

¿No sería urgente que entre todos renovemos la experiencia original de la Cena de Jesús? Cena que recrea y enamora.

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Solemnidad del Corpus Christi



“Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto. No sea que te olvides del Señor tu Dios que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres.” (Dt 8, 2-3. 14b -16)
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.” (Jn 6, 51-59)
La Eucaristía es memorial de la acción de Cristo en la Última Cena, por la que se entrega como ofrenda agradable a su Padre y en ella da a sus discípulos el mandato de reiterar su mismo gesto, en propiciación por los pecados de toda la humanidad.
Jesús celebró aquella memorable cena en el momento de recordar la noche de la pascua judía, la salida de Israel de la esclavitud de Egipto.
Con la fracción del pan se evoca la Historia de Salvación. En ella se concentran los dones de la creación y de la vida y la entrega total de Jesús. Así, es sacramento santificador.
Jesús elige el pan y el vino para perpetuar su entrega en favor de toda la humanidad, y esta elección despierta le memoria agradecida por la fuerza y fecundidad de la tierra, concesión del Creador.
Sentado a la mesa, con el gesto de partir el pan a los suyos, Jesús representa al padre de familias, que da el sustento a sus hijos, a costa del trabajo de toda su vida.

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Eucaristía: Cena que Jesús quería, no la que querían otros


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Solemos sentir la necesidad de “catalogar” las cosas, introducirlas en un esquema dado, para pensar que así las conocemos. En esa línea tendemos a interpretar la Eucaristía desde parámetros ya conocidos, de pascua o no pascua, para así añadir que lo que hizo Jesús era ya sabido, déjà vu, como dicen los franceses, jakiña, como decimos otros.
Pero la cena de Jesús no fue jakiña, algo ya visto, sino un conjunto de gestos y signos sorprendentes, como sigue diciendo el evangelio de Marcos, y como indica la referencia de Pablo en 1 Cor 11. Marcos supone que aquellos que invitaron a Jesús (queriendo ofrecerle una cena) querían en el fondo matarle (es decir) aprovecharse de él, utilizarle. Pero sabe también que Jesús invirtió ese deseo, transformando esa cena de traición y entrega en gesto de amor solidario, de cuerpo compartido.

El gran problema de la eucaristía no es saber si la cena fue pascual o no (asunto en el fondo secundario), sino descubrir y mostrar que ella fue “la cena de la entrega”, como sabe Marcos, como dice Pablo. Allí donde sus “amigos” quieren utilizar a Jesús (en el fondo “comerle”), Jesús podrá ofrecerles de verdad su propia vida, en un plano más alto.
Sigue aumentando así la sorpresa que ayer vimos, al descubrir que el “guía” de esta cena había sido el hombre del cántaro.
En muchas partes del mundo, este jueves 23 es día del Corpus…, el Cuerpo que Jesús regala (cuerpo que otros querían utilizar, vender, como parece evocar la imagen del hombre del cántaro…). Hoy, Corpus Christi (fiesta en muchos lugares de gobernadores y mantillas de gala, cosa digna de todo respeto), con acordes militares o no militares a la salida de la iglesia, es el día de todos los cuerpos despreciados, mutilados, escarnecidos…
Jesús, signo y compendio de todos los despreciados y utilizados, nos ha ofrece el don de su Cuerpo, transformando así la vieja lógica de violencia y dominio (en el fondo,le invitan a cenar para entregarle), en gesto de amor solidario. Precisamente allí donde quieren utilizar su cuerpo, él se adelanta y les invita al vino de su Reino, ofreciéndoles su Cuerpo. Estoy convencido de que "el Hombre del Cántaro en la calle" estaba allí sin cántaro en la Sala, veladamente, descubriendo el sentido de la Cena de Jesús, feliz por haber comprendido.
1.CENA PASCUAL O CENA NO-PASCUAL, UN TEMA SECUNDARIO
El tema se discutió y se sigue discutiendo, pero pienso que, al final, resulta secundario. Exegéticamente parece irresoluble, a pesar de que el mismo Papa Bendicto XI, en su libro Jesús de Nazaret II, optó por una solución (cena no pascual). Pienso que fue el mismo Marcos el que quiso que no supiéramos (no pudiéramos) resolverlo, para situarnos así ante otra pista.
La investigación exegética ha discutido intensamente el tema, desde la perspectiva del judaísmo de su tiempo, fijándose especialmente en el día en que ella pudo celebrarse. De todas formas, pienso que, más que la fijación del día de su celebración, a Marcos le interesa el hecho de que Jesús ha pasado de la vieja pascua nacional (celebrada con cordero sacrificado en el templo) a la nueva experiencia de su muerte y de su pascua (celebrada con pan y vino).
Por eso, Marcos empieza situando la cena de Jesús en contexto de pascua israelita (como quieren los Doce), para superar después (por dentro) ese nivel, pasando así de un tipo de alianza (fiesta) intrajudía a la alianza cristiana, que ha de estar abierta (como sabe 13, 10) a todas las gentes. Pero ese tema sigue siendo discutido. Por eso, para situarlo mejor, podemos empezar distinguiendo tres opiniones:
– Cena pascual.
Algunos exegetas, tomando la anotación de Mc 14, 12 par en sentido historicista, suponen que la Última Cena tuvo lugar la misma Vigilia de Pascua, el día en que la celebraba los judíos en conjunto, con los corderos que habían sido sacrificados unas horas antes en el templo. Según eso, Jesús habría empezado comiendo la carne del cordero sacrificado por los sacerdotes, con el resto de los fieles judíos, pero después transformó de un modo significativo el rito antiguo, rechazando probablemente el cordero (¡no aceptaba los sacrificios del templo!) y poniendo en primer plano los signos del pan y del vino, a los que confirió un sentido nuevo, vinculado a su propia entrega por el reino. Pero en ese caso habría que decir que (según el relato de Marcos) el juicio de Jesús ante Pilato y la crucifixión tuvo que realizarse la mañana siguiente, cosa bien extraña (y casi imposible) pues era el día de gran fiesta y en ella los judíos no podían realizar ningún trabajo (ni un juicio con condena a muerte) ( J. Jeremias, La última Cena. Palabras de Jesús, Cristiandad, Madrid 1980).
– Cena no pascual.
Otros, siguiendo a Jn 19, 31-37, suponen que Jesús fue crucificado la víspera de pascua, por la tarde, es decir, en el momento en que se estaban matando en el templo los corderos, que se comerían unas horas después, esa misma noche, como alimento y signo de libertad para Israel. Conforme a esta visión, que parece hallarse al fondo de 1 Cor 5, 7b, Jesús habría muerto en el momento en que la mayoría del pueblo estaba preparando la pascua judía, de manera que su Última Cena aconteció la noche anterior (es decir, antes de la pascua judía). De esa forma se podría decir que la muerte sería una especie de antítesis de la pascua tradicional judía. Lógicamente, la Última Cena tendría que haberse celebrado la noche anterior, de manera que no pudo ser cena pascual (en sentido judío), sino cena especial de despedida (sin cordero) (Cf. E. Nodet y J. Taylor, The Origins of Christianity, Liturgical Po, Collegeville MI 1998).
− ¿Una pascua heterodoxa… o menos ortodoxa, tipo esenio?
Finalmente, otros investigadores piensan que en tiempo de Jesús había, al menos, dos fechas de celebración de la pascua, según las diferencias entre el calendario solar o el lunar, por el que se habían separado, por ejemplo, los esenios de Qumrán y algunos otros, entre los que se hallaría el grupo de Jesús. En esa línea, además, habría grupos de tendencia casi vegetariana que rechazaban no sólo la comida de carne (cf. Dan 1, 12.16), sino incluso los sacrificios de animales, de manera que celebraran su fiesta con pan y con vino (como hará Jesús) (El tema ha sido tratado ya en este blog por Ariel Álvarez. Cf. también su trabajo Cuándo fue la última cena, en Por qué murió Jesús, Paulinas, Buenos Aires 2010. Sigue siendo clásico el libro de. A. Jaubert, La date de la cène. Calendrier biblique et liturgique chrétienne, Aubert, Paris 1957 y también el ya antiguo de D. Chwolson, Das letzte Passamahl Christi und der Tag seines Todes, St. Petersburg, 1892 ; Leipzig 21908. Además H. W. Hoehner, Chronological Aspects of the Life of Christ, Eerdmans, Grand Rapids 1977; B. D. Smith, The Chronology of the Last Supper: Westminster Th. J. 53(1991) 29-45.
Estas son algunas opiniones y los investigadores no han alcanzado todavía un consenso, que resulta difícil y que, además, a mi juicio, (al menos para el evangelio de Marcos) acaba siendo innecesario pues lo que importa no es la fecha externa, sino la forma en que Marcos ha entendido la Cena de Jesús, en el conjunto de su evangelio. Personalmente, pienso que esa Cena no fue un sacrificio pascual (ni se celebró la noche de pascua), en el sentido del judaísmo normativo del templo, sino una comida de amistad y despedida mesiánica.
Posiblemente, los discípulos quisieron que fuera una liturgia oficial (con cordero), en la Víspera de Pascua, pero de hecho, según Marcos, esa liturgia no pudo celebrarse en la Vigilia de Pascua, pues aquel año la Pascua cayó en sábado y la cena de Jesús y sus discípulos no se celebró la víspera del sábado (que fue el día de la crucifixión), sino la víspera de la víspera (el llamado Jueves Santo).
No parece una cena pascual, al estilo “ortodoxo”:
Ciertamente, son muchos los investigadores que afirman que la cena de pascua se podía celebrar de hecho no sólo la vigilia de pascua (que era el día más santo), sino alguno de los días anteriores, que es lo que habría sucedido en el caso de Jesús y sus discípulos, que habrían adelantado el día de la celebración, por razones de prudencia. Sea como fuete, el caso es que, según Marcos, Jesús ofreció a su celebración un sentido distinto, pues prescindió del “cordero tradicional” (con su sangre), para centrarse en el pan y el vino, como signos de su propia entrega mesiánica, en sintonía con todo su mensaje anterior, como hemos destacado a lo largo de este comentario.
–En la Cena de Jesús faltan (o no se citan) tres elementos básicos de la pascua judía tradicional (pan ázimo, cordero, hierbas amargas). Resulta asombroso que Jesús no hubiera aludido en su Cena a esos signos, si es que estuvieran celebrando la Pascua oficial judía: las hierbas amargas podían expresar su sufrimiento, el cordero su muerte, los ázimos el nuevo pan del reino.
– Varios datos del juicio y crucifixión del día siguiente resultan difíciles de entender si Jesús la celebró su Cena la noche de Pascua "oficial": la referencia de Mc 14, 2 par («que no sea en un día de pascua»), la dificultad de que el Sanedrín o Consejo Sacerdotal se reúna la noche de la cena, la liberación de Barrabás (a quien debían sacar de prisión para que pueda celebrar la pascua, no después que ella se ha celebrado), los diversos movimientos de la gente, contrarios al descanso de ese día: Simón de Cirene vuelve del campo, José de Arimatea compra una sábana etc. .
Pienso, según eso, que el Jesús de Marcos no ha querido culminar su obra con el cordero ritual de la fiesta oficial(que debía sacrificarse precisamente en el templo), sobre todo, teniendo en cuenta que él habían volcado las mesas de los vendedores de palomas, rechazando también, según eso, el sacrificio de los corderos (realizado en el templo) para el culto de la pascua (celebrado luego en las casas). Me inclino a pensar, según eso, que la cena de Jesús no tuvo carácter pascual estricto.
Pero, como he dicho, el problema no está en mostrar el carácter pascual o no pascual de la Cena de Jesús,
sino en descubrir la razón por la que Marcos ha querido introducirla en un contexto pascual. Pienso que lo ha hecho para ejemplificar la oposición entre los discípulos (que se empeñan en comer la pascua judía, en fidelidad a las tradiciones rituales del pueblo) y Jesús, que les ofrece una comida distinta de aquella que le piden. Por eso, ha introducido la Cena en contexto de pascua judía, para indicar así mejor la novedad de Jesús frente a ella)).
2, Mc 14, 18-21. CENA DE ENTREGA MESIÁNICA
17 Al atardecer llegó con los doce 18 y estando reclinados y comiendo, Jesús dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me entregará, el que está comiendo conmigo. 19 Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro: ¿Acaso soy yo? 20 Él les contestó: Uno de los doce, el que moja conmigo en el plato. 21 El Hijo del Hombre se va, tal como está escrito de él, pero (ay de aquél que entrega al Hijo del hombre! ¡Mejor sería para él si hombre no hubiera nacido!
En un primer momento, Marcos nos dice que Jesús acepta el deseo de los Doce, representantes del pueblo mesiánico, en el marco de su anuncio de Reino, para celebrar la cena ritual de la memoria y esperanza israelita. Pero después él transforma el rito nacional y lo convierte en Cena de su propia despedida (y de su presencia más alta), desplegando en ella los signos básicos de su mensaje.
a. Le han impulsado a cenar
Sentado a la mesa con sus discípulos (¡que van a traicionarle!), Jesús celebra con ellos, por anticipado, el banquete de anuncio del Reino, que había sido un elemento esencial de su camino, desde la comida con Leví y los publicanos (2, 13-18), a quienes invitaba al reino, pasando por las multiplicaciones (6, 30-44 y 8, 1-10), que extienden el banquete hacia los pobres de Israel y los gentiles, hasta la cena de la noche anterior en casa del leproso, con el gesto de la unción de la mujer (14, 3-9). Culminando y condensando esas comidas, en el momento final de su camino, Jesús se ha sentado con los Doce para realizar ratificar su camino y realizar su gesto culminante.
Le han impulsado a cenar ellos (sus discípulos), de manera que él debía mostrarse satisfecho de su solicitud. Le han invitado a celebrar la fiesta de la afirmación judía, a fin de que él pudiera decidirse, finalmente, a realizar aquello para lo que había venido a Jerusalén: Para instaurar por fin el Reino. Éste era el momento decisivo, la hora de la verdad; ahora debía cumplirse ya lo prometido, esta noche de Pascua, noche del Paso de Dios y de la liberación del pueblo.
Lógicamente, desde la perspectiva de los discípulos (Roca/Pedro en 8, 31-33; los zebedeos en 10, 35-40), Jesús debía descorrer ahora el velo de su trama, como Dios lo había descorrido la noche de la Pascua de los hebreos en Egipto (cf. Ex 12). Si algo podía, Jesús debía hacerlo esta noche. Pero él no pudo o no quiso, sino que, en contra de lo que esperaban, empezó a entristecerse y a decirles que uno de ellos, del grupo de los Doce, uno de los que le habían invitado a cenar y metía la mano en el mismo plano, le iba a traicionar (14, 18-20, retomando un motivo de Sal 41, 9).
Los discípulos “oficiales” querían que Jesús celebrara la pascua “oficial”, para definir el sentido de su grupo, recostados en torno a la mesa (anakeimenôn: 14, 18), compartiendo la memoria y esperanza israelita.
Éste sería el momento de la decisión, el signo de solidaridad suprema. Jesús debería haber hablado entonces del cordero y de la sangre de la pascua, asumiendo los ideales de la nación sagrada en su compromiso por el Reino. Era la oportunidad para estrechar los lazos con el pasado y presente de su pueblo.
Si todo hubiera sido normal, Jesús debería haber reafirmado su pertenencia al pueblo de la alianza, en clave de comida sagrada. Pues bien, en vez de eso, en el momento de mayor solemnidad, dejando a un lado el simbolismo judío de la sangre y del cordero nacional de pascua, Jesús dirá a sus discípulos que van a traicionarle.
b. Le invitan aquellos que van a traicionarle
En vez de planear con ellos el “asalto” definitivo (como hubiera sido lógico ese día), Jesús aprovechó este tiempo de encuentro decisivo (que debía servir para instaurar el Reino, preparando el camino del “paso liberador” de Dios), para manifestarles la hondura más oculta de su traición, entristeciéndoles por ello. Por eso, ésta no es la cena de la Pascua de Dios, sino la cena donde culminó la infidelidad de sus discípulos, como él mismo se lo hizo ver, hablándoles de su traición, de tal manera que ellos, uno a uno, empezaron a entristecerse (êrxanto lypeisthai; 14, 19).
Ha comenzado la comida, conforme al deseo de los Doce, y se recuestan para conversar y tomar el alimento. Se supone que es la Última, la hora de la decisión. Los discípulos, por fin, van a expresar su verdad, Jesús la suya. Será una cena dramática, con dos discursos que se sobreponen: el de los discípulos, centrado en su propio deseo de pascua nacional, de honor intra-judío; el de Jesús, que se expresa en la entrega de su vida:
En ese contexto, mientras se recuestan ante la mesa, en signo que debía ser de fuerte solidaridad, Jesús desenmascara su traición (centrada en Judas), pero extensiva a todos: ¡La noche de la traición!... aquí y en Getsemaní.
Se supone que ésta debía ser una hora de unión intensa, de vinculación grupal: momento oportuno para estrechar los grupales y abrir caminos de futuro nacional. Para poner de relieve ese aspecto, Marcos ha situado la cena en contexto de Pascua.
Los Doce quieren que sea la hora del Cordero de la liberación, el momento de la prueba asumida (hierbas amargas), de la esperanza nacional cercana (ázimos). Pero, en lugar de eso, Jesús descubre en la Cena la ruptura radical del grupo: «¡Uno de vosotros (=de los Doce) me ha de traicionar!» (14, 20).
Lo que debía ser comida de fidelidad se vuelve memorial de muerte, y así vemos que Jesús no muere por intriga de una mala reina en el Banquete de Herodes, como se dice de Juan Bautista (cf. Mc 6, 14-29; aunque también en este caso se habla de “entrega”, pero sin indicar quién la realiza; cf. 1, 14), sino por algo más doloroso: Por la “entrega” de uno de sus Doce, que rompe el signo del pan universal, para ponerse al servicio de la comida intra-judía sacral de los sacerdotes. Precisamente aquí, dentro de un banquete que debía ser de Pascua Nacional, cumpliendo su sagrado deber israelita, Judas se dispone a entregar a Jesús (como anunciaba 14, 10-11).
3. UNA CENA DE ESCÁNDALO.
Mirada en sentido superficial, la postura de Jesús resulta escandalosa. Sus discípulos le invitan a cenar y, en vez de alegrarse con los suyos, para beber y proclamar el triunfo israelita (en vez de afirmarse con ellos y unirles en la tarea del compromiso por el Reino), esa noche de la Pascua/Paso de Dios y Afirmación Nacional, Jesús ofrece a sus discípulos su revelación más honda, diciéndoles que uno de ellos, de los Doce, va a traicionarle, desenmascarando el fracaso del grupo que ha formado, precisamente en el momento en que ese grupo debía aparecer como signo final de salvación y reino.
Jesús no dice quién será el traidor, sino que habla en general (¡uno de vosotros, uno de los Doce…!). Por el relato anterior, los lectores sabemos que es Judas (cf. 3, 19 y 14, 10-11). Pero los sentados a la mesa no lo saben, pues Jesús sólo dice que se ha roto el grupo de los Doce. La traición ha entrado hasta la entraña de ese núcleo de transformación, que él había creado, como signo del nuevo Israel. La más honda intimidad, la que se encuentra formada por un gesto de comida compartida (un mismo plato), la promesa de unidad final que Jesús quiso trazar cuando reunía al grupo de los Doce se ha quebrado por traición: uno de vosotros me entregará (paradosei me: 14, 18).
a. Una cena de contraste: La noche de la entrega
Hemos resaltado ya la importancia que tiene la entrega en el transcurso de la vida de Jesús (cf. 9, 31; 10, 33). Pues bien, en el principio de su “entrega”, en el origen de su muerte, no se encuentran ya gentes de fuera, sino alguien del grupo, uno de los Doce, de manera que Jesús morirá de hecho porque un discípulo (uno de la cena pascual) va a entregarle. Es evidente que el grupo se ha roto; ha fracasado el mesianismo de la plenitud israelita, la llamada a las doce tribus de Israel.
Aquí está la paradoja. Precisamente allí donde se ha introducido de manera más intensa en el camino israelita (acepta en principio la cena pascual con los Doce), Jesús ha descubierto y ha proclamado que el mismo grupo israelita le destruye y se destruye, pues uno de los Doce le expulsa y entrega, negando así el programa de Jesús y defendiendo aquello que a su juicio constituye la verdadera tradición grupal.
El “traidor” (y en el fondo el grupo entero de los Doce) ha podido pensar que Jesús se había vuelto infiel a la pascua judía, y al pueblo que vive de ella, naciendo cada año por la celebración de los antiguos ritos familiares; por eso, pensando que la pascua de Jesús debería haberse puesto al servicio del triunfo nacional israelita, en complicidad con los sacerdotes del templo, uno de sus discípulos decide entregarle, y lo hace lógicamente, según la dinámica de la pascua judía.
Estrictamente hablando, más que acción contra Jesús, el gesto del traidor, a quien Jesús desenmascara en la cena, puede interpretarse como signo de fidelidad a los principios del viejo Israel, representado por los sacerdotes. Judas quiere llevar a Jesús a otro “lugar” (es decir, al espacio del “verdadero” mesianismo israelita de la Pascua nacional), pero Jesús no cambia, no cede en su camino.
b. Una cena de fidelidad
Sólo a partir de aquí, desde la experiencia de la traición de sus discípulos, en el centro de la cena pascual que ellos le ofrecen, Jesús puede proponer (y ha propuesto) su verdadera cena (eucaristía), como sabe ya Pablo, cuando alude a ellas: “El Señor Jesús, en la noche en que fue entregado…” (1 Cor 11, 23). Esta cena se sitúa por tanto en el lugar de la gran división: allí donde los Doce siguen buscando una solidaridad antigua, Jesús ha creado una nueva solidaridad de mesa con sus discípulos, mientras uno de ellos, alguien que moja de su plato, le acabará entregando, no por algún tipo especial de maldad, sino porque quiere ser fiel a la solidaridad antigua. Pues bien, precisamente allí donde, queriendo ser fiel a la alianza judía, Judas le traiciona, Jesús podrá ofrecer su nueva alianza.
Lógicamente, él queda sólo: ha elegido a unos discípulos para que le acompañen, y para que avalen su obra, pero ellos le abandonan; escoge a un nuevo pueblo, para celebrar la pascua de la vida solidaria, pero ellos le niegan. Sin embargo, esa negación abre un camino nuevo de esperanza: «¡Tras resucitar os precederé a Galilea!» (14, 28). La entrega de Jesús viene a mostrarse de esa forma como principio de más alta solidaridad. Superando el fracaso de la pascua judía (simbolizada por Jerusalén) Jesús remite a Galilea, lugar de comienzo universal de evangelio.
Marcos ha introducido la Cena de Jesús en el espacio de máximas tensiones y rupturas Jesús y de sus seguidores. A su juicio, esa Cena no ha sido un “simposio” de paz sagrada, cuando se ilumina la verdad del grupo y todos están bien comprometidos a entregar la vida con el Cristo, sino el momento de máximo contraste entre unos discípulos que siguen aferrados a sus propios intereses (al triunfo de su grupo, utilizando a Jesús) y un Maestro que les ofrece su más honda lección de solidaridad (su cuerpo y sangre), en los signos del pan y el vino.
Entendida así, esta Cena aparece como expresión y compendio del fracaso mesiánico antiguo de Jesús, un fracaso que resulta necesario para que él pueda expresar y desplegar su más alto compromiso de Reino. En este fondo ha de entenderse la incomprensión de los discípulos.

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