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sábado, 31 de diciembre de 2011

HOY


Lucas concluye su relato del nacimiento de Jesús indicando a los lectores que «María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón». No conserva lo sucedido como un recuerdo del pasado, sino como una experiencia que actualizará y revivirá a lo largo de su vida.
No es una observación gratuita. María es modelo de fe. Según este evangelista, creer en Jesús Salvador no es recordar acontecimientos de otros tiempos, sino experimentar hoy su fuerza salvadora, capaz de hacer más humana nuestra vida.

Por eso, Lucas utiliza un recurso literario muy original. Jesús no pertenece al pasado. Intencionadamente va repitiendo que la salvación de Jesús resucitado se nos está ofreciendo "HOY", ahora mismo, siempre que nos encontramos con él. Veamos algunos ejemplos.

Así se nos anuncia el nacimiento de Jesús: "Os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador". Hoy puede nacer Jesús para nosotros. Hoy puede entrar en nuestra vida y cambiarla para siempre. Con él podemos nacer a una existencia nueva.

En una aldea de Galilea traen ante Jesús a un paralítico. Jesús se conmueve al verlo bloqueado por su pecado y lo sana ofreciéndole el perdón: "Tus pecados quedan perdonados". La gente reacciona alabando a Dios: "Hoy hemos visto cosas admirables". También nosotros podemos experimentar hoy el perdón, la paz de Dios y la alegría interior si nos dejamos sanar por Jesús.

En la ciudad de Jericó, Jesús se aloja en casa de Zaqueo, rico y poderoso recaudador de impuestos. El encuentro con Jesús lo transforma: devolverá lo robado a tanta gente y compartirá sus bienes con los pobres. Jesús le dice: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa". Si dejamos entrar a Jesús en nuestra vida, hoy mismo podemos empezar una vida más digna, fraterna y solidaria.

Jesús está agonizando en la cruz en medio de dos malhechores. Uno de ellos se confía a Jesús: "Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino". Jesús reacciona inmediatamente: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". También el día de nuestra muerte será un día de salvación. Por fin escucharemos de Jesús esas palabras tan esperadas: descansa, confía en mí, hoy estarás conmigo para siempre.

Hoy comenzamos un año nuevo. Pero, ¿qué puede ser para nosotros algo realmente nuevo y bueno? ¿Quién hará nacer en nosotros una alegría nueva? ¿Qué psicólogo nos enseñará a ser más humanos? De poco sirven los buenos deseos. Lo decisivo es estar más atentos a lo mejor que se despierta en nosotros. La salvación se nos ofrece cada día. No hay que esperar a nada. Hoy mismo puede ser para mí un día de salvación.



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1 de Enero de 2012: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA (Lc 2, 16-21) : UNA FIESTA PLURAL




MARÍA MADRE

Una fiesta más de María y una nueva oportunidad de tratar un tema que puede ser importantísimo para nuestra vida espiritual. La fiesta litúrgica se titula “María madre de Dios”, pero hoy tenemos conocimientos suficientes para ir más allá de la pura mitología que se encierra en esa expresión.

Lo que se ha creído durante mil y pico años no tiene nada que ver con la verdadera declaración del concilio de Éfeso. No se trataba de un dogma sobre María sino de un dogma sobre Jesús. Una vez entendido esto, podemos descubrir que todo lo que se ha dicho sobre María basándose en una traducción literal de la expresión dogmática, no tiene sentido ninguno. Esto no quiere decir que no podemos sacar provecho de una fiesta de María como MADRE.

Seguramente el concepto de “madre” es el que se aplicó a Dios en los orígenes de la religiosidad humana. Sin duda ninguna es el que mejor puede expresar la originalidad de Dios, entendiendo originalidad en el sentido más etimológico del término…

Pero debemos ir a lo profundo del significado de ese término cuando lo aplicamos a Dios. Dios no es origen porque una vez haya sido causa de que la realidad material exista. Dios está en cada criatura como el fundamento, en cada instante de su existencia. Dios es el origen y el fin de toda la creación. En realidad, la creación no es más que lo visible de Dios.

Podemos decir que lo material es la misma divinidad reflejada en un espejo. Para poder ver algo en un espejo, es imprescindible que esa realidad material esté de la otra parte del espejo. En cuanto desaparece esa realidad, desaparece la imagen. Por aquí podemos vislumbrar lo que es Dios como origen de todo lo creado.

En María madre, hemos volcado todo lo que no nos atrevemos a proclamar de Dios como principio de nuestro propio ser. María es el dios Madre que en un contesto patriarcal, no nos atrevemos a imaginar. El bendito Juan Pablo I, en el primer encuentro con los cardenales a los pocos días de ser elegido papa, les espetó: “Dios es padre, pero sobre todo es madre”. Con esa sola frase abrió más horizontes a los cristianos que muchas sesudas encíclicas de decenas de páginas.

Todo lo que se ha dicho de María a través de los siglos, tenemos que atrevernos a pensarlo y decirlo de Dios directamente. Este sería el mejor homenaje que le podríamos hacer hoy a María; atrevernos a ver a Dios como verdadera Madre que nos engendra y da a luz a todos en cada instante. Si descubriéramos esta realidad, no haría falta ningún argumento adicional para que todos nos consideráramos verdaderamente hermanos.

Esta vivencia es el fundamento de todo el mensaje de Jesús. Sin esa vivencia el evangelio llegará a ser a lo sumo una programación más, que en ningún caso calará más allá de la epidermis.


LA CIRCUNCISIÓN

Es muy difícil que hoy nos hagamos cargo de lo que significaba este rito para el pueblo judío. Era el signo de pertenencia, que para ellos significaba dar contenido a su vida entera. Hoy no necesitamos este arraigo para sentirnos seres humanos, pero no era así en aquella época. Una persona que no perteneciera a una familia y a un pueblo, no era absolutamente nada.

Nuestro bautismo tiene un significado estrictamente religioso y es el signo de identidad como cristianos, pero para los judíos, lo religioso, lo social e incluso lo económico no se diferenciaban; de tal manera que el fallo de uno de los aspectos llevaba consigo el derrumbe de toda la persona.

Era un signo solo para hombres porque la mujer no era más que lo que el hombre al que pertenecía le aportaba.

Tampoco estamos capacitados para entender lo que significaba en aquella época poner un nombre a una persona. En el nombre se significaban todas las expectativas que la familia ponía en el recién nacido. En este caso, se puede descubrir esa importancia en el hecho de que, según Lucas, el nombre de “Jesús” no es una ocurrencia humana, sino elección divina. Jesús significa “Dios salva” que era precisamente lo que los ángeles dijeron a los pastores: “Os ha nacido un salvador”.

Para mí el centro del evangelio de hoy está en esta frase: “María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón”. No se trata de memorizarlas y buscarles un sentido lógico, sino de rumiar todo lo que está pasando para asimilarlo y tratar de que pase a formar parte de la vida.

Recordemos una vez más que se trata de teología de las primeras comunidades retrotraída al nacimiento de Jesús. Que el relato no sea una crónica de sucesos, nos obliga a darle mayor importancia y a tratar de hacer nuestro el mensaje. Llevamos dos mil años intentando ir al Dios de Jesús a través de razonamientos. Es hora de abandonar ese intento fallido y entrar por el camino del corazón, es decir, de la vivencia interior que me lleve a descubrirlo desde lo hondo.


AÑO NUEVO

La inmensa mayoría de los seres humanos se conforman hoy con celebrar un “cronos”, es decir una fecha del calendario. No es ese el sentido religioso de la fiesta. Se trata de celebrar un “cairos”, es decir el momento oportuno para hacer algo vital que pueda trasformar mi vida.

El tiempo cronológico se nos va de las manos, casi siempre esperando que otro tiempo mejor llegue en algún momento. Si esperamos que las circunstancias cambien para conseguir los objetivos principales de mi vida, estamos cayendo en la trampa de la artificialidad.

En este instante puedo conseguir el logro más importante de mi vida. Ahora están todas las posibilidades a mi disposición. En cualquier momento de mi vida tendré las mismas pasibilidades, pero si estoy esperando algo distinto, consumiré la vida sin encontrar lo que me debía importar de veras.


DÍA MUNDIAL DE LA PAZ

Sería estupendo que pudiéramos disfrutar por lo menos durante un día de paz en todo el mundo. Pero si estamos envueltos en guerras y conflictos de todas clases, ¿Qué puede significar celebrar un día de la paz?

La inmensa mayoría de nosotros desearíamos la paz, pero creemos que muy poco o nada podemos hacer por conseguirla. Este es el error. Tú puedes hacerlo todo por conseguir la paz. Simplemente lleva paz a todas tus relaciones con los demás.

La paz no es una realidad que podamos conseguir como si fuera un objeto que descubrimos aquí o allá. La paz es una consecuencia de nuestra manera de actuar. Reinará la paz cuando las relaciones entre los hombres sean verdaderamente humanas.


Meditación-contemplación

En este día tan señalado cronológicamente,
trata de trascender el tiempo y el espacio,
descubre lo que hay en ti de eternidad
y sumérgete en el cairos de tu existencia.
…………

En todo tiempo y en cualquier lugar
puedes hacer presente tu verdadero ser,
que no es lo que hay en ti de terreno
sino lo que hay en ti de divino.
…………

María es madre de Dios porque le hace presente en este mundo.
También tú puedes concebirle y darle a luz
si trasciendes tu ego y penetras en tu verdadero ser.
Todo lo que es María desde Dios lo eres también tú.
……………


Fray Marcos

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1 de Enero: JORNADA MUNDIAL POR LA PAZ


MENSAJE DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA XLV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2012

EDUCAR A LOS JÓVENES EN LA JUSTICIA Y LA PAZ

1. El comienzo de un Año nuevo, don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz.

¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año? En el salmo 130 encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones. Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de confianza. Es verdad que en el año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día.

En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del hombre no cesa de esperar la aurora de la que habla el salmista. Se percibe de manera especialmente viva y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a ellos teniendo en cuenta la aportación que pueden y deben ofrecer a la sociedad. Así pues, quisiera presentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz en una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», convencido de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza.

Mi mensaje se dirige también a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos, así como a los responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. Prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz.

Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona.

Las preocupaciones manifestadas en estos últimos tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones del mundo expresan el deseo de mirar con fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos son los aspectos que les preocupan: el deseo de recibir una formación que los prepare con más profundidad a afrontar la realidad, la dificultad de formar una familia y encontrar un puesto estable de trabajo, la capacidad efectiva de contribuir al mundo de la política, de la cultura y de la economía, para edificar una sociedad con un rostro más humano y solidario.

Es importante que estos fermentos, y el impulso idealista que contienen, encuentren la justa atención

en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6).

Los responsables de la educación

2. La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el primero en vivir el camino que propone.

¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia? Ante todo la familia, puesto que los padres son los primeros educadores. La familia es la célula originaria de la sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es donde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro»[1].Ella es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz.

Vivimos en un mundo en el que la familia, y también la misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas. Unas condiciones de trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades familiares, la preocupación por el futuro, los ritmos de vida frenéticos, la emigración en busca de un sustento adecuado, cuando no de la simple supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad de asegurar a los hijos uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres; una presencia que les permita cada vez más compartir el camino con ellos, para poder transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas que se adquieren con los años, y que sólo se pueden comunicar pasando juntos el tiempo. Deseo decir a los padres que no se desanimen. Que exhorten con el ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica.

Quisiera dirigirme también a los responsables de las instituciones dedicadas a la educación: que vigilen con gran sentido de responsabilidad para que se respete y valore en toda circunstancia la dignidad de cada persona. Que se preocupen de que cada joven pueda descubrir la propia vocación, acompañándolo mientras hace fructificar los dones que el Señor le ha concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino formativo que no contraste con su conciencia y principios religiosos.

Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.

Me dirijo también a los responsables políticos, pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas a ejercer su derecho deber de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada a la maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el derecho a la instrucción y las familias puedan elegir libremente las estructuras educativas que consideren más idóneas para el bien de sus hijos. Que trabajen para favorecer el reagrupamiento de las familias divididas por la necesidad de encontrar medios de subsistencia. Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos.

No puedo dejar de hacer un llamamiento, además, al mundo de los medios, para que den su aportación educativa. En la sociedad actual, los medios de comunicación de masa tienen un papel particular: no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona.

También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia educación y formación en la justicia y la paz.

Educar en la verdad y en la libertad

3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?»[2]. El rostro humano de una sociedad depende mucho de la contribución de la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable. En efecto, la educación persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la que es miembro. Por eso, para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza. Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud la vida como un don inestimable lleva a descubrir la propia dignidad profunda y la inviolabilidad de toda persona. Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme a esta altísima dignidad. Nunca podemos olvidar que «el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones»[3],incluida la trascendente, y que no se puede sacrificar a la persona para obtener un bien particular, ya sea económico o social, individual o colectivo.

Sólo en la relación con Dios comprende también el hombre el significado de la propia libertad. Y es cometido de la educación el formar en la auténtica libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo. El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar alejándose de Él.

La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la puede entender y usar mal. «En la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común»[4].

Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido[5].Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas.

El uso recto de la libertad es, pues, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia se quedan en palabras sin contenido: la confianza recíproca, la capacidad de entablar un diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio.

Educar en la justicia

4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones, está seriamente amenazo por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor[6].

No podemos ignorar que ciertas corrientes de la cultura moderna, sostenida por principios económicos racionalistas e individualistas, han sustraído al concepto de justicia sus raíces transcendentes, separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo»[7].

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación.

Educar en la paz

5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad»[8].La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor.

Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios», dice Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 5,9).

La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente.

Levantar los ojos a Dios

6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de preguntarnos como el salmista: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1).

Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno.

Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?»[9]. El amor se complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces de comprometernos con la verdad, la justicia, la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13).

Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo.

Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca os encerréis en vosotros mismos, sino sabed trabajar por un futuro más luminoso para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz.

A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz».

Vaticano, 8 de diciembre de 2011

BENEDICTUS PP XVI

Notas

[1] Discurso a los Administradores de la Región del Lacio, del Ayuntamiento y de la Provincia de Roma, (14 enero 2011), L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (23 enero 2011), 3.

[2] Comentario al Evangelio de S. Juan, 26,5.

[3] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 11: AAS 101 (2009), 648; cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264.

[4] Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma (6 junio 2005): AAS 97 (2005), 816.

[5] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 16.

[6]Cf. Discurso en el Bundestag (Berlín, 22 septiembre 2011): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 septiembre 2011), 6-7.

[7] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS 101 (2009), 644-645.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, 2304.

[9] Vigilia de oración con los jóvenes (Colonia, 20 agosto 2005): AAS 97 (2005), 885-886.

© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana

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Evangelio Misionero del Día: 01 de Enero de 2012 - TIEMPO DE NAVIDAD - SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 16-21

Los pastores fueron rápidamente adonde les había dicho el Ángel del Señor, y encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción.

Compartiendo la Palabra
Por José Antonio Pagola

LA MADRE

A muchos puede extrañar que la Iglesia haga coincidir el primer día del nuevo año civil con la fiesta de Santa María Madre de Dios. Y sin embargo, es significativo que, desde el siglo IV, la Iglesia, después de celebrar solemnemente el nacimiento del Salvador, desee comenzar el año nuevo bajo la protección maternal de María, Madre del Salvador y Madre nuestra.

Los cristianos de hoy nos tenemos que preguntar qué hemos hecho de María estos últimos años, pues probablemente hemos empobrecido nuestra fe eliminándola demasiado de nuestra vida.

Movidos, sin duda, por una voluntad sincera de purificar nuestra vivencia religiosa y encontrar una fe más sólida, hemos abandonado excesos piadosos, devociones exageradas, costumbres superficiales y extraviadas.

Hemos tratado de superar una falsa mariolatría en la que, tal vez, sustituíamos a Cristo por María y veíamos en ella la salvación, el perdón y la redención que, en realidad, hemos de acoger desde su Hijo.

Si todo ha sido corregir desviaciones y colocar a María en el lugar auténtico que le corresponde como Madre de Jesucristo y Madre de la Iglesia, nos tendríamos que alegrar y reafirmar en nuestra postura.

Pero, ¿ha sido exactamente así? ¿No la hemos olvidado excesivamente? ¿No la hemos arrinconado en algún lugar oscuro del alma junto a las cosas que nos parecen de poca utilidad?

Un abandono de María, sin ahondar más en su misión y en el lugar que ha de ocupar en nuestra vida, no enriquecerá jamás nuestra vivencia cristiana sino que la empobrecerá. Probablemente hemos cometido excesos de mariolatría en el pasado, pero ahora corremos el riesgo de empobrecernos con su ausencia casi total en nuestras vidas.

María es la Madre de Cristo. Pero aquel Cristo que nació de su seno estaba destinado a crecer e incorporar a sí numerosos hermanos, hombres y mujeres que vivirían un día de su Palabra y de su gracia. Hoy María no es sólo Madre de Jesús. Es la Madre del Cristo total. Es la Madre de todos los creyentes.

Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos elevando nuestros ojos hacia María. Ella nos acompañará a lo largo de los días con cuidado y ternura de madre. Ella cuidará nuestra fe y nuestra esperanza. No la olvidemos a lo largo del año.

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ORACIONES para la EUCARISTÍA: MARÍA, MADRE DE JESÚS / BENDICIÓN PARA EL NUEVO AÑO


Publicado por Fe Adulta
ANÁFORA

ACCIÓN DE GRACIAS

Te bendecimos, Dios y Señor nuestro,
creador del espacio y del tiempo,
y te agradecemos el nuevo año recién amanecido.
Gracias por el milagro de la vida,
gracias por darnos energía y fuerza
para encarar los retos de un nuevo año.
Gracias por renovar nuestra esperanza
y reavivar las utopías.
Te agradecemos en este día tan señalado
el maravilloso testimonio de María, la Madre de Jesús,
en quien, a través de toda su vida, plena de amor,
hemos podido descubrirte
como Dios Padre y Dios Madre de todos nosotros.
Unidos ahora a todos nuestros hermanos,
nos proclamamos orgullosos hijos de María
y cantamos en tu honor
este himno de agradecimiento y alabanza.


MEMORIAL DE LA CENA DEL SEÑOR

Te damos gracias, Padre Dios,
por regalarnos aquel niño, nacido de una gran mujer,
que vino a rescatarnos de las injusticias y la opresión.
Jesús es para nosotros tu perfecta encarnación,
por su medio te hemos reconocido como Enmanuel,
un Dios inmerso en la humanidad,
próximo y cercano, un Dios bondadoso y paternal.
De Jesús dirían luego que fue la luz y el camino.
Y es que Jesús es nuestra fuerza,
nos motiva, nos anima a seguirle
y nos descubre la satisfacción de vivir para los demás.
Dijeron de él que fue agua, y también vida.
No se acaban ahí los signos
que representan a tu hijo Jesús.
Jesús simbolizó toda su vida y hasta su muerte,
en unos sencillos gestos,
pidiéndonos que le siguiéramos
por ese mismo camino de salvación.


INVOCACIÓN AL ESPÍRITU DE DIOS

Inspíranos tu espíritu renovador,
ese espíritu que recrea todas las cosas
e inaugura siempre un tiempo nuevo,
el que vivió en plenitud Jesús,
el mismo espíritu que guió los pasos de su madre María.
Ilumina nuestra toma de decisiones
para que obremos siempre con rectitud.
Comunícanos tu fuerza para denunciar las injusticias
y danos un corazón bueno y generoso, maternal,
para comprender y perdonar a todos.
Pondremos nuestro mayor empeño
en hacer más habitable la Tierra.
Bendice, Padre Dios,
a quienes durante el pasado año vinieron a este mundo.
También debemos darte gracias, aunque nos duela,
por quienes nos dejaron para vivir plenamente contigo.
A Ti, Señor de los trabajos y del día,
por Jesús, el Salvador, nacido en medio de la noche,
te sea dada toda alabanza en este nuevo año y por los años futuros.
AMÉN.

Rafael Calvo Beca

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BENDICIÓN PARA EL NUEVO AÑO

Que tu mirada gane en hondura y detalle
para que puedas ver más claramente
tu propio viaje con toda la humanidad
como un viaje de paz, unidad y esperanza.

Que seas consciente de todos los lugares
por los que caminas y vas a caminar en el nuevo año,
y que conozcas , por experiencia, qué bellos son los pies
del mensajero que anuncia la paz y la buena noticia.

Que no tengas miedo a las preguntas
que oprimen tu corazón y tu mente;
que las acojas serenamente y aprendas a vivir con ellas
hasta el día en que todo se remanifieste y sepa.

Que des la bienvenida con una sonrisa
a todos los que estrechan tu mano:
las manos extendidas forman redes de solidaridad
que alegran y enriquecen con su presencia protectora.

Que sea tuyo el regalo de todas las cosas creadas;
que sepas disfrutarlas a todas las horas del día;
y que te enfrentes, con valentía y entusiasmo,
a la responsabilidad de cuidar la tierra entera.

Que el manantial de la ternura y la compasión
mane sin parar dentro de ti, noche y día,
hasta que puedas probar los gozos y las lágrimas
de quienes caminan junto a ti, tus hermanos.

Que despiertes cada mañana sereno y con brío,
con la acción de gracias en tus labios y en tu corazón,
y que tus palabras y tus hechos, pequeños o grandes,
proclamen que todo es gracia, que todo es don.

Que tu espíritu esté abierto y alerta
para descubrir el querer de Dios en todo momento;
y que tu oración sea encuentro de vida, de sabiduría
y de entendimiento de los caminos de Dios para ti.

Que tu vida este año, cual levadura evangélica,
se mezcle sin miedo con la masa
y haga fermentar la Iglesia y el mundo en que vivimos,
para que sean realmente nuevos y tiernos.

Y que la bendición del Dios que sale a tu encuentro,
que es tu roca, tu refugio, tu fuerza, tu consuelo
y tu apoyo en todo momento, lo invoques o no,
descienda sobre ti y te guarde de todo mal.


Florentino Ulibarri

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JESÚS, VINO NUEVO


Es el relato inmediatamente posterior al nacimiento. Se plantea ya en él, protagonizada por María, la pregunta básica del evangelio y de todo hombre: ¿quién es éste niño, de apariencia normal?
La segunda parte del texto muestra la circuncisión de Jesús. La circuncisión es la señal del pueblo, la señal de la Alianza, y expresa el sometimiento a la Ley.
La gran polémica que sostendrá Pablo en los primeros años de la Iglesia se centrará precisamente en la circuncisión: ¿hay que seguir circuncidándose para seguir a Jesús? No se trata de algo exterior, de un mero rito. La circuncisión simboliza la pertenencia al pueblo elegido y por tanto la aceptación de toda la ley judaica. Pero Pablo vio bien, mejor que nadie, que Jesús no es simplemente la plenitud de Israel, y que la Ley de Israel se ha quedado atrás, absolutamente superada por Jesús.

En el día de hoy, primero de Enero y del año, se mezclan difícilmente dos celebraciones. La celebración religiosa, en que la Iglesia sigue reflexionando sobre Jesús y sobre su madre, y la celebración profana, el primer día de nuestro año, que nada tiene que ver con la Navidad.

En la fiesta religiosa se ha alternado históricamente entre tres celebraciones: la circuncisión de Jesús, porque hace ocho días que nació el niño, y es el día de circuncidarlo; el nombre de Jesús, porque en la ceremonia de la circuncisión se incluía la imposición del nombre; y María madre de Dios, que es lo que la Iglesia celebra en la actualidad.

La fiesta civil es el Año Nuevo, que no coincide con el año litúrgico (que empieza como sabemos en el primer domingo de Adviento), pero que es una de las fiestas más celebradas, con su necesario antecedente de la Nochevieja, fiesta para desearnos todos que el nuevo año esté lleno de felicidades.

Contrariamente a lo que sucede con muchas otras fiestas de la Iglesia, parece que en esta lo religioso y lo civil van cada vez más en desacuerdo. En otras celebraciones, la Iglesia se ha preocupado de “bautizar” una fiesta popular, ofreciendo motivaciones religiosas para la celebración. La misma fiesta de Navidad fue situada en estas fechas no porque en ellas naciera Jesús (no sabemos cuándo nació) sino para apropiarse de la fiesta de la luz en el solsticio de invierno y pasó luego a ser un pretexto para celebrar “la fiesta de la familia”. El año nuevo sin embargo pasa desapercibido a los ojos de la celebración religiosa, que se fija solamente en sus propios temas.

Y sin embargo sería fácil dar sentido religioso a la palabra “nuevo” desde Jesús, y desde el nombre de Jesús, e incluso desde la circuncisión. La circuncisión es la vieja ley. Jesús nace sometido a la vieja Ley, pero la romperá desde dentro, como el vino nuevo que rompe los odres viejos, como el paño nuevo que rasga el vestido viejo. Y su propio nombre “Dios salvador” muestra un “Dios nuevo”, que destruye al viejo ídolo que todos tendemos a venerar, el amo/juez que inspira temor.

Este es un tema históricamente real. La primera Iglesia tuvo que hacer esa conversión, y se nos ha entregado un documento espléndido de esta transición: los Hechos de los Apóstoles, en los que se da fe de la fortísima tensión que el problema supuso en las primeras comunidades.

A veces se ha afirmado, con bastante ligereza, que el verdadero “fundador” de la Iglesia no es Jesús sino Pablo. Es evidentemente falso, pero sí es verdad que debemos a Pablo el enorme esfuerzo para separar a la Iglesia de la vieja Ley. Que los cristianos no tuvieran que pasar por la circuncisión significa que lo de Jesús no es simplemente la plenitud de la vieja Ley, y que ésta sólo puede aspirar a la categoría de “prehistoria” de lo de Jesús, que es mucho más que su cumplimiento.

Jesús, su figura y su nombre, sus acciones y su “Abbá” son verdaderamente “nuevos”. Por esta razón, sería magnífico que en el día del Año Nuevo nuestra consideración se dirigiese mejor a la Buena Nueva, al Vino Nuevo de Jesús, a la Vida Nueva a que Jesús invita. La novedad de Jesús se concreta en nuevos valores, en nuevos criterios, nuevas maneras de ver el mundo y la vida.

En la misma línea, hoy suele ser día de deseos de felicidad. “Feliz Año Nuevo” es la frase que más repetiremos. Y también aquí sería oportuno pensar en los nuevos criterios de felicidad que ofrece Jesús. Pienso que el evangelio más apropiado para hoy sería el de las Bienaventuranzas, el “código de felicidad” de Jesús. Dichosos los pobres, los no violentos, los que sufren, los que perdonan, los limpios de corazón, los que luchan y sufren por la justicia. Oponer estos criterios de felicidad a nuestros deseos de salud, dinero, y amor es absolutamente oportuno en un día de buenos deseos como hoy.

Año Nuevo, Vida Nueva, es un buen eslogan. Eso es lo que ofrece Jesús, una Vida Nueva, completamente nueva. Hoy es el día para recordarla y deseárnosla.

En otro orden de cosas, el título de “Madre de Dios” que la fiesta de hoy otorga a María nos propone un auténtico desafío. La Teología y la devoción popular pueden estar aquí un tanto enfrentadas. La Teología sabe bien lo que dice con esta expresión, pero la piedad popular se ha visto empujada más de una vez a interpretarlo de modo poco correcto.

Es evidente que para la Teología “Madre de Dios” no significa madre de Dios Padre, ni madre del Verbo antes de su encarnación, ni madre del Espíritu Santo. Es la madre de Jesús, en quien hemos reconocido al “hombre lleno del Espíritu”, de quien decimos que “todo lo hizo bien porque Dios estaba con él”.

En definitiva, el título de “Madre de Dios” mal entendido es una negación de la Encarnación. En Jesús reconocemos a Dios hecho hombre, no a Dios con apariencia humana. De ese Dios hecho hombre es madre María, no de una apariencia humana de Dios, no de un Dios que no sea real y verdaderamente hombre.


José Enrique Galarreta sj

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Campanadas para una sociedad en crisis


Publicado por Entra y Verás

El año 2011 se nos marcha ya y queremos decirle adiós, entre pesimistas y esperanzados. Sonarán las doce campanadas en los relojes de medio mundo, mientras nosotros, en esta página, recogemos el eco de otras “doce campanadas” que nos hagan vibrar y caminar, ilusionarnos y soñar, en un brindis de fe, de esperanza y de amor.

1. La fe cristiana es una relación personal con Jesucristo (Benedicto XVI). Así lo proclamó el Papa en su mensaje para la JMJ 2011, y así lo repitió durante las jornadas apasionantes y vibrantes, desarrolladas en Madrid. “La fe cristiana no es solo creer en la verdad, sino, sobre todo, una relación personal con Jesucristo. Cuando comenzamos a tenerla, la vida crece y se realiza en plenitud”. Primera campanada para nuestras conciencias libres, clave para adentrarnos en el misterio de Dios.

2. El coraje es hacer frente a la vida (Rosario Bofill). La directora de El Ciervo fallecía el 12 de octubre. Escogemos una de sus reflexiones: “El coraje es aceptación, pero no solo aceptación, porque entonces corre el riesgo de que derive en pasividad. El escritor francés G. Bernanos repetía con frecuencia: faire face. Algo que podríamos traducir como ‘hacer frente’, o afrontar. El coraje es eso, hacer frente a la vida”. Segunda campanada para nuestras libertades más limpias.

3. La Navidad nos dice que Dios no es el antagonista del hombre (cardenal Martínez Sistach). El arzobispo de Barcelona nos descubre las entrañas de la Navidad: “La Navidad proclama que Dios no es el antagonista del hombre, sino que es el amigo del hombre. Este Dios y este hombre son quienes se han manifestado de manera concreta e histórica en Cristo”. Tercera campanada para nuestras inquietudes temerosas.

4. “Para realizar los propios sueños es mejor tender puentes” (Pedro Poveda). La Institución Teresiana ha celebrado este año su centenario. En su honor, recogemos las hermosas palabras de su fundador: “Para realizar los propios sueños es mejor tender puentes, vivir la solidaridad, invitar a la colaboración, con simpatía por todo lo humano”. Cuarta campanada para nuestras soledades más intensas.

5. “¿Desanimarme? Nunca, porque siempre es Él quien decide” (Teresa de Calcuta). No podía faltarnos su presencia, ni la escucha de su palabra, siempre viva y cercana. “¿Desanimarme? Nunca, porque siempre es Él quien decide. Y yo soy feliz obedeciéndole”. Quinta campanada para nuestras dudas.

6. “Todos somos enfermos” (beato Lolo, periodista). Sería imperdonable no recordar a nuestro periodista que está en los altares, el querido e inolvidable Manuel Lozano Garrido. “Todos somos enfermos, con nuestras obras de almendro en flor o momentos de caída de las hojas; pero también un Dios rutilante brilla siempre al fondo de todos los sucesos”. Sexta campanada para nuestros desánimos.

7. “Humanizar la globalización” (beato Juan Pablo II). No podía faltar a la cita de las campanadas. “Debemos aspirar a otro tipo de civilización, basada en otros valores distintos al dinero”. Séptima campanada para nuestras ambiciones.

8. “No tengas miedo de adelantarte a la aurora” (Hermano Roger). Estas son las palabras pronunciadas por los hermanos de Taizé, el día de su compromiso: “Renunciando en lo sucesivo a mirar hacia atrás, y con el gozo de un infinito agradecimiento, no tengas nunca miedo de adelantarte a la aurora para alabar y bendecir y cantar a Cristo tu Señor”. Octava campanada para nuestros anhelos de unidad.

9. “La vida es una sala de espera” (Raniero Cantalamessa). El predicador de la Casa Pontificia nos define así la vida: “La vida es una sala de espera. Nos impacientamos cuando estamos obligados a esperar una visita o una experiencia. Pero ¡ay si dejáramos de esperar algo!”. Novena campanada para nuestras metas.

10. “Al final de la tarde…” (Ernestina de Champourcin). Fue una gran poetisa que buscó, encontró y amó a Dios. En uno de sus poemas nos da la clave del tiempo: “Al final de la tarde, / no vale lo que queda / sino el impulso mágico / de la verdad completa”. Décima campanada para nuestros atardeceres soñolientos.

11. “El monasterio de Silos me ha enseñado…” (P. Moisés Salgado, OSB). En un encuentro, el maestro de novicios del monasterio de Silos, me decía: “El monasterio me he enseñado a ver la pobreza del ser humano, la ceguera de tanta gente y el misterio del mal”. Undécima campanada para nuestra ignorancia.

12. “El corazón de María, camino del cielo” (Mónica Vidal). No puede faltar aquí la sonrisa y el corazón de una Madre. Por eso, evocamos a María: “Dios, que nos conoce y nos ama, nos da una ayuda segura, el resguardo cierto para llegar al triunfo final de la resurrección: nos da a su propia Madre”. Duodécima campanada para nuestro corazón.

Antonio Gil

Artículo publicado en la revista Vida nueva, nº 2782.

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Ante el 2012. Ayúdanos San José, que parece mal año


Publicado por El Blog de X. Pikaza

El año 2011 termina con Silvestre Papa (312-335), en cuyo honor se comen lentejas y se corren carreras, desde Vallecas hasta el Sodupe o Sâo Paulo. Pero yo quiero terminarlo y empezar el 2012 con la imagen San José (PePe), padre perseguido, exilado,forastero, fugitivo, llevando en un burro a la madre María y al Niño

Dicen que su mote viene de algunos manuscritos antiguos que, tras poner José, añadían P.P. (=PePe), indicando que era Padre Putativo (reputado)de Jesús. No sé si es cierta esta historia, ni puedo distinguir ahora entre padres físicos o putativos… y además otros me han dicho que PePe proviene de Giuseppe, así, con dos pes, que es José en italiano; pero quiero recordar e invocar a este San Pe-Pe (con dos pes por ser Patrón de perseguidos, Patrono de la Iglesia universal). Buen José, ayúdanos a pasar el año, pues tal como están las cosas (los bancos, los trabajos, los gobiernos... otras gentes) parece que va a ser muy duro.

Una oración:

-- Para mis abuelos, eras patrono de la buena muerte (pues se dice que moriste en brazos de María y de Jesús, buena compañía). Pero más que la muerte nos preocupa ahora la mala vida que nos puede tocar este año que empieza, y así quiero recordarte como como protector y amigo de ilegales y de gentes (familias) de pocos ingresos, caminando de un país a otro (de Belén a Egipto). Parece que va a ser mal año, acuérdate de nosotros.

-- Amigo San PePe llévanos de la mano a través del 2012, conduce nuestro "burro" hacia un futuro mejor, con María a la que llevas tan guapa, perseguida, y con el Niño que es simplemente Niño, aunque tengas que ir burlando (superando) una ley injusta del injusto Herodes, con la injusta economía de su tiempo, siguiendo los caminos de un Dios cuyo camino no acaba de entenderse. Tampoco nosotros entendemos a Dios, por eso te decimos que nos ayudes.

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(He cambiado varias veces la introducción de este post, y el mismo título... pero al fin quiero dejarlo en su forma actual, como reflexión cariñosa sobre San José, al comienzo del año 2012, que parece traer "restricciones" y pobrezas (en los llamados países "ricos" ¿qué será en los pobre?), fijándome de un modo especial en la Iglesia Católica que le "venera" como patrono.)

1. SAN JOSÉ, PATRONO DE ILEGALES

Guiador de asnos y familias perseguidas (amenazadas de muerte y de hambre), buen José-Pepe, ayúdanos tú lo largo del año 2012

Así pedía más o menos Santa Teresa, poniendo a sus hermanas monjas bajo la protección de San José, contra malandrines civiles y religiosos de diverso tipo.

Así pide la Iglesia católica, que ha nombrado a San José su patrono universal (Pío IX 1870)... No sería mala idea preguntar a San José (al amigo Pe-Pe) lo que él haría de la iglesia (¡es su patrono!) este nuevo año 2012.

Es bonito nombrar a San José Patrono de la Iglesia universal...
para después no preguntarle lo que haría...

San José, tú eres Papa honorario, échale una manita
a tu Iglesia.

Desde ese fondo podemos oír un villancico:

Camina la Virgen bella de Egipto para Belén,
en su vientre lleva al Niño que esa noche va a nacer,
la acompañan los luceros y el bueno de San José...

Éste es el tema de un romance antiguo, aunque vemos que la Virgen no camina, sino que cabalga, en un burro de exilio, de Belén hacia Egipto, según el texto de Mateo 2 (huida a Egipto). Va perseguida por la Policía de Herodes, buscada quizá por la Interpol, bajo la guía de un experto en burlar policías, que es PePe, José.

El "protector" de María y el Niño es el buen PePe, especialista en paso de fronteras, burlando policías legales de Herodes. Ciertamente, no lleva bomba en el burro, ni droga... Aunque en otro sentido podríamos decir que lleva la droga más fuerte, la más explosivo (Jesús, en su burro, con María)… y nos dirige hacia el año nuevo, para que seamos capaces de superar los peligros de un sistema de bandidos millonarios, empezando por los Lehman Brothers Holdings Inc y otros muchos “brothers” que han hundido la pequeña economía sostenido en que muchos vivían, haciéndola insostenible.

Éste quiere ser mi PePe de fin de año, José para emigrantes, gentes sin documentos, ilegales y bandidos, que han perdido todo, porque los legales de Herodes y cía no les permiten vivir en sus tierras... Así lleva PePe a María y al Niño al exilio, como un "fuera de ley", y con ella y con Jesús queremos que nos guíe a nosotros.

Este PePe de la Virgen y del Niño no es la sigla de ningún partido ni grupo, sino un amigo muy “legal” siendo ilegal, patrono de ilegales, de hombres, mujeres y niños que han quedado sin trabajo y tienen que atravesar fronteras para sobrevivir.

No es dirigente de un partido legal, pero tampoco es capo (padrone) de un grupo mafioso, bandido al servicio del tráfico de blancos/as o de negros/as, con documentos falsos. Es un fuera de ley, pero no pone bombas plazas o puertos, para matar de un modo asesino a los inocentes.

Es un José fuera de ley.... que camina al exilio para poder ayudar con Jesús a todos los que, dentro o fuera de la ley, se encuentran amenazados por la mala muerte, por la violencia y el miedo.

A SAN PEPE. ORACIONES DE FIN DE AÑO

1. Buen PePe, padre de Jesus, padrino nuestro,
buen año te pedimos, a ti, amigo de esclarecer años oscuros,
después de darte gracias porque no te divorciaste de María,
sino que la llevas al exilio, disfrazada de reina-sacerdote (con capa de cura),
pero perseguida por Herodes, como madre culpable de un hijo culpable.
¿Puedes arreglar un poco el tema de nuestros ilegales violentos,
para que dejen un día de matar?

¿Puedes arreglar un poco tema de la economía de este mundo,
donde los nuevos Herodes de Lehman Hermanos y otros,
han hecho que otros, muchos, muchísimos queden sin trabajo?

2. ¿Piensas que podemos cambiar el sistema de Herodes,
que se enriquece matando a los niños, los pobres, los inocentes?

– ¿Cómo crees que podemos cambiar y "con-vertir" a los ilegales malos,
que tú habrás encontrado en tu camino?
¿Se les podrá reconvertir, al servicio de la vida y de la libertad de todos?

– ¿Cómo creer que podemos convertir a los “legales buenos”
que hacen grandes negocios cuando las cosas van peor,
ganando ellos muchos a costa de los que pierden todo?
Por aquí no encontramos solución, sólo nos queda la agenda del llanto.
Pero tú, que llevas a Jesús en un burro con su buena madre,
quizá tengas más ideas que nosotros.

¿Piensas que tendremos que cambiar todo el sistema… o simplemente ir tirando?
¿Habrá que ir, como tú, por los caminos ilegales de fronteras para dialogar con los ilegales? ¿Nos invitar a volver a Egipto que es la cueva del Ladrón Mayor,
para evitar la cueva de los ladrones menores como Herodes?
¿No será eso jugar a un juego muy peligroso?

– Perdona, José, que te haga estas preguntas. Son las preguntas que escuché a mi abuela, cuando me hablaba de los ilegales y legales de la última guerra carlista que ella sufrió en su niñez. Tú tienes que saber mucho, tú que vas con el burro bueno y con Maria y José; quizá podrás ayudarnos a enfocar mejor los temas, en el camino del exilio, amenazados por los bandidos del sistema o de fuera del sistema. Y ya de paso, ya que sigues siendo patrono de la "buena muerte", échales una mano a todos, sobre todo a los inocentes que mueren, pero también a los que matan, pues también ellos mueren al fin, y tendrán que dar cuentas a Dios, en muchos lugares del mundo. No será demasiado pedirte esto, este día de fin de año.

POSTDATA ERUDITA.

Oye, San PePe, amigo emigrante, no sé mucho de evadidos e ilegales, pues estoy bien sentado en una silla, entre muchos libros, ante un PeCe, mientras el sol gira en su gira de la víspera de fin de año. Pero sé algo de Biblia, y, por eso, permíteme que acabe este post con dos reflexiones sobre tu vida según el evangelio. Con ellas y por ellas te mando un saludo en este fin de año.

1. Mateo. La conversión de José.

Mateo presenta a José como Hijo de David (Mt 1, 20), es decir, como un heredero de las promesas mesiánicas, un hombre «justo» (dikaios) que cumple lo que exige y pide la ley divina (Mt 1, 19). Lógicamente, José tenía que presentarse como trasmisor de las promesas mesiánicas, como alguien capaz de decir a Jesús lo que ha de ser, la forma en que debe comportarse, como portador de la voluntad y de la misión de Dios para su hijo.

Pues bien, el ángel de Dios le pide que renuncie a su paternidad autoritaria, con los derechos que ella implica, poniéndose al servicio de la obra de Dios María, su esposa (Mt 1, 18-25).

De esa forma, Dios pide a José lo más fuerte y costoso que puede pedirse a un hombre, especialmente si es israelita: que renuncie a su "derecho" patriarcal y que acepte, acoja y cuide la obra que Dios ha realizado en su mujer María.

Frente al varón dominador que duda de su esposa y la utiliza, frente al hombre que pretende «conquistar» a las mujeres y tomarlas como territorio sometido, se eleva aquí la voz más alta del ángel de Dios pidiendo al varón José que respete a la mujer María, aceptando lo que Dios realiza en ella.

Esta es la tarea que Dios ha puesto José, nuestro querido San PePe: Tiene que aprender a ser hombre de otra manera...Sólo en esa línea, si nosotros también renunciamos a un tipo de imposición "machista" (de poder) podremos abrir este año nuevo (2012) un camino nuevo de humanidad y de vida para todos.

2. Lucas. La diferencia de José

Lucas nos sitúa ya en la vida pública de Jesús, que acaba de anunciar su mensaje de gracia universal (Lc 4, 18-19), retomando el mensaje de Is 61, 1-2 y 58, 6 y anunciando el gran jubileo, pero omitiendo las palabras clave de Is 61, 2 donde de habla «del día de venganza de nuestro Dios». Eso significa que abre el mensaje de salvación a todos los pueblos, como sigue suponiendo el texto, cuando alude a la tradición del mensaje y milagros de Elías y Eliseo, que ofrecieron su ayuda los extranjeros (habiendo en Israel muchos enfermos (Lc 4, 24-26).

Pues bien, en vez de alegrarse por ello, sus paisanos de Nazaret rechazan a Jesús y quieren asesinarle, conforme a una ley de linchamiento colectivo (cf. Lc 4, 20-29). No pueden aceptar que Dios cure (trasforme) por igual a nacionales y extraños, no quieren haya Año Nuevo para todos, sino para ellos, los buenos nazarenos... Por eso protestan:

«Todos daban testimonio sobre él y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: ¿No es este el hijo de José?» (Lc 4, 22).

Este pasaje nos sitúa también ante el gran cambio de José, nuestro PePe, el Padre Putativo de Jesús... que tuvo que recorrer a su lado el camino de Egipto, aprendiendo a ser padre y persona de otra manera, desde los exiliados y excluidos, desde todos los pobres del mundo.

Ésta es la tarea que nos pone José, el Padre Putativo de Jesús, nuestro querido PePe: Hacer que el sol pueda salir y alumbrar a todos, para todos, en ese nuevo año.

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2012: HAZ QUE CUENTE

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1 de Enero de 2012: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA (Lc 2, 16-21) : Lo que viene después



«¿Y después... ?»

En el pueblo lo llamaban «Tonino y después». Era una especie de caricatura: tipo selvático, huraño, arisco, un error garrafal, aunque fundamentalmente inocuo. Cuando lo encontrabas y le decías «¡buenos días!, Tonino», él te miraba de reojo y replicaba indefectiblemente: «¿Y después...?». Se quedaba allí esperando un poco, después marchaba sacudiendo la cabeza. Si le deseabas «feliz navidad», respondía: «¿Y después...?».

Aunque todos conocían aquella reacción, e incluso la provocaban malignamente (de ahí el mote), no sabían qué añadir, y todo terminaba ahí, con aquella pregunta en suspenso. Pero algún grosero no se paraba y lo mandaba al diablo o al infierno. Pero él, imperturbable, preguntaba: «¿Y después...?».

«Tonino y después» no daba explicaciones de esa expresión suya característica que le hacía famoso. Creo que quería decir: y después yo tengo que arreglármelas, me veo obligado a apañármelas yo solo, para nada me ayudan ni vuestro saludo ni vuestra felicitación, que no os cuestan nada. ¿No tenéis otra cosa que ofrecer?

No sé por qué, yendo a la iglesia, me ha venido a la mente el recuerdo de «Tonino y después» (que ahora está experimentando el «después» definitivo, el que sigue a la muerte, y seguramente no se habrá desilusionado por este «¿y después?»).


¿Todo como antes?

Ha comenzado el año nuevo. Se ha iniciado de la misma manera que los años precedentes, aunque con un suplemento de ruido y de retórica.

Por la noche han saltado tapones de cava, se han abierto las cubas de vino, ha sonado la banda sonora de siempre con sus sonidos ensordecedores y descomedidos, ha habido la acostumbrada alegría un poco artificial. Y hay que preguntarse, como decía Tonino: ¿y después?.

Y después todo vuelve a comenzar de nuevo, es más, continúa como antes, se hace una réplica del pasado, vuelven a correr jornadas insulsas, con las carreras frenéticas, la caza al dinero, al éxito y a la diversión.

Se nos felicita el año nuevo. ¿Y después? Y después que cada uno se meta en sus cosas, vigile sus negocios, no cuente mucho con los demás. Cada cual ya tiene sus preocupaciones.

«Esperemos que sea un año un poco mejor que los anteriores...». ¿Y después? Y después se está a la espera para ver qué sucederá de hermoso o de feo, sin que nos roce la sospecha de que lo «mejor» depende sobre todo de nosotros, de nuestro compromiso, de nuestra determinación.

Es la jornada de la paz, y se ruega por la paz, se desea que terminen las guerras, no faltaba más (después de dos mil años de cristianismo sería la hora de que el hombre saliese fuera de las cavernas). ¿Y después? Y después allá se las arreglen, piense quien tenga obligación, que se pongan de acuerdo los poderosos de la tierra. Que no me parece la traducción más exacta de la bienaventuranza de los que «construyen la paz».



Esa pregunta inquietante sigue resonando

Antes de iniciar la predicación (que ha saltado de la fiesta litúrgica al año nuevo, para abordar el tema de la paz), también nuestro párroco, que estaba en vena de cordialidad, no ha dejado de felicitarnos el año nuevo. Y tengo que reconocer que no eran felicitaciones formales.

Y después ha llegado algo consolador:

«El Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz».

He tenido la sensación de algo serenante. Es hermoso saber que Dios me acompaña en el camino mostrándome un rostro propicio y no una cara airada.

Después interviene Pablo para asegurarme que soy hijo y tengo derecho a llamar a Dios «Padre», mejor «Papá» (Abbá), lo máximo de la confianza. Sin embargo, en este momento, he vuelto a sentir dentro de mí la pregunta inquietante. A la que es muy fácil responder: y después he de comportarme como hijo.

Seguidamente han vuelto a aparecer los pastores que han encontrado a «María y a José y al Niño acostado en el pesebre». Y después, después de haber visto y oído, han tenido algo que contar y algo por lo que alabar a Dios.

Finalmente, la imagen de la Madre, que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Una indicación muy preciosa para nosotros. Se escucha la palabra de Dios... y después se conserva y se medita en el propio corazón. Precisamente lo opuesto a la disipación y al olvido. Y también lo opuesto a la palabrería y a las discusiones.

Como se ve, la pregunta provocadora, y hasta impertinente, de «Tonino y después» puede llegar hasta la iglesia y allí desarrollar una función de clarificación bastante útil.

Cristiano no es uno que se contenta con ir a misa, con escuchar más o menos distraídamente la predicación. Y no puede hacerse la ilusión de que basta decir, explicar, instruir, amonestar.

Siempre hay alguno, que a lo mejor sólo con los ojos te interpela: «¿Y después?».

De cada uno de nosotros depende que alguien pueda irse moviendo la cabeza, como hacía «Tonino y después».

En una palabra, lo importante es lo que viene después.

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1 de Enero de 2012: SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA (Lc 2, 16-21) : “VER” EL MISTERIO


La conciencia mítica presentó este relato como una historia de dioses venidos de fuera. La lectura literalista lo convirtió en una “anécdota” pastoril. La misma repetición, cada Navidad, hizo de él una rutina acostumbrada.
Parece necesario superar esas estrecheces para acoger la admirable hondura que encierra esa escena que, en su nivel profundo o espiritual, habla de todos nosotros.

Se habla de unos pastores, de un pesebre, de un recién nacido con sus padres, de una mujer que “guarda” un secreto, de gloria y alabanza a Dios… Toda la escena quiere introducirnos en un Silencio admirado y agradecido, pleno de luz y de alabanza.

La sencillez del relato es la otra cara de su profundidad ilimitada. Su objetivo no es contarnos un hecho histórico, una simple anécdota ocurrida a algunas personas en Belén. No transmite unos datos con los que nuestra mente quede entretenida (más aún, es opinión común entre los exegetas que, probablemente, Jesús no nació en Belén).

Se trata, por tanto, de una invitación a ahondar en el Misterio que ahí se expresa. Todo está ahí. Y, de la misma manera, todo es ahora. Pastores, pesebre, recién nacido…: cuando sabemos ver, descubrimos que todo está lleno de la Presencia que es, atemporal e ilimitada.

La Presencia o el Misterio no es una realidad separada, al margen de las cosas, ni siquiera “al lado” de ellas. Es su propia Mismidad. Por ese motivo, los pastores, el pesebre, el recién nacido… representan a la realidad entera: somos nosotros mismos, es todo lo que nos rodea en este preciso momento, son todos los seres… Como dice el libro de la Sabiduría, “todo lleva tu aliento divino” (12,1).

Sólo hace falta “ver”. Ahora bien, los maestros nos recuerdan que, si queremos ver con claridad, necesitamos calmar la mente. La identificación con la mente constituye un velo opaco que, al fraccionar y separar la realidad, la deforma absolutamente, y nos hace tomar como real lo que no es más que una proyección de ella misma.

La mente, por su propia naturaleza, es separadora: cosas, acontecimientos, personas, Dios…, todos son vistos como “entes” aislados. Porque la mente no puede verlos de otros modo. Eso explica que la primera creencia del yo sea precisamente la de considerarse un ser separado… y que viva, en consecuencia, a partir de su “programa” favorito: la defensa y el ataque.

La identificación con la mente produce inmediatamente una doble consecuencia: nos saca del presente y nos introduce en la dualidad. A partir de ahí, quedan garantizados la confusión y el sufrimiento.

Cuando leemos desde ella el nacimiento de Jesús –o, más ampliamente aún, el misterio de la encarnación de Dios-, seguimos imaginándolo de una forma dualista: un Dios separado toma carne en un hombre separado, y eso tiene consecuencias para los demás seres separados…

La sabiduría va en la otra dirección. Aquietada la mente, se abre paso la Comprensión. Todo está en todo. Y todo es un admirable Misterio de Unidad. Lo que llamamos “encarnación” no es sino la proclamación de que todo está atravesado por la Divinidad, que en todo se expresa y manifiesta.
En la tradición cristiana, reconocemos esa realidad revelada en Jesús: en él se nos muestra lo que es en todo. Cuando lo vemos así, sabemos que los pastores, el pesebre, el recién nacido… representan la realidad entera.

Y ante esa manifestación, ¿qué nos queda? La actitud de María: acoger todas las cosas, “guardarlas”, “meditándolas en el corazón”. Ir más allá de los conceptos y de las palabras, para adentrarnos en el No-saber y, de ese modo, descansar –admirados, sobrecogidos, agradecidos, hermanados- en el Misterio y dejarnos ser en él.

Es el camino que han recorrido los místicos y los sabios de todos los tiempos, que han sabido “ver”, más allá de las apariencias, la Realidad.

Es el No-saber que sabe, según experimentó san Juan de la Cruz: “Entreme donde no supe / y quedeme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo”.

Es el No-saber que permanece anclado siempre en el presente, como apreciaba el poeta portugués Fernando Pessoa: “Hay suficiente belleza en estar aquí y no en otra parte”.

“Meditar las cosas en el corazón”, como María, significa adentrarse en ese No-saber y dejarse admirar por la Presencia luminosa que todo lo habita. No hay dos cosas: la Presencia y las cosas. Se trata de una admirable No-dualidad en la que “Presencia” y “cosas” son sólo las dos caras de la Única Realidad.

“Meditar las cosas en el corazón” significa desarrollar la “mirada contemplativa” que se halla en todos nosotros y que puede vivir cuando serenamos la mente alocada y su incesante parloteo. Al renunciar a pensar, empezamos a ver.

Esto no significa demonizar la mente ni, mucho menos, negar su imprescindible valor como herramienta a nuestro servicio. Es una llamada a no caer en la trampa de identificarnos con ella, a no creer que su “modo de ver” es el modo válido y definitivo.

Liberados de ese engaño, la mente se serena y se nos regala el don de permanecer en el presente, donde todo está bien, donde todo –escribe el poeta Antonio Colinas- fluye mansamente.


DESCENSO A LA MANSEDUMBRE

!Cómo revela el mar la mansedumbre!
Aquí en la playa, donde están los límites
verdaderos del ser
-los de la tierra, el mar, el cielo-,
todo es infinito.
Mansa es el agua y mansas son las rocas,
y hasta la noche que desciende es mansa.

¿Qué nos queda, teniéndolo ya todo,
sino abatirnos y besar la luz,
o en ella deshacer nuestra palabra,
que debiera también
ser sólo mansa, como el aire leve?
Nos cuesta demasiado a los humanos
ir fundiendo los labios y los ojos
en la luz de la tarde,
ir arrancando de raíz el mal.

Todo es manso en el mundo
mas la vida en nosotros habrá de ser combate
hasta que la palabra recupere
fogosa mansedumbre.
A veces, con los ojos
húmedos de mirar tanta belleza,
el cerebro también se torna manso.
Entonces, todo es sacro en su unidad,
uno con todo es la palabra mansa.

Y si el cuerpo osara levantar
su vuelo más allá, más allá todavía,
si los labios callasen para ser
ocaso en el ocaso,
si oyésemos rendidos el silencio,
el mundo sería al fin hoguera de lo manso.

(Antonio COLINAS, Libro de la mansedumbre,
Tusquets, Barcelona 1997, pp. 47-48).


Enrique Martínez Lozano
www.enriquemartinezlozano.com

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Santa María Madre de Dios



Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción (Lucas 2, 16-21).

Contemplación
En estos días los medios nos resumen el 2011 con las fotos del año, las frases del año, los personajes y los acontecimientos más importantes…
El evangelio nos regala una linda imagen de María que sintoniza con este aspecto importante de nuestra vida, el de “conservar en la memoria” las cosas importantes de la vida. Claro que lo que María guardaba en su corazón quizás no coincide con lo que el mundo nos propone como síntesis del año.
En este espacio de las contemplaciones del evangelio les comparto algunas cosas que repasé de este año y espero que motiven a cada uno a rezar un rato repasando el año con los ojos de María. Si le contamos cosas de Jesús en nuestra vida ella y san José las escucharán “admirados”, como escuchaban lo que les decían los pastores y eso nos ayudará a valorar lo vivido “evangélicamente” y a ponerle el nombre de Jesús a todo lo que pasó.
Cada uno está invitado a hacer personalmente su ejercicio de memoria cordial y agradecida (eucarística): grabar en su alma “las fotos del año”, rumiar “la frase que más lo motivó”, agradecer “las personas que lo acercaron a Jesús”. A mí se me vienen estas cosas…

La frase del año
Hago memoria para ver cuál fue para mí “la frase del año”.
Yendo al Hogar hace unos días, al pasar por la verdulería a darle la bendición a Antoñito y saludar a Tito, me acordé de Martín el hermano de Tito, que falleció el año pasado por el alcohol y de él pasé a pensar en tantos nombres que se me escapan y en por qué en estos años no había puesto más atención en ir anotando los de cada uno, tal como me los voy encontrando por el camino… Después me consoló pensar que no los recuerdo yo pero los conoce El Hogar. Siempre hay alguien en el Hogar que se acuerda de la cara o del nombre: las asistentes de los que atienden, las de mesa de entradas porque ven las fotos, los encargados de la noche porque convivieron, los comensales porque “lo vieron por once…”.; yo me acuerdo especialmente de los que visité en el Hospital…
Caminaba pensando estas cosas y allí me vino lo que para mí fue la frase del año, esa de Hurtado al final de su vida cuando dice:
Espero escribir este verano (¿o comenzar?) algo sobre el sentido del pobre. Yo creo que allí está el núcleo del cristianismo y cada día hay más resistencia e incomprensión a todo lo que dice pobreza.
El sentimiento de “tantos pobres que se me escapan” me bajó la frase de Hurtado. Me emocionó pensar que algo así debió sentir él: que el sentido del pobre se le escapaba, que allí había algo esencial y que requería más atención, más cuidado, más compromiso, más contemplación.
Queda pendiente la tarea y abierta la pregunta, tal como la dejó Hurtado, que le decía a su amigo Arturo Gaete: “¿conoces algo bueno sobre esto?”.
El sentido del pobre –como el “sensus Iesu”, el “tener los sentimientos y criterios de Jesús”- no es algo que alguien pueda tener por sí solo. Necesitamos compartir lo que cada uno ha sentido al servir a los más pobres para que crezca en la comunidad el verdadero sentido del pobre. Harían falta mil periódicos para contar las historias de los pobres, no las historias que los amontonan por miles en los desastres y hambrunas sino las que fueran capaces de narrar las penas y los gozos de cada uno. El dato estadístico no basta (porque aturde), pero no debe faltar si se quiere construir una conciencia en la que el sentido del pobre esté despierto. Así como a mí se me pierden los nombres de los que están en la calle y de pronto desaparecen, al mundo se le pierden los nombres de naciones enteras. Recién hoy me enteré cuáles son las diez naciones más pobres del mundo. Yo tenía en mente Haití y algún país de África. Pero hay más. Naciones enteras en la que más del 80% de la población vive en la miseria: Zambia, Franja de Gaza, Zimbawe, Chad, Moldavia, Haití, Liberia, Guatemala, Surinam, Angola. Guardar los nombres en el corazón –así como están sobre el altar de la capilla de la Casa de la Bondad los 39 nombres de los que acompañamos en estos dos años-, no es algo útil. No son nombres para guardar en ninguna agenda. Ni siquiera nos servirán para el cielo (el Rico Epulón conocía a Lázaro por su nombre pero no le sirvió el contacto). No son nombres que “nos vayan a servir para algo”, son nombres para recordar nomás. Porque, misteriosamente, recordar los nombres de los más pobres, hace a nuestra dignidad como personas. Es que son los nombres que completan el sentido del Nombre de Jesús –el Nombre bendito que está sobre todo nombre-. Jesús quiere decir Dios salva y “Dios salva llamando a cada uno por su nombre”. Sin el nombre de los pobres el Nombre de Jesús es un nombre vacío.

Los personajes del año
Los medios sacan “la foto” con los personajes del año. En el reino de los cielos los personajes del año son los que sienten que los personajes no son ellos sino aquellos a quienes sirven. Para mí, en este año del voluntariado, los personajes del año son esos millones y millones de argentinos y argentinas que rezan y trabajan para bien de todos y no en contra de nadie. Los medios no le dan importancia al número (cinco millones) porque se trata de gente “no marcha ni trabaja contra nadie”.
La mejor foto de esta gente la registró Don Luna -Carlitos-. Es la foto de la gente de Rincón y Alsina:
“Qué buena que es la gente de mi Patria, padrecito Diego. Viera cómo me ayudan todos. Yo duermo ahí, en el sindicato. Los guardias son muy amables y me dejan el lugarcito. Las hermanitas Siervas me cambian las vendas y me dan la medicación. El del Quiosco me cuida las cosas si tengo que hacer un trámite. Y me alcanzan algo de comidita… ¡Qué gente buena!”.
El sentido del pobre se despierta cuando nos sentimos mirados por ellos con la bondad con que miraba Don Luna. Y entonces uno no se quiere perder más esas miradas y esos juicios bondadosos que serán los del juicio final.

La fiesta del año
Otro recuerdo lindo para guardar es el de “La fiesta del año”. Para muchos de nosotros, la fiesta del año fue la de la primera comunión de Agustina, la hijita de Mauricio, en su última semana de vida, en la Casa de la Bondad. Hemos tenido muchas fiestas lindísimas este año y esta que elijo es por la onda que le puso Mauricio y por el vestidito blanco de su hija. ¡Qué ganas de celebrar que nos infundió a todos: la Casa entera celebró!:
La preparación de Agustina tenía que ser, más que rápida, simple. Al llegar ayer a la tarde a la Casa había libritos y fotocopias de un catecismo de apuro por varios lados. Al rato llegó Amalia, que iba a ser la catequista. La cuestión es que cuando ya me iba llegó Agustina. Yo estaba en la Oficina haciendo una encuesta para un trabajo de Jorge sobre emprendimientos productivos de ONGs y Agus, al darme un abracito quedó mirando el pizarrón: “Allí está mi nombre! Es para la Comunión.”
Son los detalles de la Casa que te recibe y te abraza desde todos sus rinconcitos, también desde un rincón del pizarrón.
Antes de ayer me dio mucha pena uno de nuestros comensales que no quiso brindar. Celebramos el fin del año con una comida rica, regalos y cantos y cuando pasamos brindando el dijo “que no tenía nada por qué brindar”. Al menos un saludo, le dije y eso aceptó. Pero me quedó la espina. Y por eso se me abrieron los ojos al milagro inaudito que es la Casa de la Bondad. O no es acaso un milagro de amor que se despierten unas ganas de festejar como las que tuvo Mauricio, como la que nos contagió con sus cuadros, con los asaditos, y con el esfuerzo sobrehumano que hizo para poder estar sentado en la misa de su hijita… La fiesta del año fue esa, sin duda, porque las fiestas se arman desde adentro, desde el milagro inacallable de querer festejar la vida precisamente cuando se está yendo.
El sentido del pobre se despierta cuando uno descubre maravillado y comparte la capacidad de festejar que tienen los que más sufren.

La sonrisa del año
Y termino con “La sonrisa del año”. Para mí fue la sonrisa de Hugo Reboledo. Pero, más que la foto de él sonriendo, lo que me quedó grabado fue el diálogo con Marcelo acerca de cómo “sonreía con los ojos”:
Cuando entré al Hogar a la mañana para anunciar que Hugo había muerto y entre otras cosas dije que sus sonrisas eran lindas, Marcelo, que lo cuidó como a un hijo en estos 10 meses desde que su cáncer le impidió trabajar en la cocina del Hogar y comenzó su via crucis por los rayos y las curaciones, dijo: es verdad, casi no se le entendía lo que decía de tan despacito que hablaba, pero sonreía con los ojos. Y cuando me decía esto se le iluminaron los ojos y a mí también. Porque las sonrisas con los ojos son contagiosas. Fuego que enciende otros fuegos.
Creo que cada uno puede hacer el ejercicio de encontrar su propia gente linda, la que este año “le sonrió con los ojos” y agradecer a Dios por ellos. Quizás más de uno se asombre al descubrir que son los pobres los que mejor “te sonríen con los ojos”.

Que la Virgen nos regale profundizar en ese “sentido del pobre” que ella tiene como pobrecita de Yahveh y como madre de todos los pequeñitos.

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Comentario al Evangelio del Domingo 01 de Enero del 2012


Por José María Vegas, cmf
Santa María Madre de Dios

La plenitud de los tiempos
Al estrenar una nueva “porción” de tiempo, un nuevo año, es casi inevitable preguntarse por esta cotidiana y misteriosa dimensión de nuestra vida. Tal vez nadie hizo nunca esta pregunta de manera más inteligente y profunda que San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta yo lo sé. Pero si quiero explicarlo al que me pregunta, entonces no lo sé” (San Agustín, Confesiones, XI, 14. Quid ergo est tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerente explicare velim, nescio.) El tiempo es ese eterno fluir en cuyo seno suceden y se suceden todos los acontecimientos de la naturaleza y de la historia, pero que nos parece que seguiría fluyendo aun en el caso de que nada sucediera. El ser humano se las ha ingeniado para racionalizar y, en cierto modo, dominar esta misteriosa dimensión y situarse en ella dividiéndola, clasificándola y asignándole números. Es verdad que para ello se ha apoyado en los ciclos naturales que se repiten de manera constante: el día y la noche, el invierno, la primavera, el verano y el otoño. Pero la historia humana, a diferencia de los ciclos naturales, añade novedad a ese eterno fluir temporal, y hace que la rueda del tiempo se distienda como una línea abierta. Y, sin embargo, aquel “eterno retorno” se refleja en cierto modo también en nuestra historia: los problemas, los conflictos, las limitaciones, los sufrimientos, las injusticias… el mal en suma, con sus múltiples rostros, forman parte de la herencia que cada año que termina le pasa al siguiente. Pero el corazón humano no se resigna, y no cesa por ello de esperar que el año nuevo, la porción de tiempo que estrenamos al asignarle una nueva cifra, sea mejor, más propicio, esté menos gravado por la maldición el mal, y venga, en suma, cargado de mayores bienes, de bendiciones.
La hermosa bendición del libro de los Números, que la Iglesia lee en los umbrales de cada nuevo año, expresa con fuerza y profundidad los anhelos más o menos escondidos en el corazón del hombre: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” Y es que la Iglesia, haciéndose eco de los deseos y las esperanzas en un mundo mejor, celebra cada 1 de enero la jornada mundial de la paz. La paz, bien entendida, es el fruto que sintetiza todos los bienes a los que aspira permanentemente el corazón humano y que son como las condiciones necesarias de aquella: la verdad, la justicia, el amor y la libertad, como afirmó Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris.
Ahora bien, la Iglesia y todos los cristianos celebramos esta jornada apoyados no sólo en buenos deseos, que pueden revelarse, por lo demás, deseos hueros, sino en una realidad firme, concreta, encarnada: la bendición de Dios se ha hecho tiempo, historia humana, carne por medio del nacimiento del Hijo de Dios. Por él, la bendición del libro de los Números no es sólo un buen deseo (“que el Señor te bendiga…”), sino un acontecimiento histórico: el Señor nos ha bendecido, ha hecho brillar su rostro sobre nosotros, nos ha concedido su favor, se ha fijado en nosotros, nos ha dado la paz, “él es nuestra paz” (Ef 2, 14). El tiempo, ese eterno fluir, en apariencia indiferente, ha conocido su plenitud cuando ha sido visitado por el Dios eterno, por el Señor y creador del tiempo y de la historia, nacido de una mujer. La jornada mundial de la paz se celebra bajo la protección y el patrocinio de “una mujer”, María, Madre de Dios. En ese título, “Madre de Dios”, la Iglesia confiesa quién es ese que ha nacido de ella: el Hijo, el Verbo eterno de Dios, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Mesías y salvador, que eso significa el nombre que le pusieron, según la ley, a los ocho días: Jesús, “Dios salva”.
Con el título de Madre de Dios la Iglesia expresó (en el Concilio de Éfeso, año 431) su fe en que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Por medio de María, madre de Dios, se nos ha abierto la posibilidad de ser libres, de ser hijos en el Hijo, de que el Espíritu clame en nosotros “¡Abba! ¡Padre!”. Y si somos hijos de Dios, quiere decir que somos hermanos, y si todos estamos llamadas a ser hermanos, significa que podemos y debemos vivir en la paz de la fraternidad.
Pero, seamos sinceros, ese mismo corazón nuestro que anhela la bendición de la paz, sabe, en el fondo, que en el nuevo año todo seguirá en nuestro mundo más o menos igual… Si Dios nos ha bendecido con el nacimiento de Jesús, ¿por qué no tenemos paz (verdad, justicia, amor y libertad)? Tal vez porque al don de la bendición hay que responder de forma adecuada, y eso es lo que probablemente nos falte. Esto es lo que nos enseñan los pastores: ir al portal y adorar al niño; y, sobre todo, María, que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.” Vivimos demasiado agobiados, demasiado deprisa, pensando que todo depende de nosotros. Pero el don de la paz, que es fruto de una bendición, la que se ha producido con el nacimiento de Jesús, es ante todo un don que nos pide correr a Belén, y allí pararnos, contemplar, adorar, acoger en silencio la Palabra, meditarla y conservarla en nuestro corazón. Si dedicáramos más tiempo a la adoración y a la contemplación, esas actividades tan “inútiles”, empezaríamos por pacificarnos a nosotros mismos, a convertirnos desde dentro en agentes de esa paz que no se consigue ni sólo con pactos ni con imposiciones, ni con puro voluntarismo. Es verdad que hay que trabajar por la paz. Pero para ello hay que acoger primero la bendición del Señor, acoger al Señor del tiempo, a la Palabra encarnada, y dejar que eche raíces en nuestro corazón.
Pero ahora, en el umbral del nuevo año, contemplando al niño en brazos de María, madre de Dios, dejemos que la bendición de Dios descienda sobre nosotros como un rocío benéfico: “Que el Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.”

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